jueves, 6 junio, 2019
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He visto algunos documentales y vídeos relacionados con la brutal, feroz e inopinada destrucción del Estado de los eslavos del Sur. A menudo reflexiono -como si no tuviera otra cosa mejor que hacer- sobre aquellas guerras que agriaron gran parte de esa década con sus bombardeos, sus limpiezas étnicas y sus milicianos en camiseta y zapatos deportivos, tan perturbadoramente parecidos a nosotros mismos. Me siguen estremeciendo aquellas palabras de Alija Izetbegovic («sentí cómo se abrían ante mí las puertas del infierno») en una de las mejores series documentales de la historia, La muerte de Yugoslavia, y no puedo dejar de alucinar ante la facilidad con la que amigos y vecinos se atacaron los unos a los otros en razón de una patria, una religión y una étnia.


Esa especie de astigmatismo también ocurre en el sutil “Once Brothers”, un magnífico documental producido en 2010 por la NBA para la serie “30 x 30” de ESPN. Es una crónica que intercala la excelencia deportiva con el aniquilamiento de las relaciones humanas que provocan las guerras, con el desmembramiento de Yugoslavia y de todos sus ejércitos deportivos simbólicos a comienzos de la década de 1990. Un serbio, Vlade Divac, y un croata, Drazen Petrovic, pasaron de ser amigos, confidentes y compañeros de equipo a convertirse en enemigos y traidores a escala nacional.


En medio de un conflicto que terminaría con 130.000 muertos y millones de desplazados en los Balcanes (la mayor masacre europea después de la II Guerra Mundial), ambos quedaron enfrentados entre aureolas de héroes y guerrilleros. Si “Once Brothers” tiene cientos de miles de visitas en YouTube es porque fascina por igual a los fanáticos del deporte y a quienes no sabrían mencionar a dos equipos de la NBA. El deporte es el vehículo de la trama.

 

 

 

La magia europea


Dream Team sólo ha existido uno: la versión de 1992. Aquel imponente equipo de baloncesto, formado por Michael Jordan, Magic Johnson, Larry Bird, Charles Barkley, Karl Malone, John Stockton, Scottie Pippen, Patrick Ewing y compañía, es el único y genuino merecedor de tal apelativo. No obstante, poco antes de la existencia del equipo de ensueño americano hubo, al otro lado del océano, una selección que reunió a una colección de enormes talentos hasta el punto de que se podría considerar como el Dream Team europeo.


Con una Unión Soviética en declive, lejos de la todopoderosa selección dominadora de los 80’s y lastrada por la ausencia de sus jugadores lituanos (Sabonis, Homicius, Marciulonis y Kurtinaitis) debido a las aspiraciones independentistas de su país; con España e Italia en horas bajas, los grandes astros de Grecia –Gallis y Giannakis– enfilando la recta final de su carrera y con el debate abierto en Estados Unidos acerca de la conveniencia de la asistencia de jugadores profesionales de la NBA a los torneos internacionales.

Aun con todo ello, los yugoslavos tenían todo a su favor para dominar el baloncesto europeo y mundial durante la década de los 90. Sólo una desgracia podía alterar el curso de los acontecimientos, sólo un hecho extraordinario podía malograr el futuro de una generación llamada a la gloria.


Es difícil encontrar más talento reunido que en aquella selección que se coronó en el Mundial de 1990. El quinteto inicial estaba formado por Jure Zdovc, Drazen Petrovic, Toni Kukoc, Zarko Paspalj y Vlade Divac. En el banquillo, veteranos como Cutura y Obradovic —buen jugador entonces y mejor entrenador después— se mezclaban con jóvenes promesas como Perasovic, Savic y Komazec. Si sumamos a Dino Radja, titular habitual en aquella selección pero ausente ese verano por culpa de una inoportuna lesión, amén de jugadores a punto de eclosionar como Djorjevic o Danilovic, no resultaba difícil pronosticar un dominio yugoslavo durante la década recién estrenada, teniendo en cuenta la juventud de sus mejores jugadores. Petrovic, el mayor de todos ellos, apenas contaba entonces con 25 años.


El pequeño de los hermanos Petrovic fue el jugador de mayor influencia del baloncesto europeo. No era el más rápido, ni el mejor tirador y, por lo que cuentan, la gente en la propia Croacia no le pone de manera unánime por delante de Cosic o Kukoc. Simplemente, Drazen era al baloncesto lo que Dalí a la pintura: mucha gente no entiende la genialidad de su obra pero nadie la observa indiferente.


