jueves, 6 junio, 2019
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Michael Nybrandt viajó a Asia buscando recorrer el Himalaya. Era 1997. En el otro extremo del mundo, ajeno a todo este caos existencial, el joven danés recorría Nepal y el Tíbet y, en una noche de tormenta, acabó refugiándose en un monasterio de monjes tibetanos. Allí descubriría dos cosas: que a estos les apasiona el fútbol y que su cultura lleva décadas en peligro debido a la ocupación china, lo que les impide, incluso, aprender su propio idioma. Tomó la decisión de unir ambas circunstancias y fundar la Selección de Fútbol de Tíbet, una historia que luego reflejó en una novela gráfica.

Existe un momento -en la novela- en el que un monje le explica que el críquet que practicaban los vecinos indios era “demasiado lento para nosotros los tibetanos. Necesitamos liberar adrenalina y quemar un poco de energía. El fútbol encaja a la perfección en el temperamento tibetano”.

En 1950, en la llamada Batalla de Chamdo, 8.500 soldados tibetanos se enfrentaron a un ejército de más de 40.000 efectivos del Ejército Popular de Liberación chino. El saldo de víctimas, que algunas fuentes cifran en más de 3.000, supuso el principio del fin del gobierno independiente del Tíbet, que terminó de caer con el levantamiento fallido de Litang y la huida del Dalai Lama a la India. Desde entonces, y tras las protestas de los años 80 contra la “ocupación china”, los episodios de control sobre la población tibetana, hoy visible en los soldados que patrullan las calles y controlan las rutas que atraviesan la región, han sido continuos.

La histórica disputa entre el territorio del Himalaya y el gigante asiático llega hasta nuestros días. En la actualidad, el Tíbet forma parte de China como región y cualquier atisbo de protesta o reivindicación está duramente penado por el régimen de Pekín, quién es constantemente criticado por la comunidad internacional por los abusos que comete contra los disidentes.

La historia de Nybrandt comienza durante una de sus acampadas en aquellas montañas, cuando trataba de encontrarse a sí mismo gracias al budismo. En una de aquellas noches a la intemperie, cuando todos dormían, despertó con una imagen en la mente. Se vio a él mismo como seleccionador nacional del Tíbet. En aquel momento, su visión quedó en una mera anécdota, pero poco tiempo después, en su regreso a la vida normal, su carrera profesional quiso que volviera a recordar aquel espejismo.

Sin otra intención que rellenar un formulario para entrar en ‘Kaospiloterne’ y demostrar buen sentido del humor ante sus compañeros, escribió como objetivo personal aquel romántico sueño. Fue entonces cuando se preguntó qué le impedía hacerlo realidad, o al menos intentarlo.

Sin perder más tiempo se puso en contacto con el gobierno de refugiados tibetanos, les presentó su idea y quedó sorprendido con la buena acogida recibida. Su ilusión no era solamente entrenar a un equipo. Pretendía construir la Asociación Nacional de Fútbol para que se convirtiese en una nueva fuente de ingreso para los clubes, un lugar donde formar a los técnicos y la mejor forma de sentar las bases para su desarrollo sostenible. Sin embargo, a pesar del apoyo obtenido, sabía que le quedaba por delante la ardua labor de lidiar contra la gran potencia china. Tras años de conflictos, tensiones y opresión entre los países, suponían que Nybrandt llevaba un trasfondo político en toda su actuación. La respuesta de Michael fue contundente: “todo esto lo hago por amor al fútbol”.

 

 

El origen de la selección

Más de 110.000 tibetanos viven en el destierro en 16 países diferentes. Desde que China les quitó toda autonomía, en 1951, el país que Brad Pitt retrató en “Siete años en el Tíbet” vive bajo las sombras del régimen opresor de Pekín. Cinco millones de tibetanos se aferran a su religión budista con el deseo de vivir en paz… y jugar al fútbol.
El técnico elegido para tratar de conformar una selección lo más competitiva posible, o al menos digna, fue Jens Espensen. No tenía experiencia en el fútbol de élite, pero su origen danés y su afición por el fútbol resultaron argumentos suficientes para que los promotores de la idea, Ngodup Karma y el propio Nybrandt, le dieran la responsabilidad. Espensen seleccionó a los mejores futbolistas que vio en el torneo de Dehradun y trabajó muy duro con ellos durante varios meses en Dharamsala, la ciudad india donde vive la mayoría de tibetanos huidos de su país. El campo, un barrizal, tenía el inconveniente de que por en medio pasaba una carretera.

