sábado, 19 junio, 2021
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“Camarada Tito, te lo juramos, ¡nunca nos desviaremos de tu camino!” comenzaron a cantar en el estadio Pojlud de Split, Croacia, las 50 mil personas que se encontraban viendo el duelo entre el local, Hajduk, y el Estrella Roja de Belgrado. Todos habían ido a ver un partido más de la liga yugoslava, por lo que el shock de escuchar por los altoparlantes que el Mariscal Tito había fallecido fue tremendo. Muchos comenzaron a llorar, otros abrazaban a sus acompañantes.  

Aquel 4 de mayo de 1980 fue un día triste para la nación que había decidido abrirse de los dos bloques reinantes para iniciar una tercera vía. Las jornadas que le sucedieron fueron muy duras de afrontar. El líder, el héroe de guerra, el hombre que había hecho posible la unión de aquellos pueblos balcánicos, ya no estaría más con ellos. ¿Qué pasaría de ahora en adelante?  

Yugoslavia inició una muerte lenta y agónica desde entonces. No solo no estaba el hombre que supo como amalgamar nacionalidades tan distintas, sino que, además, la economía del país comenzaba a resentirse poco a poco, sobre todo hacia el final de los 80´, cuando se vislumbraba el final de la Guerra Fría y el país dejaba de ser estratégico para los Estados Unidos, quienes los ayudaba bastante. 

La Selección, curiosamente, también viviría un gran bache durante aquellos oscuros años ochenta. Tras arribar a los cuartos de final del Mundial de Alemania Federal en 1974, la Plavi pasaría por dos pésimas eliminatorias que la marginarían del certamen tanto en 1978 como en 1986, mientras que en España 1982 solo derrotarían a Honduras, volviéndose en la primera ronda. En la Eurocopa la historia no fue distinta: los semifinalistas de 1976 faltarían a los certámenes de 1980 y 1988, mientras que en 1984 se despidieron sin triunfos y con 10 goles en contra. 

Parecían lejanas las viejas glorias de la Plavi, como aquellas semifinales mundialistas en Uruguay 1930 o Chile 1964, o incluso las finales de las Euros de 1960 y 1968. Si no se hacía algo pronto, se corría el riesgo de continuar en el ostracismo en los siguientes años. Por suerte, hubo algunos acontecimientos que ayudaron a recuperar la fe, aunque esta, como Yugoslavia, no duraría tanto. 

 

La luz al final del tunel

Del 10 al 25 de octubre de 1987 se disputó en Chile el sexto campeonato mundial para menores de 20 años de la FIFA. Aquella era la segunda vez que Yugoslavia participaba de del certamen, habiéndose clasificado solamente para la edición de 1979.  

Dragoje LekovicBranko BrnovicPedrag Mijatovic, Igor StimacDubravko PavlicicZvonomir Boban, Robert JarniTomislav PiplicaDavor SukerMilan Pavlovic y Robert Prosinecki eran solo algunos de los nombres con los que contó el seleccionador croata Mirko Jozic (el mismo entrenador que cuatro años después conseguiría la Copa Libertadores con el Colo Colo). Era, a la luz de hoy, un verdadero dream team balcánico. Serbios, croatas, montenegrinos, bosnios, todos tirando para el mismo lado, buscando el mismo objetivo, como si el Mariscal hubiera reconocido en ellos a la última esperanza de unión de su querido pueblo.  

Los balcánicos vencieron, entre otros, a Chile, Brasil, y a las dos Alemanias (a la del Este en semifinales y a la del Oeste en la definición del certamen, por penales) para llevarse un título que terminaría siendo histórico, sobre todo porque en la previa nadie creía en un grupo que había llegado con muchísimas bajas. “Nadie tenía expectativas con respecto al equipo. Pensamos que jugarían los tres partidos del grupo y se irían a casa. Pero cuando llegaron a Chile esos jugadores encontraron otra cara. Encontraron un país agradable y un buen alojamiento en excelentes hoteles y muchas chicas alrededor” comentaría a The Guardian el periodista Toma Mihajlovic, el único que salió del país para cubrir la travesía de los juveniles.  

