lunes, 10 junio, 2019
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En estos días que sirven para celebrar lo más destacado del cine, el deporte blanco tiene su propia versión del gran filme “A Star is Born“. Pues sí, Naomi Osaka es la nueva reina del tenis femenino a sus 21 años. Repite el éxito reciente del US Open y es, de esta manera, la primera japonesa que conquista el Open de Australia y la primera asiática que asciende al número uno mundial WTA, relevando a Simona Halep. Ha vencido en una dramática final a la checa Petra Kvitova 7-6 (7-2), 5-7 y 6-4.

 

Marca Osaka un punto de inflexión, porque después de mucho vaivén y de un sube y baja constante –once de las tenistas que están en activo se han sentado alguna vez en el trono–, el circuito femenino parece haber dado con una campeona sólida.

 

Hacía cuatro años que una jugadora no lograba encadenar dos títulos mayores, más precisamente desde que lo hiciera Serena Williams. Ahora, la que tiene el bastón de mando y gobierna es la japonesa, la 26ª número uno de la WTA, formidable soplo de aire fresco. Juega como los ángeles y confunde como nadie, porque detrás de ese tono infantil y ese rostro amable se esconde una competidora feroz, que pretende comerse la historia a mordiscos.

 

Osaka ha llorado dos veces en el ‘thriller’ vivido en el Rod Laver Arena. Se ha ido al vestuario rota de rabia, refugiándose en la toalla que tapaba su descompuesto rostro tras haber perdido tres bolas de ‘match’ con 0-40 en el noveno juego de la segunda manga. Con 5-3 arriba acarició la victoria, pero apareció la mujer que en 2016 creyó que su carrera se había acabado como consecuencia de las heridas sufridas en la mano izquierda al defenderse de un ladrón en su propia casa y utilizando un cuchillo.

 

Esto nos lleva a unas palabras que resultarían claves en toda esta ecuación.
– Esto va a sonar mal -decía riendo la propia Naomi Osaka-, pero realmente quiero jugar contra Serena.
Fue el pasado 6 de setiembre y el recinto completo rugió. Una chica japonesa de 20 años acababa de pronunciar el nombre que despierta más pasiones en el tenis estadounidense, precisamente en el estadio Arthur Ashe, ese en el que Serena Williams ha alzado el trofeo plateado en seis ocasiones.

 

Osaka ansiaba hacer lo mismo y el hecho de enfrentarse a una de sus heroínas de la infancia solo la impulsó a vencer a Madison Keys, incluso cuando iba perdiendo 0-3 y logró volcar el marcador a 6-4 en el último set, aún con los 13 puntos de quiebre. Faltaban dos días para que Naomi ganara en ese mismo estadio el Abierto de Estados Unidos, uno de los cuatro Grand Slam, los torneos más importantes en el tenis.

 

Su triunfo fue agridulce por haber vencido a su heroína, la cual discutió con el juez durante casi todo el segundo game y quien –sin malas intenciones– opacó el triunfo ajeno. “Me siento un poco feliz y un poco triste también”, admitió Osaka. De sus ojos almendrados brotaron lágrimas desde que terminó el partido hasta que empezó la ceremonia de premiación.

 

Durante la mayor parte de aquel momento cumbre cubrió su cara con su visera blanca para evitar que el mundo la viera llorar; mostrar debilidad va en contra de los códigos sociales japoneses. Tal gesto debió bastar para silenciar las voces que cuestionan la “japonesidad” de Osaka, solo por el color de su piel. Los abucheos siguieron hasta el final del partido y también cuando comenzó la ceremonia de premiación. Osaka comenzó a llorar, un momento desgarrador que era difícil de ver.

 

Fue entonces cuando Williams, 16 años mayor que su oponente, intervino como movida por un instinto maternal. “No más abucheos”, suplicó. “Felicitaciones, Naomi. No más abucheos”. Osaka esa tarde reveló que escribió una pieza sobre Williams en una de sus clases durante tercer grado. Aún así, no se sintió como el momento especial que debería haber sido.

 

Su humildad y su dulce inocencia fuera de la cancha -pero su explosividad y dureza dentro de ella- hacían pensar que Osaka tendría muchas más victorias en el Grand Slam para saborear en el futuro.

 

Cinco días más tarde, la tenista japonesa visitaría el programa de Ellen DeGeneres y, además de hablar de cómo vivió esta amarga victoria, también ha dejado una llamativa confesión al responder a algunas preguntas de su vida privada.

 

Naomi Osaka comenzó explicando que no se enteró muy bien del enfrentamiento entre Serena Williams y el juez de silla porque intentó no despistarse y seguir centrada en el partido. Consiguió ganarlo, pero en la ceremonia final rompió a llorar ante los abucheos de la afición y la estadounidense la consoló rodeándola con su brazo y susurrándole estas palabras al oído que ahora estaba revelando en el programa.

 

“Me dijo que estaba orgullosa de mí y que la gente no estaba abucheándome, así que me hizo muy feliz que me dijera eso”, ha comentado Osaka para después explicar que efectivamente creía que los abucheos iban dirigidos hacia ella.

 

 

Irrupción meteórica

Naomi nació el 16 de octubre de 1997, en Osaka, Japón. Su padre, Leonard François, es un haitiano-estadounidense. Su madre, Tamaki, es japonesa. En lugar de tener el apellido de su padre en el nombre decidieron dejar el materno para honrar también a Osaka, la ciudad en la que nació la menor de dos hijas.Una reivindicación no exenta de furia familiar.

