miércoles, 2 diciembre, 2020
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Hace exactamente cien años, en el verano de 1920 tuvieron lugar en la ciudad de Amberes, al norte de Bélgica, los séptimos Juegos Olímpicos de la era moderna.  Para muchos, estos Juegos quizá sean recordados por ser la primera vez que ondeó la bandera olímpica, o quizá por Victor Boi, primer deportista en prestar el juramento olímpico. Probablemente sean recordados también por las cinco medallas de oro del esgrimista italiano Nedo Nadi, o la gesta heroica de un jovencísimo atleta finés, el gran Paavo Durmi. Sin embargo, a pesar de que Estados Unidos arrasó en esa edición con más de cien medallas olímpicas, cuarenta y ocho de ellas de oro, si preguntáramos a sus atletas, sin duda recordarán estos Juegos por tres cosas; quince días confinados, un barco de la armada y un nombre: Matoika.

Amberes 1920 buscaba ser un símbolo de paz después de la Gran Guerra que había sacudido a Europa dos años antes, y así lo fue. Bélgica había sido devastada durante el conflicto y el Comité Olímpico Internacional le adjudicó estos Juegos como compensación. Alemania fue duramente castigada y no pudo participar. Otra gran ausente fue Rusia, que por aquel entonces se dirimía en una cruenta guerra civil. Al otro lado del Atlántico, Estados Unidos, que había vivido un importante crecimiento económico durante el conflicto que se desarrollaba en Europa, embarcaba en el puerto de Nueva York rumbo a Amberes como clara favorita. Lo que parecía a priori que iba a ser una travesía tranquila a bordo del buque Northern Pacific, pronto se convirtió en una pesadilla para los atletas norteamericanos. El 7 de agosto estalló el escándalo del Matoika, y la continuidad de la gran potencia estadounidense en los Juegos Olímpicos de Amberes estaban en el aire. 

 

Cartel de los Juegos Olímpicos de Amberes 1920.

 

Apenas dos semanas antes de la partida hacia tierras belgas, la delegación de Estados Unidos, deprisa y corriendo y con un bajo presupuesto, había cerrado la lista de sus integrantes en algunas disciplinas como el atletismo. En principio, el viaje se iba a realizar en el Northern Pacific, un gran buque de más de 160 metros de eslora y capaz de albergar a alrededor de 800 pasajeros. Sin embargo, pocos días antes de zarpar, se les comunicó a los atletas que finalmente viajarían en otro barco debido a que el Pacific había sido declarado por las autoridades “no apto para navegar”. La delegación estadounidense viajaría entonces a bordo del Princess Matoika, un armatoste de otros 150 metros de eslora ensamblado en Alemania veinte años atrás, y que tan solo unos meses antes había estado surcando las aguas del océano Atlántico llevando y trayendo tropas a Francia durante la I Guerra Mundial. El Matoika era un pesado barco de guerra adaptado en el último momento para realizar semejante travesía transoceánica.  Su nombre hace referencia a la princesa Pocahontas, que en la lengua de los indios nativos era conocida como Matoaka. Sin duda, el Matoika no estaba preparado para albergar a cientos de deportistas en condiciones óptimas durante dos semanas. A pesar de esto, una nota en el periódico The New York Times del 10 de julio de ese año apuntaba que el buque era un barco rápido, con una gran cubierta y unas estancias amplias para los deportistas. Pero nada más lejos de la realidad, el nauseabundo olor a cadáver debido al transporte de combatientes caídos durante la Gran Guerra se mantenía adherido al acero de las paredes del viejo Matoika. El atleta Joie Ray declaró para el Chicago Tribune que “si los responsables de esto querían crear un ambiente depresivo en el equipo, no podían haber hecho nada mejor”. 

A pesar de la polémica, finalmente el Princess Matoika zarpó del puerto de Hoboken, Nueva York, a las cuatro de la tarde del 26 de julio con doscientos cincuenta atletas olímpicos a bordo. El gran buque se deslizaba lentamente por el río Hudson, hacía sol y las aguas estaban tranquilas. Cientos de personas se arremolinaban en la bahía de Manhattan con pañuelos y sombreros al aire deseando suerte a sus héroes nacionales. Las primeras atletas en embarcar fueron las más jóvenes; Helen Meaney, Helen Wainwright y Aileen Riggins, de quince y catorce años de edad respectivamente. Horas antes de partir, en la Manhattan Opera House de Nueva York, el equipo olímpico estadounidense al completo formuló la clásica expresión “bring home the bacon”, su peculiar promesa de traer el pan a casa, y así lo harían.  Sin embargo, antes tenían por delante dos semanas largas y agotadoras de viaje. 

