sábado, 8 junio, 2019
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Hay lugares que están destinados a ser recordados. Por el nacimiento de una persona, por una tremenda batalla o por el legado que deja a la historia de la humanidad. Y, en este caso, la tercera opción se ajusta a la perfección. Y no sólo por un único motivo. Y Boston, por tantas y tantas cosas, es el ejemplo perfecto.

Estamos en 1891. El invierno en Springfield está siendo abrumador y un canadiense llamado James Naismith es contratado para controlar un grupo de jóvenes de una YMCA (Young Man’s Christian Association) que están dando problemas. Se le ordena, por decirlo de alguna manera, que debe inventar un nuevo juego para los duros meses que pasarían en el interior de las instalaciones, pues ni el fútbol americano ni el baseball son practicables en este momento. Y entonces ocurre la magia.

Con influencias del mundo Maya y Azteca, de sus días de juventud al norte del continente, y tras haber visto a un grupo de jugadores de rugby lanzar el balón a un cubo dentro del gimnasio, el baloncesto vio su nacimiento. Podríamos decir que los astros se alinearon, una luz sepulcral cayó del cielo y tras meses y meses de trabajo Naismith dio con las primeras normas para este nuevo deporte. Pero entonces no estaríamos diciendo toda la verdad. Porque es cierto que no fue cuestión de una noche la aparición del baloncesto (que recibe el nombre por las cestas de melocotones que se usaron en el primer partido), pero sí fue cuestión de una hora dar con las primeras normas aplicables al juego. Normas que, en algunos casos, no han cambiado un ápice en más de 100 años.

Estas (faltas, canastas, el “goal-tending”…) se fueron perfeccionando hasta que en 1898 se creó la primera competición nacional de la historia, la National League, que perduró hasta su cese en 1904. Tras esto llegó, en 1908, la creación de la NCAA, con 30 conferencias a lo ancho y largo del país, y el campeonato nacional de 1939. Pero antes de esto, debemos hacer una parada previa.

Situando el baloncesto en el mapa

Corría el año 1925. George Preston Marshall y Max Rosenblum, empresarios al más alto nivel, se han puesto en contacto con George Halas, uno de los promotores deportivos más grandes del país. ¿La razón? Hacer que el baloncesto explote definitivamente. Por ello, se establece un criterio que durará a lo largo de las primeras temporadas y que no tendrá otro objetivo más que el de impulsar el juego del baloncesto. Y es que los inversores que optaran por contar con un equipo de esta primera “major-league” debían situarse en ciudades con una cantidad sustancial de población; debían adquirir siempre los servicios de los mejores jugadores disponibles; habría un sistema directivo que controlaría la competición con un comisionado al mando, imitando el modelo del baseball; y, en último lugar, los equipos contarían con lo mejor de las instalaciones que tuvieran a su alcance para competir.

Estos equipos en su gran mayoría ya existían. Boston, Chicago, New York, Brooklyn… eran localizaciones que encajaban a la perfección dentro de este canon establecido por los tres empresarios y ya contaban con conjuntos dominantes en sus filas. El ejemplo más claro de esto es, probablemente, New York, que tenía a los Original Celtics dominando con mano de hierro a todos los equipos del área metropolitana, tal y como demuestran las 134 victorias en 151 partidos que obtuvieron entre 1923 y 1924. Y este fue el motivo por el cual su polémico presidente, Jim Furey, que pasó un tiempo en la prisión de Sing Sing, decidió mantenerse al margen de la competición. Ya tenían éxito por su cuenta y participar en esta liga era más un riesgo que una oportunidad de crecimiento. Además, también había ciudades como Fort Wayne que no contaban con el cupo demográfico pero superaban, y por mucho, la pasión por el baloncesto que cualquier otro Estado pudiese tener.

Los Original Celtics fueron uno de los primeros grandes conjuntos de la historia del baloncesto.

El encargado de ocupar el cargo de comisionado de la American Basketball League fue Joseph “Joe” Carr, dirigente de la National Football League, que ha arrancado tres años atrás definitivamente y está cosechando éxitos sin precedentes. Este optó, en la primera de sus decisiones, por estandarizar el juego. Esto es porque, aunque se crearan unas normas más de 30 años antes, cada equipo jugaba según el reglamento de su región, que podía distar mucho al de los otros conjuntos.

Ya no estaba permitido botar con ambas manos al mismo tiempo, los jugadores debían tener contratos únicos y restrictivos y los integrantes de las franquicias vendrían de parte de la región local en la que se encontraran. Y cuando la competición comenzó, un patrón empezó a regularizarse: los equipos que estaban dominando tenían jugadores del área de New York o Philadelphia. Y cuando acabó la primera temporada (considerada por nuestra parte como la primera mitad de la misma) Brooklyn se alzó como ganador.

Por aquel entonces (con excepción de la temporada 1927-28) la liga se desarrollaba en dos mitades independientes, y el que vencía en la primera se enfrentaba al que se alzaba campeón en la segunda en una serie a cinco partidos. Este fue el motivo por el cual Cleveland, que se había quedado a dos victorias de los Brooklyn Arcadians, lograron llevarse ocho triunfos consecutivos en el comienzo de la segunda temporada y así optar a llevarse el primer título de la ABL.

La pelea por el mismo comenzó con una demostración de fuerza por parte de Cleveland. El primer encuentro se disputaba en el Public Hall de la ciudad, y los aficionados de los Rosenblums respondieron a las expectativas, con un recibimiento de más de 10000 personas a los Arcadians. Y aunque el encuentro comenzó de forma favorable para los de Brooklyn con una ventaja de 10 puntos en el marcador, los de Rosenblum tiraron del talento de sus dos mejores jugadores, Nat Hickey y Honey Russell, y se acabaron imponiendo con una remontada tardía por tres tantos, 36 a 33, llevándose el primer asalto de la final. El siguiente partido, de nuevo en Ohio (modelo de 2-2-1), cayó del lado de los locales, que se aventajaron 2-0 con una victoria por 16. Y el partido se dirigía a Brooklyn.

El recibimiento en Cleveland había sido histórico y se esperaba repetir algo similar en el distrito Sur de New York, pero las obvias diferencias en las instalaciones de ambos conjuntos (Brooklyn contaba con un salón de baile como lugar de competición) provocaron que sólo 2000 aficionados formaran parte del tercer y decisivo partido, que acabó dando el primer título de tipo nacional a los Cleveland Rosenblums. Ya habían hecho historia, y ahora tocaba que otro equipo formara parte de la eternidad.

Los Original Celtics, de la autonomía a la dominancia

Con la creación de la nueva liga, como ya hemos dicho, muchos equipos que ya existían pasaron a estar bajo el amparo de un contrato y de una normativa. Dicha normativa, impuesta por Carr para evitar la expansión de los Celtics y como respuesta a su rechazo a entrar en la competición, establecía que ningún equipo que formara parte de ella podía organizar partidos, amistosos o de exhibición, contra los Original Celtics. Esto, aparte de fomentar el crecimiento y la competitividad de la ABL, hizo que los Celtics perdieran algunos de sus contratos más lucrativos, y de esta manera, a los jugadores con más potencia y calidad de su equipo. Además, pasaron de contar con más de 150 partidos a apenas sobrepasar los 100 en cuestión de meses.

La solución estaba clara y evidente: debían entrar a formar parte de la nueva competición. Esto serviría para recuperar jugadores, situarse todavía más en el ámbito nacional y mantener el equilibrio del equipo, pues la directiva comenzaba a tambalearse. Jim Furey, como ya hemos dicho, no fue el propietario más responsable de la historia. Y es que en junio de 1926 fue acusado de robar más de 180.000 dólares de los grandes almacenes en los que trabajaba, y se vio obligado a pasar una temporada en la cárcel.

Más que distraer, esto dio más poder y convencimiento al equipo y, en un acto sorpresa, dieron la espalda a la ABL y entraron en la NBL, que sólo existía en el área metropolitana de New York, pero que tenía en nómina a algunos de los mejores jugadores del país. Y entonces los equipos de la NBL tomaron más y más jugadores de los conjuntos de la ABL, viéndose especialmente damnificados los Brooklyn Arcadians. Unos Arcadians que se vieron destruidos por completo cuando Preston Marshall tomó el poco talento que les restaba para completar su equipo. Y esto fue definitivo.

Bien entrada ya la temporada los equipos del final de la tabla, Baltimore, Detroit y Brooklyn, no habían ganado ningún partido y Joe Carr buscó rápidamente una solución. En primer lugar se encargó de que los de Michigan y los desmantelados Brooklyn Arcadians abandonaran la liga. Y en segundo lugar, y a espaldas de todo el mundo, negoció con los Original Celtics para que estos se unieran ocupando el hueco dejado en la ciudad de New York y llevando al colapso a la competencia. Y la liga sufrió un necesario renacimiento.

Los Celtics vencieron 13 de los restantes 16 encuentros que restaban, pero no fueron suficientes para supera a los Rosenblums, pues el 0-5 en contra que tuvieron que “absorber” de los difuntos Arcadians era suficiente obstáculo. Pero en la segunda mitad de la temporada la situación viró completamente a su favor. Y con nueve victorias consecutivas se aseguraron el liderato, y la posibilidad de competir en la final contra Cleveland, que repetía y defendía título.

Una Cleveland que llegaba con una baja significativa, pues su mejor jugador (Honey Russell) se había exiliado a Chicago a mitad de curso por desavenencias con el propietario, y los de Max Rosenblum no fueron obstáculo alguno para unos Celtics que llegaron, arrasaron -29 a 21, 28 a 20 y 32 a 25-, y se coronaron, asustando así al resto de propietarios.

Y aunque el miedo se hiciera real la siguiente campaña, y el movimiento “Break the Celtics” se hiciera realidad, es una historia que debe quedar para otro momento. Pues el siguiente año, 1927-28, trajo cambios significativos en el fluir de la competición, en la clasificación… y en cómo Joseph Carr concebía el juego.

Fuentes: “ProBasketball Encyclopedia” y “Basketball: A Biographical Dictionary”

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Andrés Weiss
En el 2004 el baloncesto me abrió las puertas de la imaginación, y Manu Ginóbili fue quien se encargó de que nunca más se volvieran a cerrar. La velocidad con la que mis dedos teclean historias nunca ha menguado, y la pasión de revivir relatos de sudor y sacrificio es la motivación mas grande que mueve mi redacción. Soy alemán, español y gallego, sin orden, y desde 2012 vivo ligado al traqueteo de las teclas de mi ordenador.

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