miércoles, 11 septiembre, 2019
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La Selección Argentina de Básquetbol se ha clasificado a una semifinal del mundo trece años después de hacerlo en Japón 2006. El equipo de Sergio Hernández, comandados por un excelso Facundo Campazzo y una inteligente disciplina táctica, bajaron del pedestal a una Serbia que se perfilaba como uno de los mayores favoritos a pelear por una medalla. 

Argentina jugó con un estilo que lleva empleando durante todo el torneo, conviviendo con el riesgo que desprende su intensidad defensiva y desparpajo ofensivo, aceptando unas reglas de juego que ellos mismos proponen y que llevaron a tener que soportar ciertas consecuencias. Una jugada de Nicolás Brussino promediando el tercer cuarto y con una ligera ventaja en el marcador es una muestra de ello cuando, temprano en la posesión, el cañadense liberó a su hombre para intentar ejercer presión sobre la bola en la ayuda, Serbia respondió con un triple. Era una ayuda que no necesariamente tenía que ocurrir ahí, contra ese jugador y en ese momento de la posesión, pero ocurrió motivada por el deseo de generar desde la defensa. Pasados menos de 3 segundos del reloj de posesión, la Argentina ya estaba en campo contrario comandada por Campazzo e iniciando la ofensiva en búsqueda de seguir aumentando la ventaja.

Argentina no le tiene miedo a la derrota, convive y se vale de ella para generar un ritmo de transición y una voracidad defensiva hicieron que Serbia no se sintiera cómodo en su juego de poste bajo, una faceta en la que tenían una clara ventaja, y tuvieran que dejar su destino en manos de sus jugadores perimetrales.

Luis Scola ya lo había remarcado unos meses atrás: que esta camada argentina compartía varias similitudes con la selección que disputó la primer gran prueba internacional allá por el 2002 en Indianápolis. Esas similitudes se encuentran en los hábitos de conducta y de alimentación, en una conciencia de equipo en el que cada rol debe ser bien definido y ejecutado en pos de ayudar a la prestación grupal, y se encuentra también en esa inconsciencia y desparpajo con la que jugaron los Vildoza, Garino, Deck y el ya venerado Campazzo. Es la misma inconsciencia que permitió a la Argentina conseguir las medallas de plata y oro en 2002 y 2004, respectivamente, sabiéndose capaz de vencer a toda una Estados Unidos plagada de estrellas NBA. 

En un mundial de estrellas desdibujadas en el que la participación de jugadores NBA fue récord, los de Sergio Hernández fueron el primer equipo en alcanzar las semifinales del mundo sin un jugador perteneciente a la mejor liga del mundo en sus filas desde el inicio del Siglo. La Argentina demostró que el camino era otro, con un sistema y estilo de juego que, si bien por momentos se ha vuelto Campazzo-dependiente, en los últimos dos partidos (frente a Polonia y la misma Serbia) ha demostrado todo su potencial colectivo haciendo de la solidaridad y del juego de pase su mejor baza. 

Por supuesto que el contraste que ambos conjuntos presentaban antes y durante esta Copa del Mundo eran más que obvios. Por un lado, Serbia arrancó el proceso mundialista con la seguridad de saberse candidata, algo que fue aumentando en probabilidad ante el éxodo de jugadores norteamericanos que por diferentes razones fueron claudicando en la tarea de defender el título mundial. Incluso su entrenador, Aleksandar Djordjevic, había declarado en la previa del certamen que Estados Unidos debía buscar ayuda en los cielos ante semejante poderío balcánico. El golpe de humildad que le propinó España no fue suficiente para despertar a una Serbia que se encontró con una Argentina que, sin mirar más allá del desafío más cercano, se plantó en Dongguan como un equipo endemoniado que, salvo en la lucha rebotera, dominó y aplastó en todos los otros ámbitos del juego. 

Ese riesgo que Argentina toma no es en vano, no es porque sí. Tanto en defensa como en ataque, sofocando al rival con la doble marca y con el intento de robo que está presente en prácticamente toda posesión defensiva, tomando tiros rápidos y ocupando los espacios y los roles de una manera excelsa que balancean ese estilo de ¨todo o nada¨ que a veces parece reinar sobre el parquet.

Argentina presenta ese libreto ante cada juego y cada rival llevando al equipo de en frente al barro, a un terreno incómodo en el que muchas veces es la albiceleste la que se va a sentar en el asiento del conductor. Un 27-16 a favor de Argentina en puntos tras pérdida ejemplifican el beneficio que el equipo consigue a partir de su solidez defensiva, una defensa que mantuvo, por caso, a Bogdanovic al margen hasta los momentos finales en los que convirtió algunos tiros difíciles y a la desesperada, y desesperó a las torres serbias con su presión a la bola en el poste bajo.

El fantástico 44,4% en lanzamientos de tres puntos de Argentina no fue principalmente un producto de la mera eficacia desde el perímetro sino que más lo fue de la exquisita selección de tiro de la que gozó la selección sudamericana y fue la principal arma ofensiva que se nutrió, otra vez y al igual que la defensa, de una enorme disciplina táctica para ocupar el espacio adecuado en el momento preciso.

La Selección Argentina conmueve y emociona a un país que vuelve a estar entre los cuatro mejores del mundo 13 años después y con un equipo renovado y hambriento que se ha encargado de hacer competir a una camiseta de la que muchos dudaban una vez finalizados los Juegos de Río 2016.

Han sido Campazzo y compañía, guiados una vez más por la leyenda de Luis Scola, los que han hecho posible semejante logro, pero sería un error creer que al techo de este equipo ya lo hemos visto.

En la inmensidad del desafío se encuentra la grandeza de lo intentado, y sea cual sea el resultado, medalla o no medalla, la Selección Argentina de Básquetbol ha llegado para establecer un nuevo orden, o, al menos, restablecer aquel que la Generación Dorada comenzó a gestar hace poco más de década y media, aquel en el que Argentina es parte de la élite del básquetbol mundial.

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Enzo Del Llano
Periodista. De Córdoba, Argentina. Convencido de que el deporte es cultura. Hincha del fútbol modesto y del básquetbol en todas sus formas. Estuve en Canadá y también me enamoré del hockey sobre hielo. Creo que la calidad debe ser más importante que la primicia, ese debe ser el camino.

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