lunes, 2 septiembre, 2019
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Lucia Roberta Tough Bronze (1991) nació en Berwick upon Tweed, la ciudad más septentrional de Inglaterra. Comenzó a ver el fútbol con su padre, quien a los diez años le compró la equipación de la selección de su país, Portugal, para que comenzara a ir a los entrenamientos.

Lucy – el nombre que le llamaba su madre, de nacionalidad inglesa – quería jugar, desde muy pequeña, con los amigos de su hermano mayor Jorge, al salir de clase, pero a veces no la dejaban. Había peleas, típicas de hermanos, y de no comprender aún que aquella niña, de la que ahora se deshace en elogios, podía ser la única de todos ellos que llegara a convertirse en una de las mejores futbolistas del mundo. La mejor de la pasada temporada para la UEFA.

Lucy llegaba a casa llorando. No entendía por qué la excluían, y quería unas botas nuevas. Su madre, profesora de matemáticas y su mayor confidente, le pedía paciencia. Lucy recuerda sus palabras como un mantra que se repitió a sí misma hacia la excelencia: “la vida no es justa, pero tienes que continuar luchando”. Era la única chica que jugaba al fútbol en su región, enmarcada en un ambiente rural.

El golpe más duro llegó cuando cumplió el límite de edad para poder estar en un equipo mixto: en Inglaterra, los doce años. Tenía que abandonar el club de Alnwick Town. Sufrió lo mismo que muchas otras familias: llevarla hasta el club femenino más cercano, el Sunderland AFC, eran casi tres horas de distancia entre ida y vuelta todos los días. Demasiado para una niña que al volver a casa tenía que continuar con sus estudios y las actividades propias de su edad.

Fueron estos momentos en los que se planteó realizar otras disciplinas relacionadas con el atletismo, como muchas jugadoras de fútbol que han acabado siendo profesionales del balompié.

Su madre, aunque no era aficionada como su padre, fue la mayor artífice de su carrera. Veía a su hija sufrir, tres años después, porque sus sueños estaban frustrados. No quería realizar otro deporte, no sentía la pasión que despertaba en ella el balón. A los quince años, decidieron volver a intentarlo en el Sunderland. En el 2007, un año más tarde, llegó el Mundial de China: primer Mundial femenino retransmitido online y por la BBC. Esta fecha cambió la perspectiva de buena parte de la población y tuvo un impacto en muchas chicas que, como Lucy, decidieron hacer todo lo posible para poder emular a sus compatriotas y llegar a vestir la camiseta de las Three Lionesses.

Un obstáculo con el que no contaba Lucy y donde, de nuevo, fue su madre la luz al final del túnel, ocurrió cuando buscó una universidad en la que proseguir con su carrera académica y futbolística. Loughborough University, la mejor que habían encontrado, le dijo que no era lo suficientemente buena para estar en su academia.

Otro duro golpe en sus aspiraciones. ¿Qué podían hacer? La madre de Lucy dio un paso al frente: la familia haría un esfuerzo para enviarla a Estados Unidos. En concreto, a Carolina del Norte, donde muchos jóvenes europeos viajan por los buenos programas para extranjeros que compaginan el inicio de la carrera académica con el deporte. Allí encontró un ritmo y una exigencia que no había conocido hasta entonces. Entrenaba todos los días y jugaba dos partidos a la semana: the American way of life. 

Tras un año en el extranjero era hora de regresar a casa. La hija pródiga se encontró con una oportunidad que lanzaría su carrera: le ofrecieron un contrato para jugar con las Everton Ladies. Ahora nadie dudaba de que era lo bastante buena, aunque una lesión estuvo al punto de amargar sus días en Merseyside. El destino hizo que el máximo rival de la ciudad pugnase por contar con sus habilidades: el Liverpool la quería en sus filas.

El despegue había comenzado: la temporada 2013/2014 fue elegida la Mejor Jugadora del año de la liga inglesa como Red, premio que volvería conseguir en la 2016/2017 como Citizen, tras su traspaso al Manchester City la anterior campaña. Fue esta temporada la que hizo que el gigante europeo del fútbol femenino se fijase en ella, y allí es donde juega desde hace dos años: en el Olympique Lyonnais. 

Cuando Lucy echa la mirada atrás recuerda cómo llegó a la posición en la que se ha convertido en artista del esférico. En sus primeros años con la camiseta de Inglaterra se vio en la situación de tener que ocupar el puesto de una figura tan destacada como Alex Scott. El cuerpo técnico fue decidiendo dónde podía aprovechar todo su potencial.

Cuando comenzó, en el Sunderland, jugó un tiempo de centrocampista. Era una posición en la que no se sentía del todo cómoda y la recuerda entre risas al afirmar que trataba de hacerlo lo mejor posible: “pero no era Iniesta”. Llegó a jugar de media punta con una figura del Arsenal, y del fútbol inglés, siempre en mente: Kelly Smith, la máxima goleadora de la selección con 46 tantos. Tras varias pruebas, la posición de lateral derecho parecía adaptarse a su estilo como un guante.

Smith fue una de las personas que hizo que sintiese que debía crecer como futbolista, no sólo por ella sino también por su selección. Con sólo veintiún años llegó a formar parte del equipo que fue eliminado de la Eurocopa de 2013. En un acto de orgullo patrio, la misma Kelly Smith se dirigió a ella y a Jordan Nobbs – como comentó en una entrevista para The Telegraph– las jóvenes que habían llegado a la absoluta, y les encomendó una tarea: eran el futuro de Inglaterra, tenían que intentar llegar a lo más alto.

Dos años más tarde, en la Copa del Mundo de Canadá, cumplió su promesa: su gol frente a las anfitrionas silenció a las 50 mil personas que había en el estadio. Pasaron a semifinales, donde cayeron ante Japón, pero consiguieron la medalla de bronce. Lucy había impresionado a sus compatriotas y al resto del mundo: vieron en televisión a una jugadora de presente y futuro. En el pasado Mundial de Francia anotó también en cuartos, un gol considerado de los mejores del torneo, además de haber participado en los otros dos. Una actuación reflejo de su gran nivel, después de ganar la Champions con su equipo este año.

Bronze, según sus compañeras, desde que llegó a la selección y en los clubes por los que ha pasado, siempre está vigilando, viendo que el resto cumpla con su papel, practicando y mejorando aparte. Sabe lo duro que es que te acepten, conseguir un espacio en el equipo. Tuvo que pelear por el desde niña, hacerse respetar, y lo seguirá haciendo siempre. Arduo es el camino hacia la perfección.

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Maria Valentina Vega
Traductora, redactora y entrenadora de fútbol Nivel 1

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