domingo, 5 abril, 2020
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Hace cinco años, Pamboleras, un sitio de información por y para las mujeres interesadas en el fútbol que fundó Rocío Yelitza, dio un golpe sobre la mesa y se volvió más que un medio.

Se volvió un movimiento, que se tornó en múltiples voces. Voces que llenaron las páginas de un libro, las mismas que le dieron rostro al machismo que las mujeres sufren y ahora combaten, en el fútbol y en todos los ámbitos, alrededor del mundo.

Rostros en la oscuridad fue solo una confirmación de lo que en la actualidad ya es una realidad: las mujeres llegaron al fútbol para quedarse. ¿Pero qué historias esconde uno de los primeros espacios en la literatura femenina en este deporte? El libro ofrece una mirada desde todas las aristas posibles, desde el plano psicológico, hasta entender ciertos valores que tenemos cimentados como sociedad.

Jugar al fútbol es terapia, para mis males del alma

“Mi nombre es Leticia, tengo 25 años, comencé a jugar al fútbol de una manera muy loca. Nací en Iztapalapa, en el Barrio de la Vicente Guerrero. Mi vida no ha sido fácil, ¿para qué mentir? A los doce empecé a entrarle a las drogas, la ‘mona’, mis amigas me dieron a probar la marihuana. ¿Por qué lo hice? Porque siempre mi casa fue un desmadre. Mis papás son de Tepito, tienen un negocio ahí y compraron un lote, con la esperanza de que sus hijos fueran personas de bien. Soy la más chica de tres hermanos, los tres son hombres, de los cuatro no hacemos uno.¨

¨Golpes, drogas, malos tratos, salidas y entradas al reclusorio, mi papá pegándole a mi mamá. Ellos pensaron que con darnos todas las comodidades y comprando nuestro amor con dinero, bastaría para que fuéramos personas de bien. Nadie terminó ni la secundaria.¨

¨A las drogas las agarré porque mi hermano mayor me violó a los once años, me hacía hacerle cosas bien feas, le tenía mucho miedo. Cada vez que llegaba drogado, ya sabía a lo que iba. Su pretexto era: “ven a recoger mi cuarto”. No había otra alternativa.¨

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¨Así fueron varios años, hasta que un día mi hermano de en medio llegó drogado y se quedó dormido, a mi me acababa de violar de nuevo mi hermano mayor. Estaba llorando porque me había pegado, entonces tomé la droga de mi otro hermano y la probé. A los 12 años esos dolores tanto físicos como sentimentales, desaparecieron en esos momentos

¨A mi hermano lo agarraron y lo metieron cuatro años a la cárcel, yo me salí de la secundaria y me metí más a las drogas. A los 15 tuve mi primer aborto. Fueron varios, en el último mis amigas me dejaron sola, casi muero. Solo así, mis padres se dieron cuenta en todo lo que estaba metida.¨

 

“No hay peor dolor que mirar a tu madre llorar y sufrir por ti. Ha sido lo peor que he sentido. Desde ese día prometí ser otra persona, otra mujer. Tenía 20 años”

 

¨Mis papás decidieron meterme a una clínica de rehabilitación. Estuve 6 meses internada. Salí y estuve un mes, recaí. Me fui de mi casa hasta que mis papás me encontraron. Vas de nuevo, pero ahora a una granja, nada de lujos. Duré un año encerrada. Ahí me reconocí como mujer, supe que podía salir adelante. Nos llegaron con varios proyectos comunes, pero a mi no me gusta ser común y uno de los talleres consistía en formar un equipo de fútbol, me brillaron los ojos, sentí, no sé porqué, una gran alegría.¨

Así fue que formamos nuestro primer equipo dentro de la granja. El inicio del entrenamiento fue lo más bonito, cuando toqué por primera vez el balón. Fue una extraña sensación, así de: “dale a este balón como si fuera cada uno de los cabrones que te han hecho tanto daño”. Cada vez que lo pateé, lloré y grité tan fuerte que todas me vieron con cara de: ¿Qué onda con esta vieja? La droga la dejó bien mal¨ .

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¨Ahora soy capitana del equipo, estoy terminando la secundaria, tengo novio, llevo casi años sin meterme nada y ¿mi sueño? Concluir la escuela y, si es posible, entrar a un equipo de una liga mayor, casarme y tener hijos, aunque ya no puedo, después de tanto aborto. Pero tengo muchas cosas para luchar, por ejemplo, formar un equipo con todas las chicas de mi barrio, para que no se conviertan en lo que fui, que no vivan lo que yo pasé. Simplemente para que tengan la infancia que no tuve”.

 

“Jugar significaba quitar de mi vida cada niño que inconscientemente aborté, cada golpe, cada hombre que ultrajó mi cuerpo, cada lágrima que le hice derramar a mi madre”.

 

Para leer el libro completo y sus demás historias, solicitar el PDF o más ediciones en el Twitter de @Pamboleras

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Vicente Escobar
Especialista en scouting y análisis

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