miércoles, 22 septiembre, 2021
Banner Top

Por Matías Rodríguez

“¿Pelé? ¿Quién es Pelé? Pues entonces que venga ese tal Pelé”. Steve Ross.

Ese viaje a Roma no fue el primero ni el último pero si el único distinto. En su recorrido habitual por Cinecittà, donde iba a comprar derechos sobre películas recién estrenadas para la cadena Warner, Steve Ross, extrañamente, se dejó sorprender por el clima de clásico que se vivía en la ciudad en la antesala de un Lazio-Roma. Hizo un breve comentario entre su comitiva y siguió con su agenda, pero hasta su vuelta no pudo pensar en otra cosa. Ross, director ejecutivo de la compañía, filántropo y empresario experto en economía y entretenimiento, sabía reconocer una oportunidad en cuanto la veía, pero ese businessman también era consciente de sus limitaciones: era lego en todo lo que se refería al fútbol. Apoyado en su memoria, otra de sus grandes virtudes, cuando llegó a Nueva York desempolvó un viejo proyecto que le habían acercado los hermanos Ertegun: fundar un club en el corazón financiero del mundo. 

Ahmet y Nesuhi Ertegun, descendientes de inmigrantes turcos, eran, por entonces, mandos medios de Warner y destacados productores musicales, pero también seguían de cerca las grandes noticias del fútbol. Juntos habían estado en México durante el Mundial que consagró a Brasil y, al notar la fascinación que generó ese equipo, bocetaron la idea que le arrimaron a Ross y que el CEO, en principio, descartó de plano hasta su regreso de Roma. La materialización del plan llevó varias reuniones, hubo que explicarle a los directivos cuantos jugadores formaban por lado y las reglas básicas del deporte, pero finalmente el 4 de agosto de 1971 se consideró fundado el Cosmos, una esperanza ambiciosa apuntalada en un nombre magnánimo, universal y cosmopolita, que competiría en la North American Soccer League (NASL), la primera liga de Estados Unidos, creada en 1968. 

El New York Cosmos nació condenado a la grandeza, bañado en millones de dólares y fue, quizás, el primer proyecto de crear un club desde cero en base al poderío económico. A nadie, y muchísimo menos a Ross, le interesó esconder este precepto. La NASL, asimismo, aprovechó el convite para promocionarse y puso a disposición del Cosmos toda su soberanía, y el nexo entre el club y la liga fue Clive Toye, el periodista deportivo que ofició de manager. Toye, según algunos registros, es quien promovió que los colores de la camiseta fuesen el amarillo y el azul (y posteriormente también el verde) en honor al Brasil de 1970, y también se cargó al hombro el mercadeo del flamante proyecto para conquistar simpatizantes: “Sabemos que no han oído hablar de este deporte”, decía uno de los anuncios, y prometía una experiencia incomparable. 

Los estadounidenses, acostumbrados a sus deportes frenéticos, plagados de publicidades y tiempos muertos, con agujeros negros para el consumo en los estadios, no compraron demasiado la idea, y los primeros años de la NASL registraron convocatorias irrisorias, de doscientas o trescientas personas siguiendo un partido de fútbol en una cancha saturada con las líneas del football americano. Toye, en otro alarde de su capacidad de adaptación, entendió que en Estados Unidos el público siempre quiere un ganador, por lo cual se modificó el reglamento y en caso de igualdad seguía un suplementario. Si en el tiempo extra no se rompía la paridad se recurría a los penales australianos, aquellos que consistían en un mano a mano entre un futbolista, que arrancaba desde el centro del campo, y el arquero rival. Esta práctica también se extendería durante los primeros años de la MLS en la década del noventa. 

