jueves, 23 septiembre, 2021
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El arte tiene, como una de sus finalidades, generar emociones en aquellas personas que están allí presenciando algo, sea una pintura, una danza o una canción. Tristeza, melancolía, felicidad. Algo en el corazón se despierta cuando lo que se observa es bueno. Y el deporte, bajo mi punto de vista, también es arte, ya que en cada disciplina podemos encontrar cosas que nos conmueven el corazón, que nos hagan sentir un poco más vivos. Debería hacernos ruido, justamente, si lo que miramos no moviliza nada de nuestro interior.

Sepa disculparme, lector o lectora de The Line Breaker, por romper una de las normas del periodismo, que es la de no hablar en primera persona. Entiendo que uno debe contar historias de la manera más objetiva posible y sin involucrarse tanto en el tema en cuestión. Pero es que, horas después de verla competir por última vez, sigo conmovido, ya que durante muchos años su carrera, pese a la cantidad de logros, no dejó de maravillarme una y otra vez, abriendo un mundo totalmente desconocido. Hablo de la judoca argentina Paula Belén Pareto.

En Beijing 2008, la nacida en San Fernando, Buenos Aires, un 16 de enero de 1986 hizo vibrar a todo un país con sus combates. El judo es una disciplina en la cual, a diferencia de otros deportes de contacto como el boxeo, no solo se depende de la fuerza física para controlar y derribar a los oponentes, sino que a eso hay que sumarle agilidad (tanto física como mental, para pensar distintas estrategias en muy pocos segundos) y mucha técnica. Pareto siempre demostró tener todo eso, además de una gran confianza para medirse ante cualquier rival, fuera una desconocida o una de las mejores en su división. Paula llegaba a la cita china tras un bronce en los Juegos Panamericanos de Rio en el 2007 (y ya compitiendo y logrando buenos resultados desde antes), pero en tierras orientales terminaría por convertirse en toda una gigante, recuperándose de su derrota ante la japonesa Ryoko Tani (bicampeona olímpica en ese momento) para llevarse una valiosa presea de bronce tras vencer a la norcoreana Pak Ok-Song. No solo se ganó el corazón de los argentinos -y por supuesto que el mio- con este logro, sino también por desprender de una genuina simpatía, una sencillez increíble y un carisma impresionante.

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Por mi parte, si bien mi mamá siempre me contaba historias de cuando practicaba judo (aunque nunca de forma profesional), no era un deporte que me llamara particularmente la atención, no porque me pareciera malo -si algo me caracteriza es que me encantan prácticamente todas las disciplinas, porque siempre puedo aprender de ellas-, sino porque justamente no tenía a alguien que despertara en mi esas sensibilidades. Pareto, desde entonces, pasó a ser una obra artística, una forma nueva de conocer un deporte y enamorarme de el.

Por supuesto que el punto cúlmine de su historia sería aquel oro (el primero para una mujer de nuestra patria) en Rio 2016 al derrotar a la surcoreana Jeong Bo-kyeong, pero antes de eso logramos conocer a Pareto más a fondo, sabiendo de su carrera en medicina, viendo sus durísimos entrenamientos, lamentando su derrota en la final por el bronce en Londres o entendiendo como siempre buscó mejorarse, incluso hasta siendo campeona olímpica.

Pareto llegó a Tokio para tener su último baile, uno que nos hubiera gustado que hubiera tenido un cierre al mejor estilo Jordan, aunque primero la local Funa Tonaki (que terminó siendo plata) y luego la portuguesa Catarina Costa le negaron ese retiro soñado, aunque a ella poco le importó eso. “No me veía compitiendo acá, creí que en Río era el último. Di hasta la última gota. Un diploma olímpico no es nada para despreciar” expresaría al terminar la prueba, dándole gracias a todos por apoyarla hasta el final y hasta incluso llegando a disculpándose por no lograr darle al país una nueva alegría, algo que sigue dejando en claro el tipo de persona que es.

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Pero al menos durante una madrugada tuvimos la chance de ver a Pareto danzar por última vez en el tatami. Sus tomas, su dureza, su mirada guerrera, su fortaleza para aguantar las lesiones y hasta sus lágrimas y sonrisas van a quedar por siempre guardadas en mi mente como lo que son: una verdadera obra de arte, un canto al olimpismo. Gracias por hacernos tan felices, Paula. 

 

 

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Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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