martes, 8 octubre, 2019
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Cuando Laurie Cunningham buscó equipo de juveniles no lo tuvo fácil. Su calidad técnica no era motivo suficiente para muchos. De diez entrenadores solo uno quiso a un jugador negro en su equipo: George Petchey del Leyton Orient. Con 16 años debutaba con el primer equipo. Sus centros de infarto, entonces con el número 12 a la espalda, hacían que los comentaristas deportivos se deshicieran en elogios hacia aquel prometedor jugador cada vez que tocaba el balón. “La joven estrella”, titulaban los periódicos.

Petchey vio, desde el primer día, que aquel joven iba a ser especial, aunque tuvo que hacerle cambiar sus hábitos para convertirle en un auténtico profesional: Laurie, algunas mañanas, llegaba tarde a los entrenamientos. La razón era que para ganarse un dinero extra comenzó a convertir su afición por la música disco y el funk en una profesión. Trabajaba como bailarín en varias discotecas de la ciudad, y cuentan que lo hacía tan bien que no es de extrañar que sobre el césped dijeran más adelante que se movía como un profesional de la danza, con sus giros y desbordes, con malabarismos propios del jogo bonito, pasos que parecían salidos de una coreografía como los que daba en el ring su ídolo Muhammad Ali. Era tal su destreza que llegó a ser aceptado por una academia de ballet pero, al final, el fútbol fue su primera opción.

En uno de sus primeros partidos con el Orient, Nicky Brown – bailarina a la que conoció en las discotecas y con la que mantuvo una relación durante años hasta su llegada al Real Madrid, ante la indignación de algunos, tanto en Inglaterra como en España, por tratarse de una mujer blanca –, le vio en la televisión. Era al comienzo de su relación y Paul, su segundo nombre por el que le llamaban en casa y el que le había dicho a la joven, no le había contado que los fines de semana jugaba al balompié. El padre de Nicky estaba viendo el fútbol cuando Laurie salió como suplente y le comentó: “mira Nicky, es el nuevo chico del que todo el mundo habla”.

A pesar de que su nombre y su fotografía aparecían en todas las portadas como el killer, el rey, el mago del Orient o la perla negra – como lo fue Andrade para Uruguay –, cuando salía al campo los gritos de “mono” o “coon” (conguito) eran habituales en los campos ingleses. Incluso en su propio estadio. El sonido de las botas y los gritos del entrenador, el pitido del árbitro, se mezclaban con aquel infame sonido de la vergüenza. No es de extrañar si nos situamos en el contexto sociopolítico de la época, uno similar al que estamos viviendo en la actualidad con el Brexit y el crecimiento de partidos extremistas, donde vuelven a resurgir este tipo de comportamientos ignominiosos por parte de algunos espectadores.

El Frente Nacional y el British Movement sumaban cada día más seguidores, sus pensamientos de exclusión se estaban colando en las gradas. Hubo manifestaciones ante la inclusión de Cunningham en el equipo inglés. Les Ferdinand – de una familia de futbolistas, junto a Rio y Anton –, Cyrille Regis o Ian Wright, internacionales ingleses, recuerdan la figura de Cunningham como un referente, el primer hombre negro en vestir la camiseta de los Three Lions. Paul Ince, primer capitán negro de Inglaterra, admitió que llegó a pasar miedo ante la presencia de algunos grupos que le increparon a la salida de los estadios. El técnico del Orient le dijo a Laurie, en una ocasión, que cogiera los plátanos y se los enseñara al linier para que detuviera el partido. De nada sirvió, el árbitro asistente decidió ignorarlo. Uno de sus compañeros en aquel equipo, Bobby Fisher, cuenta como Cunningham, tras driblar a varios oponentes, metió un tiro directo a la escuadra. Una de sus especialidades junto a las vaselinas. Un gol que silenció a todo el estadio. Entonces se acercaron al córner a celebrarlo con el puño en alto, emulando el saludo del Black Power en los Juegos Olímpicos del 68′.

