martes, 19 enero, 2021
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El fútbol italiano vivía tiempos turbulentos. El escándalo del Totonero (arreglo de partidos) había explotado, el Milan y la Lazio terminaron descendiendo a la Serie B -otros clubes sufrieron quita de puntos- y varios personajes terminaron con sanciones que fueron desde unos pocos meses hasta la inhabilitación total. Y uno de los que más sufría era Paolo Rossi, a quien, en principio, le habían dado tres años de castigo.

Por supuesto, el hombre nacido en Prato (23 de septiembre de 1956) siempre defendió su honor y si bien le rebajaron la pena a “solo” dos años, lo cierto es que se terminaría perdiendo la Eurocopa de 1980 disputada en su patria. Aunque, sin dudas, lo más importante era lo que acontecería justamente en 1982: el Mundial de España. ¿Acaso alguien, en su sano juicio, imaginaba que Pablito llegaría a ser parte del plantel azzurro?

Seguramente, el hombre que sería fichado por la Juventus en 1981 sentía un dolor inmenso ante tal posibilidad. Él, que había sido goleador de la Serie B en 1977 y de la Serie A apenas un año más tarde (todo esto con el Vicenza), había realizado un impresionante torneo en la Argentina, habiéndose consagrado como el Balón de Plata solo por detrás de Mario Alberto Kempes. Pero poco le importaba ya a ese delantero que vivía para mejorarse y que había demostrado que se podía triunfar viniendo desde abajo. Sus chances de arribar a la máxima cita parecían haberse esfumado desde el momento mismo en el que lo sentenciaron.

¿Cómo se recupera un jugador ante tal golpe? ¿Cómo debe tener su cabeza para intentar seguir adelante? ¿Cómo es que se puede poner de pie cuando todo el mundo te señala con el dedo acusador? Rossi, en aquel tiempo de inactividad y oscuridad, demostraría ser un verdadero Ave Fénix, ese mitológico ser que sabe renacer de sus propias cenizas. Y quién vería este espíritu sería nada menos que Enzo Bearzot, el seleccionador nacional. “Él es un verdadero oportunista” expresaría de aquel hombre, que luchó ante todos para convocar a un jugador que apenas si pudo disputar tres partidos en el final de la temporada 1981-1982 con la Juve. ¿De verdad era la mejor opción?

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El público no entendía nada y la prensa comenzó una intensa cacería contra aquel traicionero y sucio bombardero. En poco tiempo Pablito había pasado de ser un héroe nacional a un villano y este llamado para disputar el Mundial no hacía más que ahondar en la herida y el resentimiento que se le tenía al pobre muchacho. Encima, el que Italia comenzara la primera fase del certamen igualando sus tres partidos (ante Polonia, Perú y Camerún, pasando solo por tener un gol más que los africanos) no ayudaba a mejorar la imagen de un delantero que, encima, no había convertido en ninguno de esos pleitos.

Y se venía lo peor: Argentina y Brasil parecían ser, en la previa, mejores equipos que el italiano, uno por ser el campeón defensor y contar con una base a la que se había sumado un tal Diego Armando Maradona y el otro porque estaba deslumbrando al mundo con su jogo bonito pero a la vez sumamente efectivo. Los de Bearzot lograrían vencer a la albiceleste por 2-1, llegando a la última fecha de aquella liguilla con chances de clasificarse para semifinales, aunque con un condicionante: como Brasil había derrotado a su acérrimo rival por 3-1, solo les valía el triunfo para meterse entre los cuatro mejores.

Y fue allí, ante el peor equipo posible y con todos los pronósticos en contra, que Rossi dejó en claro que la confianza puesta en él era bien merecida. El máximo oportunista lograría tres goles en una tarde mágica en Sarriá: a los 5´ un testarazo impresionante para sorprender a Waldir Peres; a los 25´ capturó un mal pase para correr hacia la portería y fulminar al portero del Sao Paulo y a los 74´ llegó el inolvidable 3-2 cuando “se encontró” con un balón tras un mal disparo de un compañero suyo. Sus dos primeros goles habían tenido su respuesta por parte de la escuadra sudamericana, pero la tercera terminó siendo la vencida para Italia, que contra todo pronóstico lograba el pase para la anteúltima instancia.

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En semifinales tocaba enfrentarse contra un viejo conocido, Polonia, selección con la que ya habían igualado en la primera ronda cuando los motores no parecían estar encendidos. Pero ahora Italia llegaba envuelta en un halo de confianza impresionante, encendidos con el fuego del Fénix Rossi. Y el 20 no defraudó ni siquiera a sus detractores: con su cabeza, esa que fue la que lo ayudó a salir de los malos momentos, le daría los dos goles con los que su selección pasaría a su primera final en 44 años. Paolo, cuando el cotejo finalizó, fue a abrazarse con un Bearzot que sonreía a más no poder: había tenido la razón.

El rival fue la durísima Alemania Federal de Schumacher, Breitner, Magath y Rummenigge, que se había cargado a otra exquisita selección como lo era la Francia de Platini. Como se sabe, a los alemanes hay que matarlos varias veces porque estos se hace más y más fuertes con el paso de los minutos. Y el de la Juve aquello lo tenía bien en claro. Fue por ello que lo dio todo aquel 11 de julio de 1982 en el Santiago Bernabéu. Y nuevamente su brillante cabeza sería la llave que abriría un duro cotejo, en este caso a los 57´. Tardelli y Altobelli se encargarían de darle dos disparos más de muerte a los germanos, que amagaron a reaccionar cuando Breitner puso el 3-1. Pero no les daría el tiempo e Italia sería campeona del mundo por tercera vez, igualando a Brasil como la selección con más títulos mundiales.

Rossi fue galardonado como el Balón y Botín de Oro por sus seis goles pero, sobre todo, por su resiliencia y por ser el alma de un equipo en el que nadie confiaba. A la vez, también fue Ballon D´Or en ese 1982 y tuvo otros tantos lauros individuales, por supuesto que más que merecidos. “Paolo Rossi fue protagonista entre protagonistas: los niños (y los menos niños) vestían orgullosos “su” camiseta número 20, y su apellido, uno de los más clásicos y fáciles de pronunciar, se convirtió en una especie de tácito embajador de Italia en el mundo” se puede leer en el sitio web de la FIFA, que en pocas líneas dejó en claro como el de la Toscana había pasado de ser el mayor villano de la historia al héroe más grande, todo en poco más de un mes.

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“Bendito sea quien inventó el fútbol” le manifestó, con alegría, Rossi al sitio del máximo organismo del balompié. Ahora que lloramos su partida -se nos fue el 9 de diciembre de este maldito 2020- debemos decir, con orgullo, “bendito sea Paolo Rossi”. Allí donde estés, gracias, Pablito.

 

 

Fuentes: 

  • FIFA
  • La Pelotita
  • ABC
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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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