jueves, 28 mayo, 2020
Banner Top

¨Creerías que disparó a Jesse James. Que invadió Afganistán. Que tiene una foto de Stalin sobre su chimenea… Comparado con él, Al Capone era una víctima de la sociedad. En el pequeño mundo del baloncesto, él es el enemigo público número uno – y el dos, y el tres y el cuatro. Toma cada villano de cada película que hayas visto, multiplícalo por dos, y quizás ahí tengas alguna idea del veneno que Bill Laimbeer de Detroit genera en una audiencia.” 

Así arrancaba Bill Murray su artículo del 23 de febrero de 1988 en el LA Times con el que intentó retratar la esencia de uno de los personajes más controvertidos de la NBA en aquel momento.

William Laimbeer Jr., nacido en Boston, Massachusetts el 19 de mayo de 1957, se ha transformado con el tiempo en una de las figuras más polarizantes de la historia de la NBA. Odiado por muchos y venerado por unos pocos, dejó su sello en Detroit en una época en la que la liga vivía bajo otras reglas. 

Criado sin embargo al oeste de su lugar de nacimiento en el afluente suburbio de Clarendon Hills, a unas 18 millas de la ciudad de Chicago, es ahí donde Bill pasa sus primeros años de vida hasta que un buen día, siguiendo los pasos de su padre, un empresario del sector de la producción de vidrio, se muda a California, concretamente a la ciudad de Palos Verdes Estates. Allí, en el pequeño gimnasio escolar, es donde saboreó las mieles del éxito por primera vez, liderando a su escuela al campeonato Estatal en 1975 contra todo pronóstico, venciendo en el camino al gran favorito que cargaba una racha de 39 victorias consecutivas.

Tiempo después, Laimbeer, ya convertido en un adulto, completó su carrera universitaria en la prestigiosa Universidad de Notre Dame, conocida por su importante nivel académico y su status dentro del sistema deportivo universitario estadounidense. 

Pero su paso por la institución de South Bend, Indiana no fue nada rutinario. Tras sus primeros diez partidos, el extenso tiempo que pasaba durante las tardes en los campos de golf y las piscinas del campus derivaron en una calificación de 1.6 GPA, el sistema de calificación escolar americano. Aquel número aún le permitía ser elegible para jugar, pero el código interno de la universidad reclamaba un lejano 2.0. 

Una suspensión del equipo y un llamado de atención se suponía que iban suficientes para enderezar a Laimbeer y prepararlo para el curso 76-77, pero el resultado no fue el esperado. Ante aquella situación, el joven fue transferido a una pequeña escuela técnica comunitaria en Toledo, Ohio, en el medio de la nada del llamado Midwest americano. La palabra de vuelta en el campus de Notre Dame era que si Bill no conseguía remontar sus calificaciones no habría otra oportunidad para él allí. 

Fue el Padre Ted Hesburgh, presidente de la universidad, quien fue persuadido por el entrenador de Bill, Richard ¨Digger¨ Phelps y terminó aceptando las condiciones que el joven debía cumplir para volver. Fue la última oportunidad y la aprovechó, regresando un semestre más tarde con un inmaculado promedio de 3 GPA, preparado para la temporada 77-78. Ese mismo año, los Fighting Irish llegaron a disputar el Final Four universitario en el que perderían por escasos márgenes ante Duke y Arkansas para terminar como el cuarto mejor equipo de la nación. En el camino al desenlace del curso, Laimbeer probó su importancia para el equipo disputando treinta partidos, erigiéndose como máximo rebotero en 11 de ellos y amasando 6,6 rebotes y 8,1 puntos por partido.

Luego de su última temporada universitaria, mucho menos exitosa que la anterior, nadie veía a Laimbeer como una pieza deseada por las franquicias NBA. Dudas con respecto a su potencial atlético y a sus bajos promedios en el college hicieron que prácticamente pasara desapercibido en la interminable ceremonia del Draft de 1979, en la que al final los Cleveland Cavaliers se decidieron por utilizar su pick número 65 de la tercera ronda con el muchacho de 2,11 metros.

Pero no fue en Cleveland donde su andadura profesional iba a comenzar, sino en Brescia. Sin haber firmado un contrato para los Cavaliers y esperando una llamada que nunca llegó, Laimbeer decidió poner rumbo a la Lombardía para poder desarrollarse como profesional. 21,1 puntos y 12,5 rebotes en su única campaña europea en la que ayudó al equipo a llegar a los playoffs como recién ascendido le dieron la confianza que necesitaba y demostraron que la competencia fuera de Estados Unidos no era examen suficiente para él.

