domingo, 12 julio, 2020
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Se vivían tiempos nuevos e intensos en las entrañas de los Juegos Olímpicos. Atrás quedaban aquellas épocas en donde para poder competir del magno evento se debía pasar toda una vida como amateur, años en los que hasta ser premiado era un pecado y, por ende, el atleta se vería excomulgado de la gran fiesta del deporte. Pero durante la década de los 80´ esa dinámica empezaría a cambiar, dando lugar a la gestación de un modelo completamente diferente. 

El español Juan Antonio Samaranch sucedía en 1980 al irlandés Michael Morris Killanin como presidente del COI y, tras superar las crisis ocasionadas por los boicots a los torneos de Moscú y Los Ángeles, comenzaría a darse cuenta de que el deporte no podía vivir encerrado dentro de aquella burbuja llamada “amateurismo” (el cual no era practicado por todo el mundo, sobre todo por aquellos deportistas venidos de sistemas comunistas que eran apoyados por el aparato estatal, según se pudo saber años después). En frente, el profesionalismo tomaba cada día más importancia y las diferentes disciplinas empezaban a hacer hueco al modelo del futuro.

Ante esa situación, se corría el riesgo de relegar a los Juegos a una competición de clase “B”. El éxito económico que representó el certamen de 1984 –gracias a que la ciudad de Los Ángeles no tuvo que poner mucho dinero, ya que los sponsors se encargaron de ello- terminó por ser clave para comenzar, de a poco, a planificar la “era abierta”. Ahora si iba a ser la fiesta de todos. 

 

La tensión se sentía en el ambiente. El público, siempre alegre en aquella Seúl que veía como el deporte cambiaba para siempre, de repente se había paralizado. Y no era para menos: aquel que se atreviera a parpadear tan solo una vez durante aquella final de los 100 metros (quizás la prueba más vista y trascendental de todo Juego Olímpico) se perdería parte importante de la historia. Y es que allí, delante de sus narices, tenían nada menos que a los ocho atletas más veloces de todo el globo, ocho velocistas capaces de rivalizar con el mismísimo Flash de ser necesario. 

 

Seúl acogió el certamen cuatrienal de verano en detrimento de Nagoya. Incluso se habló de la posibilidad de que en Corea del Norte se disputaran varios eventos, además de que se compitiera de manera unificada, pero ante la negativa de los surcoreanos decidieron retirarse y boicotear el certamen, siendo seguidos por pocos países, entre ellos la Cuba de Fidel Castro. 

Pero esto no opacó la fiesta que se viviría en la capital del país asiático, que vio, por ejemplo, como el tenis atraía a varias de las figuras del circuito, como el soviético Vladimir Artemov ganaba cuatro medallas doradas en gimnasia, o como el baloncesto disputaba su último certamen antes de que los NBA dijeran presente. Todo marchaba bien, aunque el público esperaba con ansias un evento en particular: los 100 metros masculinos, competencia la que se promocionaba como la “carrera del siglo”. Y no era para menos.

 

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Todos y cada uno de los corredores de aquella tarde se encontraban inmersos en su mundo. Sus caras eran piedras, no demostraban emociones. ¿Y cómo mostrarlas cuando hay tanto en juego? Cuando mencionaban sus nombres por los altoparlantes del Estadio Olímpico muchas veces ni siquiera miraban hacia adelante, sino que seguían concentrados en sus rutinas y, si levantaban la mano para saludar era más por una cuestión de reflejos que por una intención real de querer acompañar la calidez recibida por los allí presentes. 

 

Los Estados Unidos se presentaban como la gran potencia de aquellos tiempos. Por un lado, contaban con el heredero de Jesse Owens, el “Hijo del Viento” Carl Lewis, que había conseguido en Los Ángeles nada menos que cuatro medallas doradas (en los 100 y 200 metros, en la posta 4×100 y hasta en el salto en largo), además de conquistar varias medallas en los Mundiales y en los Juegos Panamericanos de 1987. Era, por ende, el hombre a vencer. Pero los estadounidenses también habían llevado a otros enormes velocistas, como lo eran Calvin Smith (cuya mejor marca eran los 9.93s conseguidos en 1983), un gran competidor en los 200 metros; o Dennis Mitchell, el cual tendría sus mejores logros a principios de la década siguiente. 

