martes, 30 noviembre, 2021
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Venezuela no es un país con una historia rica y extensa relacionada a los Juegos Olímpicos. Desde el primero de los Juegos modernos en Atenas 1896, poco más de 600 atletas representaron la bandera tricolor en la cita deportiva más importante del mundo, un promedio sumamente bajo si tenemos en cuenta las 31 ediciones que se han disputado hasta el momento.

El principal motivo radica en que los venezolanos dieron 52 años de ventaja con respecto al resto de los países que venían participando asiduamente en esta competencia. Atrás había quedado Berlín 1936, la cancelación de las ediciones de 1940 y 1944 y Londres 1948 se erigía como el posible retorno de los sentimientos de hermandad entre países después de seis años marcados por la sangre derramada en la Segunda Guerra Mundial. Fue justamente por eso que se llevaron a cabo bajo una política económica austera por parte de la capital inglesa dado que -al igual que el resto de los países europeos- todavía se encontraba en el período de reconstrucción post guerra, que abarcaba desde factores edilicios hasta escasez de alimentos.

Bajo ese contexto se dio el debut de Venezuela en unos Juegos Olímpicos de la mano de, en ese momento, un joven que del otro lado del Atlántico había dominado el circuito nacional del ciclismo de pista desde los 15 años y se había dado a conocer a nivel continental con victorias en todos los países del Cono Sur. Una enfermedad lo privó de trasladar su dominio al Caribe, ya que lo dejó fuera de los Juegos Centroamericanos de 1946 sin siquiera poder subirse a su bicicleta.

Julio César León nació en 1925 y se crió en las pendientes de Trujillo, una de las razones por las que sus pedaleadas eran de las más potentes a nivel internacional en la década del 40. Entre 1940 y 1942, siendo tan solo un adolescente, aplastó a la escasa competencia que tenía en su país y, como se mencionó anteriormente, salió al resto del continente en busca de desafíos que le permitieran mejorar su desarrollo, ya con el objetivo en mente de clasificar a un Juego Olímpico. El ritmo lo tenía: clavó su récord personal de sprint en 1:12.13, pero, así y todo, no fue suficiente para convencer a la Federación Venezolana de Ciclismo, cuyos dirigentes vetaron su participación por miedo a que su desempeño los deje en ridículo ante los ojos del mundo.

En aquel entonces sólo parecía tratarse de una traba netamente burocrática, por lo que nuestro protagonista siguió buscando apoyo y acudió a su hermano piloto que, a través de su amigo Raymond Smith, le consiguió una cita con el embajador de Inglaterra en Venezuela. Los primeros minutos de ese encuentro fueron incómodos, puesto que luego de presentarle su caso, el embajador se retiró de la oficina por varios minutos. Cuando volvió, le garantizó facilitarle el acceso a su país y cubrir los gastos del viaje, a lo que León replicó si podía incluir a su esposa y a su entrenador en el mismo. El mandatario aceptó y en ese momento comenzó, de forma oficial, la odisea del ciclista.

El inicio de su travesía comenzó a bordo de un bombardero Lancaster que había participado del desembarco en Normandía en la Segunda Guerra Mundial. Mientras su esposa fue ubicada en la zona de telégrafos junto a los pilotos, León y su entrenador viajaron en el compartimento en el que originalmente se sentaban los encargados de las ametralladoras del avión. El trayecto incluía escalas en todas las islas del Caribe que pertenecían a Inglaterra, la última de ellas Bermudas, donde realizaron una parada final a la que habían estipulado una demora de dos horas para reacondicionamiento y carga de combustible pero que, debido a las condiciones climatológicas, se terminó extendiendo mucho más. Como si eso fuera poco, el vidrio del compartimiento de ametralladoras era transparente, por lo que ambos llegaron insolados a la última parada antes de emprender la recta final del viaje hacia Londres.

Una vez finalizada la peripecia aérea, comenzó una batalla burocrática con los organizadores del evento. En ese momento reflotó el veto que le había impuesto la Federación Venezolana de Ciclismo y le explicaron que eso le impedía participar en los Juegos Olímpicos. Inmediatamente, llamó a Julio Bustamante, presidente del Comité Olímpico Venezolano (COV), quien tomó el primer avión a Inglaterra junto a su secretario para aclarar todo y destrabar la situación administrativa de León. Además, se encargó de conseguir dinero para la atención médica de la esposa del ciclista, que había caído enferma a los días de aterrizar en Londres y también para Julio César, ya que la barrera idiomática le dificultaba el acceso a la Villa Olímpica y a la compra de alimentos. 

