domingo, 1 agosto, 2021
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Los atletas de alto rendimiento suelen llevar vidas relativamente normales: entrenan doble turno, siguen una estricta dieta, aquellos que viven en países con mayores condiciones de amateurismo trabajan para cubrir sus gastos y participan en competencias con cierta frecuencia para medirse contra sus más acérrimos competidores. Un pequeño porcentaje de ellos son protagonistas por lo que hacen fuera de su disciplina, algunos por su estatus de superestrella que trasciende al deporte y otros por problemas personales que salen a la luz. Así y todo, ni siquiera los integrantes de este último grupo emanan un halo de misterio similar al de Polin Belisle.

Nuestro protagonista nació el 2 de julio de 1966 en Honduras, más precisamente en Puerto Cortés, aunque su infancia estuvo marcada por los traslados: a meses de su nacimiento su familia se mudó a Belice y en 1970, luego de que sus padres se separaran, emigró a Los Angeles junto a su madre y, al final de la travesía, se establecieron en Cerritos, una localidad de menos de 50 mil personas también ubicada en California, donde estudió en el instituto Burbank. Allí dio sus primeros pasos en las carreras de larga distancia a una velocidad sorprendente ya que, una vez que se graduó, se encontraba compitiendo en maratones de tier 2 en Estados Unidos. En 1988 tenía el objetivo de estar en los Juegos Olímpicos de Seúl, y con el tiempo de 2:36:18 que lo llevó al 20° puesto de la maratón de Long Beach, Polin tenía lo necesario para representar a Belice en la máxima cita del deporte internacional: contaba con la doble nacionalidad junto a la estadounidense

Esa iba a ser la tercera aparición del país en unos Juegos bajo ese nombre, ya que en Roma 1968 y Múnich 1972 había competido bajo la denominación de Honduras Británica y en 1980 formó parte del boicot a la edición que se realizó en Moscú. Junto a Belisle viajaron otros nueve atletas, entre ellos su compañero en maratón Eugéne Muslar, quien iba a cumplir un rol importante en el devenir de esta historia. La principal crítica de Muslar a su compañero era su actitud fanfarrona de creerse más que los demás al alardear sobre su exigente rutina de entrenamiento: 400 kilómetros semanales, una estricta dieta personalizada por un nutricionista estadounidense y abstinencia sexual en las semanas previas a una competencia, algo que no se condecía con su inclinación por las fiestas y el alcohol.

El 2 de octubre ambos integraron la nómina de 98 atletas que largaron en la maratón y sus resultados no iban a ser lo más resonante de la prueba. Muslar cruzó la línea de meta en el 79° lugar mientras que Belisle llegó último con síntomas de deshidratación a más de una hora del italiano Gelindo Bordin tras haberse detenido a vomitar en varios puntos del trayecto. La versión oficial diría que le cayó mal la comida coreana aunque su compañero tenía otra teoría que suponía que Belisle nunca había obtenido los resultados de los que se jactaba. Le comunicó su preocupación al presidente de la Asociación de Atletas de Belice Joan Burrell que, en ese entonces, no tomó ninguna acción y comenzó a seguir de cerca las actuaciones de su representado.

Y menos mal que lo hizo: después de establecer el récord nacional de Belice de media maratón en 1990 (1:13:30), tuvo tres episodios que permitieron a Burrell armar el rompecabezas de cómo Belisle había llegado a los Juegos Olímpicos. En 1991 finalizó 5° en la Maratón de Long Beach, aunque luego sería descalificado por no figurar en todos los puntos de control, motivo por el cual la organización sostenía que había tomado atajos que le permitieron ganar tiempo por sobre el resto de los competidores. El episodio no saltó a la luz hasta que el hondureño reclamó los dos mil dólares que le “correspondían” por su quinto lugar, a lo que los organizadores le respondieron que lo harían cuando se presentara a mostrar evidencia audiovisual que lo mostrara en cada uno de los check points de la carrera. Nuestro protagonista nunca se presentó y así dio inicio a esta seguidilla de episodios polémicos.

Ese mismo año se vanagloriaba de su tiempo de 2:11:02 en la Maratón de Chicago cuando, en realidad, el brasileño Joseildo Rocha había ganado esa edición con un registro de 2:14:33, dejando al descubierto la mentira del hondureño. En 1992 también fue descalificado de la Maratón de Los Angeles por el mismo motivo, brindándole a Russell la última prueba necesaria para constatar los fraudes que venía cometiendo desde 1988. Resulta que en la Maratón de ese año en Long Beach también había recurrido a la trampa, por lo que el recorte de diario que certificaba su 20° puesto con el que había convencido al Comité Olímpico de Belice era totalmente falso.

Así fue como terminó vetado de por vida de representar la bandera beliceña, lo que no lo iba a detener sus aspiraciones de volver a estar en un Juego Olímpico. Al igual que en 1988, recurrió a una nota de un diario sobre su 20° puesto ficticio en la Maratón de Los Angeles para convencer al Comité Olímpico de Honduras de representar a su país natal, omitiendo por completo que en Seúl había integrado la delegación de Belice. Al mostrar un tiempo que era muy bueno para el estándar de los corredores hondureños y luego de insistir en varias ocasiones y hasta ofrecer costearse su propio viaje, el COH certificó su partida de nacimiento en Puerto Cortés y le facilitó los trámites para obtener la ciudadanía ya que sólo contaba con la de Belice y Estados Unidos.

En Barcelona 1992 Belisle fue inscripto en los 5000, 10000 y en la maratón, aunque no pudo participar de ninguna de las pruebas debido a que volvió a estar envuelto en el epicentro de la polémica al cruzarse con ex compañeros de la delegación beliceña, quienes rápidamente le notificaron su presencia en la Villa Olímpica a Ned Pitts, presidente del Comité Olímpico de Belice. Este hizo lo propio con Julio Villalta, presidente del Comité Olímpico de Honduras, quien se encargó de comunicarle a nuestro protagonista su expulsión inmediata de la delegación y de la Villa. Después de horas al teléfono, Belisle consiguió que lo dejaran quedarse con sus acreditaciones y con su cartel de competidor, el 907, a modo de recuerdo de la experiencia que ni siquiera había llegado a comenzar.

Esa fue la excusa para contar con todo lo necesario para poder participar el 9 de agosto de la largada de la maratón, que se terminaría en uno de sus pocos registros fotográficos al buscar un lugar entre los primeros del pelotón. Consiguió mantenerse en el grupo de punta un par de kilómetros hasta que su ritmo empezó a caer y, sin ser captado por las cámaras, desapareció entre el público. Fue lo último que se supo de este atleta que, a lo largo de su corta carrera, engañó a colegas, directivos, organizadores y hasta la propia organización de los Juegos Olímpicos. Su historia se mantiene hasta el día de hoy como una de las más bizarras y difíciles de creer en los más de 100 años de olimpismo moderno por la infinidad de mentiras y trampas que perpetuó, algunas de ellas tan bien trabajadas que terminaron por ponerlo en la línea de salida en varios Juegos.

 

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¡Buenas gente! Soy Facundo Osa, tengo 20 años y me gusta escribir de todo un poco. Últimamente estoy en una parte más polideportiva de mi escritura ya que me alejé del fútbol porque dejó de atraparme como antes. Así que ya saben, cada vez que vean alguna nota que sea de algún deporte que no frecuentamos tanto en la página, seguro sea mía jajajaja. Ya que están, síganme en Twitter (@FacuOsa) si no se quieren perder de nada del mundo polideportivo (especialmente rugby, básquet y automovilismo).

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