miércoles, 23 septiembre, 2020
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A Larisa Semyonovna Latynina la vida le pegó duro demasiado pronto. Nacida en el óblast ucraniano de Jersón el 27 de diciembre de 1934, sufrió los embates del hambre y de la Segunda Guerra Mundial, conflicto en donde perdería a su padre, quién fue asesinado en la Batalla de Stalingrado, una de las contiendas más horrendas de la historia, ya que se estima que se perdieron allí más de dos millones de vidas.  “Recuerdo los sótanos a los que teníamos que ir corriendo a escondernos cuando había bombardeos” le diría con el tiempo al diario El País de España.

Sin embargo, aquellos primeros -y dolorosos- años no la hicieron retroceder: ella decidió devolverle a la vida una sonrisa, la alegría de decir que, pese a todo, estaba viva. Fue por ello que decidió, a los 11 años, meterse en clases de ballet. Larisa anhelaba ser un alma libre, disfrutar con el movimiento de su cuerpo, y aquello le serviría para que las heridas de la guerra fueran quedando poco a poco en el pasado. Poco tiempo después terminó encontrando su lugar en este mundo, ya que en su colegio de Kiev tuvo la posibilidad de conocer la gimnasia, deporte al cuál se adaptó a la perfección. Para los 16 años ya era la mejor gimnasta de entre todas las secundarias de la Unión Soviética, algo que dice mucho si se tiene en cuenta que esta disciplina era una de las más populares en los países del este europeo, sobre todo en la propia URSS. En 1953 se recibía de la misma con honores. Había probado que era apta para salir al mundo y competir.

Un año más tarde tuvo su bautismo de fuego en el Mundial de Roma. Ayudó al equipo soviético a ganar la competición por equipos, pero aun estaba lejos del nivel que tenían la húngara Agnes Keleti -la que se convertiría en su gran rival- o su compatriota Nina Bocharova. Esto la animó a seguir mejorando, sobre todo pensando en los Juegos Olímpicos de Melbourne.

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A dicho evento llegó con 21 años y ya desde el primer momento sorprendió al mundo al ofrecer movimientos más libres y coreografiados, casi como si estuviera bailando. Latynina era pura elegancia, plasticidad, emoción. Sus series generaban sentimientos distintos en un público acostumbrado a ver ejercicios más estáticos, algo que aplaudieron y agradecieron a más no poder. Además, aquella lucha con Keleti le ayudaría para crecer y esforzarse al máximo, pensando bien qué elementos usar para hacer de sus movimientos algo más estéticos y bellos. Al final esto tendría su correlación en las seis medallas obtenidas (cuatro doradas, una plateada y una de bronce), siendo la mejor en la general. Su éxito en tierras oceánicas le convertirían en una verdadera estrella del deporte, siendo una atleta respetada en su patria.

 

 

Quizás uno de los triunfos más sorprendentes de esta atleta llegó dos años después en el Mundial de Moscú. Allí no solamente conseguiría ganar cinco medallas doradas y una de plata -algo de por si sumamente destacable-, sino que lo lograría estando embarazada de Tatyana, su primera hija. Nadie más que su ginecólogo sabía sobre esta situación y ella tampoco tuvo la intención de darlo a conocer en ese entonces, ya que sabía que se quedaría afuera del certamen donde mayores halagos podría recibir. Su hija nació cinco meses después de que su madre volviera a dejar a todos con la boca abierta y, pese a que muchos se preguntaron si ella continuaría el legado de su madre, la propia Larisa se encargó de quitarle toda presión. Curiosamente, Tatyana lograría alcanzar uno de los sueños de su progenitora cuando se convirtió en bailarina.