El 19 de agosto de 1990, en el estadio Luna Park de Buenas Aires, la selección yugoslava de baloncesto se proclamaba campeona del mundo al derrotar en la final, por un incontestable 92-75, a una Unión Soviética diezmada. En semifinales los balcánicos habían eliminado a Estados Unidos, cuyo equipo estaba formado todavía entonces por jugadores universitarios, con Alonzo Mourning, Christian Laettner, Billy Owens y Kenny Anderson como hombres más destacados. Los yugoslavos ratificaban así su hegemonía en el baloncesto mundial, ya apuntada un año antes con la victoria en el EuroBasket disputado en Zagreb. El abrazo, nada más finalizar la final, entre Drazen Petrovic y Vlade Divac, representaba el triunfo de una extraordinaria generación que jugaba al baloncesto con una naturalidad y una brillantez asombrosa y además se divertía haciéndolo, transmitiendo ese placer al espectador.

 

 

El episodio que lo cambió todo


Recién había terminado la final del campeonato y las imágenes eran retransmitidas a gran parte del mundo, pero en ningún lugar eran seguidas con mayor atención que en la Yugoslavia integrada por las repúblicas de Serbia (que incluía a Kosovo y Vojvodina), Croacia, Eslovenia, Macedonia, Montenegro y Bosnia-Herzegovina.

El quiebre en el documental, o sea en la relación entre los amigos, ocurrió cuando el serbio Divac encaró al hincha intruso y le arrebató la bandera croata. En el momento pareció un incidente mínimo, una anécdota en comparación con el reciente título del mundo, pero el asunto estallaría al regreso a los Balcanes.

Aquella pelea fue el combustible para una geografía que se prendía fuego. Divac sería considerado un “héroe” en Serbia y un “guerrillero” en Croacia (periodistas locales dijeron que, además de haber agarrado la bandera, la había escupido y pisado), incluso para su hasta entonces amigo Petrovic, quien ya no le volvería a dirigir la palabra.


“Yo no reaccioné así porque tuviera la intención de mostrar rechazo a nadie. Solo quería proteger a mi equipo y defender que éramos un equipo de Yugoslavia, no de Croacia, ni de Serbia ni de ninguna otra república”, explica Divac. “Estoy seguro de que en ese momento él no sabía la repercusión que iba a tener”, apunta Toni Kukoc, otro de los croatas de aquel equipo.


Lo currido durante la celebración en Luna Park no fue más que un indicativo de la situación de las cosas en esos momentos y un presagio de lo que estaba por venir. Los vientos de cambio en la república yugoslava estaban a punto de llegar, arrastrando con ellos, como un vendaval, todo lo que se pusiera a su paso. La caída del Muro de Berlín había servido de catalizador a las ansias independentistas de las distintas repúblicas que formaban Yugoslavia en un proceso que ya resultaría imparable.

 

 

Tensiones en Roma, Zdovc fuera


Aunque la tensión en la zona cada vez era mayor, Yugoslavia aún acudió al EuroBasket de 1991 disputado en Roma. Resaltaba la ausencia de Petrovic, no está muy claro si por motivos políticos, por diferencias con el seleccionador Ivkovic o por el interés del jugador en preparar la siguiente temporada en la NBA. Mientras el equipo maravillaba con su juego en Italia, arrasando a todos sus rivales, el país estaba a punto de saltar por los aires.

La medalla de oro conseguida en la final ante los locales se vio empañada por la triste ausencia del esloveno Zdovc. El 25 de junio Eslovenia proclamaba la independencia y reclama el abandono de la selección yugoslava de Zdovc, único esloveno del equipo, justo antes de jugarse las semifinales y bajo la amenaza de ser considerado traidor.


Jure Zdovc se levantó en Roma aquella mañana del 25 de julio de 1991 y llamó a su familia. Ellos estaban en casa, en Liubliana -la capital eslovena-, y el base intentaba contactarles cada dos horas. La situación, para él y para todos sus compañeros de selección, distaba mucho de ser normal. Los rumores de desintegración de Yugoslavia estaban al orden del día, la crisis política y social se estaba calentando súbitamente. Aquello terminaría en una guerra civil, pero todavía faltaban semanas hasta que saltase la chispa definitiva.


Zdovc, confundido, empezó a llorar. En su mente estaba no solo jugar ese campeonato, sino ganarlo, pues en ese equipo se reunían algunos de los talentos más grandes que ha visto el baloncesto universal, capitaneados por el gran Kukoc. Habían sido campeones del mundo un año antes en Argentina y dos atrás de Europa en casa. Se daba por hecho el oro y así fue, aunque sin la presencia de Zdovc. Pudo haber desafiado a su nuevo país pero el miedo a las represalias pudo al deseo de jugar.


