viernes, 18 octubre, 2019
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Las imágenes siguientes no corresponden a Siria, tampoco a un conflicto en alguna zona remota del mundo, es México, es Culiacán, es Sinaloa, es el narcotráfico. Culiacán es la capital del estado de Sinaloa, ahí donde juegan los Dorados y donde la temporada pasada dirigió ni más, ni menos que Diego Armando Maradona. Sí, es aquí donde el Diego, llevó a dos finales consecutivas al Gran Pez y que ahora se vuelve en el epicentro de una tragedia y un ridículo gubernamental.

Culiacán, también es la capital de un narcoestado, que lleva en su educación y cultura al narco, desde hace años. Los hechos de este 17 de octubre, son una radiografía de lo que se ha convertido México en muchos aspectos. No de ayer, no de hace un año, es el producto de décadas de un mal gobierno, de un sector de la sociedad que ha tenido que ir por el camino más difícil. Como se dice en los grupos de autoayuda, el primer paso es reconocerlo, sin hipocresías, esta es una cara de México.

El miedo impuso su ley en todo el país y en todos los niveles. El partido que jugarían Dorados y Atlante del Ascenso MX se tuvo que suspender. Los jugadores relataron desde sus redes sociales como la ciudad vivía bajo cortinas de humo, balazos, sirenas y gente, niños, adultos mayores, mujeres; corriendo, buscando refugiarse, buscando eludir a la muerte.

Así los jugadores del Atlante se expresaban en redes sociales.

Fue un día caótico para México y para el futbol mexicano en general, que se debate entre una posible huelga por parte de los futbolistas, debido a los adeudos que tiene el Club Veracruz con sus jugadores, por más de cuatro meses. Pero todo eso quedó a un lado, cuando muy cerca del Estadio Banorte en Sinaloa, cuerpos de sicarios y soldados se desplomaban, alrededor de las 4 de la tarde, apenas cinco horas antes del juego que inauguraría la Jornada 10 en la división de plata mexicana.

“Un compañero ya estaba en el estadio, cuando se empezaron a escuchar los balazos. Afuera del inmueble, en el puente que te lleva al estadio, ya habían varios muertos. Es algo que nunca se había visto”, me comentaba un colega desde Culiacán, mientras intentaba encontrar a su familia, en medio aún del caos.

Así lucía la avenida que lleva al Estadio Banorte

El Ascenso MX no dudó en posponer el partido y resguardar a los jugadores en sus hoteles de concentración, quienes estaban impresionados por la magnitud del asunto, bueno, casi todos, porque el arquero Gaspar Servio, de los Dorados, quedó mal parado cuando subió un vídeo burlándose de la situación, aunque después diría que fue “hackeado”.

Con el paso de las horas y el aumento de la indignación, llegó el ridículo del gobierno mexicano. La operación, no fue operación, fue una “casualidad”. La cifra de los lesionados y muertos, no las conocen, eso sí, se escaparon de 20 a 30 reos de alta peligrosidad, mientras el caos dominaba en la ciudad.

Además, el Presidente se fue a dormir temprano y al mismo tiempo, las fuerzas armadas liberaron a Ovidio Guzmán, hijo del narcotraficante más grande de la historia: el ‘Chapo’ Guzmán, quien está detenido en Estados Unidos.

La decisión de liberar al hijo del capo mexicano, fue “para preservar la seguridad de la ciudadanía”, según el gobierno y así detener la ola de violencia que se había desatado por su captura.

Al final, el estado dejó de ser estado, para convertirse en narcoestado, el gobierno se fue a dormir con tintes de narcopolíticos y la ciudadanía tuvo que ir a la cama preocupada, tensa, avergonzada del gobierno y un México, exhibido a nivel mundial, como pocas veces se recuerde. Y por si fuera poco, con un futbol manchado, también, por los malos manejos, por los dobles contratos y con un futuro inmediato, lleno de dudas.

Mi colega cierra la noche con una reflexión: “Abracen a los suyos, respiren. Mañana será otro día para intentar ser más empáticos y ofrecerle al mundo una mejor versión de nosotros mismos”. 

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Vicente Escobar
Especialista en scouting y análisis

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