jueves, 6 junio, 2019
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El Mundial de Baloncesto, a disputarse en China, está cada día más cerca (comenzará el 31 de agosto). Para la escuadra argentina este no será un torneo más, ya que no contará con prácticamente ninguno de los nombres que le dieron prestigio y títulos al seleccionado albiceleste, como lo fueron Emanuel Ginóbili, Carlos Delfino, Pepe Sánchez, Andrés Nocioni, Pablo Prigioni o Fabricio Oberto, siendo Luis Scola el único sobreviviente de la denominada Generación Dorada.

Subcampeones mundiales en el 2002 y campeones olímpicos en el 2004 y hasta número uno del ranking desde el 2008 hasta el 2012 (en donde, además, consiguieron triunfos históricos ante distintos Dream Teams estadounidenses), son considerados como una de las mejores escuadras de baloncesto internacional de todos los tiempos.

Pero, aunque a veces queden un poco relegados, anterior a ellos también existió en la Argentina otra gran generación, que logró, en pocos años, cubrirse de gloria y que también obtuvo resultados impresionantes, aunque terminó siendo desmembrada de cuajo por un gobierno militar. Esta es la historia de un grupo de jugadores de finales de la década de los 40′ y mediados de los 50′, que a base de juego, inteligencia y destreza, terminaron por convertirse en una escuadra de temer, causando gran admiración.

La Argentina tiene el honor de ser una de las federaciones iniciales que fundaron la FIBA (Federación Internacional de Basquetball Amateur según su denominación inicial) en 1932. Si bien tuvo la posibilidad de participar en la edición inicial de este deporte en unos Juegos Olímpicos (Berlín 1936, donde Estados Unidos fue oro ganando por un corto 19-8 sobre Canadá, en una época donde no existía el reloj de posesión), si tuvo la chance de medirse ante los mejores quintetos mundiales en los siguientes Juegos, los de Londres 1948 -los que corresponderían a 1940 y 1944 no se realizaron por culpa de la Segunda Guerra Mundial-.

Pero mientras en Europa y gran parte del mundo la gente veía a la muerte a los ojos, el básquet argentino se llenaba de gloria a nivel regional, ganando cinco campeonatos sudamericanos (1934, 1935, 1941, 1942 y 1943), logrando tres medallas más de plata y misma cantidad de bronce, luchando codo a codo con otros dos grandes conjuntos como lo eran el uruguayo y el brasileño.

Ya en esa época clubes como Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque, River, Palermo, Platense o San Lorenzo o Hindú eran la base del seleccionado, mostrando el potencial que había en la liga de Capital Federal, aunque muy cerca del nivel de esta se encontraban otros grandes certámenes como los de Bahía Blanca -la que, con los años, se denominaría como la cuna del baloncesto nacional-, Córdoba, Santa Fe o Santiago del Estero.

La Argentina, fuerte en Sudamérica, necesitaba dar un paso más, y este era el tener la posibilidad de medirse ante los grandes de este deporte para conocer su potencial, y los Juegos Olímpicos de Londres ofrecieron eso -todavía no existía un Mundial-, en un torneo que tuvo nada menos que 23 seleccionados, provenientes de tres continentes (solo no había representantes de Oceanía).

La escuadra albiceleste finalizaría tercera en el Grupo C, detrás de Estados Unidos y Checoslovaquia, dos de los colosos de la época , aunque la Albiceleste estuvo a punto de conseguir un histórico triunfo sobre los norteamericanos, cayendo con lo justo 57-59. Si bien este equipo pudo vencer a la dura selección de Egipto, el 45-41 en contra ante los checoslovacos en la última jornada terminó por destruir el sueño de medalla.

Esas dos derrotas privaron a la Argentina la posibilidad de alcanzar los cuartos de final, y en la reclasificación perderían primero insólitamente con Filipinas y con Cuba, ganándole a Hungría por abandono para finalizar en el 15º lugar. Igualmente el potencial lo tenía, y por eso William Jones, secretario general de la FIBA, le dio a la Argentina de Juan Domingo Perón la posibilidad de realizar la primera Copa del Mundo (o Mundobasquet, como también se conoce a este torneo), que se disputaría en el mítico estadio Luna Park, en 1950.

El juego en aquella época no se parecía mucho al que conocemos hoy en día: era mucho más lento (no existía la regla de los 24 segundos para lanzar) y los tiros de tres puntos eran un lejano sueño que recién en 1984 se comvertiría en realidad.

La Argentina, con apoyo del gobierno peronista (el primero interesado en los deportes), tuvo la chance de prepararse bien para el que sería su Mundial, jugando varios amistosos y teniendo la posibilidad de entrenar seguido en las instalaciones de River Plate. Si bien la escuadra era amateur (los profesionales comenzarían a competir recién en la lejana década de los 90′ lejana década de los 90′), lo cierto es que el gobierno de Perón ayudó con licencias laborales a los jugadores, haciendo que estos pudieran dejar de trabajar -o hacerlo lo menor posible- para mentalizarse en el torneo que se venía. Esta artimaña, sin embargo, no sería única de la Argentina, ya que antes o después se seguiría usando, siendo los conjuntos del bloque comunista expertos en la materia.