 

 

Mihajlovic comentaba que, si bien existían algunas rispideces entre sus miembros, esto no les impedía velar por el interés común, como cuando el Estrella Roja había decidido convocar a Prosinečki para un partido de Copa de la UEFA tras la clasificación de los balcánicos a los cuartos de final, algo que enfureció a los miembros del seleccionado, los cuales decidieron quejarse ante la FIFA, organismo que les dio finalmente la razón a ellos. Aquel hecho sería clave, ya que Robert terminó definiendo aquella serie ante Brasil con un hermoso gol de tiro libre a los 89 minutos.  

El croata consiguió el Balón de Oro del certamen, con Boban siendo el de Bronce, mientras que Suker ganó el Botín de Plata por detrás del germano occidental Marcel Witeczek. Los de Jozic ilusionaron al público gracias a su juego preciosista y dinámico, seña de lo que solían mostrar los conjuntos yugoslavos, los verdaderos “sudamericanos de Europa”. 

Otros factores que ayudaron en este resurgir del seleccionado serían la fuerte apuesta del Estrella Roja por no solo recuperar el cetro nacional –equipos como el Dinamo Zagreb, Sarajevo y sobre todo el Partizán habían conseguido ser un tope para el máximo campeón balcánico entre mediados de los 70´ y los 80´-, sino que también armaron un equipo sumamente potente para conquistar Europa, con un proyecto nunca antes visto en el país. Y, además, estaba el hecho de que los balcánicos podían ser fichados por clubes del Viejo Continente después de los 25 años, lo que les permitió tener roce en las mejores ligas del mundo. De hecho, a Italia 1990 llegaron con nueve “extranjeros”, todos en el punto justo de madurez. 

 

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Volver a un Mundial

Por supuesto que para disputar el Mundial primero hay que clasificarse, y aquello no era sencillo, más teniendo en cuenta el pobre historial de los últimos años. Aquello, incluso, había llevado a Yugoslavia a entrar recién en el bloque de los terceros sembrados, algo que podía generarle muchos problemas en el sorteo (al mundial clasificaban los primeros de cada una de las siete zonas y los mejores segundos). Al final, a la Plavi respiraría, ya que le tocó a una Francia que si bien venía de ser semifinalista en 1986 ya comenzaba un recambio que le impediría participar en los siguientes dos mundiales, Escocia, Noruega y Chipre. Se salvaron de potencias como Inglaterra, Alemania Federal, España o incluso de los Países Bajos, que pese a ser la campeona europea había entrado al sorteo en el segundo pote. Ahora si se podía soñar.

El Grupo 5 comenzó como se esperaba, con sendos triunfos de Escocia y Francia ante Noruega (que lejos estaba de ser la gran selección que se vio durante los 90´). El 19 de octubre de 1988 le tocaría el turno a Yugoslavia de debutar. El rival fue la Tartan Army, un equipo que desde 1974 no faltaba a ninguna cita mundialista. Comandados técnicamente por Andy Roxburgh -sucesor de Alex Ferguson y que desde 1975 venía dirigiendo a las distintas selecciones juveniles escocesas-, contaba con jugadores como Alex McLeish, Willie Miller (el único mayor de 30 años), Mo Johnston y Brian McClair, por lo que no representaban un duelo accesible, mucho menos al jugarse en Hampden Park.

