viernes, 26 febrero, 2021
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Sin dudas, el Covid-19 ha generado un antes y un después en la vida de este planeta. Una vez que la pandemia haya terminado, las relaciones personales ya no serán las mismas, el teletrabajo se habrá impuesto como el principal método laboral y ya nadie (esperemos) pondrá en duda la necesidad de tener un sistema de salud robusto y de libre acceso. 

El futbol también habrá cambiado. Con la intención de acotar la cantidad de público en los estadios debido a razones sanitarias (todos los expertos aseguran que esta es solo la primera de varias pandemias que vendrán en el futuro) el ir a la cancha se transformará en un privilegio de tarjetahabientes y clases acomodadas. Las reglas de emergencia que llegaron con el coronavirus – las cinco substituciones o, como posiblemente suceda en Bélgica, amonestar a los jugadores que celebren un gol abrazados – quedaran grabadas en piedra. Estamos ante un nuevo mundo.

Pero, no para todos, la pandemia fue una desgracia. Y no me refiero a los multimillonarios como Jeff Bezos o Mark Zuckerberg que, pese a la catástrofe sanitaria que atravesamos, han visto crecer sus utilidades a niveles impensados. Estoy hablando del futbol de Australia en general y la A-League en particular.

Para los que no saben, el soccer es apenas un deporte de cuarto orden en la tierra de Cocodrilo Dundee y no solo debe luchar contra la poca atención que recibe por parte de los medios sino también contra el desprestigio y los ataques virulentos que sufre desde los sectores conservadores de la sociedad. Es que, para esa parte de la población, el futbol no es más que una expresión cultural de los millones de extranjeros indeseables que llegaron al continente tras el infierno de Segunda Guerra Mundial. Croatas, serbios, italianos, griegos o macedonios, todos trajeron en sus valijas una pelota de futbol como principal posesión y, pese a que hoy se señala a Australia como un ejemplo de multiculturalismo, la realidad es que durante los 50’s, 60’s y 70’s los partidos de futbol fueron el único refugio para aquellos que querían mantener viva su cultura de origen y se negaban a perder sus costumbres solo para ser aceptados. Las reformas implementadas a principios del nuevo milenio y la profesionalización de la liga apuntaron a eliminar ese componente “étnico” y hacer al deporte un poco más “digerible” para todos los australianos. Y por un momento resultó. 

Durante los primeros diez años los partidos gozaron de buen rating en la TV y bastante presencia de hinchas en las tribunas. La competición atrajo nombres de nivel (Alessandro Del Piero, Emile Heskey, Robbie Fowler y un breve paso del Guaje Villa por el Melbourne City) y hasta incluso el Western Sydney Wanderers se dio el lujo de ser campeón de Asia en 2014. Todo parecía indicar que la A-league iba en camino a ser la nueva MLS. Pero, como siempre pasó, el futbol aussie nunca estuvo realmente bien administrado y las pujas entre la federación y los clubes profesionales generaron todo tipo de fricciones innecesarias que llevaron a un proceso de separación similar al que vivió el futbol argentino entre la liga y la AFA.

Para colmo, en las últimas temporadas se profundizó una carencia de jugadores de renombre y esto repercutió en el aforo. En el ultimo campeonato antes de la pandemia nos acostumbramos a ver estadios de 40,000 personas semi vacíos y partidos realmente malos en cuanto al nivel de juego. La frutilla del postre fue cuando el Central Coast Mariners consideró seriamente fichar al velocista Usain Bolt como una medida de marketing. No importaba que el jamaiquino no supiera siquiera parar una pelota, solo importaba que se vendieran los tickets.

Curiosamente, hoy la pandemia puede revitalizar a la competición de una manera impensada. La reducción de los (siempre insuficientes) ingresos económicos hizo que los clubes se lo pensaran dos veces antes de fichar jugadores. Traer un futbolista de Europa – incluso uno mediocre – siempre resulta un riesgo para las finanzas de la A-League. Por esta razón, para la temporada 2020/21 han mirado mucho mas de cerca a los jóvenes valores de la National Premier League (la categoría semi-pro que se juega a nivel estatal y nacional). Esto además significa más oportunidades de trabajo para los futbolistas locales.

También Asia ha entrado en la mira de los cuadros aussies. Pese a que en 2006 la Football Federation Australia ingresó en la confederación asiática y hasta incluso los Socceroos conquistaron la Asian Cup 2015, Australia nunca le prestó realmente atención a lo que sucedía en su patio trasero. Y esto quedaba en evidencia a la hora de las contrataciones. Mientras otras ligas como la J-League profundizaban sus vínculos con los países del sudeste asiático, la A-League, siempre en su búsqueda de imitar a la MLS – contrataba jugadores europeos, muchos de ellos de dudoso calibre.

Por el contrario, los jugadores australianos siempre han sido valorados en el continente asiático debido a que la relación rendimiento/precio es siempre favorable (podríamos decir que son los “uruguayos” de la AFC). Hoy la historia es distinta, y la A-League cuenta con cinco jugadores japoneses. Quizás para el lector este número sea bajo, pero, si tomamos en cuenta el “eurocentrismo” que prima en la liga aussie, esto es todo un logro. 

La reducción de costos también hizo que muchos de los equipos debieran mudar sus localías a recintos más chicos de los que usualmente utilizan. Aunque algunos de estos estadios no son tan modernos, y el hecho de que su capacidad sea menor ayuda a crear un clima “futbolero” mucho mas apetecible para el espectador. Esto quedó de manifiesto en los partidos del Brisbane Roar que, tras años de jugar en un Suncorp Stadium semivacío, ahora llena las tribunas del Dolphin Oval.

La tan mentada expansión, que comenzó la temporada pasado con el ingreso del Western United y se completó este año con el arribo del Macarthur FC, también han sido una gran notica para un torneo que solo contaba con diez equipos a mediados de 2019. Pero el crecimiento de la liga no debe limitarse solamente a reforzar el eje New South Wales – Victoria (los estados donde el futbol es más popular), sino que, si se quiere hacer una competición verdaderamente nacional, tanto la Isla de Tasmania como el Northern Territory deberán ser tenidos en cuenta para el futuro. 

Quizás el tema más interesante en torno al soccer aussie sea la creación de la segunda división profesional. Esta B-League, que ya cuenta con la aprobación de la federación y los clubes profesionales, resulta atractiva desde el punto de vista deportivo porque sería introducir el sistema piramidal en un país donde ese concepto prácticamente no se utiliza en las disciplinas profesionales. Pero en este caso, las dificultades económicas que generó la pandemia quizás hayan frenado un proyecto, no de manera indefinida, pero si por un par de años. 

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Juan Manuel D´Angelo
Changarín de la palabra, termo de la A-League. Una vez me insultó toda la comunidad croata de Melbourne.

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