Si durante la cuarentena que actualmente asola a más de medio mundo han circulado vídeos de muchos deportistas que han tenido que recurrir al ingenio para seguir entrenando a pesar del confinamiento, la cubierta del Princess Matoika venía a ser algo parecido. Los velocistas corrían por la pista de 60 metros construida en la cubierta, los atletas de larga distancia y los marchadores daban vueltas pululando por un circuito improvisado alrededor del barco, y los lanzadores de jabalina entrenaban lanzando sus venablos a las profundidades del océano. Por otro lado, los nadadores, atados por la cintura con un arnés y este a su vez a una cuerda en tensión que iba al extremo de un tanque de agua, nadaban durante agotadoras sesiones sin desplazarse de su sitio. Los lanzadores de disco ataron largos cordeles a sus discos y los lanzaban por la borda. Los saltadores de pértiga se ejercitaban subiendo y bajando por una cuerda de treinta metros. Boxeadores y esgrimistas hacían lo propio con duros sacos de arena. A pesar de algunos mareos debidos a la navegación, la vida seguía tranquila y sin sobresaltos a bordo del Matoika. Sin embargo, al cabo de unos días todo cambió, se avecinaba una pequeña borrasca por el frente, el viento venía de cara y el mar estaba picado. Los entrenamientos se cancelaron, se avecinaban días revueltos. 

 

Atletas del equipo olímpico estadounidense de 1920

 

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Tras unos cuantos días con muy mal tiempo en los que en las condiciones de entrenamiento eran difíciles, se desató la tormenta. Habían sido días con una espesa niebla, la pista mojada se tradujo en infinidad de resbalones y lesiones, como la del lanzador de peso Matt McGrath, que partía como favorito tras haber establecido el récord olímpico en Estocolmo 1912, y que tras una caída se hizo daño en la rodilla.  La gran mayoría de los deportistas, hartos de las condiciones que estaban viviendo a bordo del Matoika se rebelaron contra el Comité Olímpico Americano y firmaron un documento en el que amenazaban con negarse a participar si la situación no cambiaba al llegar a Bélgica. Dormitorios incómodos, mala comida, ratas, y unas condiciones impropias motivaron la rebelión del Matoika. La revuelta estaba liderada por el velocista Tom Meredith, también campeón olímpico en Estocolmo 1912, que fue elegido por sus compañeros como portavoz. También estaba Pat McDonald, un veterano lanzador de martillo que había logrado el oro en los pasados Juegos Olímpicos. McDonald trabajaba como policía en Times Square, y era de origen irlandés, medía un metro noventa y pesaba 120 kg. Cuando se plantó en los Juegos de Amberes “Pat” tenía 42 años. Otro de los líderes de aquel tumulto fue el nadador Norman Ross, que se enfrentó a los miembros del Comité Olímpico Americano espetándoles; “Como quieren que rindamos al máximo si para desayunar solo tenemos dos sardinas”. Pero ahí no acabó todo, una vez ya instalados en Amberes, los deportistas fueron alojados en unas antiguas escuelas reconvertidas en dormitorios que literalmente “apestaban”. Todavía no existía la Villa olímpica. Aquello fue la gota que colmó el vaso. El atleta de triple salto Daniel Ahearn se escapó de aquel tugurio y se alojó por su cuenta en un hotel cercano. Automáticamente fue expulsado del equipo olímpico por el Comité Americano.

Un mes más tarde de esta trifulca, los Juegos Olímpicos de Amberes llegaron a su fin, y Estados Unidos fue la clara campeona. Pat McDonald, el policía irlandés de Times Square, volvió a ser coronado campeón olímpico por segunda vez en su carrera. Norman Ross el nadador, ganó tres medallas de oro con su célebre “patada tijereta” en la prueba de estilo libre. Matt McGrath se tuvo que conformar con una quinta posición en lanzamiento de peso, los problemas de rodilla que sufrió tras su caída en el barco le pasaron factura. La rebelión del Matoika no logró que cambiaran los dormitorios de Amberes, ni logró acabar con las ratas del barco, pero si logró que Daniel Ahearn fuera readmitido en el equipo y pudiera competir. Tal y como recogió el Boston Globe el 26 de agosto de 1920, los deportistas a bordo del Matoika no luchaban por mejorar sus condiciones, luchaban por el futuro de los deportistas olímpicos estadounidenses. 

El viejo Princess Matoika después de recorrer el mundo como barco de pasajeros, y luego como buque mercante, acabó sus días en un desguace para barcos en Osaka, Japón. Fue despezado y demolido en 1933, por aquel entonces ya no se llamaba Matoika, sino City of Honolulu. Casi no hay fotografías de aquello, pero el recuerdo y el testimonio de su cubierta abarrotada de atletas confinados practicando sus disciplinas aquel verano de 1920 es Historia viva del olimpismo.

El Princess Matoika en una fotografía de 1919.

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Lucas García Alcalde
Nació en Ovalle (Chile) en 1996. Muy joven decidió ser viajero como quien decide ser oficinista. De Buenaventura a Oslo, de Barcelona a Quito, de la selva amazónica al desierto de los saharauis, recorrió casi todos los territorios posibles de la geografía y las utopías. Y mientras viajaba, escribía. Nunca publicó un libro, ni tampoco ganó un premio.

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