La guerra estalló un par de días después pero duró solo diez días y, dentro de lo que cabe, fue un conflicto menor. Serbia, la nación dominante de la antigua Yugoslavia, no quería derrochar recursos para mantener unida a Eslovenia sabiendo que por delante venían Croacia y Bosnia, donde la población de origen serbio era mucho más numerosa. Zdovc, curiosamente, también tuvo que cancelar su boda, prevista para unos días más tarde. El ambiente bélico lo desaconsejaba.


Dusan Ivkovic, el seleccionador yugoslavo, se tuvo que apañar sin el esloveno, que era un base de mucho talento y una gran capacidad defensiva. Cuando logró el oro lo calificó como “el título más grande” y lo explicó diciendo que sus tres bases, Petrovic, Obradovic y, por supuesto, Zdovc, no habían estado presentes. Como tantas otras veces hicieron los deportistas, Ivkovic evitó por todos los medios pronunciarse políticamente.


Aquel fue el último título de Yugoslavia como país. Los años siguientes se sucederían entre guerras, desintegración y la presión internacional que excluía a los equipos serbios de las competiciones. Ganaron pero se dieron solo 11 medallas, la de los montenegrinos, serbios, croatas y bosnios que conformaban el conjunto. Zdovc, por aquel entonces, ya se había reencontrado con su familia.


Pasaron 14 años hasta que el baloncesto devolvió a Zdovc lo que era suyo. Fue el día de su homenaje, dos años antes se había retirado. Un montón de amigos, casi todos ellos grandes estrellas del deporte, se arremolinaron en Liubliana para dar cariño al base. Fue Ivkovic, el seleccionador, quien le entregó la presea que había ganado pero que nunca había podido colgarse al cuello. La República de Yugoslavia desapareció como tal y solo quedó la conjetura de los distintos equipos que se podrían haber hecho —y lo que podrían haber ganado— con tanto talento como atesoran sus herederas.


El quiebre de aquella fantástica selección es, obviamente, una anécdota al margen en el contexto de los terribles acontecimientos ocurridos en los Balcanes durante los años 90’s. Un hecho menor, pero acaso simbólico. El distanciamiento entre jugadores croatas y serbios, el muro invisible levantado entre ellos, compañeros y amigos hasta entonces, independientemente del origen, puede ser representativo de lo inútil e inexplicable de una guerra fraticida y cruel que enfrentó a vecinos, amigos y familiares y que destrozó durante una década la zona.

 

 

Drazen, siempre Drazen


Erigido como estandarte de su nuevo país, su implicación y su talento llevaron a Croacia a disputarle el oro al Dream Team en Barcelona’92. Esa misma implicación le llevó a saltarse las inesperadas vacaciones tras la prematura eliminación de los Nets en los playoffs ante los Cavs y acudir al Pre-Europeo en el que su selección tenía armas suficientes para ganarse una plaza.


Eslovenia derrotó a Croacia en el último partido del torneo. Poco importaba, ya que ambos se habían ganado su plaza para el campeonato de Europa que se disputaría semanas después en Alemania.

Tras participar en el torneo de Polonia y volar de Varsovia a Frankfurt con la selección croata, el ‘genio de Sibenik’ renunció a tomar el siguiente avión con sus compañeros y prefirió continuar viaje hacia Zagreb por carretera acompañado de su novia, Klara Szalantzy, y una amiga, la jugadora turca Hilal Ebedel. Drazen, que había conducido durante unos kilómetros, cedió la conducción a Klara y viajaba en el asiento del copiloto, dormido y sin el cinturón de seguridad abrochado.

A la altura de Denkendorf, una población bávara cercana a Ingolstadt, el vehículo superó una ligera elevación en la autopista y se encontró de frente con un camión atravesado en medio de la tormenta. Klara sujetó el volante y pisó el freno con fuerza pero no pudo evitar la brutal colisión que se llevó la vida del ‘crack’, quién fallecido de forma instantánea.


La tragedia tuvo historias paralelas, ocultas y menos conocidas. Una de ella es la de Klara Szalantzy, que sólo sufrió heridas y sobrevivió para reanudar su carrera como modelo y terminar casándose con el jugador alemán de fútbol Oliver Bierhoff. O la de Hilal Edebel, la jugadora turca amiga de ambos, que estuvo ocho semanas en coma tras una conmoción cerebral que le causó daños irreparables, truncó sus aspiraciones deportivas y cambió su vida para siempre.


La historia es una mamushka de revelaciones inesperadas. Incluso también en Tomás Sakic, aquel hombre desconocido que entró a la cancha del Luna Park y que hizo pelear a Divac y Petrovic por una bandera. El “otro” de “Once Brothers”.

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Juan Zavala
Venezolano del 96. Literatura, geopolítica y deportes. Contando aquellas historias que tanto nos apasionan desde otro punto de vista.

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