Yugoslavia, el mes anterior, había disputado los Juegos Olímpicos de Seúl, cayendo sorpresivamente en la primera ronda (vencieron a Nigeria pero sucumbieron ante Brasil y Australia), aunque varios jugadores estuvieron a disposición de Ivica Osim para afrontar este primer reto: Davor Jozić, Vujadin Stanojković, Predrag Spasić, Srečko Katanec, Refik Šabanadžović, Dragan Stojković y Dragoljub Brnović. Además, contaba con otros nombres, como los de Tomislav Ivkovic, Faruk Hadzigebic o Zlatko Vujovic. Salvo un par de excepciones, todos estaban entre los 23 y los 28 años, por lo que quedaba claro que se trataba de una escuadra con futuro. Johnston y Katanec marcaron los tantos del 1-1 final, un resultado que dejaba conforme a un seleccionado que venía de vencer a equipos como España y Suiza y que sabía que aquel viaje a Glasgow era más que complejo.

El siguiente encuentro de la zona se disputó 3 días después en Nicosia -todavía no existían las fechas FIFA, así que el calendario internacional resultaba ser un poco caótico- y terminó en un impresionante empate a uno entre el local y una Francia que ya dejaba muchas dudas, aun teniendo a gente como Joel Bats, Manuel Amoros, Basile Boli y Jean-Pierre Papin entre sus filas.

Mientras Noruega destrozaba a domicilio a una Chipre que despertaba con un 0-3 de su sueño, en el Estadio del Ejército Popular Yugoslavo se medían el local y Francia, en lo que significó el partido clave del grupo para la Plavi. Y es que los de Osim estuvieron dos veces abajo en el marcador, hasta que finalmente pudieron darlo vuelta gracias a Susic y Stojkovic. Ni siquiera la participación de Jean Tigana resultó suficiente para evitar el 3-2 final (Spasic había anotado el 1-1 parcial).

 

 

Tras un 4-0 ante Chipre (Savicevic x3 y Hadzibegic) llegaría un buen empate a cero ante Francia en el Parc des Princes, resultado que les permitía mantener la ventaja de dos puntos, algo sumamente positivo ya que se habían sacado de encima la última visita peligrosa de la zona. Un triunfo por 1-2 ante Noruega en Oslo (Stojkovic y Vujovic), selección que luego le sacaría otro empate a Francia, hizo que Yugoslavia llegase al 6 de septiembre de 1989 ya con tres puntos de diferencia sobre noruegos y galos, quedando solo a uno de su visita, Escocia, que de momento marchaba invicta. Y si bien comenzaron ganando con tanto de Durie, la alegría les duraría solo hasta el inicio de la segunda mitad, cuando en solo cinco minutos (del 54 al 59) el Maksimir estalló en júbilo gracias a las dianas de Katanec y Nicol y Gillespie en propia meta. Tras las decepciones de 1986 y 1988, los balcánicos volvían a acudir a una Copa Mundial de la FIFA.

Triunfos ante Noruega por 1-0 (Hadzibegic) y Chipre por 1-2 (Stanojkovic y Pancev) sellaron el primer puesto de la zona. Escocia, goleada por Francia en París, lograría su agónica quinta clasificación consecutiva gracias a empatar como local ante Noruega. Omerovic, Stanojkovic, Spasic, Brnovic, Vulic, Marovic, Prosinecki (Mijatovic 74´), Savicevic, Pancev, Stojkovic (C) y Skoro fueron, sin saberlo, los últimos 12 jugadores que disputaron una eliminatoria mundialista, un 28 de octubre de 1989.

 

The Last Dance, versión balcánica

El sorteo para el Mundial se organizó de la siguiente forma: para los seis cabezas de serie se tendría en cuenta el Mundial anterior y, en menos medida, el de 1982. Italia y Argentina -local y campeón reinante- ya tenían sus plazas aseguradas, por lo que hubo que definir los restantes cuatro lugares, los cuales quedaron para Brasil, Alemania Federal, Bélgica e Inglaterra. Eso enojó bastante a los españoles, ya que sentían que ellos habían hecho los mismos méritos que los Pross para ser uno de los seis mejores. Aquella fórmula también dejaba fuera al campeón europeo, los Países Bajos. Hechos inexplicables por donde se los mire.

