domingo, 20 junio, 2021
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Ese césped ya era conocido. Lo había domado un año atrás, cuando en una sorpresiva y espectacular velada, el Real Madrid cayó ante Boca Juniors. Ni siquiera el equipo invencible, de modelos de revista, de jugadores irreales, de galácticos y campeones por inercia, había podido descifrar la coreografía de esas piernas rectas, altas e ignotas. El Estadio Olímpico de Tokio ya no era tan imponente como sí lo fue en aquel 2000. El mismo camerino, el mismo túnel hacia el césped, la misma acústica, diferentes patrocinadores. El Bayern Múnich no era tan impresionante como su similar español. Para los argentinos ya no había dioses europeos.

Román ya había mostrado tiempo atrás lo que podía hacer. Con un estilo de futbolista tradicional, incluso cuando la postmodernidad había tomado presencia. Corte clásico, medias hasta la rótula y jugar al fútbol sin necesidad de correr y correr. La primera prueba de fuego no fue ni mucho menos un martirio. Makélélé nunca lo pudo detener, siendo tal vez la primera vez que perdió tantos duelos en un solo partido. Makélélé era el volante rústico de moda; no solo jugaba en Real Madrid, sino que su eficacia era máxima. Román lo destrozó en Japón.

En 2001, Boca repitió la Copa Libertadores. Cruz Azul fue su último rival internacional, previo a tomar un vuelo de casi 20 horas. Palmeiras, que había sido subcampeón en el 2000, se topó al equipo de Carlos Bianchi en la semifinal; era la revancha, esta vez en su casa original, el Parque Antártica. En la ida de dicho compromiso, Román no brilló. En la vuelta, con pirotecnia en el hotel, un clima realmente hostil y un 2-2 en el mercador global, el 10 se puso la 10. Era una señal de lo que ocurriría en Tokio unos meses después.

En suelo brasileño, Marcos Aurélio Galeano, un molesto volante defensivo, nunca lo pudo agarrar, o por lo menos, amargarle la noche. Román siempre fue más rápido. Siempre puso el balón donde debía. No se achicó por el ambiente. Hizo un golazo luego de gambetearse a dos y celebrar con su característico Topo Gigio. Había asistido para el primer gol de Boca y marcó un penal en la definición infartante que le dio el paso a la segunda final consecutiva.

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En esa Copa Libertadores, Boca fue primero del grupo 8, dejando atrás a Cobreloa, Deportivo Cali y Oriente Petrolero. En fases finales, el Xeneize eliminó a Junior de Barranquilla y Vasco da Gama, previo a medirse con los dos rivales mencionados anteriormente: brasileros y mexicanos. En total, Boca ganó nueve partidos de 14 posibles. Guillermo Barros Schelotto fue el goleador del equipo argentino en esa edición de 2001. Román fue Román.

 

Su noche japonesa contra el Bayern Múnich

En el partido donde se encontraban continentes y se unían las fuerzas de dos mundos paralelos, Román no fue Román, sino que fue Roman; sin tilde, como nombre británico. Probablemente había sido una estrategia televisiva, con el fin de que los narradores internacionales no tuvieran problemas al pronunciar su apellido durante 120’ minutos disputados en el epicentro deportivo de los nipones. Oliver Kahn parecía un gigante al lado de Mauricio Serna, justo en el sorteo previo. El biotipo era una diferencia que no se podía desestimar.

En esa Liga de Campeones, el Bayern, bajo la dirección de Ottmar Hitzfeld, solo perdió dos compromisos en las fases de grupos. En instancias de eliminación directa, ganó cuatro y empató uno; ese único empate fue ante el Valencia de España, partido correspondiente por la gran final. En penales, y ante un San Siro con 74.000 espectadores, Kahn hizo lo que quiso. Tan grande fue su figura que no sobró un consuelo a Santiago Cañizares mientras sus otros compañeros celebraban el título más grande de Europa.

Román, Roman, o simplemente Juan Román, venía con la confianza. Empezó su show y también el de los contrarios; patadas porque sí, patadas porque no. El árbitro danés Kim Nielsen, de camiseta amarilla con negro y por lo menos 1,90 de estatura, siempre fue permisivo. Era Román contra el mundo y el árbitro. Pisándola, coqueteando, acariciándola y dando espectáculo al otro lado del mundo. Las medias de líneas horizontales que usó  el Bayern adornaban el laberinto que nunca extravió la mente de Riquelme.

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Los alemanes, tan polémicos en 1990, jugaban con mangas largas. La única explicación era el frío que hacía en Tokio, porque la magia no la llevaban ellos. Al contrario. La magia la llevaba el porteño de manga corta que también se le plantó a su propio presidente en La Bombonera. En Asia también le plantó cara a Willi Sagnol, Owen Hargreaves y Paulo Sérgio, los típicos grandulones que nunca dejarán terminar una acción de ataque. Ese fue el condimento especial; Roman, como su dorsal, nunca se cansó de insistir.

Sobre el 45+1, de su píes se generó una expulsión en Boca que desestabilizó el juego. Marcelo Chelo Delgado vio la doble amarilla, luego de simular una supuesta falta dentro del área a pase de Juan Román Riquelme. El modernismo del fútbol mundial ya asomaba la cabeza y hasta los argentinos, guerreros en todo, se atrevieron a actuar como sucede hoy en día. La frustración mayor llegó en la prórroga, cuando el panorama que se veía más oscuro que en la edición del 2000 ante Real Madrid.

Pese a la gran noche japonesa de Riquelme, el 0-0 era justo. Aun así, en el tiempo suplementario las piernas pesaban. Los alemanes eran tanques, aunque en el 11 titular solo hubo dos de dicha nacionalidad. Sobre el minuto 109’, el ghanés Samuel Kuffour marcó el gol de la discordia; una mala salida de Córdoba en un tiro de esquina, rebote sobre la línea, supuesta falta de Élber y gol del africano. Los dos colombianos en cancha protestaron en compañía de Barros Schelotto. Román, el protagonista de la noche, solo aceptó y se resignó.

Como lo recordó Serna tiempo después, “Al árbitro le faltó dar la vuelta con los alemanes”. Ese, precisamente, fue el partido que desencadenó la caída de Bianchi y un Román que, con viento en la camiseta, llegó al fútbol español para brillar y no brillar.

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