La capitanía recayó en Sonam Wangyal, incluyéndose en la convocatoria final a un jugador cuya espalda mostraba las espantosas heridas producidas por el ataque de un león y otro con pasado militar y que había perdido una mano saltando en paracaídas sobre la selva. El gobierno chino presionó y sólo ocho jugadores lograron el visado para salir, por lo que tocó buscar jugadores en Europa.

Espensen ya tenía equipo, pero le quedaba aún por solventar dos cuestiones: encontrar patrocinante que les vistiera y buscar rivales contra los que medirse. Las marcas de renombre se opusieron tajantemente a dar su apoyo por miedo a las represalias de sus proveedores chinos. Finalmente, Nybrandt se puso en contacto con Christian Stadil, director general de la marca danesa Hummel, quien captó de inmediato la idea y congeniaron gracias a su interés común por el budismo.

Mientras buscaban una selección que tampoco fuera miembro de la FIFA contra la que realizar su debut oficial, jugaron un par de amistosos en Khatmandú, capital de Nepal. Una derrota y un empate sirvieron para recibir un mensaje de apoyo del propio Dálai Lama, que reconocía el buen trabajo que estaban haciendo por el fútbol y el Tíbet. Nybrandt, entonces, consiguió contactar con Jens Brinch, Secretario General de Deportes de Groenlandia.
A Brinch le pareció una excelente idea y acordaron jugar un partido en Dinamarca, aunque el gobierno chino hizo todo lo posible por evitar que el encuentro se disputase. De hecho, comunicaron al Ministerio de Asuntos Exteriores y a la Asociación danesa que tomarían medidas contra ellos si llegaban a acoger el amistoso. Ambos países dejaron clara su postura: sólo se trataba de fútbol, no había política por medio.

La mala imagen que podía dar China en plenas votaciones para la elección de la sede de los JJOO de 2008 -que finalmente acabarían obteniendo- contribuyó a lograr que se celebrase el partido, a condición de que no ondeasen las banderas de Tíbet ni de su rival, aunque el mosaico que formaron los aficionados en las gradas suplió con creces su ausencia. Las dificultades fueron más allá que las de un partido corriente. Por ejemplo, al no ser federaciones reconocidas por la FIFA, ningún árbitro “federado” podía pitar el partido sin recibir sanciones.

Michael nunca imaginó que, en una perfecta y calurosa tarde de julio de 2001, más de 5.000 espectadores llenarían el estadio de Vanløse para presenciar el partido entre las selecciones nacionales de Groenlandia y el Tíbet. El resultado, derrota tibetana por 4-1, fue secundario. Lo importante fue demostrar que los sueños pueden hacerse realidad si se persiguen.

Aquella selección jugó 12 partidos más en los siete años siguientes. Sus rivales, en la mayoría de las ocasiones, han sido principados o selecciones no reconocidas por la FIFA como Gibraltar, Mónaco o Crimea. Además, se midieron a Bután, Maassluis, Padania, Chipre del Norte, Sikkin, la selección de fútbol sala de Tayikistán o el equipo de la autodenominada República de Sankt Pauli. Tras aquello, poco más. La crisis económica afectó tanto a la autoridad tibetana en el exilio como a los patrocinadores europeos de la selección, como la misma Hummel.

 

 

Un futuro promisorio

Un momento muy feliz que el fútbol les ha dado fue la oportunidad de jugar contra China. En el verano de 2015 una delegación de siete Leonas de la Nieve (equipo femenino) participó por primera vez en un campeonato internacional en Alemania, el Festival Discover Football, junto a más de una veintena de países, incluida China. Nunca antes, desde que China ocupara el Tíbet en 1959, atletas de ambos países habían competido juntas.

