lunes, 2 agosto, 2021
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Por Alberto Doblare

Pocos países han priorizado tanto los Juegos Olímpicos en su agenda política como la República Democrática Alemana (RDA). Tras la división de Alemania, los del Este buscaban por un lado legitimar el nuevo Estado ante la opinión internacional y por otro generar un sentimiento de patria que intentaron canalizar entre otras muchas cosas a través del deporte.

Sería muy simplista concluir que Alemania Oriental triunfó en los Juegos Olímpicos por su entramado de dopaje, aunque es obvio que este existió y que fue decisivo para sus éxitos. Pero no debemos olvidar la estricta educación en el deporte desde la infancia y los durísimos programas de entrenamiento de élite que permitieron a un pequeño país de unos 16 millones de habitantes codearse con las grandes superpotencias del mundo, quedando hasta en cuatro ocasiones, entre 1972 y 1988, en el podio del medallero olímpico y batiendo incluso en varias de ellas a Estados Unidos.

Esta proeza está llena de grandes nombres propios. Los nadadores Kornelia Ender y Roland Matthes (8 medallas), Kristin Otto (6 preseas de oro en Seúl 1988), la atleta Marita Koch, que sigue manteniendo un insuperable récord femenino de los 400 metros lisos, o Bärbel Eckert-Wöckel, que arrasó en la velocidad con 4 medallas de oro son algunos de los grandes personajes de un país con luces y sombras. La otra cara de la moneda la representa entre muchos otros Andreas Krieger, anteriormente conocida como Heidi Krieger, una lanzadora de peso que tenía tanta testosterona en el cuerpo por los programas de dopaje que terminó por cambiarse de sexo.

Con la intención de lograr el mayor número de medallas, los entrenamientos en la RDA se centraban en los deportes individuales, donde era más sencillo aumentar el medallero, pero pronto encontraron una motivación adicional para darle un mayor valor al torneo de fútbol.

Tras la II Guerra Mundial y la división del país, el Este tardó varios años en asentarse y hubo que esperar hasta 1956 para que sus atletas compitieran en los Juegos Olímpicos. Eso sí, no lo hicieron en solitario, sino conjuntamente con la parte Federal en una Alemania Unificada bajo una bandera y un himno. En los deportes individuales no había demasiado problema, pero en los de equipo no hubo consenso para que jugaran conjuntamente en esta selección de ambas Alemanias. Para los Juegos de Melbourne no se pusieron de acuerdo y finalmente los Ossis renunciaron, participando en solitario la RFA. Pero en 1960 y 1964 se decidió que la manera de elegir al representante alemán sería en una eliminatoria a ida y vuelta

En la previa para ir a Roma 60 ambos partidos se jugaron sin público. Alemania Federal venció los dos duelos tanto en Berlín Este como en Düsseldorf. Solo los periodistas y las autoridades pudieron vivir aquel primer choque fratricida entre ambas Alemanias que se repetiría 4 años después. En esta segunda ocasión, los Orientales lograron la revancha venciendo por 3-0 en Karl-Marx-Stadt y sellaron su pase a su primera participación olímpica con jugadores exclusivamente del Este, aunque siguieran representando a toda Alemania. Conseguirían una meritoria medalla de bronce, que en el fondo todos sabían que era un triunfo que pertenecía a la RDA… Esta fue la última edición en la que ambos países competirían unidos hasta la caída del muro, ya que a partir de 1968 cada uno acudió a los Juegos con su propia delegación.

La gran acogida que tuvo el fútbol olímpico en los años 20 fue el germen del primer Mundial que se celebró en Uruguay en 1930, con la victoria de los organizadores. Pero la FIFA no quería que su torneo fetiche fuera eclipsado por la competición de los 5 aros, así que decidió que a partir de Helsinki 1952 el fútbol en las Olimpiadas fuera solo para jugadores amateurs. Aquello se convirtió en un regalo para los países del Bloque del Este, donde los atletas representaban al propio Estado que les mantenía económicamente, así que al no depender de un club o una empresa privada, sobre el papel eran amateurs. Por ello, compitieron durante décadas con su equipo A, mientras que el resto de países capitalistas llevaban a jugadores con mucha menor experiencia.

Esta decisión tuvo unas consecuencias innegables en los resultados durante 3 décadas, en las que todos los campeones fueron países del otro lado del Telón de Acero, destacando por encima de ellos la Hungría de los años 50 y 60 que consiguieron en los Juegos los triunfos que no pudieron saborear en los Mundiales. De los 24 medallistas entre 1952 y 1980, sólo hubo 3, la plata de Dinamarca en 1960 y los bronces de Suecia (1952) y Japón (1968), que fueron para países capitalistas, dejando clara la diferencia deportiva entre ambos bloques.

La RDA aprovechó al máximo este “vacío legal” para colarse en el medallero del deporte rey hasta en 3 ediciones consecutivas. Un gran mérito para una selección que en toda su historia solo se clasificó para una fase final, la del Mundial 1974. El bronce (ex aequo con la URSS) en 1972 y la plata en Moscú quedarían eclipsadas por la proeza de Montreal, donde la Mannschaft del Este logró una recordada medalla que inscribiría su nombre con letras de oro en la historia de los Juegos Olímpicos.

La RDA llegaba a Montreal muy motivada con la base de jugadores que dos años antes habían jugado el Mundial de Alemania. Tras lograr aquel legendario triunfo ante Alemania Occidental en Hamburgo con gol de Jürgen Sparwasser, los Ossis cayeron en la segunda fase ante una Holanda intratable, pero dejando un muy buen sabor de boca.

Ya en Canadá, el grupo de clasificación no fue sencillo a pesar de que Nigeria se había retirado en el último momento. El equipo debía enfrentarse a Brasil y a España, dos grandes equipos pero que, recordemos, debían competir sin futbolistas profesionales. El empate a 0 contra la Canarinha y el solitario gol de Dörner ante los españoles fueron suficientes para pasar a los cuartos de final. Allí les esperaba Francia.

Los Bleus no fueron rival ante unos Ossis crecidos que golearon por 4-0 y se regalaron una “final anticipada” en las semis contra la todopoderosa URSS, que contaba en sus filas con el futuro Balón de Oro Oleg Bokhin. Dörner, de penalti, marcó su cuarto tanto en el torneo y Kurbjuweit sentenció con el segundo gol ante unos soviéticos que recortarían distancias pero quedarían de manera sorprendente fuera de la lucha por la medalla de oro.

En la final se iban a enfrentar, como era de esperar, a otro equipo del Este, la Polonia liderada por el gran Grzegorz Lato. En Alemania Oriental había hasta 7 jugadores en el XI de los que habían jugado contra Beckenbauer, Mülller y compañía apenas dos años antes. Schade y Hoffmann abrieron distancia para los alemanes antes de cumplirse el primer cuarto de hora. Lato dio esperanzas a los suyos ya en la segunda mitad, pero el tanto de Häfner en el 84´ ratificaba la medalla de oro más deseada. La RDA se consagraba así como uno de los mejores equipos de la historia de la competición tras haber vencido a dos grandes potencias como la URSS y Polonia, que también llevaron a sus mejores jugadores al torneo.

De la insignificancia en Mundiales y Eurocopas a bañarse en oro en los Juegos Olímpicos, las contradicciones de la RDA también llegaron al fútbol.

 

FIFA

 

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