jueves, 10 octubre, 2019
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Se ha puesto de moda en redes sociales eso de decir que la vida es lo que ocurre entre una cosa y otra, entre tal y Pascual. Para mí, la vida es vagabundear entre suspiros que te resquebrajan por dentro hasta esperar la siguiente exhalación sin respiración. La vida es todo aquello que tienes cerca y que se te escapa como agua entre las manos. Pero que al menos esas cosas te saquen una sonrisa al pensar en ellas o que te remuevan por dentro para sentirte vivo. Algo parecido le ocurrió al Alavés en el partido que elucidaba al campeón de la Copa de la UEFA de la campaña 2000/2001.

El conjunto de Vitoria se coló en la final de la segunda competición europea a nivel de clubes. Una fiesta en la que, probablemente, muchos no tenían a los babazorros apuntados en su lista de posibles invitados. En aquel 16 de mayo del primer año del siglo XXI, al Alavés le toco bailar, seguramente, con la más fea, el Liverpool en el Signal Iduna Park de Dortmund. Antes de esa fecha, la entidad del noroeste de Inglaterra llegaba a la cita ya habiendo ganado dos títulos en esa misma temporada: FA Cup y la League Cup.

En semifinales, los ‘reds’ dejaron en la cuneta al Barcelona y en la ronda anterior al Oporto. “Se trataba de un buen equipo en el que ya despuntaban dos jóvenes valores como Michael Owen y Steven Gerrard, y en el que militaban otros como Hyppiä, Jamie Carragher, Heskey, Fowler o el gran Litmanen”, destaca Esteban Gómez.

La ruta que el Alavés tuvo que sufrir tampoco fue un camino de rosas. Los vascos eliminaron de forma progresiva en las últimas luchas fratricidas al Inter de Milán, al Rayo Vallecano en un enfrentamiento patrio en Europa y a los bávaros del Kaiserslautern. Los de Mané pusieron patas arriba el torneo, propiamente dicho, ya que, en el encuentro donde echaban de la competición a los nerazurri, sus aficionados lanzaban por las gradas una moto que iba cayendo con dirección anárquica e imprevisible de una fila a otra. Por otra parte, los alemanes recibieron un serio correctivo. Los albiazules les endosaron un global de 9-2 y así llegaron a la más que soñada final.

Héctor Fernández, periodista de Onda Cero y alavesista de piel, huesos y venas, recuerda “perfectamente” que empataron a cero en el primer partido de los babazorros por el Viejo Continente. “Parecía que aquello iba a ser un paso efímero y resulta que se convirtió en un viaje inolvidable. Estuve en Milán, en Vallecas y en Kaiserslautern. Fue un cuento”.

El gran día llegó. El estadio del Borussia de Dortmund no sabía la que se le venía encima. El Liverpool, que en aquel momento poseía cuatro Champions League – y después ganaría otra Orejona en Turquía en la famosa remontada al Milan- y el Alavés, que afrontaba su primera participación en Europa, llegaban a la ciudad del estado de Renania Norte-Westfalia con ganas y sed de victoria.

Los jugadores de la entidad vitoriana estaban ante la posibilidad de hacer una gesta muy gorda. Muchos de ellos eran novatos en este tipo de andanzas. “Más del 90 % (de la plantilla) no había vivido un partido así. Estábamos acostumbrados a verlo por la tele”, declaró Ibón Begoña a Fiebre Maldini.

Mané quiso modificar su sistema habitual para hacer frente a los dos delanteros del conjunto inglés como admitiría años más tarde. El entrenador vasco introdujo un central más y apostó por un 1-5-4-1. El once lo conformaban Martín Herrera, Cosmin Contra, Antonio Karmona, Óscar Téllez, Dan Eggen, Delfí Geli, Ivan Tomić, Astudillo, Desio, Jordi Cruyff y Javi Moreno.

Por su parte, el equipo de Anfield, que estaba dirigido por el francés Gérard Houllier, saltaba al campo con futbolistas temibles en su alineación: Westerveld, Babbel, Hyypiä, Henchoz, Carragher, McAllister, Hamann, Steven Gerrard, Murphy, Emile Heskey y Michael Owen.