Tras los numerosos éxitos conseguidos era más que evidente que la ucraniana llegaba como gran favorita a los Juegos Olímpicos de Roma en 1960, donde compartió equipo con otras grandiosas gimnastas como lo fueron Polina Astakhova (otra de las grandes gimnastas de la historia, aunque quedaría un poco relegada por la figura de Latynina), Lidiya Ivanova, Tamara Zamotaylova, Sofia Muratova y Margarita Nikolaeva. Para darle relevancia a este sexteto solo hay que decir que entre todas consiguieron unas 45 medallas olímpicas en total, algo merecedor del octavo lugar del medallero general de la gimnasia a nivel histórico. Sencillamente impresionante.

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En la tierra del arte moderno las rojas arrasaron con sus rivales, robando todas las medallas excepto una, algo que marcaba el predominio que venían mostrando desde la entrada a los Juegos de la URSS en 1952. En este torneo haría su aparición una gimnasta que también dejaría su sello en aquella década, la checoslovaca Vera Caslavska, quién terminó siendo la sucesora de Larisa.

La soviética mantuvo su dominio en los siguientes certámemes: el Europeo de Leipzig en 1961 y el Mundial de Praga en 1962 y para 1963 buscaría un lauro más, aunque esta vez saliéndose del deporte: había empezado sus estudios de posgrado en el Instituto de Entrenamiento Físico de Kiev. Ya para entonces era una de las figuras públicas más populares del país y era invitada a varios eventos. Aquella niña pobre y huérfana de padre a mediados de la década de los 30′ se había convertido en toda una leyenda y lo había conseguido a base de mucho esfuerzo, sacrificio y hasta innovación.

Gracias al éxito conseguido durante tantos años, en la URSS las gimnastas terminarían siendo recompensadas con varios privilegios -mejores casas, autos, incluso puestos políticos, algo a lo que también accedían los varones-, pero, a su vez, tenían como obligación presentarse a todas las conferencias que les eran impuestas, entre otras cuestiones de estado. Pese a todo, Larisa logró hacerse con tiempo para realizar distintos pasatiempos como ir al teatro, bailar o al cine, o pasar tiempo con su hija y su marido.

 

 

Hay un antes y un después en este deporte en la rama femenina y todo se debe a su figura, la misma que también comenzaba a dar signos de que iba siendo de a poco superada por una competencia que había aprendido bien. En Tokio 1964 se llevó sus últimas seis medallas (en los tres juegos que compitió se llevó igual cantidad de preseas, lo que habla de su vigencia), aunque “solo” dos serían de color dorado: una era, lógicamente, en la categoría por equipos, mientras que a nivel individual se consagró en el ejercicio de piso por sobre Astakhova. En Japón se dió el traspaso de mando entre dos de las mejores deportistas de la historia olímpica. Y es que Caslavska realizó la hazaña de conseguir tres oros de manera individual, una quimera en esta época donde el predominio soviético era absoluto. Para Larisa, aquel último Juego Olímpico significó algo muy especial y es que, por 48 largos años, se mantuvo como la deportista más laureada de este evento, siendo destronada recién en el 2012 por Michael Phelps.

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Latynina se retiró tras el Mundial de Dortmund de 1966, para luego convertirse en entrenadora del equipo nacional, cargo que ocupó hasta 1977. Y cuando lo dejó, fue escogida como la encargada de organizar la gimnasia artística en los Juegos de Moscú de 1980, casi nada. “Fui muy patriota. Mi gimnasia no me pertenecía sólo a mí, también era de mi tierra soviética y de toda su gente” le manifestaría a la Cadena Cope. En los últimos años del siglo pasado fue galardonada con la Orden Olímpica y escogida para ser miembro del Salón de la Fama de la gimnasia, además de haber sido considerada como una heroína para la nación comunista. Larisa nunca se guardó nada, ya que incluso a sus jóvenes 85 años sigue dando clases a los niños y niñas que sueñan con continuar su legado. Ese que mantuvo firme a puro baile y sonrisa. A veces, el dolor sí que te hace más fuerte.

 

 

Fuentes: Cope, As, Olympics, Encyclopedia

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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