 

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Hubo días en los que admitió haber comido carne de caballo y pescados que encontraba en el Támesis hasta que un colega de la delegación argentina lo invitó a comer asado y lo incluyó en las raciones de comida, carne, quesos, dulce de leche, entre otros, que el presidente Juan Domingo Perón había enviado desde Argentina. La coyuntura volvía a hacerse notar, ya que ese tipo de productos no abundaban tanto en Europa como en Sudamérica por el estado de los suelos tras seis años continuos de guerra.

Cuando el panorama parecía aclararse y León creía que sólo debía concentrarse en entrenar y llegar al 100% a su debut olímpico, sus colegas argentinos le agregaron una nueva preocupación. Uno de ellos le preguntó dónde estaba su bandera, a lo que el venezolano no tuvo respuesta dado que ni siquiera había pensado en ese detalle. Al ser el único atleta de la delegación y al haber sido dejado a la deriva por su propia Federación, nunca tuvo en cuenta que debía portar la bandera de Venezuela en la ceremonia de apertura. Se tomó el metro hasta la última estación para comprar un metro de tela azul, uno de amarilla y uno de rojo para dárselos a su esposa para que los cosiera y así improvisar una bandera sostenida sobre un palo de escoba y un gancho que unía los tres colores.

Ya todo estaba listo y el día de las pruebas había llegado: en el primer turno competía en la prueba de un kilómetro contrarreloj y en el segundo en el sprint individual. Y por si no se dieron cuenta a esta altura del texto, este relato no iba a tener un final feliz. Pese a que León llegaba con tiempos muy buenos (el 1:12:13 mencionado era uno de los más rápidos del momento y había estado entre los ocho mejores del Mundial de Ciclismo del año anterior) el clima le jugó una mala pasada. La prueba se pospuso tres horas por las intensas lluvias que trajo consigo el verano inglés. Cuando retomaron la acción, León no había tenido nada con lo que entrar en calor y se vio perjudicado, registrando un 1:14 que lo relegó a la 14° posición, bastante alejado de lo que se suponía que podría haber hecho en su mejor día. Paradójicamente, el francés Jacques Dupont ganó la medalla de oro con un 1:13.5, tiempo que León podría haber bajado sin complicaciones.

Con el golpe anímico que significó la decepción en la contrarreloj, el venezolano perdió el primer heat de la prueba sprint contra su colega argentino Clodomiro Cortoni, pero se recompuso derrotando al trinitense Compton Aloysius Gonsalves en el repechaje. Por haber caído en esa instancia sabía que en segunda ronda el sorteo le iba a deparar a alguno de los rivales más fuertes de la competencia, pero la suerte volvió a empecinarse con él al emparejarlo con Mario Ghella, campeón nacional italiano que, meses después, ganaría el Mundial de Ciclismo en Amsterdam y el Giro de Italia cinco veces, convirtiéndose en el primer ciclista en ganar esa prueba y el Tour de France en el mismo año en 1949. Ghella despachó a León sin mayores complicaciones para continuar su camino rumbo al oro olímpico y establecerse como uno de los mejores ciclistas de la época.

Era el fin de la odisea olímpica para el venezolano que, entre tantos reveses, se dio el gusto de hacer historia como el primer atleta de su país en disputar un Juego Olímpico. Ese mismo año se unió al equipo italiano Bianchi bajo la tutela del Campionissimo Fausto Coppi. En Venezuela siguió con su reinado en el ciclismo de pista, aunque no volvió a intentar clasificar a un JJ.OO. 

Fue una etapa cumplida para Julio César, cuya misión parecía estar completa: romper el techo de cristal de los atletas de Venezuela y demostrar que ellos también podían representar en la cita deportiva más importante del mundo. En Helsinki 1952 su lucha dio frutos, ya que en la ceremonia de apertura la bandera venezolana ondeaba por delante de una delegación de 38 atletas, algo impensado cuatro años atrás, y en la de clausura se retiró acompañada de una medalla de bronce en triple salto conseguida por Asnoldo Devonish.

 

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Me declaro ferviente enemigo del monopolio del fútbol en los medios e impulsor de historias polideportivas. También soy fanático del olimpismo, su espíritu por lo que creo que hay que contarlo y difundirlo todos los días, no cada cuatro años.

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