 

Sus padres se conocieron durante sus años universitarios en Sapporo (en Hokkaido, la isla norte de Japón, y una de las zonas más conservadoras del país). El gaijin Leonard destacaba todavía más por el color de su piel y su altura. Y mantuvieron al margen de la familia de Takami un amor imposible, hasta que el padre de Takami intentó arreglar un matrimonio concertado y todo estalló por los aires. Leonard y Osaka se marcharon al sur, a la ciudad de Osaka, y allí empezaron de nuevo. Hasta el día que François vio jugar a Serena y Venus Williams en la tele. Y, más aún, vio a Richard Williams, el padre de las hermanas, hablar de cómo las había convertido en las jugadoras más impacables del circuito.

 

Leonard pensó en hacer lo mismo: en Nueva Yok se autoeducó para convertirse en el profesor de tenis que sus hijas necesitarían, y siguió el “método Williams” para forjar su espíritu competitivo. Uno que ardía más fuerte en Naomi. El tenis es su trabajo, “una misión” dice ella, y cuando no está en el gimnasio entrenando o en la cancha practicando sus saques, enciende el PlayStation para jugar Overwatch con su hermana mayor, Mari, también tenista.

 

Comenzó a hacerse un nombre en 2014, cuando irrumpió con fuerza en el torneo de Stanford y venció a Samantha Stosur con 16 años y estando en el puesto 406 del ranking. Era un primer aviso de lo que estaba por llegar. Dos años más tarde, irrumpió en el cuadro final del Abierto de Australia de 2016 desde la previa y eliminó a Elina Svitolina antes de caer en tercera ronda contra Victoria Azarenka. Su primera final llegó ese mismo año en Tokio, donde Caroline Wozniaki le impidió brillar en casa. Otro pasito más hacia el estrellato.

 

Contundente en el juego, con un gran primer servicio, seria y contenida en emociones, comparte las inquietudes de su generación: redes sociales, películas de Pixar, es incluso seguidora del patinador Yuzuru Hanyu. Ella responde en las salas de prensa con citas de la reconocida serie de dibujos animados Pokémon. Ese mismo año, Osaka le dijo al USA Today que si bien ella jugaba por Japón, entendía mucho más de lo que hablaba el idioma.

 

Se podría asumir que por crecer en Estados Unidos adoptó la cultura estadounidense, pero el ser hija de inmigrantes creó una mezcla de costumbres del hogar: su madre le hablaba en japonés, su padre en inglés y la familia paterna se comunicaba y cantaba en el inglés criollo haitiano. La relación entre los padres de Naomi fue condenada por la familia del lado japonés, que veía deshonroso el vínculo interracial. El matrimonio se formó en Japón, pero el peso social de tener niñas hafu (término para describir a las niñas mitad-japonesas, hijas de matrimonios interraciales) los hizo irse.

 

 

Un cambio provocado

Cuando el talento de las pequeñas empezó a verse, el padre decidió acercarse a la Asociación Japonesa de Tenis para conseguir apoyo en la formación de las atletas. La organización, que pasaba por una sequía de tenistas mujeres, les dio la bienvenida.

 

Hacer que sus hijas le dieran crédito al país en el que nacieron no es extraño pero hay que decirlo: Leonard François hizo una elegante movida considerando que él y su familia no tenían cabida en la sociedad japonesa.

 

Tras siglos de ser una sociedad relativamente homogénea, Japón se encuentra naturalizando a hijos de japoneses sin importar su procedencia o lugar de nacimiento, para mitigar las bajas tasas de natalidad, y este nuevo siglo ha traído a la mesa una conversación aún más grande sobre diversidad. Todavía es muy temprano para decir que Osaka será un símbolo de una sociedad japonesa o incluso de un mundo que celebrará con más fuerza la multiculturalidad, pero esta claro que su nombre llegará a lo más alto del tenis.

 

La otra parte del plan familiar también ha funcionado. Naomi ya es la mejor jugadora japonesa de todos los tiempos y se está convirtiendo en una celebridad en su país de origen, y su mezcla explosiva (haitiana-japonesa, criada en Estados Unidos) la ha convertido en una embajadora global para cualquier marca. Pero en su año de explosión -pasó de estar entre las 100 primeras a quedar entre las 20 mejoress en sólo un par de meses- ni siquiera ella esperaba ganar a Serena, y menos en la ciudad en la que se crió.

 

Esta habilidad la ha desarrollado con Sascha Bajin, un entrenador alemán que trabajó con Serena Williams ocho años y quien desde hace meses estaba convencido de que su actual pupila podía ganar un Grand Slam.

 

Ni Roger Federer ni Rafael Nadal. En 2018, la tenista más buscada a través de Google fue Osaka. Ella fue la única jugadora en el top-10 de búsquedas, instalada en la séptima posición, por detrás del NBA Kawhi Leonard y el futbolista Philippe Coutinho.

 

Tiene hambre la japonesa, ganas de comerse al mundo y hacer historia. De momento, el presente le pertenece, es suyo. Tiene 21 años, un encanto que engancha y un juego que seduce al aficionado. Más ahora como nueva reina y habiendo conquistado el Grand Slam australiano pero con vocación de ‘major’ de la zona del Pacífico, donde ya había brillado la china Na Li, que acompañó en la ceremonia a su aventaja alumna continental.

 

Es Naomi Osaka, toda una sensación, un torbellino que viene más y más fuerte y revienta barreras, dos grandes ya en su expediente. Y el presente es suyo, y nada descarta que el futuro lo sea también. Era cuestión de tiempo.

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Juan Zavala
Venezolano del 96. Literatura, geopolítica y deportes. Contando aquellas historias que tanto nos apasionan desde otro punto de vista.

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