miércoles, 23 septiembre, 2020
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Hubo una época en la que los grandes campeones de la media y larga distancia no procedían de las áridas tierras de África oriental o del norte del mismo continente, sino que surgían de la gélida Finlandia, un país que apenas posee cinco millones de habitantes en la actualidad, pero sumamente rico en atletismo. En los convulsos años 1910s -previos a su independencia de Rusia- aparecería en escena el pionero de esta rica historia finesa, Hannes Kolehmainen, quién en la vecina Suecia logró auparse como uno de los grandes nombres de los Juegos Olímpicos de 1912, ganando tres oros (5000 y 10000 metros y la individual de la durísima campo a través) y una plata (la modalidad por equipos de campo a través), abriendo una era en la que sus compatriotas comenzaron a dominar. Uno de los adolescentes que pudo escuchar acerca de las hazañas de Kolehmainen fue Paavo Johannes Nurmi, un niño nacido y crecido en Turku (13 de junio de 1987) que se sintió tan maravillado que decidió hacer del atletismo su deporte, transformándolo para siempre.

El joven finés vivía en el seno de una familia muy humilde (tanto, que a los 12 abandonaría el colegio para poder ayudar a llevar el pan a casa), transcurriendo sus días en una cabaña en medio de un bosque y haciendo que su dieta estuviera basada más que nada en pescado seco y frutas, algo que lo marcó su carrera, ya que no solo era una novedad para un atleta el tener un equilibrio con las comidas, sino que, además, aquella rutina le alejaría de vicios como el alcohol o el tabaco.

“Él mismo obtuvo los conocimientos básicos de cómo entrenarse. De hecho, fue el primer atleta de alta competición que comprendió la importancia de una preparación sistemática. La base del entrenamiento consistía de caminatas, carreras en pista y sesiones de gimnasia. Gracias al uso de un cronómetro, Nurmi aprendió medir su ritmo de carrera y sus efectos” explica la página web dedicada a uno de los deportistas más grandes de la historia

En 1914 dio su primer paso en pos de convertirse en un atleta de alto rendimiento, inscribiéndose en el que sería el club de toda su vida, el Turun Urheiluliitto. Los años de pausa debido a la Primera Guerra Mundial le sirvieron a Nurmi para pulir sus habilidades y resistencia, haciendo que estuviera listo para competir en los Juegos Olímpicos de 1920 en Amberes, Bélgica. A modo de previa, estableció su primera marca nacional, al frenar el cronómetro en 8:36.2 en los 3000 metros. Estaba listo para darse a conocer a un mundo que comenzaba a salir lentamente de la convulsión.

En este torneo fue donde aparecieron los frutos de lo cosechado por Kolehmainen ocho años atrás: el venido de los bosques de Turku perdió en la final de los 5000 metros ante el francés Joseph Guillemot, pero la suerte cayó de su lado en cambio en los 10000 metros (desquitandose ante el mismo Guillemot) y las dos carreras de cross country -en el individual el podio lo completaría otro compatriota, Heikki Liimatainen. La maratón, esa prueba madre de los olímpicos, fue conquistada por Hannes con récord mundial, quién supo entonces que su trabajo estaba hecho: el sucesor había aparecido.

 

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La hazaña de París

 

Los numerosos triunfos conseguidos en Bélgica harían de Nurmi un atleta sumamente solicitado y este aprovechó la oportunidad para seguir compitiendo y creciendo. Su entrenamiento sistemático y el cuidado de su salud hicieron de él un deportista formidable y casi invencible (solo no ganó dos carreras en 1921), siendo el dueño absoluto de aquel ciclo olímpico. “Cuando corres contra el reloj, no hay necesidad de hacer un arreón final. Los demás no pueden seguir un ritmo de carrera que sea continuamente alto hasta el final.”  El finlandés volador sabía que era lo que tenía que hacer no solo para vencer a sus oponentes, sino para conseguir nuevos récords, por lo que no sorprendió verlo dominar también estas listas. En 1923 las plusmarcas en los 5000, 10000 y la milla le pertenecían, algo que nunca más ocurrió.

En París quedaría demostrado que Finlandia no daba a luz atletas de manera generacional, sino que algo grande se había gestado en el país escandinavo. A Nurmi se le sumó un Ville Ritola que se llevó tanto los 10000 metros (con Eero Berg siendo tercero) como los 3000 metros con obstáculos (Elias Katz lo acompañaría como escolta). Y Albin Stenroos puso la frutilla en el postre al ganar la maratón con solvencia. Sin embargo, el hombre que elevó bien en alto la bandera azul y blanca fue una vez más Paavo.

 

 

En apenas seis días el de Turku recolectó nada menos que cinco medallas doradas, tres de manera individual (1500, 5000 y cross country) y dos por equipos (3000 metros y campo a través, compartiendo espacio con los Ritola, Liimatainen o Katz, verdaderos Dream Teams). Pero si su excelsa performance sigue siendo recordada incluso casi 100 años después es por lo que ocurrió el 10 de julio de aquel 1924. 

