domingo, 11 abril, 2021
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Por Matías Rodríguez

Con la caída del Muro de Berlín y el desmembramiento de la Unión Soviética, Estados Unidos se convirtió, indiscutiblemente, en la gran potencia mundial. En un contexto sin precedentes, los años noventa serían completamente de los estadounidenses, que inundaron el planeta de la idiosincrasia basada en la despreocupación y el concepto living life mientas la globalización empezaba a avanzar sin tregua y ponía en la vidriera la música y la cultura occidental. En ese marco Estados Unidos empezó a preparar el Mundial 1994, la gran fiesta del fútbol. 

La elección de la candidatura estadounidense estuvo plagada de polémicas. Primero porque la FIFA, más tradicionalista en los ochenta de lo que es ahora, no veía con buenos ojos llevar la Copa del Mundo a un país con nula tradición futbolística, y segundo porque el otro gran candidato era Marruecos, que llevaba la bandera de África, un continente en el que el fútbol crecía a pasos agigantados. No obstante, Estados Unidos pudo convencer al Comité Ejecutivo y en 1988 le asignaron el Mundial subsiguiente y, con ello, una tarea a cumplir que era requisito para poder albergar el campeonato: la creación de una liga propia

Estados Unidos había fracasado en su primer intento de establecer un campeonato local duradero y la NASL —creada en 1968—, a la que le sacó brillo el New York Cosmos, había implosionado en 1985. El talón de Aquiles de aquella Comisión había sido el aspecto financiero, ya que las franquicias debían alquilar costosos estadios y también contratar figuras internacionales con suculentos contratos, todo eso con la contrapartida de que la convocatoria no era la suficiente como para hacer caja. Por lo tanto, la nueva organización, nacida en 1993, decidió que en el término de tres años se establecerían las condiciones para que en 1996 pudiese comenzar formalmente la liga, y así nació la Major League Soccer (MLS)

En el medio, entre la planificación y la puesta en práctica, el Mundial de 1994 marcó un éxito sin precedentes. La Copa del Mundo “a la americana” funcionó a la perfección, tanto que los mismos estadounidenses terminaron maravillados con el fútbol, al que antes del evento consideraban, irónicamente, “el deporte del futuro que siempre lo será”. La media de asistencia a los estadios fue record para un Mundial, la apertura fue digna de un Super Bowl y la consagración de Brasil —la referencia futbolista por excelencia en Estados Unidos— encendió la llama en los locales.

Para tomar dimensión del salto cultural durante ese mes en el que, además, el clima acompañó de manera sobresaliente, vale traer algunas estadísticas. Antes de la Copa del Mundo el Washington Post y el New York Times dedicaban, en promedio, un 70% del espacio en sus páginas deportivas al béisbol y al football americano, y luego del Mundial sólo un 25%. El resto iba para el fútbol. 

El comienzo de la MLS en 1996 se planificó con un esquema similar a la NASL, orientada al público latino y con jugadores de referencia en cada equipo. Llegaron el boliviano Marco Etcheverry (D.C. United), el colombiano Carlos Valderrama (Tampa Bay Mutiny), los salvadoreños Mauricio Cienfuegos (L.A. Galaxy) y Raúl Díaz Arce (D.C. United), el uruguayo Adrián Paz (Columbus Crew), el venezolano Giovanni Savarese (NY/NJ MetroStars) y el ecuatoriano Eduardo Hurtado (L.A. Galaxy), entre otros. Si bien inicialmente no fue un mercado muy seductor para brasileños y argentinos, con los años también se irían sumando a la liga, convirtiéndose algunos de ellos en referencias de la MLS, como fue el caso del argentino nacionalizado ecuatoriano Ariel Graziani.

No obstante, también se trabajó en cuestiones estructurales que no se habían tenido en cuenta en la NASL, y se planificó, por ejemplo, que cada franquicia construya un estadio propio para evitar las hemorragias de los alquileres, algo que se fue concretando temporada tras temporada entre los equipos sobrevivientes. Asimismo, también se modificaron las reglas para captar al público estadounidense y hasta 1999 se utilizaron los penales australianos para definir al ganador en caso de empate y se estableció el reloj en cuenta regresiva, es decir empezaba a los noventa minutos y retrocedía hasta cero, cuando sonaba una chicharra para anunciar la finalización. 

Los primeros años no mostraron gran éxito de la MLS y la fiebre mundialista se fue apagando. Algunas franquicias se perdieron en el camino y ciudades que habían llegado a tener dos equipos, como Miami, se quedaron sin representantes. En una profecía auto cumplida, en tiempos del escándalo Enron y de la explosión de la burbuja puntocom, la liga se estaba acercando peligrosamente al abismo y a replicar la fortuna de la NASL, pero los salvatajes financieros y un golpe de suerte del destino torcieron la historia. 

En el Mundial de Corea-Japón 2002 la Selección estadounidense, que llegó ubicada en el puesto trece del ranking FIFA, cumplió una muy buena labor alcanzando los cuartos de final. En la zona de grupos derrotó a Portugal y en octavos a México, un clásico rival de la CONCACAF. Con esos antecedentes el fútbol tuvo un despertar en Estados Unidos, lo que fue espoleado por ese equipo que ya no era ajeno a los locales, sino un fiel representante liderado por caras conocidas como Tony Meola, Cobi Jones, Jeff Agos, Claudio Reyna y el joven maravilla Landon Donovan. La MLS tomó nota de ese éxito y aprovechó el viento de cola para cerrar acuerdos de formación con la Bundesliga y la Premier League. 

En las temporadas siguientes la liga se fue agrandando, los clubes dominantes empezaron a incorporar estrellas internacionales y la figura del jugador franquicia se resignificó con la llegada de David Beckham a Los Ángeles Galaxy en 2007, luego de su salida del Real Madrid. Para entonces la MLS ya estaba afianzada y miraba al futuro, mientras en las tribunas ya no había sólo latinos, hispanos y europeos emigrados, sino muchos estadounidenses que se acercaban a ver de qué se trataba eso que llamaban soccer.  

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