Respecto al volumen de los aficionados, en el estadio alemán ganaban los ingleses. Fernández comenta que alucinó con lo tremendamente en minoría que estaban en la grada. “Era un diez a uno”. Pero la pelea era sobre el césped y los vascos no llegaron hasta allí para ponerlo fácil ni para lucharla de rodillas.

La pelota se puso en juego y los ‘reds’ salieron como una apisonadora. El alud de juego de los británicos hizo que al cuarto de hora ya fueran por delante en el marcador con un 2-0. Babbel y un jovencísimo Gerrard fueron los autores de los primeros tantos. El primero, a balón parado, algo que hizo mucho daño a los babazorros como manifestaba Karmona a Fiebre Maldini. “Ahí sí que pecamos de nuevos en una final europea”, confesaba el capitán. Y el segundo, un chut potentísimo ante el portero albiazul.

Tras esos primeros compases de aquel baile fatídico para los interés del conjunto español, Mané decidió desmontar el experimento que había ideado para sorprender y contrarrestar las fortalezas del Liverpool. Eggen, al banquillo e Iván Alonso, a escena. Ahora, el dibujo que conformaban los jugadores era mucho más identificable.

Téllez: “Nos soltamos y nos creímos que podíamos ir a por ellos”

Un centro de Contra alrededor de la media hora de juego cayó en la cabeza del uruguayo, que apenas acababa de entrar al césped y que acortaba distancia. Aquel tanto no tuvo festejo. El ir a por el segundo era lo único que le pasaba por la cabeza al charrúa que corría veloz hacia el centro del campo. Como afirmaba Téllez, “nos soltamos y nos creímos que podíamos ir a por ellos”.

Ya casi finalizando el primer periodo, en una mala salida de Herrera en una contra del Liverpool, los ingleses tuvieron un penalti donde el portero del Alavés zancadilleó de manera clara a Owen. McAllister no erró y puso el tercero para los suyos.

El descanso sirvió para que los albiazules asentaran la idea de cómo querían jugar y para que Mané hiciera un nuevo cambio. Salió Astudillo y entró Magno. En la segunda parte, el vendaval inicial fue de los vitorianos, que en menos de diez minutos igualaron la contienda. Ambos tantos del valenciano Javi Moreno, que empató con seis goles en la clasificación de máximo anotador del torneo junto a tres jugadores más (Goran Drulic del Estrella Roja, Marcin Kuzba del Lausanne Sport y Demis Nikolaidis del AEK Atenas)

El primero, tras una jugada mareante de Contra, que recortó hasta la saciedad y hasta que colocó con la izquierda el esférico en la testa del delantero. Y el segundo del ariete, una falta en la frontal que se coló por debajo del muro inglés y engañó a Westerveld. “Fue suerte. Yo quería pegarle a romper al palo del portero. El pie de apoyo se me resbaló un poquito y en vez de darle de lleno, le di mordida y salió por debajo de la barrera”, relató Moreno.

Las tablas en el electrónico del Westfalenstadion y el técnico español con su inseparable e imperecedero bigote queriendo reajustar a su equipo. Javi Moreno fue el damnificado en una permuta que mucha gente no entendió. Fernández califica de extraño el cambio tras el doblete del valenciano. Moreno se sentó en el banquillo y en su lugar salió Pablo Gómez.

En el minuto 73, Robbie Fowler, que había sustituido a Heskey, cogió un balón que le llegó en el pico derecho del área de Herrera para hacer una diagonal, que después de dos movimientos chutó para cebar la lista de goles de aquel encuentro, que hace rato que se había convertido en magia futbolística, y para adelantar al conjunto de la metrópolis de The Beatles. Karmona agarró el balón de dentro de la red. Todavía no se habían ido de allí, podían darle la vuelta y llevar la copa a Vitoria.

