viernes, 26 febrero, 2021
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Los Dinka son una etnia especial. Anclados en ambas riberas del rio Nilo, en lo que es actualmente Sudán del Sur, son uno de los pueblos con mayor altura -sino el mayor- a nivel global junto con los Tutsi de Ruanda. Allí, no es raro ver cómo la gente de este grupo sobrepasa sin dificultades los dos metros de altura.

Los Dinka, pastores y agricultores por excelencia, han transitado momentos muy duros, sobre todo teniendo que soportar conquistas y guerras en donde lo han perdido absolutamente todo. Pese a esto, su espíritu de lucha los ha animado a salir adelante, buscando labrarse un destino mejor. Y uno de los mayores exponentes de esto fue Manute Bol, el gigante bondadoso.

Nacido en Turalei en una fecha que no se conoce con exactitud -en las fichas aparece el 16 de octubre de 1962, aunque se suele decir que es mucho mayor-, Manute nació predestinado a ser sumamente alto: su madre medía 2,08 m y su padre 2.03 m, aunque su abuelo, el líder de la tribu, según él llegó a estar en los 2,39 m, una autentica locura. Él, de joven, se encargaba de cuidar al ganado e incluso llegó a matar a un león con una lanza, dejando en claro que, pese a su estatus, no debía dormirse en los laureles.

Bol se acostumbró a vivir sin las “comodidades” que conocemos en occidente: agua potable, electricidad, alfabetización y demás. Pero él no las necesitaba, ya que su pueblo siempre vivió sin esas cosas, algo que el mundo capitalista no logra entender. De niño se había enamorado del fútbol, pero eso cambiaría cuando conociera a su amiga, la pelota naranja. El joven dinka, pese a que sabía que estaba llamado a ser el jefe de su pueblo en un futuro, intentó labrarse una vida distinta, salirse de su zona de confort.

Comenzó a jugar en el Catholic Club de Jartum a instancias de su primo, Noul Makwag (base de la selección de Sudán) y pocos meses después no solo se coronó en el campeonato local, sino que logró ser parte del equipo nacional, uno que por aquel entonces era bastante bueno, habiendo sido subcampeones de África en 1962 y terceros en 1975. Su entrenador, el estadounidense Don Feeley, vio su potencial y, tras probar su valía, lo instó a probarse en el continente americano, algo que Manute aceptó deseoso, ya que deseaba mostrarse ante los mejores. Tenía el sueño de jugar en la NBA y buscaría realizarlo por todos los medios.

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El no hablar inglés y una serie de problemas legales le negaron a Manute la posibilidad de disputar la mejor liga del mundo en 1985 (había sido seleccionado en el puesto 97 del Draft por los San Diego Clippers). Incluso, tampoco tuvo suerte a la hora de bajar a la NCAA, ya que no pudo jugar en la Universidad de Cleveland State. Parecía que este sería el fin para aquel enorme y flaco muchacho. Sin embargo, él no se rendiría: comenzó a practicar el idioma y a entrenar con el objetivo de ser cada día un poco mejor y los frutos se vieron pronto: la Universidad de Bridgeport, un equipo de la Division II, decidió sumarlo a sus filas. Solo disputaría una temporada, la de 1984-1985, pero fue más que suficiente para mostrarse como toda una fuerza de la naturaleza: en total sumó 22.5 puntos, 13.5 rebotes y 7.1 bloqueos por juego. Su altura llamaba la atención y su retribución fue sumamente importante para que los Purple Knights se clasificaran a las semifinales regionales, terminando en el tercer lugar. Con esto le demostraba a sus detractores y a los escépticos -recordemos que todavía la NBA no había comenzado su gran apertura para con los extranjeros- que tenía el potencial para medirse ante los grandes sin desentonar. Su camino había comenzado.

 

 

Los años en la liga de las estrellas

En mayo de 1985, Bol firmó con los Rhode Island Gulls de la ya extinta United States Basketball League. Su poderío en la defensa era más que evidente, llegando a tener un titánico promedio de 14 bloqueos por juego. Era una muralla en defensa. Ahora si, nadie podía dudarlo: ese dinka estaba para la NBA. Serían los Washington Bullets los que, finalmente (y a instancias de Bob Ferry), terminarían seleccionándolo en el pick 31 del Draft. Manute Bol se convertía entonces en el primer africano en llegar a la cima del baloncesto. Y él sabía que tenía dos responsabilidades muy importantes: representar bien tanto a su patria como a su continente y, sobre todo, juntar todo el dinero que pudiera para poder ayudar a su pueblo, sumamente sufrido y destruido por la guerra civil.