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Yugoslavia, que no llegó al Mundial de la forma esperada (cayeron ante Inglaterra, España y los Países Bajos, aunque lograron empatar con Brasil en sendos amistosos), llevó al torneo a aquella base joven que había hecho de las suyas en las eliminatorias -25,7 años de edad en promedio-. Los veteranos, por supuesto, eran los que jugaban fuera:

  • Francia: Susic y Vujovic (PSG), Brnovic (Metz) y Hadzibegic (Sochaux).
  • Italia: Jozic (Cesena) y Katanec (Sampdoria)
  • Portugal: Ivkovic (Sporting CP)
  • Suiza: Baljic (Sion)
  • España: Vulic (Mallorca)

El resto del plantel lo conformaban jugadores del futuro campeón de Europa, el Estrella Roja (Sabanadzovic, Pancev, Savicevic, Prosinecki y un Stojkovic que había sido vendido al Marsella en 5,5 millones de libras, siendo uno de los fichajes más caros de la historia hasta ese momento), Partizán (Omerovic, Stanojkovic y Spasic), Hajduk Split (Jarni y Boksic), Dinamo Zagreb (Suker y Panadic) y Buducnost Titograd (Lekovic).

El gran ausente de la lista fue Zvonimir Boban, una de las figuras del equipo del 87´. Para cuando se disputó el partido entre el Dinamo Zagreb y el Estrella Roja en el Maksimir el 13 de marzo de 1990 el clima ya estaba prácticamente insostenible. Los nacionalismos eran una realidad -siete días atrás, por ejemplo, habían ganado las elecciones en Croacia la Unión Democrática Croata, partido a favor de la independencia-, algo que no le causó mucha gracia a Slobodan Milosevic, el líder serbio. El aire se cortaba con un cuchillo, sobre todo cuando se miraban las dos barrasabravas, los Bad Blue Boys del Dinamo y los Delije del Crvena. Los serbios comenzaron a atacar a la hinchada local con la venia de la policía, la cuál al final intervendría…a favor de ellos. Fue entonces que el propio Boban se convertiría en un símbolo, al lanzarle una patada voladora a uno de los uniformados.

“Fue una injusticia. A nuestros aficionados la policía no les trató con la misma mesura. Antes y durante el partido en Zagreb, los ultras del Estrella Roja empezaron a destrozar todo. La policía permaneció inmóvil, y cuando los nuestros empezaron a defenderse, fue entonces cuando si tomaron medidas. Estaban organizados para horrorizarles. Nosotros estábamos ya en la cancha, y cuando empecé a ver lo que estaba pasando en las gradas, empecé a decir palabras poco elegantes…Me golpearon y de ahí mi reacción. Yo solo era como otros pero llevaba el número 10 y se glorificó” manifestaría años más tarde el futbolista en Líbero. La federación lo suspendió por nueve meses, y Boban se perdió el Mundial.

Pese al esperanzador grupo de jugadores que el ex entrenador del Zeljeznicar había llevado, lo cierto es que el Mundial no comenzó para nada bien: derrota contundente ante Alemania Federal por 4-1, con el bosnio Jozic (que jugaría en la temporada 1993-1994 en el América de México) anotando el 2-1 parcial. Matthaus, Klinsmann, Voller, Brehme y compañía le habían demostrado al grupo que necesitarían más si querían dar algún golpe.

En la siguiente jornada tocaba la Colombia de Higuita, Rincón y Valderrama, un equipo que también era sumamente prometedor y que venía de derrotar a los Emiratos Árabes. Los dos seleccionados proponían un juego al ras del piso y lleno de pases y gambetas, pero con los nervios no se llegó a ver lo mejor de ambas escuadras. Sin embargo, Yugoslavia pudo llevarse dos puntos clave gracias a un golazo de Jozic, el goleador menos pensado en aquel Mundial.