Sin embargo, había un país que comenzaba a dar señas de lo que veríamos como algo normal en el siglo XXI. Jamaica, una isla que no llega a los tres millones de habitantes, ya había conseguido algunas medallas en el pasado reciente (Lennox Miller o Don Quarrie), pero en Seúl los nacidos en aquel lugar del Caribe dieron las primeras señales de dominio en este deporte. Algunos competían para su patria, como Ray Stewart, aunque otros lo hacían para otros, como eran los casos de Linford Christie –quién ganaría el oro en 1992- o de Ben Johnson. Uno había ido de pequeño a Gran Bretaña y decidió defender la patria que lo acogió de pequeño. El otro emigró de adolescente a Canadá y terminó por hacer suya a la hoja de maple. Pero la magia ya comenzaba a surgir en aquellas lejanas tierras de Bob Marley.

 

Los competidores se fueron posicionando en sus lugares. La tensión subía más y más en aquella caldera surcoreana. Había gritos por parte del público, pero estos se iban acallando a medida que los corredores ponían sus pies en los tacos de salida. Todos los atletas mostraban allí sus “rituales” previos: algunos movían las piernas como si tuvieran espasmos, otros se mantenían duros como si Medusa los hubiera hechizado, pero de entre todos sorprendía la calma que mantenía el estadounidense Carl Lewis. Cuando se arrodilló para posicionar sus pies tuvo unos instantes para visualizar la meta, aquel objetivo tan cercano y lejano a la vez. Ya sabía lo que era tener el oro colgando de su cuello, y ese sentimiento embriagador volvió a recorrer su cuerpo: necesitaba esa medalla y correría hasta que su cuerpo se rompiera de ser necesario.

 

Ben Johnson comenzaba a recibir las miradas del mundillo del atletismo. Había conseguido dos medallas de bronces en Los Ángeles (100 metros y posta 4×100), aunque su ambición sin límites ya lo había llevado en 1986 a ganar el oro tanto en los Juegos de la Commonwealth como en los de la Buena Voluntad, certamen donde Lewis acabaría tercero. A todo esto, había alcanzado una marca de 9.95s, algo impactante en aquellos días, ya que, para darse una idea, Lewis había ganado los Olímpicos con 9.99s. 

Eran tiempos donde el amateurismo quedaba ya relegado y los deportistas se convertían en marcas ambulantes, recibiendo sus primeros grandes contratos. Ahora romper récords no solo garantizaba una huella en la historia y satisfacción personal: también llenaba (justamente) los bolsillos de los atletas. “Hemos abierto las puertas a los atletas profesionales, pues queremos establecer el principio de que los Juegos Olímpicos sean accesibles a los mejores atletas del mundo, y dejamos a las federaciones deportivas internacionales que definan los criterios de admisión de los mismos” manifestaría el español Samaranch. La capital surcoreana fue el escenario que vio a los primeros grandes profesionales siendo parte de unos Juegos y los velocistas, por supuesto, estaban felices de correr por el oro y por los verdes. “Quiero ganar dinero. Quiero ser millonario y no verme obligado a hacer un verdadero trabajo” expresaría Lewis. Y tuvo razón.

 

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Cuando sonó el disparo todas las miradas se posaron en el retador de Lewis, en aquel recordman mundial: el canadiense Ben Johnson, que no les dio tiempo a sus siete rivales de reaccionar. Su nivel de velocidad era asombroso y pasada la mitad de la carrera ya había sacado una ventaja de más de un cuerpo, un hecho que suele ser decisivo en competencias tan efímeras como esta. El hombre que había marcado hacía un año en Roma unos 9.83s parecía no conformarse con dicho número. Los demás vieron como ese morocho con el número 1102 en su espalda se alejaba cada vez más. Solo les quedaba luchar por un consuelo en forma de medalla.