Finalmente el día llegó y diez selecciones dijeron presente en Buenos Aires, para disputar el primer Campeonato Mundial de la historia: además de los locales estaban Estados Unidos, Francia y Brasil (los primeros tres en los olímpicos británicos), Egipto (campeón europeo 1949, ya que no existía aún la Confederación Africana), Italia y España (que se clasificaron en el Europeo de Niza 1950), Uruguay y Chile (los mejores del Sudamericano 1949) y Ecuador, invitado por el comité organizador. Pero, a último momento, se bajaron los italianos por motivos económicos (Yugoslavia tomó su lugar) y los charrúas -según se dice, por habérseles negado el visado- , siendo Perú quien tomara la posta. Sin dudas, serían dos bajas sensibles, aunque no trascendentales para el desarrollo del certamen.

La Selección contaba con verdaderos monstruos de la talla de Hugo del Vecchio, Raúl Pérez, Vito Liva, Oscar Furlong, Roberto Viau, Rubén Menini y Ricardo González, entre otros. El head coach de aquel conjunto sería Jorge Canavesi, teniendo a Casimiro González Trilla con su asistente y a Jorge Boreau como el encargado del entrenamiento físico.

El formato tuvo sus vueltas, y fue más parecido a una copa nacional que a los actuales sistemas utilizados en este tipo de torneos: hubo cuatro equipos que debieron eliminarse a un solo partido en la primera fase, que se sumaron a los restantes seis en la fase dos, para determinar a los clasificados para la liguilla final, conformada por seis países (a los cuatro ganadores de la segunda ronda se le sumaron los dos que se quedaron con la fase de perdedores).

La Argentina en esta instancia bajó fácilmente a Francia por 56-40 y, ya en la Ronda Final, mostraría lo mejor de su repertorio: venció sucesivamente a Brasil (40-35), Chile (62-41), nuevamente a los galos (66-41) y a Egipto (68-33) antes de llegar al último envite, que paradójicamente se convertiría en la final, ya que los Estados Unidos, vigentes reyes olímpicos, también habían ganado todos sus compromisos, aunque con resultados un poco más ajustados.

Pero este último cotejo fue también impresionante, y seguirá grabado en letras doradas por los siglos de los siglos: fue victoria 64-50, y el primer título mundial se quedaría en el país. Furlong y González serían parte del quinteto inicial ideal del campeonato, mientras que también estarían entre los máximos anotadores del mismo.

Pero ese no sería el final de este conjunto, ya que al seleccionado argentino aun le quedaba tela por cortar. Asi fue como en los Juegos de Olímpicos de Helsinki (Finlandia) en 1952 la racha continuaría, hasta lograr un gran cuarto puesto.

Para alcanzarlo debió ganar primero el Grupo C (tres victorias en igual cantidad de partidos ante las fuertes selecciones de Brasil, Filipinas y Canadá), luego quedar segundo del Grupo A de la segunda ronda (triunfos ante Bulgaria y Francia, y derrota en el clásico rioplatense ante Uruguay por 65-66), lo que hizo que en semifinales tocaran los Estados Unidos, que esta vez no tuvieron piedad y se llevaron el pleito por 76-85. Los uruguayos volverían a ganar en el duelo entre vecinos (68-59), esta vez con la medalla de bronce en juego. El cuarto puesto, igualmente, fue considerado un gran logro.

Las buenas actuaciones se sucederían, a su vez, en los primeros dos Juegos Panamericanos que se realizaron. Los primeros fueron en 1951 -nuevamente en Buenos Aires-, y los segundos en 1955 en Ciudad de México y en ambas solo los muchachos de las barras y estrellas serían los que le quitarían la gloria a los nuestros en el último partido.

Esta selección era una referencia a nivel mundial por su juego agresivo en defensa y virtuoso en ataque, pero el golpe de Estado de 1955, que destituyó a Perón, hizo añicos los sueños de mantener ese espíritu, ya que los dictadores de la autodenominada “Revolución Libertadorasancionaron de por vida a la mejor camada de jugadores de aquel entonces en 1956, acusados de profesionales, solo porque el ex-presidente los había agazapado y como retribución por los logros les bajó los precios de los automóviles extranjeros.

Sin dudas, fue una canallada que arruinó las perspectivas de esta enorme camada y que pudo hacer que la historia del baloncesto en la Argentina sea diferente. Para darse una idea, el seleccionado recién retornó a unos JJ.OO en Atlanta 1996 (se habia clasificado para Moscú 1980, pero debido al boicot occidental no pudo participar), y en los mundiales y hasta la aparición del grupo que hace poco deleitaba y hacía ilusionar a los argentinos no pudo llegar siquiera al quinto lugar.

Pero este enorme grupo de jugadores estará por siempre en la memoria del básquet como uno de los mejores conjuntos de todos los tiempos. Porque ellos fueron, sin lugar a dudas, la primera Generación Dorada, la génesis de este Alma Argentina que podemos disfrutar en la actualidad.

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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