Laimbeer en Italia, una etapa clave en su formación como jugador.

 

Llegada a Detroit, engendro de los Bad Boys y creación del mito

 

Aquella temporada en Italia le marcó especialmente y permitió ver a los Cavaliers otro tipo de jugador al que habían seleccionado un año antes. Ahora sí, mereciendo por fin la atención que se le había negado en casa, dos temporadas aceptables en Cleveland le asentaron en el máximo nivel, y en 1982 sería traspasado a Detroit. Desde el comienzo de su estadía en la ciudad de los motores, Laimbeer dobló su producción en puntos y rebotes, convirtiéndose en un pilar fundamental de su actual franquicia, y delineando el camino para lo que vendría después. 

Ya en su primera temporada maravilló a todos con su disposición al trabajo duro. ¨Bill es un trabajador de collar azul¨ supo decir Chuck Daly, el mítico entrenador que llevó a la franquicia a la cima máxima, definiendo tempranamente las prestaciones que su nuevo jugador podía ofrecer.

En la ciudad del estado de Michigan, Laimbeer tiene que esperar hasta su tercera temporada, la 83-84, para llegar por primera vez a la postemporada, pero sería un año más tarde, en la 84-85, en la que conseguirían pasar por fin la primera ronda barriendo a los Nets y viéndose las caras con los Celtics de Larry Bird, Kevin McHale, Robert Parish y compañía. 

Y es en esta serie en donde nos debemos detener en primera instancia. Durante el  segundo partido de esta ronda tuvo lugar el primer encontronazo de los muchos que estaban por venir entre Larry Bird, estrella de Boston, y Laimbeer. En el segundo cuarto, Laimbeer, molesto y frustrado por verse por debajo en el marcador, atizó al alero de los Celtics con dos fuertes golpes con el codo que le propinaron un sangrado que se trasladó a la camiseta número 33 del oriundo de Indiana. Encendido, el animal competitivo que era Bird finalizó aquel partido con 42 puntos, destrozando sin piedad y casi en soledad a los Pistons. Para aquel entonces, la figura de Laimbeer ya se había transformado en objeto de odio para Bird, quien se encargó de hacérselo saber a todos los miembros del periodismo. No habría vuelta atrás.

Dos años después de aquel primer encuentro y tras haber sido derrotados con cierta facilidad por los Atlanta Hawks en 1986, en 1987 las chispas volvieron a saltar entre ambos con una serie de hechos que terminaron de definir una nueva y soberana rivalidad en el seno de la NBA. 

 

También puedes leer:   Un equipo de ensueño

Plantados con un récord de 7-1 en las Finales de la Conferencia Este, Detroit buscaba vengar la derrota ante unos Celtics que llegaban como líderes indiscutidos. Con Boston 2-0 arriba, el Pontiac Silverdome fue testigo de una de las jugadas más brutas y duras de la historia. Transcurría el último cuarto cuando Danny Ainge, de los Celtics, penetró a canasta y cedió la pelota a Bird, quien, esperando en la pintura, se despojó del primer defensor con una finta para luego contactar con Laimbeer, que venía con los dos brazos en el aire. Inmediatamente después de generar el contacto, Laimbeer bajó enérgicamente sus dos brazos, agrediendo brutalmente a Bird, quien se precipitó al suelo sobre su espalda y con el cuerpo encorvado de forma inusual. Bird, velozmente y desde el suelo, comenzó a lanzar golpes a su agresor. Incluso al separarse, Bird tomó la pelota del piso y la arrojó contra el pívot de los Pistons en una clara muestra de cólera. ¿El resultado? Ambos jugadores expulsados del partido, que finalmente vio como ganador al equipo local. 

La cacería prosiguió en el juego 5 de la misma serie, con los equipos empatados a dos y los ánimos caldeados como nunca hasta ese momento. Pero fue Robert Parish esta vez el que soltó los puños sin razón aparente en la pelea por un rebote en la que el alero de Boston impactó salvajemente sus dos puños sobre el rostro y la cabeza de Laimbeer. Los árbitros, increíblemente, no señalaron nada. El final de aquel partido, sin embargo, probó ser aún más increíble que aquella acción, cuando en un instante Bird robó la pelota desde un saque de banda y asistió a Dennis Johnson para poner a su equipo por encima con un segundo por disputar, en la que terminó siendo una de las acciones más importantes de la historia de los playoffs.

