lunes, 23 septiembre, 2019
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En los últimos veinte años pasamos del rock tradicional al alternativo, y cuando comencé a pasar noches en las cabinas, para los que no escuchábamos música comercial, empezaron a llamarlo Indie rock, que poco a poco se convirtió en Indietrónica. La electrónica, trap y otras mezclas de DJs internacionales iban ganando a las guitarras en las nuevas composiciones de todos los grupos. Igual parece que un estilo futbolístico va imponiéndose a otro, el dominio del juego de posición, pero aún nos queda alguien que opta por los puntos incendiarios que hacen que uno no pueda ni pestañear o se perderá la siguiente jugada: Jürgen Klopp.

Cuando el técnico nacido en Stuttgart aún dirigía al Borussia Dortmund se enfrentó en la fase de grupos de la Champions League al Arsenal. Era el otoño de 2013, y en una entrevista previa al partido le preguntaron por los estilos de juego, por las diferencias entre el conjunto de la cuenca minera del Ruhr y el dirigido por Sir Arsène Wenger, como se dirigía el alemán al francés. A pesar de ser un equipo representado por la artillería, para Klopp su modelo futbolístico, que admiraba, poco tenía de aguerrido, más estratégico y cartesiano: la melodía sinfónica de una orquesta dirigida por el gran maestro de Estrasburgo. Un Claude Debussy frente a un Wagner de la Selva Negra, dispuesto a crear belleza del caos, a forjar su fútbol dinámico en la fragua de Mime como Sigfrido, a hacer que el balón crepitara entre estallidos y destellos, para revolucionar el espectáculo del balompié. Como afirmaba con una pequeña sonrisa dibujada en los labios: “yo soy más de Heavy Metal”.

“No se trata de hacer un fútbol sereno, sino combativo, es lo que me gusta. Lo que llamamos en Alemania el típico fútbol inglés de un día lluvioso, con el campo mojado, donde todos acaban con la cara sucia y cuando llegan a casa necesitan semanas para recuperarse de lo duro que ha sido el encuentro. Esto es lo que significa mi Dortmund”.

Perdieron en casa (gol de Aaron Ramsey para los Gunners con asistencia de Giroud) pero en Londres se impusieron ellos gracias a Mkhitaryan y Lewandowski. Pasaron la fase de grupos pero acabaron cayendo frente al Real Madrid, el mismo conjunto ante el que la temporada anterior habían labrado la mayor gesta imaginable: vencer al equipo blanco por goleada y alcanzar la final de una Champions de sabor germano en la que el Bayern München, el rival de aquellos días en la Bundesliga, venció a su equipo.

El mérito de Klopp también se vio reflejado en su capacidad para hacer despuntar a jugadores jóvenes: contó con el despegue de Robert Lewandowski, İlkay Gündoğan, Marco Reus – al que el club había vendido al Borussia Mönchengladbach y al que él recuperó – , Pierre-Emerick Aubameyang, Mario Götze y, sin duda, Mats Hummels. La historia con el central tiene un vínculo personal porque su padre Hermann llegó a ser entrenador de Klopp en el Mainz, conociéndole desde que era un niño. Aunque Mats estuvo en el Bayern, su emigración al BvB con el viejo colega de su padre no era de extrañar: hubo una relación tensa cuando Hermann estuvo de entrenador de los equipos de la cantera del club de München y fue despedido. Al final, tras irse Klopp, Hummels regresó al club bávaro donde creció pero este año, en un giro de guión inesperado, ha vuelto a donde le vimos despuntar y convertirse en uno de los mejores centrales de la última década.

Los días de jugador del propio Jürgen, seguidor del VfB Stuttgart de su ciudad natal, comenzaron acompañados de su labor como técnico: cuando tenía veintiún años compaginaba sus entrenamientos en el Eintracht Frankfurt, aunque no en el equipo senior, con dirigir a los juveniles. A los veintitrés años llegó su primer contrato como profesional con el Mainz, donde cambió de ser delantero a retroceder a la línea de medio campo, marcando algún que otro gol de los que aún hay highlights en YouTube, para acabar como defensa. Quizá de ahí que dos de sus mayores logros fueran la explosión de Hummels y, posteriormente, de Virgil van Dijk en el Liverpool, posición que él conoce bien. Querido y admirado en el club, sus celebraciones, su compromiso y pasión en el campo le convirtieron en el jugador favorito de muchos aficionados del Mainz. No era de extrañar, por tanto, que fuera allí donde comenzara su carrera, ya titulado, como técnico deportivo. Un hombre de la casa, que conocía muy bien al equipo.

Los logros conseguidos algunas veces parecen mantenerle lejos de los focos de los analistas. Hemos leído sobre su actitud, sobre sus comentarios y bromas, sus ideas políticas de izquierdas – con su reciente crítica al sin sentido que parece prosperar en una sociedad que no comprende cómo quiere permanecer desunida ante el Brexit -, sobre aquel día en que en la gala de premios en que estaba nominado como Mejor Entrenador del Año junto a Sir Alex Ferguson y Jupp Heynckes, por haber llevado al Dortmund a la final de Champions, Zlatan Ibrahimović le pidió que le fichara, a lo que Jürgen le contestó: “no podría, tendría que vender a todo el equipo para pagar tu sueldo”; pero poco se ha hablado de sus habilidades técnicas. Sus logros se cuentan por números de finales disputadas en las que parecía que siempre era tildado de perdedor. Lo cierto es que en esta vida no todos pueden ganar, pero lo importante es estar ahí, haber convencido con tu juego arrollador, y estar cerca de alcanzar lo más alto:

“Perdí seis finales. Obviamente, no fueron los mejores días de mi vida pero no me sentí una persona derrotada. Para mí se trata de volver a intentarlo, si únicamente los ganadores fueran los que tienen derecho a sobrevivir, entonces el resto tendríamos que retirarnos”.

Klopp nunca se ha retirado. De tener una guitarra eléctrica o un solo de bajo que se imponía, como en el post-punk, a crear en Liverpool, la ciudad de los Beatles, una banda organizada en la que todos sus miembros tienen un papel en el que destacan, desde el portero – única nota disonante que corrigió el pasado año – uno de los mejores centrales del mundo, dos laterales de calidad extrema, un centro del campo que consigue salir adelante para pasar a tres solistas capaces de enfrentarse a las notas más difíciles: Sadio, Bobby y Salah.

Cuando Klopp en el autobús, después de haberse bebido alguna que otra cerveza que tanto le gusta, levantaba los dedos y señalaba el número seis, o cuando nada más acabar el partido en el Metropolitano cantaba ante los micrófonos “let’s talk about six” era el triunfo no solo del Liverpool, sino de una labor personal. Este entrenador, de haber visto a su Mainz caer al descenso a segunda categoría en Bundesliga, o tocar la gloria con el Dortmund, a tener que rehacer un Liverpool que había olvidado el sabor del éxito y estar a las puertas de ganar una Premier de récords. Un punto de inflexión: el partido en Anfield en el que ganaron al Fútbol Club Barcelona, cuando nadie confiaba en ellos, supuso media Champions League. Sin duda, el 1° de junio fue el momento que faltaba para cerrar el concierto, el último golpe de batería, el último riff para poder afirmar que Jürgen Klopp es uno de los mejores entrenadores de los que vamos a disfrutar. Carismático, rebelde, el último rockero.

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Maria Valentina Vega
Traductora, redactora y entrenadora de fútbol Nivel 1

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