No obstante, como la convocatoria seguía siendo baja, los números no cerraban y el New York Cosmos no levantaba vuelo, Ross reclamó una reunión en la que pidió que rindieran cuentas. Le explicaron que era muy difícil vender tradiciones envasadas y que el peregrinaje del “soccer” en Estados Unidos era casi nulo. La participación en mundiales se reducía a un tercer puesto en Uruguay 1930 con un equipo de holandeses e ingleses emigrados, y luego solo ausencias con alguna que otra eliminación en primera ronda. “Necesitamos jugadores de renombre, si no vienen a ver al equipo que al menos vengan a ver a los que juegan”, le dijeron, y Ross entendió el mensaje. Cuando preguntó por el mejor jugador del mundo le hablaron de Pelé y allí fue que, a libro cerrado, ordenó su fichaje. 

Pelé venía de un retiro anticipado, un fracaso comercial que lo había dejado herido en sus finanzas y tenía en el tintero una oferta millonaria de la Juventus. “En Italia vas a conquistar una ciudad pero acá conseguirás el cariño de un país”, lo tentó Ross, y el brasileño aceptó. Corría 1975 y las cifras del contrato nunca salieron a la luz por un acuerdo de confidencialidad, pero se habla de que por año ganaba cinco millones de dólares, lo que es igual a decir que hasta ese momento era el futbolista mejor pago de la historia. 

Con Pelé, Nueva York se convirtió virtualmente en la capital del fútbol, los estadios reventaban y llegaban periodistas de todo el mundo. Además, la NASL notaba que un viejo anhelo se estaba concretando: con el brasileño en la liga empezaban a llegar jugadores de renombre. En 1976 se sumó Giorgio Chinaglia, el italiano de la Lazio de las Pistolas, y en 1977 arribaron otros dos campeones mundiales: Carlos Alberto y Franz Beckenbauer. Como no podía ser de otra manera, el Cosmos fue campeón en 1977, y repitió en 1978 y 1980, cuando Pelé ya se había marchado. Durante esos años era común ver a los jugadores en el estadio y luego en Studio 54, la disco de moda de la ciudad, que se movía al ritmo frenético de los cambios de los setenta. Ross había logrado su cometido y en todos lados hablaban del Cosmos, el equipo de Bugs Bunny. 

Con el fútbol estadounidense mercantilizado, más grandes nombres llegaron a otros equipos a competir con el Cosmos todopoderoso; George Best, la Pantera Eusebio, Gerd Müller, Bobby Moore y Gordon Banks. Johan Cruyff, el niño maravilla de la década, fue tentado por Ross pero su rechazo fue inaudito: se negó a jugar al lado de Chinaglia y compañía porque no quería terminar su carrera en césped sintético, pero sí aceptó mudarse a Estados Unidos y firmó con Los Angeles Aztecs. 

La fiebre futbolística empezó a menguar a comienzos de los ochenta, en parte porque Warner corrió de la agenda principal el financiamiento del equipo y también porque la NASL no logró volverse competitiva fuera de los grandes nombres importados ni convertirse en un producto atractivo para el público local, fuera de la numerosa comunidad latina. De todas formas, el Cosmos cumplió una función clave como embajador estadounidense en el mundo, jugando amistosos en Europa y en Sudamérica, y llevando la idea de que un fútbol a la carta era posible.

Salvando las distancias, emuló el papel de la Hungaria de Kubala en la posguerra. La NASL se extinguió en 1984 y dejó al país acéfalo, durante algunos años, de una liga competitiva. Pero el germen ya había prendido y aquel inicio fulgurante sentaría las bases de un cambio de mentalidad radical en Estados Unidos.

  • ¡Hola! Esperamos que hayas disfrutado del artículo. Antes de que te vayas queremos recordarte que estamos preparando cosas grandes, pero necesitamos la ayuda de nuestros lectores para hacerlas realidad. Por eso, si te gusta lo que hacemos en The Line Breaker, abrimos un canal para que consideres invitarnos a un café y así ayudarnos a mantenernos en pie.
(Visited 54 times, 8 visits today)

The BreakerLetter

Archivos

Nuestras Redes

INSTAGRAM

Mis Marcadores