Su carrera despegó del todo cuando el West Bromwich Albion hizo una gran oferta al Orient. En aquel equipo conocería a su gran amigo Cyrille Regis. El West Brom plantó cara a la sociedad: el extremo Cunningham, el delantero centro Regis y el lateral derecho Brendon Batson, tres jugadores de calidad que se llevaron el aplauso de periodistas y aficionados a los que no les importaba su raza.

Laurie acogió a Regis, dos años más joven que él, y le fue enseñando lo aprendido. Fraguaron una gran amistad, y de hecho cuando Regis fue elegido como Mejor Jugador de la liga inglesa dijo que el premio debía de haber sido para Cunningham, pues la mayoría de sus goles vinieron de sus asistencias.

Aquel equipo, bajo las órdenes del carismático Ron Atkinson – The Boss como les pedía que le llamaran – hizo una gran temporada. En el partido de la 78/79 contra el Manchester United en Old Trafford, Cunningham pasó por encima de los contrincantes. El comentarista lo describía así: “the pace, the grace (el ritmo, la gracia)”. Cunningham y Regis marcaron en el último cuarto de hora además de que Laurie, tras sortear a varios rivales, dio un pase en la frontal del área a Regis, que de tacón asistió a Cantello para el primer tanto de los cinco que encajarían los Red Devils aquella noche.

Entre éste y el partido frente al Valencia de Kempes en la Copa de la UEFA, para la que consiguieron clasificarse la temporada anterior, el Real Madrid quiso vestir de blanco a Laurie. Cuando le preguntan al que fuera su compañero en las filas del conjunto madrileño, Vicente del Bosque, recuerda como casi todos eran de la cantera menos aquel fichaje estelar: era rápido, ágil, iba bien de cabeza, y tenía un gran golpeo.

La llegada a Madrid estuvo acompañada de la admiración de muchos. Fue aplaudido en el Camp Nou, hecho insólito, por su demostración de fútbol en un 0-2 a favor del Real Madrid, y todos aquellos que le vieron en directo o en televisión recuerdan su calidad. Pero no tuvo suerte, la presión de los medios que no veían demasiado bien su relación con Nicky – aparte de por razones raciales por el hecho de que vivían juntos sin estar casados – fue acompañada de varias lesiones. Una de ellas, la más grave, sufrida en un entrenamiento por la acción de un compañero.

En el 83′ acumulaba tres operaciones en la rodilla. Acabó separándose de Nicky, poco antes de su regreso a Inglaterra cedido, precisamente, al Manchester United. Después vinieron otras cesiones al Sporting de Gijón, luego fue a l’Olympique de Marseille, Leicester, Rayo (tras su ascenso) Charleroi, y la última gesta de su carrera tuvo lugar en el 1988, cuando fue parte de la conocida como Crazy Gang: el Wimbledon F.C. ganó la FA Cup al Liverpool, con Laurie en sus filas.

Por aquel entonces volvió al Rayo, casado con Sylvia Sendín-Soria con quien hablaba en castellano, idioma que fue aprendiendo y mantuvo, y con quien tuvo un hijo que apenas pudo conocerle. Tantos destinos, tantos golpeos y dribleos mágicos, tantos bailes en la pista y en el campo, tanta gloria detrás, para acabar su vida en una curva, cerca de una gasolinera. Un coche delante de él había pinchado. Su mujer recuerda que no llevaba el cinturón, cosa muy extraña porque siempre lo hacía, como buen inglés. Aquel accidente nos privó de los últimos años de aquella estrella mermada por las lesiones pero que aún tenía que ofrecer al mundo, y a su familia.

El pasado 15 de julio se cumplieron 30 años de su muerte y hace un mes, el 9 de septiembre, 40 de su debut con el equipo blanco. En Londres se va a representar una obra de teatro en su nombre. Uno de los héroes del fútbol inglés: contra las convicciones, contra el racismo, por el fútbol.

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Maria Valentina Vega
Traductora, redactora y entrenadora de fútbol Nivel 1

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