lunes, 27 junio, 2022
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Por Sergio Miguel Napoli

 

En enero de 2022 tendrá lugar una nueva edición de la Copa Africana de Naciones, probablemente una de las competiciones de selecciones nacionales más equilibrada, fascinante y colorida de todas aquellas que se disputan en el planeta.

El nacimiento del torneo, contemporáneo al de la propia Confederaciones Africana de Fútbol, es una clara muestra de cómo la lucha por la independencia de las naciones africanas se desarrolló en todos los frentes y encontró en el fútbol uno de los campos más fértiles para concientizar y permitir que el mensaje emancipador se difundiera en sociedades con un alto grado de analfabetismo y poco acceso a los medios de información.

Ya en los años 50´ el fútbol formaba parte de la “cultura popular” del continente y era, en muchos casos, el único factor de cohesión y de identidad común en países y territorios coloniales artificialmente creados por europeos, que por lo general albergaban distintos grupos étnicos y religiosos que cargaban con una larguísima historia de enfrentamientos y guerras entre sí. Frente a ese panorama, los políticos y dirigentes locales que pugnaban por romper relaciones con la metrópoli veían en el fútbol un instrumento de unidad y de consolidación de la identidad nacional por sobre las lealtades tribales.

De manera que no fue pura casualidad que, una vez lograda la independencia, los festejos por la emancipación incluyeran encuentros de fútbol entre el combinado nacional local y una selección de otro país de la región. Tampoco puede llamar la atención que las nuevas naciones organizaran torneos conmemorativos con el lazo de afianzar los lazos entre los pueblos de África. Ejemplo de ello fueron la Copa de Oro Nkrumah (denominada en honor del padre de la independencia de Ghana y ferviente militante del panafricanismo) o el Torneo Amilcar Cabral que, con el nombre del luchador por la liberación de las colonias portuguesas, reunía a las naciones del oeste de África.

Otra forma de reafirmar la condición de estados soberanos y obtener el reconocimiento de las naciones de occidente era la inmediata afiliación de las federaciones nacionales a organismos internacionales como el Comité Olímpico Internacional o la FIFA.

Justamente, fue en el marco de una reunión en una de esas entidades, el Congreso de la FIFA de Berna de 1954, que los representantes de Egipto, Sudán, Etiopía y Sudáfrica comenzaron a discutir la posibilidad de crear una federación continental de fútbol. La federación aparecía como un medio necesario para desarrollar y elevar el nivel de organización y del juego en el continente, para hacer escuchar la voz de los países africanos en el seno de la FIFA y también para mostrar presencia y unidad frente a los poderosos de Europa, un contexto en el que los movimientos de independencia nacional ganaban fuerza.

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Dos años después de ese cónclave, en el Congreso de la FIFA de Lisboa de 1956, los mismos delegados acordaron la creación de un cuerpo panafricano de fútbol. Allí, decidieron que la formalización de la Confederación Africaine de Football (CAF), así la llamaron, sería en 1957, en la ciudad de Khartoum. El sudanés Abdel Halim Mohamed propuso disputar en esa misma ocasión una Copa Africana de Naciones. Para la anécdota, cabe destacar que el representante sudafricano, Fred Fell, era de raza blanca, pues las leyes de apartheid no permitían que personas de otras razas representaran al país.

Finalmente, el 8 de febrero de 1957, en Khartoum, tuvo lugar la asamblea constitutiva de la CAF, con representantes de los cuatro países mencionados. La inclusión de la federación sudafricana fue aceptada a regañadientes por los restantes miembros, pues no solo estaba representada exclusivamente por blancos sino porque, además, los sudafricanos excluían a los jugadores negros de todas sus competencias oficiales.

Sin embargo, no todo era concordia y alegría. Tanto en la formalización de la CAF y como en la organización del primer torneo continental se manifestaron las tensiones y antagonismos regionales, culturales, raciales e idiomáticos del continente, que conspiraban contra el ideal de unidad y armonía panafricana soñada por los impulsores del proyecto.

La primera de esas disputas se dio en torno del lugar en el que se asentaría la sede de la CAF, por la que luchaban El Cairo y Addis Abeba. Hay que tener en cuenta que, en ese momento, Egipto era gobernado por Gamal Abdel Nasser, héroe y patrocinador de los luchadores por la independencia de las naciones de África, que había enfrentado y derrotado a ingleses y franceses por la posesión del Canal de Suez. Del lado etíope aparecía la figura del emperador Haile Selassie, el autócrata protegido por las naciones occidentales por su manifiesta posición anticomunista y contraria al socialismo de Nasser. La ubicación de la sede involucraba un evidente aspecto de geopolítica internacional.

También detrás de la contienda estaba la histórica actitud de las naciones árabes del continente, que se percibían racial y culturalmente superiores a los africanos de piel oscura. Esta conducta desdeñosa hacia el resto de los africanos es retratada por la famosa anécdota, nunca verificada, del diplomático egipcio al que se le asignaron funciones en Zimbabwe y que, al arribar a Harare, le respondió al Ministro de Relaciones Exteriores de ese país que le había dado la bienvenida en el aeropuerto: “Gracias, es mi primera vez en África”.

