miércoles, 1 diciembre, 2021
Banner Top

Perdón Diego, nosotros te matamos. Parece una exageración, pero no lo es. Desde el primer momento en el que lo hicimos depositario de todas nuestras esperanzas, de todas nuestras ambiciones, de todas nuestras reivindicaciones, lo expusimos a este callejón sin salida. Es cierto que su último entorno lo llevó a velocidad crucero hacia este destino, pero nosotros lo pusimos en esa senda. Lo obligamos a ser Maradona 24 horas al día, los 365 días del año. Lo obligamos a dar más de lo que podía y él, que no quería fallarnos, se exigía más de lo que debía.

Desde su debut en la Primera División jugando para Argentinos Juniors, pero principalmente a partir de aquellas jornadas apoteóticas de México 86, Maradona fue el escudo protector de un país que más de una vez coqueteó con la tragedia y que, al final del día, siempre tenía a mano una gambeta salvadora para escapar de ella. Como el propio Diez.

Para Argentina, Diego Armando Maradona no fue solamente el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos, sino también un líder político que siempre plantaba cara al poder. Donde hubiera una causa justa, allí estaba el Pelusa poniéndose al frente de la batalla, con el pecho hinchado, la mirada desafiante y la pelota bajo la zurda. Demasiada responsabilidad para un solo hombre.

Por estas horas, el periodista Daniel Arcucci – quizás el reportero que mejor supo interpretarlo – dijo que la vida del astro argentino estuvo hecha de muertes y resurrecciones, y que por esta razón nadie se atrevió a confirmar su deceso en los primeros minutos de este drama. Ya habíamos estado allí, ya habíamos escuchado otras veces que Diego se moría, pero siempre el hombre, el jugador, el mito resurgía de las cenizas con más fuerza, más gritón, más irreverente, más indomable que antes.

Pero ese era Maradona, una construcción al servicio de un país que lo amó con locura, pero que al final de todo no supo amarlo bien. Por cada resurrección de Maradona, Diego dejaba pedazos de sí mismo en el camino y, en estos últimos meses, poco quedaba de aquel pibe de Fiorito. La última imagen del mito dentro del campo de juego es, sin dudas, la más triste de todas: casi sin poder caminar, casi sin poder hablar, casi sin poder sentir.

También puedes leer:   AD10S

Confieso algo. Ese 30 de octubre maldito en donde fue llevado a la rastra por las sanguijuelas que lo rodeaban para protagonizar un spot publicitario burdamente camuflado como homenaje, yo le escribí a mi hermano: “Si esto sigue así Diego no ve el fin de la pandemia”. Así y todo, cuando escuche la noticia mi primera reacción fue no creerla. Incluso en el momento en el que escribo estas líneas, a tres días de su muerte, una parte mía sigue pensando que lo que ocurrió el miércoles 25 de noviembre fue una puesta en escena, un plan exquisitamente pergeñado por Diego y su familia para escapar de la sombra de su fama.

Me lo imagino escondido en un baúl, tapado con una manta a la espera de abordar un avión que lo deposite en un destino ignoto de la Argentina profunda. Me lo imagino sentado frente a un televisor fumando un puro y viendo con ternura a los millones de sin nombre que salieron a las calles para homenajearlo. Me lo imagino insultando a los veletas de siempre, aquellos que durante toda su vida se encargaron de contarle las costillas y medirle la moral, y que ahora ponen cara de tristeza frente a las cámaras y hablan de las virtudes del héroe caído. Me lo imagino vivo, risueño, feliz, pícaro, ocurrente, genial, eterno.

Pero es solo mi imaginación. Es otra vez el Maradona que Diego construyó para que no nos sintiéramos tan solos, tan desprotegidos. Es ese Maradona que peleó por nosotros en todas las guerras, aun en las que no estaba obligado a hacerlo. Es ese Maradona que debió hacerse adicto a la mierda blanca para escapar de nuestra adicción a él mismo. No pudimos, no supimos o no quisimos cuidarlo. En un punto, todos somos culpables por su triste final. Ahora nos toca madurar, nos toca aprender a caminar sin él, nos toca a nosotros defendernos de las agresiones del poder. Hoy somos un país huérfano que duela a su hijo más querido, a su prócer en pantalones cortos y botines. Mañana tenemos que ser otra cosa.

También puedes leer:   A tu manera

Perdón Diego, no queríamos que tu final fuese este. Donde quieras que estés, espero que hayas encontrado la paz que tanto necesitabas y que no supimos darte. Te quiero.

(Visited 42 times, 42 visits today)
Tags:
Changarín de la palabra, termo de la A-League. Una vez me insultó toda la comunidad croata de Melbourne.

Related Article

The BreakerLetter

Archivos

Nuestras Redes

INSTAGRAM

Mis Marcadores