jueves, 6 junio, 2019
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Cuenta la leyenda que una vez existió en el ring un fantasma, un ser que se desvanecía antes de cada golpe, y que, por arte de magia, volvía a aparecer para torturar a aquellos hombres que osaban con retarlo. Era un hombre que, de haber sido un X Men tendría los poderes de la juvenil pero letal Kitty Pride: físicamente no parecía una gran amenaza, pero su principal virtud era hacer que su cuerpo pareciera incorporeo ante cada golpe, desconcertando al rival, para paso seguido volver a materializarse y así dañar a su oponente.

Como es sabido, un mito es una forma que tenemos los seres humanos para poder contar, en manera de historia, hechos que no podemos comprender, y si bien tienen su cuota de verdad, no dejan de ser algo mágico y que trascienden las generaciones. Ese mito del boxeo argentino se llamaba Nicolino Felipe Locche.

Nacido en Tunuyán (Mendoza) el 2 de septiembre de 1939, el argentino hijo de inmigrantes italianos supo desde muy pequeño para qué usaría sus manos. El boxeo sería su vida, y como el semidios griego Hércules, su fábula se forjaría a través de las victorias, derrotando a todo aquel que buscara, inútilmente, cruzarse en su camino. Se inclinó por el deporte de los gladiadores a los nueve años, y ya a los 16 peleaba como amateur, categoría donde disputo nada menos que 122 combates, perdiendo solo en cinco ocasiones.

Viendo que ya no había más rivales dentro del submundo de los “no rentados”, dio el salto al profesionalismo el 11 de diciembre de 1958, a la edad de 19 años, venciendo, como si fuera una premonición de su destino, a su compatriota Luis García en el segundo round.

Solo un año pasaría antes de salir de su Mendoza natal para pelear en el estadio que lo terminaría proclamando como héroe y mito: el exigente y mítico Luna Park de Buenos Aires, cuna de campeones inmortales. Comenzó peleando como peso ligero, categoría donde se forjaría un nombre al obtener de manera sucesiva los títulos de campeón mendocino, argentino y sudamericano, este último ante el brasileño Sebastião Nascimento.

En 1966 dio otro salto importante en su carrera, y luego de 61 victorias, 12 empates y tan solo dos derrotas, ascendería a la categoría de welter júnior, donde su historia se forjaría en oro. Igualmente ya se había ganado un apodo que pasaría a la historia: Nicolino era conocido como “El Intocable”. Uno podría imagimar que era solo eso, un apodo, pero Locche lo tenía bien ganado.

Peleaba con la guardia baja (como lo hizo, por ejemplo, Sergio Maravilla Martínez) pero no lo hacía para gastar al rival y creerse superior, sino para poder eludir mejor los golpes. Las imágenes que se tienen de él peleando son muy elocuentes: parece un elegante matador con guantes, eludiendo con maestría a los toros embravecidos que intentaban derribarlo y eran estoqueados en el intento. El “ole” de la tribuna era algo de todos los días. Nicolino tenía tiempo, entre piña y piña, hasta para hablar con el público, que lo adoraba.

Además, el mendocino tenía otras artimañas: sus golpes laterales eran prácticamente cachetadas, cosa prohibida en el box, pero que no era penalizado dado que Locche lo hacía tan rápido que era un hecho imperceptible para la vista humana A su vez, le sumaba hechos de picardía, como meter el pulgar en el ojo ajeno ,pisotear, hablar, todo para que el contrincante se sintiera incómodo y no pudiera meterse de lleno en el combate.

El momento de gloria

Para un hombre súperganador como Locche, lo único que le faltaba para entrar en el Olimpo era la corona mundial. Y tuvo que viajar nada menos que hasta la lejana Tokio para intentar buscarla. El hombre a vencer era Takeshi Fuji –o Paul Fujii como se lo conocía-. Arribó a la tierra del Sol Naciente con unas envidiables 90 victorias (y las mismas dos derrotas que poseía antes de pasar de peso), y lo esperaba un escenario ostil, al mejor estilo de las películas de Rocky Balboa.

La pelea fue apoteósica: Fujii no lo vio en ningún momento al mendocino, que aplicó lo mejor de su repertorio para que el hawaiano (pero que residía en el país asiático) recuerde por siempre ese feroz castigo. La crónica de El Gráfico cuenta así el momento final de la pelea:

Y llega el noveno. El decisivo. El de la apoteosis. Fujii lo encima, trata de tirarle el cuerpo arriba, de ganarle al menos por asfixia. La cabeza viboreante de “Nico” siempre emerge, siempre está libre. La izquierda siempre está atenta y la derecha también trabaja. ¿Las cuerdas? No, el que manda soy yo, señala “Nico” una vez más. Y lleva al japonés al centro del ring y el gancho de derecha hace saludar al local, uno por uno, a todos los que están en la primera fila del ring side. Un detallista llegó a contar 14 uppercuts de Locche en ese episodio donde el aturdimiento de Fujii llegó al colmo. Una seguridad ya concreta de éxito nos levanta del asiento, de la pose budista para gritarle en criollo nuestra admiración. Una convicción de derrota, con la cabeza gacha y las piernas vacilantes, llevó a Fujii hasta su rincón tras la campana. Hacemos nuestras anotaciones y al levantar la cabeza suena el gong llamando a la décima vuelta. Sale Locche hacia el centro, pero se detiene, ¿qué ocurre? Hay un revuelo en el rincón de Fujii y las manos de Pope hacen la señal definitiva: “finish”, sí, el final Fujii abandona la lucha, muerto, desconcertado, abrumado por la superioridad técnica y el castigo.

Su titánica carrera continuaría por diez años más, venciendo al más pintado de los oponentes y defendiendo en cuatro oportunidades su reinado, el cuál perdería recién en 1972 ante el panameño Alfonso Frazier. Su despedida del ring ocurrió el 07 de agosto de 1976 venciendo en Río Negro al chileno Ricardo Molina Ortíz. Y su despedida definitiva de este mundo aconteció un 7 de septiembre del 2005, a la edad de 66 años.

Aunque, y en honor a la verdad, para alguien como Nicolino, hablar de irse es algo normal: es como si nunca hubiera pisado un cuadrilatero, o por lo menos sus rivales así lo sintieron. Un verdadero intocable, al que solo un paro cardíaco pudo frenarlo. Pero la muerte es benevolente con los héroes, y seguro Nicolino sigue ahí, defendiendo su honor arriba en los cielos. Habrá que ver que campeón es el que se anima a tocarlo allí.

 

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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