Eventualmente y tras siete largos, duros y disputados partidos, Boston terminaría erigiéndose como campeón del Este e iría a las Finales para perder contra los Lakers de Magic Johnson, en otra rivalidad para el recuerdo.

Los Pistons, por otro lado, tuvieron que esperar hasta el año 1988 para encontrar finalmente el momento de redención venciendo en seis partidos a unos Celtics a los que se les terminó la pólvora, aunque éstos también perderían luego contra los futuros bicampeones Lakers. Habiéndose enfrentado en cinco series de playoffs en siete años -las otras fueron en 1989 y 1991-, la rivalidad entre Celtics y Pistons hizo saltar las chispas de la liga en los años 80 y fueron estas series las que se encargaron de hacer que la figura de Laimbeer sea catapultada ya a condiciones de estrellato NBA en calidad de villano.

 

Bird vs Laimbeer, una constante de los años 80.

 

Pero si aquellas series de mediados y finales de los 80 fueron duras, los cursos 88-89 y 89-90 vieron como otra rivalidad histórica se creó esta vez entre los Chicago Bulls y los Pistons. Habiendo sido los verdugos los primeros de los segundos en las Semifinales de Conferencia de 1988, la temporada siguiente se preveía como la oportunidad que tenían los de Chicago para tomar su propia venganza. 

Victorias por 4-2 primero y 4-3 después vieron a Detroit alcanzar por tercera y cuarta vez en su historia las finales de la NBA, unas finales que eventualmente ganarían ante Lakers y Blazers, con Bill Laimbeer siendo clave para la obtención de ambos títulos.

La controversia, sin embargo, no los abandonó aún entonces, producto del infame recurso utilizado conocido como las Jordan Rules, con Laimbeer como defensor distinguido de la pintura, mediante las cuales la defensa se encargaba de evitar cualquier tipo de ataque a canasta que el número 23 de los Bulls intentó durante aquellas series, incluídas además las de las mencionadas Semifinales de Conferencia de la temporada 87-88. Independientemente de la veracidad o no de esta estrategia, es difícil encontrar una serie de playoffs en la que el ex de North Carolina haya sufrido de tal manera. 

Escenas de total carnicería fueron las que nos dejaron esas series en las que por momentos primó la fortaleza y la dureza física que las defensas podían ofrecer, que el talento de los muchos All-Stars con los que contaban ambos conjuntos. Fue entonces, cuando Jordan se erigió como el jugador más dominante de la liga y Detroit solo pudo contenerlo con violencia, que la rivalidad creció a tal punto de crear un odio visceral entre los dos equipos, cuyo momento cúlmine fue aquel desplante de los Pistons, liderados por el propio Laimbeer e Isiah Thomas, cuando se negaron a dar la mano a su rival en 1991 tras haber perdido aquella serie por un 4-0 fulminante, en una falta de respeto que a día de hoy los tiene como enemigos eternos.

Fueron esas historias de agresión y actitudes discutibles en pista las que crearon la percepción de esta figura que llegó a ser nombrada por Michael Jordan como el jugador más sucio de la liga. Conocido además como el ¨Príncipe de la Oscuridad¨, ¨Matón Callejero¨ o ¨Hacha Asesina¨, Laimbeer fue creando su mito a base de fuerza, caminando algunas veces por fuera de los límites de las reglas y generando un odio genuino con sus agresiones, simulaciones y quejas aireadas que noche tras noche se dedicaba a lanzar contra los árbitros. ¨Hace que quieras golpearle en la cabeza¨, dijo alguna vez Trent Tucker, de los New York Knicks, cuando se le preguntó por su colega de los Pistons. 

 

Jordan recibiendo un tratamiento ¨especial¨ en uno de los cruces entre Bulls y Pistons.

 

También puedes leer:   La relación que le ganó tiempo a la muerte

Y es que Laimbeer fue alguien que conflictuó con medio mundo. A los nombres de Bird y Parish se podrían sumar los de Charles Barkley, Brad Daugherty, Michael Jordan, Patrick Ewing, Alonzo Mourning, Bob Lanier, y el propio Isiah Thomas, ulteriormente mejor amigo y compañero de batallas de la época dorada de los Pistons intercambiaron golpes de puño con el nacido en Boston.. 

