lunes, 10 junio, 2019
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A Lucas todavía le supuraba la herida. Había cerrado 2018 con una derrota, la que alejaba definitivamente la Ensaladera de sus manos. Lo había hecho en casa, ante los suyos, bajo los acordes de la Marsellesa, que ahora resonaba desafinada y melancólica en sus oídos. Francia había perdido la última edición de la Copa Davis antes de su cambio de formato y Lucas Pouille había sido incapaz de sumar el punto que hubiera puesto el 2-2 en el marcador. Croacia festejaba en la cancha mientras él pensaba en desconectar y olvidarse del tenis por una temporada.

Las necesarias vacaciones serían un aire fresco para el tenista galo de 24 años, que no terminaba de ejecutar con su raqueta todo el tenis que llevaba dentro. Las expectativas parecían entonces incumplidas. Apenas un mes después, Pouille está cerrando sus heridas. Ya ha firmado su mejor participación en un Grand Slam.

Semifinalista por derecho propio en el Open de Australia, el galo comenzó a tomarse su propia revancha en cuarta ronda del primer Grand Slam del año. Allí se enfrentó al croata Borna Coric, el mismo que saltaba aquella mañana de noviembre celebrando la victoria en Lille. En cuatro durísimos sets y más de tres horas de partido, Pouille dejaba claro que había aprendido de aquella decepción.

El siguiente escollo sería el canadiense Raonic (número 16 del mundo), un experto en superficies donde el saque y la volea ganan gran parte de los puntos. Milos también cayó en cuatro sets y poco más de tres horas de partido. Luca hacía historia al plantarse en semifinales, en un torneo que nunca había sido especialmente benévolo con él. En las cinco participaciones anteriores no había ganado ningún partido. En 2019 ya ha ganado cinco.

El siguiente escollo parece inabarcable. El número uno del mundo se cruza ahora en su camino por un puesto en la final. Novak Djokovic jugará en Australia su séptima semifinal y siempre que alcanzó esta ronda terminó levantando el trofeo. El serbio se ha plantado en el penúltimo escalón del torneo habiendo cedido solo dos sets y con menos horas en las piernas que su rival después del abandono de Nishikori en cuartos (10 horas y 36 min. frente a las 15 horas y 7 minutos del galo). En cualquier caso, Pouille tiene poco que perder. Es el último outsider que queda en el Open de Australia y tras su resurrección en Melbourne se ve capaz de todo.

A ello han ayudado los buenos consejos y el trabajo realizado por su entrenadora. La ex tenista francesa Amélie Mauresmo ha resultado fundamental para que Luca rompiera sus límites. Desde la irrupción del tenista, natural de La Grande-Synthe, en 2016 cuando el tenis francés lo señaló como la gran esperanza para el futuro su rendimiento había sufrido demasiados altibajos. Precisamente en el US Open de ese año se impuso a Rafa Nadal en octavos de final, para caer luego frente a su compatriota Monfils en cuartos.

En 2017 no alcanzó los resultados esperados y no supo digerir la presión de las expectativas creadas. Las peores tendencias se confirmaron con un nuevo 2018 decepcionante donde la tercera ronda fue lo más lejos que llegó en Roland Garros y en el US Open. Su estancamiento era ya toda una realidad y su tenis parecía cada vez más lejos de estar en condiciones de pelear contra los mejores. Su relación con su anterior entrenador, Emmanuel Planque, parecía también agotada.

En esas llegó Amélie, que aceptó entrenar 30 semanas al año al tenista galo. Eso supuso a la ex tenista tener que abandonar la capitanía del equipo de Copa Davis. La decisión no se entendió en Francia y levantó una agria polémica entre los aficionados y entre los expertos del tenis galo. Los resultados, sin embargo parecen inmediatos. La ex número 1 de la WTA y campeona de dos Grand Slams ha sacudido las entrañas de su pupilo, le ha pertrechado de confianza y le ha devuelto la ilusión por el tenis. Con ese cocktail se plantó en Australia y la receta se ha visto reforzada con victorias.

Para esos triunfos también ha resultado fundamental la cabeza. Trabajar la mente ha sido otra de las novedades introducidas por Mauresmo para sacar a Pouille del túnel en el que él mismo ha reconocido que estaba.

 

“Llevo jugando al tenis desde hace 16 años. Era la primera vez que dejaba de disfrutar del juego. Había perdido las ganas de estar pista , de entrenar, de machacarme. No sé exactamente cómo ocurrió. Empiezas perdiendo un partido, luego dos, después tres. Pierdes confianza. Y es muy duro recuperarte de esto cuando no disfrutas”.

 

Después de intentar recuperar la mejor versión de Murray y no conseguirlo, Mauresmo ha conseguido rescatar a su compatriota Lucas.

Ahora ambos, tanto Amélie Mauresmo como Lucas Pouille, se enfrentan a su examen más exigente en las semifinales del primer Grand Slam del año. Sería el zarpazo definitivo y una manera de arrancarse de golpe esa espina que el tenista galo tiene clavada desde noviembre. Pouille es consciente de que está en deuda con su país, que les debe una alegría. Una final en Australia no borraría aquello, pero sí sería la confirmación de un nuevo amanecer, no solo para Lucas, sino también para toda Francia, deseosa de jalear a nuevos ídolos. El tándem formado con Mauresmo tiene la receta.

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Emmanuel Ramiro Fernández
Extremeño en Madrid. El mágico año 92 me enganchó al Deporte en Mayúsculas. Luego sería el fútbol el que me haria correr detrás de la pelota. A esa carrera llevamos dedicándole toda una vida porque el deporte también me enseñó que esto del periodismo es una maratón, más que un sprint de 100 metros. Son las historias de factor humano que florecen alrededor del deporte las que más me interesan. Especializado en el fútbol europeo, me declaro un devoto seguidor del fútbol posicional y del pase horizontal. Las bufandas me las quedo en casa. Creo que la calidad se terminara imponiendo al click bait y confió en que esa línea la rompamos aquí, en TLB.

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