 

No era de sorprender que, con tantos nombres, aquella mítica final de Seúl fuera catalogada como la “carrera del siglo”. “Si Lewis es el Hijo del Viento…yo soy el viento” fueron las palabras con las que Johnson calentó la previa, alguien que había derrotado a Carl en la final del Mundial de 1987 y que quería venganza por perder en los Olímpicos de 1984. 

Varios atletas tenían sobradas capacidades para hacer de esta una carrera por debajo de los 10 segundos, algo que quizás hoy ya no sorprenda tanto pero que por aquellos tiempos era toda una proeza. Lewis, incluso, había logrado ser el único en bajarlos durante las clasificaciones, clavando el cronómetro en 9.99s en los cuartos y unos 9.97s en las semifinales, impresionando a todos, aunque es cierto que tanto el canadiense como el británico no tuvieron que mostrar su verdadero poder en las pruebas anteriores. No había tampoco necesidad: lo mejor debía guardarse para el final, donde todos se ayudarían para empujar los límites humanos hasta el extremo. ¿Hasta dónde iban a aguantar los cuerpos en el futuro?

 

Y llegó. Lo había logrado. El canadiense apuntó hacia el cielo, como si dejara en claro que esa era su meta. No había una expresión concreta de felicidad, sino más bien de haber conseguido un objetivo propuesto. Aquellos 9,79s eran algo bestial, fuera de este mundo. Johnson entraba en la gloria, se convertía en eterno, no solo por ganar el oro en la prueba más apasionante de los Juegos Olímpicos, sino porque esa marca se transformaba en un nuevo récord mundial. Todo era alegría y regocijo. Nadie sabía que al final aquella gesta dejaría de ser inmortal al cabo de unos días y que el héroe se transformaría en el villano. Así de volátil resultaba ser el deporte profesional.

 

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Los 9.79s que marcó Johnson habían dejado a todos con la boca abierta. El cuádruple medallista de 1984 vio cómo su rival le sacaba una distancia sideral, haciendo que sus 9.92s (anterior récord olímpico) resultasen inútiles ante semejante competidor. Pero esta alegría apenas duraría alrededor de 48 horas, cuando los espectadores de todo el mundo vieron con asombro que, en realidad, el gran héroe de Seúl había necesitado del dopaje para poder ganar. Y no solo eso: lo hacía de forma recurrente y desde hacía años, por lo que no solo le sería negada la medalla dorada, sino otras marcas, dando el primer lugar a un Lewis que ya sabía de las artimañas de su rival, pero que se cayó para no generar más polémica, sabiendo que en el nuevo mundo del profesionalismo esto comenzaba a ser algo recurrente. 

El estadounidense se convertía en bicampeón de los 100 metros, algo que nadie había conseguido hasta el momento (solo Usain Bolt igualaría aquella marca en el 2012, superándola en Río). Pero tras lo acontecido con Johnson una buena parte del público y de la prensa también dudaría de Lewis. A él, a diferencia de su desgraciado rival, nunca pudieron encontrarle un solo registro de alguna sustancia prohibida. El Hijo del Viento, asediado por una nueva generación de rivales, comenzaría a ceder de a poco su lugar como el rey del atletismo, aunque aquello no le impediría ganar algunas medallas doradas más, a la vez que dejar el récord mundial en los 100 metros en 9.86s (en el Mundial de 1991). 

Lewis, ganador inesperado por el dopaje de su rival, no por los méritos que podía tener en Seúl, terminó siendo catalogado como “Atleta de la Centuria” por varios medios. Su rival, en cambio, volvió y se retiró (o, mejor dicho, lo retiraron) un par de veces, siempre siendo la oveja negra de la nueva era del deporte. Era la cara maléfica de un profesionalismo que llegaba para quedarse. Y para mostrarle al mundo que sus atletas no siempre corrían por la gloria. 

 

Fuentes: Revista Mística, El País de España, Marca

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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1 Comment

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Enrique Garcia 10/06/2020 at 00:24

Me parece que la nota esta incompleta porque no habla del dopaje de carl lewis gracias a la ayuda de la poderosa asociacion de atletismo de estados unidos y que 6 de los 8 finalistas tenian problemas de dopaje

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