Pero la realidad es que esa es una cara de la historia. En lo que no se suele reparar cuando se repasa la historia de Bill Laimbeer es la capacidad que tenía para suplir sus limitaciones con recursos trabajados y útiles para su equipo. No por nada llegó a ser cuatro veces All-Star

Supo decir él mismo que jugaba con lo que tenía para ofrecer. Y es que, según sus propias palabras, Bill poseía escasos recursos atléticos para mantenerse en el más alto nivel. ¨No puedo correr, ni saltar¨ le dijo al LA Times en 1987. Pero esa debilidad que hizo que los Cavaliers no le ofrecieran un contrato para su primera temporada salido de la universidad le permitió buscar refugio en otros recursos y ser uno de los precursores de lo que a día de hoy marca una de las mayores revoluciones que el deporte haya visto jamás: la irrupción del tiro externo en los jugadores interiores.

Con 202 triples encestados en total y con un acierto del 32,6% en su carrera, siendo el líder histórico de la franquicia de Detroit en rebotes y segundo en partidos jugados, supo además liderar la liga en rebotes defensivos durante 8 temporadas consecutivas desde 1982 a 1989, mostrando un repertorio quizás mucho más completo que muchos de los que compartían la liga en aquel tiempo. Ciertamente, Laimbeer tenía mucho más que ofrecer que un brazo fuerte. 

Para poner en contexto esta afirmación, hay que remarcar que Laimbeer llegó a meter 57 triples de 158 lanzados en la 89-90, su mejor temporada estadística en este apartado, habiendo lanzado 127 en sus primeras nueve participaciones en la liga. Solo un pívot se acercó a esa cifra aquel año, incluso superándola. Fue Jack Sikma, con 68 (en 199 intentos). De los demás jugadores en su posición, nadie se acercó ni remotamente a dichos números.

 

¨Me imagino que puedo desempeñar el papel que ya está aquí para mi. La gente no va a cambiar su pensamiento con respecto a mi¨.

Bill, the coach

 

Alejado del baloncesto por varios años habiendo finalizado su actividad profesional en 1994, el sueño de Laimbeer una vez retirado era convertirse en entrenador NBA. Pero su primera oportunidad llegó en la WNBA, en la misma ciudad para la que consiguió dos campeonatos en su etapa como jugador.

Y fue una experiencia tremendamente exitosa. Tres títulos en seis años con las Detroit Shock propulsaron la figura de un Laimbeer que entonces se propuso cumplir su anhelo de entrenar en la NBA. Fueron los Minnesota Timberwolves quienes le dieron un asiento dentro del cuerpo técnico como entrenador asistente en 2009. Pero desgraciadamente para él, dos años con un balance desastroso obligaron a la gerencia a llevar a cabo un lavado de imagen a la franquicia y para entonces, todo el cuerpo técnico, incluído Laimbeer, fue cesanteado.

Pero por sobre todas las cosas, hubo un episodio que, muchos dicen, terminó de dilapidar sus opciones ya escasas de retornar a la NBA. En uno de los entrenamientos de verano en el que las franquicias invitan a los jóvenes prospectos para verlos de primera mano, Bill, en calidad de entrenador asistente, se encontraba explicando un ejercicio de ataque al aro, de relativamente fácil ejecución. Al ver que algunos de esos jóvenes eran incapaces de recordar las dos consignas básicas del ejercicio, Laimbeer comenzó a agredir verbalmente a los jóvenes, visiblemente agitado e incrédulo ante la imposibilidad que aquellos jugadores tenían de ejecutar la acción. Muchos pensaron que una pelea se iba a desatar en la pista.

Fue ese acto el que terminó de cerrar las puertas de una liga que en general, seguía viéndole como el viejo Laimbeer, el agitador. Aquel que irrita a propios y extraños. Y es que la imagen que la NBA tiene de Laimbeer no es en general la de alguien respetado. 

Puede parecer sorpresivo, entonces, ver al que alguna vez levantó el título del hombre más duro (y sucio) de la NBA reconvertido en un entrenador de élite en la liga femenina, respetado por mujeres. Un tipo al que no le importa en lo más mínimo cómo es percibido por los demás, esa actitud que merma sus opciones NBA fue la misma que, paradójicamente, le hizo convertirse en uno de los mejores entrenadores de la historia de la WNBA. 

