miércoles, 23 septiembre, 2020
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Por Enrique Roldán (@enrolcan)

Antonio Gramsci definió el fútbol como “un reino de libertad humana ejercida al aire libre”. Simon Critchley, por su parte, aseguró que “la forma política más apropiada para el fútbol era el socialismo”. Y Eduardo Galeano afirmó que la descalificación del fútbol como pasión popular se debió a que “para la derecha, el fútbol era la prueba de que los pobres pensaban con los pies; y para la izquierda, el fútbol tenía la culpa de que el pueblo no pensara”. Galeano también dijo que Diego Armando Maradona era “el más humano de los dioses”, y aunque es obvio que esta última afirmación no sigue la línea de las tres anteriores, creo que nunca está de más recordar la divinidad del Diego y la inmensidad de Galeano.

A estas alturas de la película, no sé si soy marxista-leninista, si el trotskismo me ha hecho dar la espalda a la verdadera revolución, si el anarquismo libertario me empuja a romper con todo, o si la mano invisible de Adam Smith me guía, sin saberlo, entre los designios del capital. Pero sí tengo una certeza: tanto la lucha de clases como la conquista proletaria del poder, a día de hoy, son una quimera. No creo que Francis Fukuyama tuviera razón al considerar que el fin del antagonismo ideológico de la Guerra Fría fuera “el fin de la historia”, pero sí pienso que con la caída del régimen soviético dio comienzo una “nueva historia” en la que la dictadura del proletariado dejó de tener cabida.

El único fantasma que recorre actualmente Europa es el coronavirus. Unos poderes económicos incontrolables por las urnas marcan los designios de nuestras vidas, pero no me cabe duda de que en este mundo neoliberal que nos ha tocado digerir, el triunfo de un equipo pequeño frente a una escuadra poderosa es lo más cercano a la victoria de la lucha de clases que vamos a vivir. Desconozco si los seguidores de Barcelona, Juventus, Manchester United o Boca Juniors, por citar a algunos de los gigantes del fútbol mundial, comparten el mismo sentimiento que yo, pero cuando enciendo la televisión y hay un partido en el que mi equipo no toma parte no puedo evitar el deseo de que el conjunto pequeño se imponga frente al grande. Da igual que no conozcas al equipo en cuestión, pero si te duelen las injusticias de esta vida, te alegraste cuando Jorge Wilstermann le marcó tres goles en su casa a River Plate.

La Premier conquistada por el Leicester es lo más parecido a Lenin asaltando el Palacio de Invierno, el Atalanta alcanzando los cuartos de final de Champions League es Fidel Castro entrando en La Habana, Colón de Santa Fe jugándose la Copa Sudamericana al ritmo de Los Palmeras es Salvador Allende nacionalizando las minas de cobre, y una final de Copa española entre el Athletic Club y la Real Sociedad es una piedra volando en el Mayo del 68 francés.

Para el común de los futboleros es imposible no sentirse atraído por el equipo pequeño con independencia de la certeza de la derrota, pero el sentimiento de identidad con un conjunto de jornaleros del fútbol que se baten en duelo contra el equipo de un vende-calzoncillos va más allá de la lógica. Y lo hace por la sencilla razón de que la gran mayoría de nosotros somos Getafes, Eintrachts de Frankfurt, Twentes, Deportivos Maldonado y Atléticos Rafaela.

Conocemos, quizás de oída, quizás en persona, a algunos Bayerns de Munich, Liverpools o PSGs, pero nuestros compañeros de trabajo y de vida son, como nosotros, equipos de mitad de tabla que en algunas ocasiones sienten la inmensa alegría de jugar competiciones internacionales y en otras sufren la desazón de bajar al infierno.

No obstante, a medida que transcurre el partido en el que David intenta tumbar a Goliat comienzas a ser consciente de que estás inmerso en una batalla perdida. La decisión arbitral que ni el V.A.R. corrige, la galopada en el minuto 80 del crack repeinado del equipo contrario mientras tu lateral derecho a duras penas puede levantar la cabeza del verde, y esos cinco minutos de descuento que parecen indicar que Goliat tiene que ganar sí o sí. Porque no nos engañemos, David tumbó a Goliat de una pedrada, pero Goliat suele ganar. Es ahí cuando llega la decepción, cuando te preguntas a ti mismo si no tienes bastante con tu equipo como para tener que poner los ojos en el séptimo clasificado de la liga rumana, que por cosas del destino, está jugando octavos de Champions League contra el Real Madrid.

Y es que Jorge Wilstermann venció 3 a 0 a River Plate, pero los porteños ganaron el partido de vuelta marcando ocho goles y sin recibir ninguno en contra. De hecho, esta eliminatoria de Libertadores fue el vivo ejemplo de que tras unos compases de esperanza el sueño del pequeño se termina desvaneciendo. No en vano, Stalin ocupó el lugar de Lenin, el Che se fue de Cuba, las esperanzas de la izquierda chilena se desvanecieron tras el golpe de Estado de Pinochet, y bajo el pavimento francés no se encontró ni un solo grano de arena de playa.

Pero si por el contrario se alinean los astros y el equipo pequeño gana, la victoria es infinitamente más dulce. Y lo es porque la conquista de lo imposible es lo que realmente llena los corazones de los mortales. De nada importa si el equipo pequeño, independientemente de que sea el que sigues desde que tienes uso de razón o el que acabas de conocer porque juega de visitante en el Allianz Arena, ha sido derrotado cien veces; pues un solo triunfo bastará para hacernos creer que la victoria final es posible. Y a eso nos aferramos, esperamos que el equipo pequeño gane aunque no nos unan lazos sentimentales, porque su victoria simboliza un nuevo envite obrero, una nueva esperanza por la revolución. Solo el fútbol consigue elevarnos, aunque sea momentáneamente, sobre nuestra clase social, haciéndonos pensar que la victoria del pequeño, y en consecuencia la construcción de un nuevo mundo, es posible

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