miércoles, 30 septiembre, 2020
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La Fórmula 1 vivía una etapa de transición en 2007. Bridgeston se quedaba con el monopolio de los neumáticos con la salida de Michelin, el circuito de Fuji volvía tras 30 años de ausencia y habría muchos cambios de asientos. El ‘Kaiser’ Schumacher se retira, Vettel entraba como piloto reserva de BMW Sauber y el flamante bicampeón Fernando Alonso dejaba Renault para unirse a McLaren-Mercedes. Y precisamente, el compañero de equipo de Fernando, un jovencísimo Lewis Hamilton, terminará siendo el protagonista de esta historia.

De Lewis Hamilton poco hay que añadir que ya no se sepa. Carismático, talentoso y polémico a partes iguales. El Neymar del automovilismo, pero con mucho mejor palmarés. Tras ganar la GP2 en 2006, la escudería McLaren se atrevió a darle una oportunidad al principal talento emergente de aquella generación. A sus 22 años estaba al volante de uno de los mejores monoplazas de la parrilla, si no el mejor, y la apuesta fue todo un acierto.

Con un tercer puesto en su debut en Albert Park y dos podios más en las dos siguientes carreras, el inglés se convirtió en el primer ‘rookie’ en conseguirlo: batiendo récords a base de champagne. Su buen hacer siguió su curso, y los efluvios alcohólicos post-podium parecían gustarle porque no se despegaba de ellos. De este modo, Hamilton logró alzarse al cajón más alto en el circuito Gilles Villeneuve. Un fin de semana redondo en Canadá, donde logró primera pole, primera victoria y el liderato en el Mundial. La promesa se estaba convirtiendo en realidad.

Pero a la vez que demostraba su talento, las críticas y conspiraciones en torno a su figura se multiplicaban. Tenía la pegatina de “niño mimado” por la sobreprotección de su equipo con él, dejando de lado a todo un Campeón del Mundo en numerosas ocasiones. Así las cosas, llegó el GP de Europa, en Nürburgring. Un lluvioso fin de semana que dio paso a la locura que veríamos en una de las carreras más míticas de la historia reciente de este deporte. Kimi Räikkönen salía en la pole, pero nada más comenzar la carrera un gran chubasco obligó a los participantes a cambiar de ruedas. Así fue como Winkelhock, con su impotente Spyker y en su única carrera en la F1, logró liderar por unos minutos al ser el único que no paró en boxes, dejando una de las anécdotas más recordadas. Pero eso es otra historia.

Con esta situación, mantener el coche era una misión casi imposible. Al final de la recta principal se creó una bolsa de agua, y esta hizo que Button, Sutil, Rosberg, Speed, Liuzzi y Hamilton salieran de pista entre las vueltas 8 y 9 y quedasen en la grava fuera de carrera. Todos menos Hamilton. Pese a que su condición era la misma que la de los otros cinco pilotos, la grúa salió en su ayuda y le repuso en pista. Un hecho histórico. ¿Por qué a Hamilton y no a los demás? Nunca se supo, y no hizo más que reafirmar esas teorías del trato de favor por decreto a Hamilton. Lo que sí es cierto es que Lewis fue el único que no abandonó su coche, posibilitando ese regreso a pista.

 

(Fórmula 1)

 

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Aquella histórica carrera la acabó ganando su compañero Fernando Alonso y él no pudo pasar del noveno lugar, sin poder puntuar. La polémica siguió su curso durante el Campeonato, con su punto álgido en Hungría. Mientras tanto, Lewis siguió aumentando su distancia con Alonso y Räikkönen, hasta llegar al otro punto clave: China. El escenario era el perfecto para salir campeón; salía en primera plaza y un podio le servía.

Con lluvias intermitentes durante la carrera, Lewis y Kimi se escaparon al principio. A la hora de parar en boxes, ni ellos ni sus perseguidores (Alonso y Massa) cambiaron de neumáticos. Cuando Hamilton tuvo que volver a entrar en la vuelta 30, con el neumático trasero derecho desgastado, se salió en la curva de entrada al pit-lane. El destino fue una puzolana de la que no pudo salir. Al contrario que en Nürburgring, la suerte no estuvo de su lado, y la imagen también quedó para el recuerdo, pero con un significado muy diferente. 

Esa escena fue con total seguridad aclamada en Finlandia y España, donde veían como Kimi Räikkönen y Fernando Alonso aún tenían una última opción de poder agenciarse el Campeonato. Todo quedaba por decidirse en Interlagos y fue el finés quien se llevó el gato al agua, colándose al final en un Mundial que parecía destinado a uno de los dos McLaren-Mercedes. Aquel Mundial de 2007, además de por ser el último ganado por un piloto de Ferrari, siempre será rememorado por esas dos experiencias de Lewis Hamilton, de suerte dispar con la gravilla.

 

(Fórmula 1)

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2001. Iba para geógrafo, luego para político y me tuve que conformar con el fútbol. Amante del fútbol exótico y que trasciende más allá de dar patadas a un balón.

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