sábado, 1 mayo, 2021
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Por Jesús Alfredo Santiago.

Me dio un poco de desilusión y en los medios del equipo no informaron algo al respecto, así que, asumo, no hubo planes reales de al menos exhibir la camiseta conmemorativa de los 50 años de Estudiantes de Mérida, a menos que, ¡Si, a menos que!, hayan evitado poner la torta que puso Tachi, el flamante diseñador de Quinto grado A cuando jugamos la semana deportiva escolar.

La programación estaba dada para que jugáramos el martes, el segundo día de actividades deportivas. El lunes nos dimos cuenta de forma espantosa que Cuarto, Quinto B y Sexto grado se habían presentado al torneo con uniforme, zapatos lustrados, madrina, banda y hasta una comparsa.

Por el contrario, nosotros no habíamos previsto ni un uniforme en ningún momento de nuestras vidas. Yo miro a Turro como diciéndole ¿Había que traer uniforme? Creo que la pregunta fue mutua. Fui pasando la mirada sobre cada uno de mis compañeros de equipo, Jorge, Newman, Tachi y todos teníamos los ojos como par de huevos fritos.

Inmediatamente, nos reunimos detrás del salón de preescolar para aplicar un plan B. Faltando 24 horas para nuestro debut, no habíamos planeado ni siquiera quien sería la madrina del equipo. Todos pensamos en que Marianella, la rubia del salón sería la ideal, porque a ella siempre le rebosaba en la cara, no una sonrisa, sino una cara ideal para intimidar a los rivales, “y a nosotros” dijo Turro con cara de angustia. Jorge afirmó levantando el dedo índice que, si ella ganaba Miss Simpatía, habríamos logrado una proeza.

Decidimos que en la noche todos llevaríamos la franela blanca del uniforme para hacerle algún escudo a la casa de Tachi, lo cual nos dio cierto respiro porque su mamá era la costurera del pueblo. Así se iba a suavizar la pena, porque los chiquiticos de cuarto grado parecían una banda marcial con tambores, trompetas y todos uniformados. Los impasables, de Quinto “B”, tenían hasta una sirena que aturdía toda la escuela. Los de sexto grado usaban además de uniforme para jugar, una indumentaria ADIDAS. Dudo de su originalidad, pero ante nuestra terrible facha, no dudé por un segundo que los hubiesen traído de la misma casa alemana de ADIDAS.

Camino a la casa de Tachi, Turro y yo nos alegramos que la señora Nata, la mamá de Tachi, tuviera el tiempo disponible, porque siempre estaba ocupada con su taller de costura. Planeamos brevemente el posible diseño, pero nos pareció exagerado, un abuso total mandar a hacer de un día para otras chaquetas largas al estilo italiano. Quedamos en que un logo, los números y una bandera grande llena de colores y que cubriera nuestro espacio en la tribuna, una novedad para el torneo, sería suficiente para al menos no pasar desapercibidos.

Al llegar a su casa, estaban todos sentados en la sala. Como capitán del equipo pedí silencio. Turro y yo informamos nuestros planes los cuales fueron aceptados sin objeción por el resto. Cuando Tachi apareció con media arepa en la mano, carraspeé mi garganta y pregunté por su mamá. Me dijo, que estaba en el taller y que tardaría. Turro y yo empezamos a preocuparnos porque Tachi no sólo estaba comiéndose la arepa, sino que las estaba haciendo, síntoma irrefutable de lo ocupada que estaba su mamá.

– “Tranquilo, Tranquilo”, nos dijo Tachi, todo está planeado

– “Mañana tendremos esos uniformes” aseguró para darnos tranquilidad, pero Turro y yo no pegamos un ojo en toda la noche.

A la mañana siguiente, con una leve lluvia, acordamos encontrarnos dos horas antes del juego para hacer una entrada triunfal, pero Tachi llegó corriendo 20 minutos antes con una bolsa pequeña donde no cabía ni mi asombro. “Les dije” gritó, “eso era seguro”.

Cuando abrimos la bolsa, nos dimos cuenta que las camisetas arrugadas con el escudo habían sido diseñadas, pero con marcador rojo y los números con una tinta negra, que dudé si era marcador. “Mi mamá estaba ocupada” dijo Tachi. Turro se puso con los mismos colores que el escudo y antes de tirarle la camiseta en la cara, empiezan a llamarnos para el juego.

Los de sexto, nuestros rivales, ni se burlaban ni nos miraban, se impactaban con ellos mismos. El 10 de Turro tenía el uno mas arriba que el cero. El dos de Newman, parecía la figura de un pato y mi número seis, parecía la letra “G”.  Fue la primera vez que agaché la cara cuando sonaron el himno nacional previo a un juego.

Ya con eso, empezamos perdiendo. La vergüenza fue aumentando cuando Jorge, producto de la cada vez mas fuerte lluvia, se resbaló con una caída magistral frente a las hermosas animadoras de sexto grado, finamente vestidas, quienes no tardaron en hacer bromas y risas.

Eventualmente vi como el número cero,del diez de Turro se fue corriendo con el agua, dejando una estela negra y levemente desapareciendo. Miro a Tachi de inmediato como buscando explicación y me dijo que era pintura de 24 horas, que no se había secado bien. Empiezo a correr detrás de la pelota y vi como el short rojo de Newman lucía con un tono obscuro y su número dos, el patico en la espalda se había ahogado con el agua.

Todos dejamos de mirar a la pelota y empezamos a mirar a Tachi, cada cinco segundos. Perdimos las marcas, pero no las posicionales sino las del marcador negro, de 24 horas de Tachi. Al final del juego, en una bolsita pequeña y desconcertados por el 4 a 0 en contra, el mismo con el que Estudiantes derrotó a Trujillanos en el juego inaugural 2021, Tachi saca un trapito y lo levantó efusivamente gritando “Y también traje la bandera” que hoy aún ondea en el taller de costura cada vez que hay una fecha patria.

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