Phuntsok Dolma, Sherap, Yangdan Lhamo, Norzom, Yangzom, Dasel y Sonam Penyang aterrizaron en Berlín el 27 de junio. Era la primera vez que un equipo de deportistas tibetanas viajaba al extranjero. Cuando llegaron las jugadoras chinas, aquel equipo se levantó, se dirigieron hacia ellas y comenzaron abrazarlas y a saludarlas en chino. Demostraron que pueden estar juntas y aprender unas de otras. El hecho de que sus Leonas salgan de la India y jueguen en otros países es también una forma de contar su historia.

A mediados de 2018 Tíbet había logrado llegar a Londres para el III Mundial de CONIFA. CONIFA es una organización fundada en 2013 y que relevó a la NF-Board como institución que pone sentido al fútbol que queda fuera de los focos de la misma FIFA. Es presidida por el sueco Per-Anders Blind, quién ha logrado organizar un torneo con todas las de la ley y que el año pasado se disputó en Inglaterra.

Su calidad futbolística fue pobre (sólo logró un empate y permitió 20 goles en cinco partidos) pero es una de aquellas selecciones a las que mejor le viene torneos “diferentes”, tales como la FIFI World Cup o la Copa ELF. Incluso, la organización de CONIFA tuvo problemas para encontrar anunciantes por el temor que tenían a un posible mala reacción de China.

No sólo a nivel de selecciones ha surgido el Tíbet, también en clubes. El Lhasa FC fue fundado por Pureland, una empresa que se especializa en la venta de productos locales. Tal es la falta de oxígeno a esa altura (3.658 metros sobre el nivel del mar) que los jugadores están autorizados a utilizar aerosoles de oxígeno colocados en los laterales del terreno de juego para evitar las náuseas habituales en las personas sensibles al llamado “mal de altura”. Esta particular situación ha suscitado el recelo de varios equipos y selecciones a disputar allí partidos.

El equipo, compuesto principalmente por jugadores procedentes de China, selló su pase a la League Two (Tercera División) hace par de años después de una eliminatoria a ida y vuelta ante Shenyang Dongjin. Esto le hizo convertirse en el primer club del Tíbet en formar parte del fútbol profesional en el gigante asiático.

Cuando el fútbol en China comenzó su profesionalización a principios de los 90 varios equipos, principalmente de las zonas más desarrolladas en el Este del país, fueron creados y comenzaron a competir en las diferentes divisiones nacionales. En el Tíbet, los intentos de crear equipos competitivos fracasaron, bien por la falta de arraigo y patrocinio o bien por las trabas impuestas desde el Gobierno, que temía que un conjunto formado solo por tibetanos supusiera una suerte de ícono contra la población china y Pekín.

El balompié tiene una larga tradición en el Tíbet, donde llegó por medio de las tropas británicas. Las autoridades controlan de manera estricta toda la información que sale de allí pero buscan el desarrollo del fútbol local como elemento integrador de los tibetanos en China. Sin embargo, aunque con mayoría Han, Lhasa FC está formado por una mezcla de estos jugadores. Desde el club ven esta unión como algo positivo y desde la Federación china, aunque solo ejercen tareas de supervisión en la división en la que militan, avalan la creación de un punto de encuentro que alivie las difíciles relaciones en la llamada Ciudad de los Dioses. Queda mucho camino por delante.

En los últimos años, y apoyados por el ambicioso plan del Gobierno para reorganizar y relanzar el fútbol nacional, equipos y empresas han invertido mucho dinero y esfuerzo en la creación y patrocinio de equipos y escuelas deportivas, además de la construcción de infraestructuras adecuadas para llevar el fútbol chino al siguiente nivel.
El siguiente paso parece ser convertirse en nación independiente de China para el deporte. Sin embargo, el camino por recorrer es largo. Hong Kong y Macao ya lo han conseguido y esto mismo debe pasar con ellos. Estas cosas me hacen querer aún más al fútbol y menos a quienes lo regulan.

Nota al pie: sobre el plan de Gobierno ideado para relanzar el fútbol chino hablé anteriormente y de forma más extensa en Mi Jugada Ensayada y Fútbol desde Asia.

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Juan Zavala
Venezolano del 96. Literatura, geopolítica y deportes. Contando aquellas historias que tanto nos apasionan desde otro punto de vista.

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