jueves, 6 junio, 2019
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“El Apartheid fue el único sistema político que, en el apogeo de la Guerra Fría, muchos países -Estados Unidos, la Unión Soviética, Albania, China, Francia, Corea del Norte, España, Cuba- estuvieron de acuerdo en considerar, según la definición de Naciones Unidas, un ‘crimen contra la humanidad’”.

Con estas palabras comienza el periodista inglés John Carlín su libro, “El Factor Humano”, donde narra una de las experiencias de unión más fuerte que pudo darse en una nación a través del deporte. Y es que Nelson Mandela siempre tuvo en claro que su país, Sudáfrica, viajaba inevitablemente hacía una guerra civil que podía llegar a partir al territorio en mil pedazos. Incluso él, pacifista por antonomasia, en su momento debió participar en la lucha armada junto con el Congreso Nacional Africano (CNA), buscando poner fin al Partido Nacional Reunificado (PNR), quienes estaban controlados por los afrikáners y cuyos líderes habían implantado el Apartheid (que significa “condición de estar separados”) en 1948.

El 5 de agosto de 1962 Madiba -como se conoce cariñosamente a Mandela- fue arrestado y condenado a cadena perpetúa, teniendo que pasar por muchos calvarios. Incluso en 1969 se planificó su muerte, haciéndola pasar por un intento de fuga, aunque gracias a la intervención del servicio de inteligencia británico esta idea no prosperó. Pero fue en estos 27 años (donde su libertad se vio privada) en los que comenzó a comprender a sus captores, y a entender una cosa: en medio de tantas disidencias, el deporte sirve como factor aglutinador de las masas.

Sudáfrica había quedado aislada de un mundo que veía con horror a un régimen que practicaba la división y la violencia no solo para con los negros, sino también para con otras etnias, como los indios, asiáticos y mestizos. Solo los blancos tenían privilegios en aquel país signado por el odio y la muerte. Y solo ellos tenían el honor de vestir la casaca verde y amarilla de los Springboks, el equipo de rugby nacional.

Cómo era lógico, al ser solo los blancos quienes jugaban, los negros se aglutinaban en el sector que les era asignado y alentaban a su rival. Siempre igual.

Mandela, en la cárcel, entendió el amor que los afrikáners sentían por sus Boks y, si bien antes hinchaba por el adversario de turno como todos los demás presos, comprendió que este equipo podía generar el milagro de la unión. Lo terminó de entender en 1992, cuando visitó Barcelona con motivo de los JJ.OO que se disputaban allá. Es por ello que se planteó un gran objetivo: realizar un Mundial de Rugby.

 

 

Los Boks sorprenden al mundo

Si bien Sudáfrica estaba sancionada, equipos como los Lions, Nueva Zelanda o Sudamérica XV (una Argentina reforzada con algunos jugadores de la región) fueron en contra de la ley para disputar encuentros ante los Boks, siempre apoyados por el público negro. Una vez terminado el veto en 1992 volvieron a tener encuentros de nivel ante seleccionados como los All Blacks o Australia.

Y si bien había material, Sudáfrica no era considerada candidata para ganar la corona en la patria del ahora Mandela presidente debido a que la International Rugby Board (IRB) le había prohibido participar de los dos primeros mundiales de la historia, por lo que el equipo contaba con poca experiencia internacional. Pero Madiba pensaba distinto.

Luchó contra el propio CNA para que el equipo mantuviese sus símbolos, ya que sabía que quitar ese legado podría derivar en un gran conflicto. No sólo logró ganar esa batalla, sino que además fue atrayendo cada vez a más personas a la causa. “Un equipo, un país” fue el slogan del seleccionado nacional, una muestra clara de lo que se buscaba a través de este certamen.Y para darle más fuerza al mensaje Mandela se acercó al capitán de los Boks, François Pienaar, a quién le transmitió esta necesidad de luchar por un nuevo país. A este le legó el poema (“Invictus”, nombre también de la película hecha en base al libro de Carlin) que tanta fuerza le había dado durante su instancia en Robben Island. También los invitó a dar clínicas de rugby en zonas desfavorecidas, lo que comenzó a gestar de a poco el amor de los excluidos para con el equipo sudafricano.

Mandela ya había hecho todo para gestar un símbolo nacional, ahora era el turno de los jugadores para dar lo mejor de si. Y Sudáfrica, contra pronóstico, se plantó en la final luego de vencer en la fase de grupos a Australia (27-18), Rumania (21-8) y Canadá (20-0), a Samoa en cuartos de final (42-14) y a Francia en semifinales (19-15).

Su rival eran los All Blacks de Jonah Lomu, uno de los mejores seleccionados de todos los tiempos y que habían aplastado a cada rival con el que se toparon. Pero el destino estuvo siempre con Mandela. El pie de Joel Stransky fue certero y los Springboks ganaron el título luego de un sorprendente 15-12 en tiempo suplementario.

Madiba lo había logrado: sus jugadores habían ganado su primer mundial (el último de la era amateur), pero eso era lo de menos. Lo importante fue que todo el país se unió gracias a los pequeños gestos que se hacían en el día a día. Y si bien aun falta por mejorar mucho en el país, nadie puede dudar del legado que Mandela ha dejado no solo para Sudáfrica, sino también para el mundo.

 

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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