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Estuvo tres temporadas con los Bullets (de 1985 a 1988), a los cuales logró llevar siempre a los playoffs. En su primera campaña, incluso, logró la friolera suma de 397 bloqueos, la segunda más alta de la historia (los 456 de Mark Eaton siguen siendo la marca récord) y la mejor para un rookie. Además, buscó mejorar no solo a nivel de tiros (donde demostró flaquear), sino también físicamente, ya que había entendido que su juego más abocado a lo defensivo exigía un cuerpo que supiera frenar a contendientes mucho más formados.

El periodista Julián Mozo, en una nota para Infobae, lo define muy bien: “Su impacto, está claro, estuvo en defensa. Sus brazos eran como ramas de un árbol, o aspas de molino que se movían y evitaban conversiones. Las dimensiones de sus extremidades, su mejorada movilidad y un sorprendente timing lo convirtieron en uno de los mejores taponadores de siempre. Incluso, en un partido jugando para los 76ers ante Orlando, metió cuatro tapas seguidas en una misma ofensiva y en menos de seis segundos. Cuentan que los compañeros le pedían que en los entrenamientos dejara de taponar porque no podían tirar cerca del aro…”.

 

 

Golden State Warriors (1988-1990) y Philadelphia 76ers (1990-1993) serían sus siguientes pasos. Allí siguió mostrando su mejoría como jugador, al punto de animarse, incluso, como tirador de larga distancia. Sin embargo, la artritis comenzó a mermar su salud y su rendimiento, haciendo que cada vez jugase menos partidos. Entre 1993 y 1995 pasaría, sin éxito, por los Miami Heat y volvería a sus tres primeros equipos, para marcharse en ese último año con solo cinco partidos disputados. Jugaría luego en países como Catar o Uganda antes de retirarse definitivamente en 1998.

Gracias a sus contratos con las franquicias y a las marcas que confiaban en su figura consiguió reunir una buena cantidad de dinero al final de su trayectoria, aunque la misma se iría rápidamente, ya que, además de algunas malas acciones financieras, le donaría todo a su gente, una que lo veneraba. Incluso llegó a tener una pelea de boxeo o un contrato con un equipo de hockey sobre hielo con el objetivo de recaudar fondos. “Creo que era 1991 cuando vi las noticias sobre Sudán en TV. El gobierno estaba matando a mi gente y me dije que algo tenía que hacer. Así que decidí convertirme en guerrero. Un guerrero pacífico. Sentía que había hecho dinero, fama, y que era el momento de entregarle algo a mi gente” le diría a la NBC en una entrevista.

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Bol visitó los campos de refugiados, construyó escuelas y hasta creó una fundación para socorrer a los sudaneses. Todo su dinero comenzó a irse en ayudar a su patria, incluso si esto le ocasionó el tener problemas con el gobierno de Omar Bashir, que lo trató de espía de los norteamericanos. Además, tuvo que sufrir el abandono de su esposa, aunque sus hijos siempre fueron su mayor sostén. Con el tiempo, su salud poco a poco se fue deteriorando mientras llegaba a quedar en bancarrota, pero nada lo frenó. Él quería terminar con la violencia a toda costa y fue parte importante de la reconciliación. Lamentablemente no pudo disfrutar del reconocimiento internacional de Sudán del Sur en el 2011, ya que falleció un año antes debido a las complicaciones derivadas del síndrome de Stevens-Johnson.

De esa forma se iba de este mundo un ídolo eterno, un hombre capaz de dejarlo todo por la felicidad de los que amó. El baloncesto fue su motor para disfrutar de la vida (hoy es su hijo, Bol Bol, el que continua con sus pasos en los Denver Nuggets), pero también para conseguir cosas mayores. Y nunca para disfrute propio: Manute tuvo un corazón tan o más grande que sus 2.31 m y lo dejó en claro en cada momento de su vida. Al final, él fue un verdadero león.

 

Fuentes:

  • Infobae
  • Clarín
  • Básquet Plus
  • Famous African Americans
  • La magia del Basket

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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