Siguiendo su costumbre, había ganado las series de los 1500 y 5000 metros en los dos días anteriores, pero había un problema: las finales se disputaban en el mismo día y con apenas dos horas de diferencia, teniendo un condimento extra: aquel fue uno de los días más calurosos de la historia de la ciudad, lo que no es poca cosa. En la primera debería verse las caras con el británico Douglas Lowe, campeón de los 800 metros. Nurmi fue siempre a su ritmo, sin desesperarse, y poco a poco vio como todos sus rivales comenzaban a perder fuelle, lo que le permitió llegar a la última vuelta con total solvencia, venciendo con un registro de 3:53.6, récord olímpico. 

Paavo no tuvo tiempo para festejar, marchándose prontamente para los vestuarios para darse una rápida ducha y cambiarse la empapada ropa, saliendo nuevamente para pre calentar de cara a los 5000 metros, donde le esperaba Ritola. Esta fue sin embargo una carrera todavía más pareja, ya que ambos finlandeses se empujaron hasta el límite en búsqueda del triunfo, cortándose prontamente del resto de competidores.

Para darse una idea de lo que fue la carrera entre estos dos titanes basta con ver que el tercero, el sueco Edvin Wide, finalizó a medio minuto de ambos. Pisada a pisada, cabeza a cabeza, ambos hombres se mantenían firmes. Y la última vuelta regaló a los espectadores todo un espectáculo, con los dos metiendo un sprint final que hizo que las 30 mil personas que presenciaban el evento en el Stade Olympique Yves-du-Manoir se pusieran de pie y aplaudieran a rabiar. Era olimpismo en estado puro. 

Nurmi venció con un nuevo récord olímpico (14:31.2), quedando Willie (como se lo conocía en Estados Unidos, lugar donde Ritola entrenaba y competía) a apenas dos décimas de segundo. Paavo incluso podría haberse llevado una medalla más, aunque la federación de su país no le permitió competir en los 10000 metros por considerar que era un esfuerzo titánico. Seguramente y tras los Juegos se arrepintieron de esto. La revista Le Miroir des Sports definió a la perfección lo que se vivió en Francia:v”Lo de Paavo Nurmi va más allá de los límites de lo humano”.

Al año siguiente el finés completó una extenuante gira por los Estados Unidos, ganando 53 carreras oficiales (sobre 55) y otras tantas de exhibición. Aquel sería su último gran año, ya que pronto llegó el inevitable descenso de nivel, en parte debido al crecimiento de sus rivales, quienes habían tomado nota de su más grande mentor. 

En los Juegos de Ámsterdam en 1928 cerró su medallero olímpico con un oro (10000 metros) y dos platas (5000 y 3000 con obstáculos). Sus compatriotas, a su vez, siguieron destacándose, con Harry Larva ganando los 1500, Willie Ritola los 5000 y Toivo Loukola los 3000 con obstáculos, teniendo esta prueba un inédito podio finlandés, ya que Ove Andersen se subió al tercer lugar. Además, Martti Marttelin se colgó el bronce en la maratón. 

Si bien Nurmi había manifestado su deseo de cerrar su carrera aquel año, lo cierto es que siguió compitiendo en los EEUU, encontrando una nueva motivación: la maratón de 1932. Y es que Paavo quería retirarse consiguiendo aquella medalla obtenida por su ídolo en 1920. Pero esto no pudo ser: por aquel entonces solo competían atletas amateurs y se consideró que el finlandés había recibido bonificaciones por sus carreras por norteamérica, lo que le catalogaba como profesional y, por ende, lo descalificó de la cita olímpica. “Hubiera ganado con cinco minutos de ventaja” manifestó un todavía furioso Nurmi al finalizar la maratón. 

Tras este desaire, Paavo se continuó corriendo como aficionado en su país hasta 1934, aunque su vida se mantuvo ligada al deporte que tanto amaba, a la vez que se convertía en un exitoso empresario en el rubro inmobiliario. A su vez, ayudaría a su país de manera económica en medio de la Segunda Guerra Mundial, realizando giras junto con Taisto Maki. Todo esto le hizo convertirse en un héroe nacional, algo que se pudo ver en los Juegos de Helsinki en 1952, cuando fue el encargado de encender el pebetero que se encontraba en el estadio en medio del griterío ensordecedor y el llanto de miles de fanáticos que lo tenían como todo un héroe nacional. 

Él le pasó la llama a Kolehmainen, que encendió el pebetero principal, ubicado en la torre del recinto. Pocas inauguraciones tuvieron un momento tan fuertes como aquel. Nurmi dejó este mundo en 1973, siendo en ese momento el atleta masculino con mayor cantidad de medallas conseguidas (12), solo superado por Larisa Latynina (18). Pasaron muchos años para que Michael Phelps destronara a ambos. Eso, sin dudas, agigantó la leyenda del finlandés volador.

 

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Fuentes: Biografías y Vidas, paavonurmi.fi, Heroes of the Olimpics de Hal Higdon

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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