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Luego de intrigas y duras discusiones, los egipcios, con el apoyo de los sudaneses, se quedaron con la sede de la CAF.

El siguiente paso fue poner en marcha la Copa Africana de Naciones, que también pretendía desplazar a las competencias regionales existentes, que estaban lejos de satisfacer a sus participantes y que no tenían una pretensión de abarcar a todo el continente.

El torneo comenzaría, también en Khartoum, días después de celebrada la reunión de creación de la CAF. Sin embargo, antes de que se iniciara, las autoridades de la Confederación exigieron a Sudáfrica que presentara un equipo que integrara a jugadores blancos y negros. La federación sudafricana (SAFA) consultó a las autoridades nacionales que, invocando las leyes de apartheid imperantes, rechazaron de plano la opción. Frente a esa respuesta, la CAF excluyó a los sudafricanos de la competición. Las autoridades de la SAFA darían una versión distinta de los hechos, sosteniendo que fueron ellos quienes decidieron retirar al equipo como consecuencia de la crisis del Canal de Suez.

En virtud de esta decisión, el torneo inaugural contó con tan solo tres participantes: Sudán, Egipto y Etiopía. Los etíopes, favorecidos por la ausencia de los sudafricanos, pasaron directamente a la final de la competencia.

De manera que, el 10 de febrero de 1957, en el estadio municipal de Khartoum y ante 30.000 espectadores, Sudán y Egipto disputaron el primer encuentro de la historia de la Copa Africana de Naciones. Los egipcios vencieron 2-1 a los locales y Raafat Attia sería el primer jugador en anotar un gol en el torneo.

En la final, los faraones derrotaron 4-0 a los etíopes, con una actuación descollante de Mohammed Diab El-Attar, que anotó los cuatro goles del equipo ganador. Así, bajo el calor del desierto nubio de Sudán, y tres años antes de que se disputara la primera Eurocopa, los egipcios se alzaron con el título continental de selecciones nacionales, en un torneo en el que sólo se jugaron dos partidos. «Ad Diba», como se conocía a El-Attar, la estrella de la final, volvería a aparecer en una final de la Copa once años más tarde, en Addis Abeba. Sin embargo, esta vez no lo haría como jugador, sino como referee.

Los faraones lograrían repetir el título dos años después en El Cairo, venciendo nuevamente a sudaneses y etíopes.

Las repercusiones geopolíticas de la realización del torneo fueron inmediatas en todo el continente. Como señala E. Quansah ”Cuando Egipto fue coronado campeón de África en el primer campeonato, el resto del continente miró con envidia, pues se veían impedidos de participar debido al dominio colonial. Sin embargo, cuando los grilletes del colonialismo se eliminaron de la mayoría de los estados africanos, la membresía de CAF y el deseo general de unirse a la comunidad deportiva internacional se encontraba a disposición de los jóvenes africanos. Las nuevas naciones estaban deseosas de aprovechar la confederación africana y la Copa Africana de Naciones para ejercer su independencia e identidad”.

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En los años 60´, con la independencia de las nuevas naciones a la que refería Quansah, la cantidad de participantes de la copa se fue incrementando. De los tres equipos iniciales, se pasó a cuatro, luego a seis, ocho, doce y dieciséis, hasta llegar a su actual esquema que incluye rondas preliminares, clasificatorias y una fase final de 24 equipos e involucra a más de 50 naciones. 

Hoy en día, a partir de la globalización y de la mega exposición que garantizan las distintas ligas europeas, figuras como Mohammed Salah, Sadio Mané o Riyad Mahrez son conocidas a nivel mundial y han eclipsado a las estrellas y pioneros de la Copa de Naciones de África de los años 50´ y 60´. En esta época, probablemente pocos, incluso en el continente africano, conozcan o tengan noticia de la hazaña del implacable Mohammed Diab El-Attar, el mágico dribbling del ganhés Osei Kofi o la épica historia de vida de los hermanos Luciano e Italo Vassalo, estrellas de la selección etíope campeona de 1962.

En sus más de 50 años de historia, el torneo ha visto el ascenso y ocaso de muchas selecciones. Algunas han logrado mantenerse en los primeros planos durante todo el período. Tal es el caso de los faraones de Egipto. Otras, como Etiopía o Sudán, han perdido presencia y peso con el paso de los años. También están aquellas a las que, como Zambia, la gloria recién les llegó ya avanzado este siglo.

Estos vaivenes, así como las innumerables historias y anécdotas que la rodean, no hacen más que agrandar el mito y ratificar que la Copa Africana de Naciones es uno de los torneos más extraordinarios e impredecibles del planeta, con estrellas globales, un alto nivel de juego y mucha pasión y color en las tribunas. A disfrutar entonces de una nueva edición de la competencia en la que los extraordinario e inesperado ocurre dentro y fuera de la cancha.

 

 

 

 

 

 

 

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