Fernández: “El cuarto gol en el 90 fue como un estallido. Creo que escuché a la gente gritar desde Vitoria”

La alegría roja no les duró mucho. Jordi Cruyff cabeceó un córner medido que lanzó Magno. El neerlandés remató entre una multitud de defensores del Liverpool, que no hicieron gran cosa para evitar la acción. El portero ‘red’, que salió a por uvas en esa jugada, no hubiera parado ni un taxi. El esférico tocó la red tras un disparo con la testa picado. “El cuarto gol en el 90 fue como un estallido. Creo que escuché a la gente gritar desde Vitoria”, evoca Fernández.

Con todo ello, llegó la prórroga. Los penaltis estaban cada vez más cerca y las esperanzas de los alavesistas, que aquel día jugaron con una camiseta que nunca se olvidará y con la que parecían el Boca Juniors, engordaban el sueño de conquistar Europa.

Dos jugadores del Alavés fueron expulsados en el tiempo extra. Magno y Karmona no acabaron la disputa. La falta que provocó la roja del capitán de los babazorros tuvo un desenlace muy cruel. McAllister, que a posteriori sería el jugador mejor valorado del partido, sacaba el balón parado para ponerlo en la olla y Geli, que estaba solo, se lo introducía en su propia portería. Aquel tanto en aquella dilatación era gol de oro y esto hizo que el Liverpool ganase aquella Copa de la UEFA con un marcador irrepetible y maravilloso: 5-4.

“Un vacío tremendo. Una sensación de tristeza, de haberlo tocado con los dedos, pero al mismo tiempo de un orgullo impresionante”. Así lo describe y cuenta lo que sintió Fernández cuando aquel tanto daba por terminado el sueño de los de Mendizorroza.

Gómez: “Pocas veces se ha visto una final de torneo continental con nueve goles. Una final que quedó grabada en las retinas de miles de aficionados al fútbol”

Gómez, que reconoce que aquella final tenía, a priori, claro color rojo por la “enorme diferencia deportiva, económica y, sobre todo, histórica”, afirma: “Pocas veces se ha visto una final de torneo continental con nueve goles. Una final que quedó grabada en las retinas de miles de aficionados al fútbol”.

El Alavés, con su proeza, se folló el pecho de cada una de las personas que veneran este desdichado deporte. Los jugadores, los técnicos, los empleados, los aficionados, todos deben estar muy orgullosos de la silueta que les devuelve el espejo y bañarse en orgullo. No por lo que hicieron, que también, sino por lo provocaron. Nos pusieron el corazón blandito. Nos inflamaron de pasión. No se soñará decepciones para volver a recordarlo. Los babazorros perdieron y el mundo fue un poco peor. Para que suceda, se debe creer que David puede contra Goliat.

“Fue un momento histórico para el fútbol y mi equipo fue protagonista. El broche a una historia preciosa y el regalo para una afición que había sufrido mucho por categorías inferiores”, rememora Fernández, que añade: “Recuerdo a mucha gente que lloró de pena, pero mucho más de alegría. Y a Fowler dando la mano a varios periodistas de Vitoria a modo de felicitación y consuelo. Fue todo muy bonito pese a perder”.

La vida no es una serie que dura veinte y pico minutos y que al terminar todo se soluciona. Tampoco es un encuentro de balompié con prórroga, pero en esta segunda situación todo se asemeja más al significado que ello conlleva. La vida continúa y no tiene un desenlace feliz en cada final de episodio.

Aquel gol en propia puerta de Geli hizo fosfatina y debió saber a muerte a cada individuo que quiso que el glorioso ganase la Copa de la UEFA. Pero el conjunto vasco plantó clara al todopoderoso Liverpool. El Alavés fue el dedo en el culo de un equipo que ese año conquistó cinco títulos y en el que uno de sus jugadores, Owen, se llevó el Balón de Oro de 2001.

Cuando la gente piense en aquello, peine canas, tenga en la cara un mapa de arrugas, el telonero del fútbol mostrará ese partido. Al recordarlo les aparecerá una sonrisa de costado a costado en cada segundo, en cada minuto mecido hasta el siguiente sin aliento y lo guardarán en su cabeza, en la despensa de sus recuerdos, en un cuartito con paredes de besos.

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Periodista. Las pasiones que amo me matan. Escribir es una de ellas.

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