miércoles, 30 octubre, 2019
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Cuando pensamos en cualquier tipo de deporte, siempre imaginamos a los jugadores y a los entrenadores como las principales atracciones del espectáculo. Los árbitros, por su parte, suelen ser los villanos de la película, los malos, los que tienen la culpa de todo lo negativo que ocurre. Son los que reciben el peor trato y los principales apuntados a la hora de las críticas. Sin embargo, en el rugby hay una excepción a esta regla que no se debe exclusivamente a los valores que, a diferencia del resto de las disciplinas, aún mantiene.

Se debe a un galés de 48 años que desde 2001 revolucionó la forma de impartir justicia en el mundo de la ovalada. Un hombre que es sinónimo de seguridad para los dos equipos que van a disputar el partido y para los espectadores, cuya forma de dirigirse a los jugadores es pedagógica pero, al mismo tiempo, estricta sin tener que recurrir a los gritos ni a las advertencias pasadas de tono.

Pese a que el rugby era su pasión, a los 11 años se distanció momentáneamente del deporte porque sufría bullying por parte de un compañero de equipo que lo acosaba, le pegaba y lo obligaba a robar. Esto lo llevó a intentar suicidarse en el baño de su casa sin éxito ya que, afortunadamente, su madre lo encontró con marcas rojas en el cuello. Nigel Owens no le reveló el motivo que lo impulsó a tomar aquella decisión, pero igual se separó de sus compañeros. La ausencia de las prácticas y de no poder hacer lo que le gustaba lo indujeron en un pozo depresivo que finalizó cuando unos amigos se percataron de la situación y obligaron al acosador a dejarlo en paz. Este fue el primer episodio traumático de la vida del galés que, años más tarde, volvería a verse de nuevo al borde de la muerte.

Como todos los réferis de cualquier deporte, Owens no nació con la idea de dedicarse al referato. Él jugaba al rugby en el equipo de su escuela secundaria hasta que un día su entrenador le recomendó que colgara los botines y probara con el silbato. ¿El motivo? No llegaba ni a ser considerado un jugador regular. Se desempeñaba como fullback y le tuvieron paciencia hasta que un día falló una patada a los palos que podía significar el final de una racha de nueve derrotas consecutivas para su equipo. El kick estuvo más cerca de la bandera de touch que de las haches y, en consecuencia, se convirtió en el chico más odiado del colegio durante un par de semanas.

Así que, con 16 años, Nigel se abocó de lleno al arbitraje. Su primer partido con un silbato en la boca fue el Tregaron-Nantgaredig correspondiente a un torneo entre escuelas. Lo curioso de aquel encuentro no solo fue que estaba impartiendo justicia a hombres mayores que él, sino que llegó a la cancha en el micro del Nantgaredig. Esto se debió a que el enfrentamiento se desarrolló a 75 kilómetros de la casa de Owens, cuyo padre no podía manejar a distancias tan lejanas porque se perdía. Los muchachos de Nantgaredig ganaron 9 a 6 y el galés recibió comentarios por parte de los de Tregaron que sugerían que había favorecido a los rivales porque lo habían llevado en su colectivo.

Tres años más tarde, Owens descubrió que era homosexual y no quiso aceptarlo de ninguna manera. Visitó a un doctor para pedir que le hicieran una castración química y cada vez que tenía relaciones sexuales con otro hombre pasaba horas en la ducha porque se sentía sucio. Incluso reveló que no paraba de limpiarse hasta cortarse, lo que él consideraba como el punto máximo de limpieza al que podía aspirar.

Así vivió durante varios años hasta que en 1997 decidió que no lo podía soportar más. Se sentía avergonzado de quién era, así que tomó una gran cantidad de paracetamol mezclado con whisky, agarró una escopeta y se fue a una montaña que estaba cerca de su casa. Debido a las pastillas y al alcohol, no llegó a dispararse ya que entró en un coma profundo en medio de la nada. Y, como si esto fuera poco, un helicóptero del Servicio Nacional de Salud de Gales lo encontró desplomado en el piso y lo trasladó a un hospital. Si hubieran tardado 20 minutos más en ver su cuerpo, no hubiese sobrevivido.

Una vez que se recuperó de este segundo intento de suicidio, se volvió bulímico para intentar bajar de peso, pero le puso un punto final cuando su mamá le reveló que tenía cáncer. “Yo pensaba: estoy sano pero tratando de enfermarme cuando mi mamá está luchando todos los días por unas horas extra de vida”.

Ahí tocó fondo. Se dio cuenta que no podía caer más bajo y que no iba a ser feliz hasta que no se aceptara como era y se lo demostrara al mundo. Así fue como en el 2007 fue el primer hombre ligado al rugby que se declaró abiertamente gay. Recibió todo tipo de mensajes alentadores por parte de jugadores, dirigentes y fanáticos, lo que lo hizo sentirse más cómodo con su nueva versión.

“Arbitrar la final del Mundial 2015 ante 85 mil personas y millones que lo están viendo por la tele viendo si aciertas en cada decisión que tomes no es nada en comparación con el reto de aceptarme como soy. Aceptarme como soy me salvó la vida”, revelaría años más tarde.

Fue uno de los que se pronunció a favor del despido del jugador australiano Israel Folau de la Unión de Rugby de Australia luego de postear una foto en Instagram que señalaba que los homosexuales, entre otros, van al infierno y que sólo Jesús es la salvación. También fue uno de los primeros en solidarizarse con su compatriota y ex jugador Gareth Thomas, quien en 2014 fue víctima de un ataque de odio por el simple hecho de ser gay.

A partir de ese entonces su vida personal y su carrera profesional no hicieron más que ir en ascenso. En lo personal, se erigió como ejemplo de vida y de superación para todas las personas homosexuales del mundo. Fue invitado a charlas de concientización sobre el bullying y de trastornos alimenticios para contar su experiencia y dar consejos a aquellos que no se animan a exteriorizar lo que les pasa ni a pedir ayuda.

En lo deportivo, integró los staffs de árbitros de las Copas del Mundo de 2007, 2011 y 2015 –en la que dirigió la final nada más ni nada menos- y esta presente en Japón 2019, el que será su último torneo como réferi. Decidió no renovar su contrato con la Unión de Rugby para retirarse después de 18 años impartiendo justicia en el profesionalismo. En ese lapso, se convirtió en el juez con más partidos arbitrados en Seis Naciones, Champions Cup, Pro 14 y compromisos de selecciones con un estilo caracterizado por la empatía con los jugadores sin dejar de poner límites. “Saber cuándo hacer sonar el silbato es sencillo. El secreto es saber cuando no hacerlo sonar”.

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Facundo Osa
¡Buenas gente! Soy Facundo Osa, tengo 20 años y me gusta escribir de todo un poco. Últimamente estoy en una parte más polideportiva de mi escritura ya que me alejé del fútbol porque dejó de atraparme como antes. Así que ya saben, cada vez que vean alguna nota que sea de algún deporte que no frecuentamos tanto en la página, seguro sea mía jajajaja. Ya que están, síganme en Twitter (@FacuOsa) si no se quieren perder de nada del mundo polideportivo (especialmente rugby, básquet y automovilismo).

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