viernes, 18 octubre, 2019
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Por Facu Osa (@FacuOsa)

 

Si hablamos de altas velocidades y llamaradas envolventes, una de las primeras imágenes que encajaría a la perfección con esta descripción sería una montaña rusa de paseo por el infierno bíblico. Sin embargo, en 1976, el inframundo se hizo presente en la Tierra para Niki Lauda.

El austriaco nació en 1949 en una familia de bancarios, cuya profesión los establecía en la cima de la pirámide de clases sociales. Sin embargo, el estilo de vida de los negocios, los números y los viajes de fin de semana a una casa en el campo no era el indicado para él. Era una vida falta de emoción, por más que las proyecciones financieras puedan asustar de vez en cuando. Es por esto que usó la riqueza de su familia para iniciar su trayectoria en el mundo automotor en 1971, yendo en contra del deseo de su abuelo.

Ya con 27 años, Lauda había participado en cuatro temporadas completas en la Fórmula 1 y había firmado un contrato con Ferrari, tentado por el mismísimo Enzo Ferrari. En 1976 era el campeón vigente y se encaminaba a repetir el éxito gracias a las cinco victorias que había cosechado en las primeras nueve carreras del año. Debido a su estilo extremo y temerario, parecía no tener rivales que pudieran competirle de igual a igual, ni siquiera su íntimo amigo James Hunt. Pero todo cambió aquel 1 de agosto de 1976.

En la previa del gran premio de Alemania sostuvo que nunca se debió haber realizado ya que el circuito de Nürburgring era, y sigue siendo, una trampa mortal. Pese a que varios pilotos morían carbonizados por las explosiones de sus autos o por falta de barreras de contención, en los 70′ la seguridad no era un factor de suma importancia. El público se encontraba de pie a metros de la pista sin rejas ni alambrados que los protegieran en caso de que un vehículo saliera volando por los aires y el encargado de flamear la bandera a cuadros lo hacía parado casi en el medio del circuito. En fin, otros tiempos.

Esto también puede llevar a pensar que Lauda fue un mártir necesario para el desarrollo de las medidas de seguridad que se implementaron en los años posteriores. Sin embargo, volviendo al accidente en cuestión, el despiste del austriaco fue inesperado y difícil de explicar. Perdió el eje trasero en una curva de alta velocidad pero, a la vez, fácil de maniobrar, y se estrelló de frente contra un muro de concreto. Su Ferrari se prendió fuego al instante en medio de la pista y luego fue embestido por otro auto que no pudo frenar.

Debido a la extensa longitud de 20 kilómetros del circuito, fue retirado de su coche por otros dos colegas y un asistente de banderas antes de que los servicios médicos llegaran al lugar del accidente. Para ese momento, las heridas ya eran muy profundas: un par de huesos rotos, quemaduras de primer grado en la cara y las muñecas y sus pulmones contaminados por inhalar vapores tóxicos. El cuadro era tan grave que hasta un cura fue a administrarle la Extrema Unción de los enfermos ya que los médicos pensaban que no sobreviviría.

Sin embargo, como dijo el actual director ejecutivo de Mercedes Toto Wolff, “ese día se negó a morir”. Y de qué manera. Sobrevivió, pero tuvo que vivir con cicatrices de por vida, como las pestañas quemadas y los diferentes tonos de color en la cara por el implante de piel de cuádriceps en la zona del cráneo.

Y por más que se trataba de un mortal de carne y hueso como el resto, 40 días después viajó a México para correr, pese a todavía tener sangre debajo de los vendajes de sus muñecas. Ese año terminaría segundo en el campeonato, pero conseguiría otros dos campeonatos del mundo en 1977 y 1984 con Ferrari y McLaren respectivamente.

Luego de su retiro las heridas siguieron presentes en su vida. Estuvo internado varias veces, el año pasado fue la última de gran riesgo, recibió dos trasplantes de pulmón y de riñón, que le provocaron problemas renales en la última semana. Su cuerpo no resistió la diálisis necesaria y finalmente la muerte terminó de cerrar un capítulo que para muchos hubiera acabado en 1976.

Generalmente, el mito de Ícaro es utilizado para demostrar que la prudencia y el ego son dos grandes factores en la vida del ser humano. Sin embargo, podemos darle un nuevo sentido a esta leyenda si la comparamos con el accidente de Lauda. Ícaro terminó con sus alas quemadas por volar muy cerca del sol y el austriaco envuelto en llamas por buscar los límites de su auto.

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Facundo Osa
¡Buenas gente! Soy Facundo Osa, tengo 20 años y me gusta escribir de todo un poco. Últimamente estoy en una parte más polideportiva de mi escritura ya que me alejé del fútbol porque dejó de atraparme como antes. Así que ya saben, cada vez que vean alguna nota que sea de algún deporte que no frecuentamos tanto en la página, seguro sea mía jajajaja. Ya que están, síganme en Twitter (@FacuOsa) si no se quieren perder de nada del mundo polideportivo (especialmente rugby, básquet y automovilismo).

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