Por sobre todas las cosas, sus jugadoras, dicen, respetan su enfoque directo, su honestidad a la hora de decir las cosas. La NBA le cerró las puertas en parte por el recuerdo todavía vivo y latente de aquellos años salvajes en Detroit y la actitud en general de un equipo que arrollaba a los rivales en la pista y los enfurecía con sus provocaciones fuera de ella.

Es decir, aquel modelo Pistons de los 80 era totalmente antagónico de lo que la liga es hoy en día. Una liga en la que los entrenadores ganan menos que muchos de sus jugadores, uno puede imaginarse que la estructura jerárquica puede no ser necesariamente unilateral y tener origen en los banquillos. Hoy en día un entrenador, para triunfar en la NBA, debe saber manejar los egos de un vestuario que, siempre importantes, hoy se han convertido en los verdaderos mandamases.

Laimbeer no vive de esa forma.

También puedes leer:   Toronto Raptors: el círculo se cierra

La WNBA, al fin y al cabo, ha resultado ser un ecosistema que está hecho a medida para Laimbeer. En una liga con jugadoras que valoran esa honestidad y que no poseen tanto poder por sobre los equipos como sí ocurre en la NBA, el doble discurso que una liga como la masculina requiere hoy en día no es necesaria, no es aprobada por el personal que hace su vida en la WNBA, y es entonces el lugar donde Laimbeer puede dedicarse a hacer lo que quiere, entrenar, de la manera en la que él concibe la vida. 

Testimonios cálidos emanan de las mujeres que han tenido la posibilidad de trabajar al lado de Laimbeer durante sus años en la liga. Desde Detroit, Nueva York o ahora en Las Vegas, el respeto y la consciencia de que alguien como él, estigmatizado en primera instancia por las entrenadoras, ha conseguido elevar el nivel de exigencia es innegable. Empujando a sus compañeras de trabajo a perseguir nuevos y mejores retos, tratándolas como iguales, Bill es alguien altamente querido dentro de sus equipos. ¨Los hombres degradan el baloncesto femenino porque no es a lo que están acostumbrados. Intentan compararlo con lo que ellos saben…Entonces a menos que cambien su pensamiento, nunca van a darle el respeto que se merece¨, dijo el que una vez inició su camino como entrenador dirigiendo al equipo de adolescentes de su hija.

Aquel ¨Maestro de las caídas teatrales¨, como supo bautizarlo Sports Illustrated, es ahora una figura que basa su posición en la honestidad. 

Y, quizás, entre tanta aura de los Bad Boys, los codazos a Bird, las Jordan Rules y demás episodios, pasa desapercibido el hecho de que el primer hijo de los tres que tuvo falleció a los dos días de haber nacido, por hacerlo prematuramente y que, durante aquel tiempo Laimbeer fue el pilar que mantuvo a su familia de pie. O que siempre que puede organiza, cómo no, jugando al golf, eventos de caridad para ayudar a los más necesitados de la comunidad en la que vive.

Bill Laimbeer es, en definitiva, un tipo que quizás no hayamos conocido en su totalidad. Da la sensación de que, debajo de ese personaje duro, irritable, agresivo como deportista yace otro totalmente diferente. ¿Qué hay de mito? ¿Qué hay de realidad? ¿Es Laimbeer en realidad el mayor villano de la historia de la NBA o es realmente solo alguien que jugó sus cartas de la mejor manera que pudo, consiguiendo gracias a eso dos campeonatos y cuatro nominaciones como All-Star?

Su historia es una que, según con qué ojos se la mire, ofrece diferentes nociones de la persona que es Bill Laimbeer. Odiado por muchos, venerado por unos pocos, la gente pensará lo que quiera. A él, no le va a importar.

 

 

Fuentes: ESPN, Basketball Reference, NBA.com, Los Angeles Times, New York Times, Bleacher Report, Detroit Free Press, mitchalbom.com.

Tags: , , , , , , , , , ,
Enzo Del Llano
Periodista. De Córdoba, Argentina. Hincha del fútbol modesto y del básquetbol en todas sus formas. Convencido de que el deporte es cultura.

Related Article

0 Comments

¿Qué te pareció la nota?

The BreakerLetter

¡Ya salió la The Lines 13!

Consíguela haciendo clic aquí

Wing, el espíritu del fútbol

Mis Marcadores

Nuestras Redes

INSTAGRAM

Archivo

A %d blogueros les gusta esto: