jueves, 2 diciembre, 2021
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La historia de Corea del Sur muestra un profundo vínculo entre sus habitantes y la arquería. De hecho, en la antigüedad, los chinos solían referirse a la población del territorio coreano como una tribu del este con arcos gigantes, un claro indicio de la tradición tanto guerrera como artística de sus habitantes. Uno suponía que con la inclusión de este deporte en los Juegos Olímpicos de 1900 iba a tener tiradores que la representaran, pero su realidad no lo iba a permitir.

Antes de 1910 Corea era conocida como “el Reino ermitaño” debido a su política aislacionista con el mundo occidental y, luego de la ocupación japonesa de ese mismo año, su territorio fue rotulado como colonia nipona hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Luego de la rendición de Japón, la separación de lo que luego se conoció como Corea del Norte y del establecimiento del sistema republicano en lo que hoy conocemos como Corea del Sur en 1948, su tradición en arquería iba a poder ser demostrada en el evento deportivo más importante del planeta. 

Pero su irrupción en este plano se vio demorada por dos motivos: el primero fue la remoción de la disciplina del calendario olímpico luego de los Juegos de Amberes 1920 por las diferencias en los criterios de la práctica en cada país como el tipo de arco que se usaba, las distancias y la cantidad de flechas con las que contaba cada atleta. El segundo era un aspecto local, ya que se trataba de la pérdida de popularidad que había sufrido el tiro con arco en Corea del Sur. En el tiempo habían quedado las tradiciones que sorprendieron a los chinos y que se transmitían de generación en generación.

Recién a fines de los 70 el deporte reapareció a nivel mundial con su reincorporación en el calendario olímpico y, en esos lares más precisamente, de la mano de Kim Jin-ho, ganadora de la prueba individual de los Juegos Asiáticos de 1978 en Bangkok, campeona de la prueba por equipos en Nueva Delhi 1982 y tricampeona (individual 30 metros, individual 60 metros y por equipos) en la edición de 1986. A eso hay que sumarle la medalla de bronce que consiguió en la prueba individual de los Juegos Olímpicos de Los Angeles 1984, en donde se impuso su compatriota Hyang-soon Seo.

Mientras ellas volvían a poner de moda la arquería, en Seúl, capital del país, había una chica que asistía a la escuela Daemi que, también a finales de los 70, fue designada como escuela de entrenamiento de arquería por la Oficina Provincial de Chungbuk. Así fue como esa niña, cuyo nombre iba a quedar marcado como el más grande de la historia de la disciplina, iniciaba su amor con el arco y la flecha. Esa pequeña era, nada más ni nada menos, que Kim Soo-nyung.

Dos años de entrenamiento le bastaron para hacerse notar: con tan solo 13 años fue subcampeona del Festival Nacional de Deportes Masculinos en Jeonju y, con el correr de los años, empezó a ganarse el estatus de niña prodigio. En su adolescencia dominó las categorías juveniles de su país de norte a sur y de este a oeste con un curioso aliciente: recién en 1984 se enteró que lo que practicaba era un deporte olímpico gracias a las actuaciones de Hyang-soon Seo y Kim Jin-ho. Ese fue un punto de inflexión en su mentalidad, ya que ahora contaba con un objetivo claro: representar a su país en un Juego Olímpico.

Y vaya si lo hizo: con la presión que implica un debut olímpico en tierra natal, con grandes expectativas por haber roto un récord mundial hacía unos meses (356 puntos de 360 disponibles) y con 17 años, Soo-nyung se impuso por sobre Wang Hee-kyung y Yun Young-sook, sus compañeras de selección, para adjudicarse el oro en la prueba femenina y así convertirse en la segunda campeona de la historia de Corea del Sur en una prueba individual. Nada mal para la niña prodigio que cuatro años atrás desconocía que la disciplina integraba el calendario olímpico. Y, como si su estreno en la competencia no hubiese sido lo suficientemente utópico, se convirtió en la primera doble medallista coreana al ganar la prueba de equipos junto a Hee-kyung y Young-sook, anticipando lo que iba a ocurrir en arquería desde ese momento en adelante.

Su reinado recién comenzaba, puesto que en los Mundiales de 1989 y 1991, en Lausana y Cracovia respectivamente, se iba a imponer sin mayores complicaciones tanto en la prueba individual como en la de equipos. 20 años y ya era campeona olímpica y bicampeona mundial en ambas modalidades, hitos nunca antes vistos en la historia del deporte. Es por esto por lo que, de cara a los Juegos de Barcelona 1992, se esperaba que revalidara lo hecho en Seúl y aportara dos preseas al medallero de Corea del Sur.

Ronda a ronda fue eliminando a sus rivales que, en la previa, parecían estar disputándose la medalla de plata dado que Kim llegaba con pergaminos que auguraban una imbatibilidad divina. Pero, a diferencia de lo ocurrido en Seúl, no pudo con su compañera de selección: Cho Youn-jeong dio una de las sorpresas más recordadas de la historia de los JJOO y en los últimos dos lanzamientos se quedó con la medalla de oro, relegando a nuestra protagonista al segundo escalón del podio. Pese a que días después ambas, junto a Lee Eun-kyung, dominaron la prueba de equipos y se llevaron el campeonato olímpico para su país, algo había cambiado dentro de Soo-nyung. Ni bien regresó de España anunció su retiro argumentando que ya no había objetivos que la motivaran y, más importante aún, que quería ser madre, por lo que oficialmente descartaba un nuevo ciclo olímpico para estar en Atlanta 1996 y ponía un prematuro fin a su carrera.

El mundo de la arquería la iba a extrañar porque había una sensación compartida de que con 21 años podría haber tenido una trayectoria mucho más extensa que, en consecuencia, le habría permitido agigantar aún más su legado. Pero su mente estaba en otro lado: tuvo dos hijos y vio desde su casa como Kim Kyung-wook conseguía la tercera medalla de oro consecutiva de Corea del Sur en la prueba individual y como junto a Kim Jo-sun y Kim Kyung-Wook se llevaban la prueba por equipos después de derrotar a Alemania en la final.

El problema con las grandes estrellas de una disciplina, y del retiro prematuro en general, es que cuando el físico y la cabeza están en condiciones, el atleta siempre se plantea escenarios imaginarios para analizar qué pasaría si retoma la actividad. Y eso ocurrió con Soo-nyung: en 1999 volvió a entrenar para prepararse y para seguir haciendo historia en Sydney 2000. Por más que se trataba de una de las mejores arqueras de la historia, 12 meses no le bastaron para repetir la gloria ya que se terminó llevando la medalla de bronce en la prueba individual, integrando un podio compuesto íntegramente por Corea del Sur junto a sus compañeras de selección. Fue justamente con sus juniors, como ella se refería a las jóvenes Kim Nam-soon y Yun Mi-jin, 20 y 17 años respectivamente, con las que coronó unos Juegos históricos para el tiro con arco de su país al quedarse con la de oro en la prueba por equipo para llegar a las seis medallas en su cuenta personal y convertirse, hasta la aparición del tirador Jin Jong-oh, en la coreana más laureada de la historia del olimpismo.

Luego de conseguir ese hito se retiró definitivamente de la actividad para dedicarse de lleno a su familia. Su amor por el deporte siguió intacto y, de hecho, fue comentarista televisiva en Atenas 2004 y Beijing 2008, donde el dominio de las asiáticas tampoco se modificó. Hasta estos Juegos, Corea del Sur es el país más exitoso de la historia de la arquería con 39 medallas, 23 de oro, 9 de plata y 7 de bronce, ratificando su posición de potencia dentro de la disciplina.

El broche de oro de la carrera deportiva de Soo-nyung llegó en 2011 cuando la Federación Internacional de Tiro con Arco la declaró Atleta Femenina del Siglo XX, reconocimiento que resume su carrera a la perfección. La jefa de la rama femenina del deporte, a pesar de haberse retirado con 29 años y de haber dado ventaja a su competencia resignado una olimpiada.

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Me declaro ferviente enemigo del monopolio del fútbol en los medios e impulsor de historias polideportivas. También soy fanático del olimpismo, su espíritu por lo que creo que hay que contarlo y difundirlo todos los días, no cada cuatro años.

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