 

 

Pasados los dos rivales más complejos, tocaría el más accesible, la sorpresiva Emiratos Árabes, dirigida por el brasileño Carlos Alberto Parreira. El 4-1 final (Susic, Pancev x2 y Prosinecki) sirvió para clasificar como segundo, por detrás de los germanos pero adelantando a unos colombianos que se metieron como terceros. 

En Verona, el choque entre yugoslavos y españoles fue impresionante, lleno de emoción y tensión, una lucha sin trincheras. España mereció llegar primero al gol, pero sería el futuro hombre del Marsella el que convertiría el primer tanto a los 78´, luego de un enganche exquisito. La todavía Furia lograría una pronta igualdad gracias a Julio Salinas (84) y el marcador no se movió más, por lo que todo se definió en la prórroga. Allí el que volvería a brillar sería Stojkovic, que metería un enorme tiro libre a los 93´, pateando como si recién solo se llevaran jugando tres minutos de partido. Era otra decepción ibérica, pero puro éxtasis para unos balcánicos que, ahora soñaban con todo.

Y llegamos al 30 de junio de 1990. En el Stadio Comunale de Florencia había casi 39 mil personas. Osim dispuso al que, sin saberlo, sería el último once yugoslavo unido de la historia de los mundiales: Ivkovic, Hadzibegic, Vulic, Sabanadzovic, Spasic, Prosinecki, Stojkovic, Susic, Jovic, Brnovic y Vujovic (C), con Pancev, Omerovic, Jarni, Baljic y Savicevic esperando su oportunidad en el banco. Enfrente, una Argentina que venía de eliminar in extremis a Brasil y que llegaba sumamente lastimada, apelando al orgullo y a los pies maltrechos de Maradona y a la velocidad de Caniggia.

El encuentro nuevamente fue parejo, con una Yugoslavia que prontamente se vio diezmada por la expulsión de Sabanadzovic a los 31´. Sin embargo, la Argentina nunca pudo aprovechar esta ventaja y los balcánicos lucharon por mantenerse con vida. Los goles, pese a las oportunidades, no cayeron ni en tiempo regular ni en suplementario, por lo que se tuvo que ir a los penales. Stojkovic pateó muy mal el primer disparo yugoslavo, dejando a la albiceleste 1-0 en el marcador (había anotado Serrizuela). Arrepentido, se tapó la cara para que nadie lo reconociera. Difícil, ya que era el 10, el distinto. Burruchaga puso el 2-0 y Prosinecki salvó a su compañero convirtiendo el primero para la Plavi.  Luego llegarían la tapada de Ivkovic a Maradona y la conversión de Savicevic para poner el 2-2. Troglio pateó al palo y todo parecía quedar a favor de Yugoslavia por primera vez, pero aquí llegaría el final: Goycochea se convertiría en héroe al taparle los disparos a Brnovic y Hadzibegic para el 3-2 final -Dezzotti convertiría el último. Todo lo tuvieron y todo lo perdieron.

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“Teníamos un equipo con mucha calidad. Por nombres, seguro, éramos uno de los mejores equipos de la competición. Pero nos faltaba seriedad, nos faltaba organización. Siempre nos divertíamos jugando, pero a veces demasiado. Cuando quieres ganar un Mundial tienes que estar también organizado y no conceder demasiado. Faltó ser responsables” diría el hombre que marró el último penal.

Katanec, el hombre que llevaría a la independiente Eslovenia al Mundial del 2002 como entrenador, manifestaría que en ese grupo eran “todos amigos, llevábamos seis o siete años jugando juntos, haciendo un buen fútbol y dirigidos por un gran entrenador. En mi cabeza daba igual si eras serbio, esloveno o croata, no me importaba si este era católico u ortodoxo. Para mí lo importante era el fútbol y hacer un buen Mundial”.

 

El maldito final

No hubo mucho tiempo para lamentar la derrota en el bunker socialista. Y es que las eliminatorias rumbo a la Euro dieron inicio el 12 de septiembre de 1990. Los yugoslavos, cada día más afianzados, empezaron a dejar en claro que eran los favoritos para clasificar.

Comenzaron derrotando 0-2 a Irlanda del Norte (Pancev y Prosinecki), luego barrieron a Austria 4-1 (Pancev x3 y Katanec) y entonces llegaría el duelo clave: triunfazo por 0-2 en Copenhagen ante la Dinamarca de los Laudrup con tantos de Bazdarevic y Jarni. Con un 4-1 ante los norirlandeses (Binic y nuevamente Pancev por triplicado) los de Osim dejaban en claro que no tenían rival.

El 1 de mayo de 1991, en el Estadio Estrella Roja, los de Moller Nielsen le devolverían el favor con un gran 1-2 (Pancev igualaba provisoriamente). Sin embargo, esto no frenó la marcha del tren Plavi: con un 7-0 a las Islas Feroe (Najdoski, Prosinecki, Pancev x2, Vulic, Boban y Suker) y un 0-2 (Jugovic y Savicevic) llegaron a la última fecha un punto por encima de Dinamarca, que ya empezaba a lamentar el empate ante los británicos en la segunda jornada.

El 13 de noviembre de 1991, en el Praterstadion de Viena, Yugoslavia salió a disputar el último partido oficial de su historia como nación íntegra. Omerovic, Hadzibegic, Milanic, Vujacic, Mihajlovic, Novak (Brnovic 81´), Savicevic, Jokanovic, Badzarevic, Lukic (Mijatovic 46´) y Pancev lograron el triunfo necesario para meter a su selección en una Euro tras fallar en 1988. Los últimos dos tantos fueron obra de Lukic y Savicevic.

La historia, sin embargo, era irremontable: ese año Croacia y Eslovenia habían comenzado su proceso independentista y, de hecho, la temporada 1991-1992 de la First League comenzó sin los clubes de ambas naciones. Las tensiones se acrecentaban pero así y todo Yugoslavia cerca estuvo de participar del Grupo A, el cual iban a compartir con el local (Suecia), Francia e Inglaterra. Sin embargo, el Consejo de Seguridad de la ONU comenzó un bloqueo contra el país, que fue expulsado tanto del certamen como de las eliminatorias para el Mundial de Estados Unidos, así como también de los Juegos Olímpicos de Barcelona.

“No creo que se deba mezclar la política con el deporte. Son cosas totalmente distintas” expresó Joseph Blatter, que no pudo abogar por los balcánicos, que incluso se encontraban en Estocolmo, dispuestos a participar del evento. Al final Yugoslavia fue reemplazada por Dinamarca, que terminaría dando uno de los golpes más impresionantes de la historia del fútbol. La guerra, el odio, la destrucción, el hambre y las emigraciones masivas comenzaron a ser algo del día a día en una región que tardaría muchos en alcanzar una relativa paz. Yugoslavia se dividió en varias naciones, algunas con más éxito que otras (como Croacia), pero siempre quedó la duda del que hubiera pasado si nada de esto hubiera ocurrido, si los gobernantes no hubieran decidido desviarse del camino de Tito.

“No sabría responder con exactitud, pero todavía me pregunto que podría haber pasado si hubiésemos ganado Argentina. Quizás peco de optimista, pero creo que las cosas en el país hubiesen sido distintas si hubiésemos jugado la final o ganado el Mundial. Quizás no hubiese habido guerra. Cuando me acuesto en la cama cada noche pienso en ello” respondería el entrenador.

¿Hubiera ganado un Mundial Yugoslavia con esta generación? ¿Hubiera ganado la Euro en lugar de Dinamarca? ¿La liga se hubiera convertido en una de las más potentes del este? Esas respuestas quedarán en la mente de cada lector que se dignó en llegar hasta el final.

Fuentes: DW, The Guardian, Italia 1990, Líbero, Un Caño, El País 

 

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Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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