sábado, 16 octubre, 2021
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El rugby es, sin dudas, un deporte muy particular. Es uno de los pocos en los que se puede utilizar todo el cuerpo y en donde los golpes son un hecho cotidiano, algo incluso aceptado por los jugadores como un desafío constante. No es, claramente, un deporte para los temerosos, sino para los temerarios, aquellos que buscan hazañas que contar y personas que derribar, aunque con un elemento noble que lo sigue caracterizando en días donde el individualismo va ganando terreno: todo el daño provocado dentro de una cancha queda en el olvido durante el denominado “tercer tiempo” y aquellos fueron enemigos acérrimos hace unos instantes se convierten en colegas dispuestos a tomarse una buena cerveza al final de las hostilidades.

Pero no estamos aquí para hablar de este deporte sino de alguien especial, una persona que llevó al rugby a otro nivel, más espectacular y masivo. En medio de tantos hombres grandes y poderosos, se erigió uno que en su mejor momento era capaz de hacer volar al más fuerte como si de una hoja de papel se tratase. Un ser capaz de intimidar a aquellos entes rudos, y que con su técnica se convertiría en uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, quizás incluso en el más grande -aunque eso, claro está, es sumamente subjetivo.

Le decían “The Speed” (la velocidad o el veloz) pero debió ser llamado “El Toro”, si vemos que este era un muchacho moreno, grande, fuerte y sin miedo a nada, porque nadie podía derribarlo. Dentro del verde césped era un animal con los ojos inyectados en sangre, capaz de derrumbarte solo con una mirada, pero fuera era un bonachón capaz de hablar con ternura a los niños y abrazar a sus fanáticos con una humildad digna de su grandeza.

Jonah Tali Lomu, de él hablamos, nació un 12 de mayo de 1975 en Auckland, Nueva Zelanda. Sin dudas no fue una casualidad que haya visto la luz allí, sino que debió el ser mismo Dios, quien viendo su futuro antes de enviarlo a la tierra, decidió darle como lugar de nacimiento una nación apasionada por la ovalada, que no se cansaba de dar al primo del fútbol figuras de primerísimo nivel, pero que necesitaba de un hombre que fuera el líder que los llevara a ser íconos dentro del deporte mundial. Si, solo a Dios (si no son creyentes podrían darle el nombre de Destino a esto) se le ocurre disponer las cosas de tal manera que todo parezca una casualidad, aunque estas no existan en realidad.

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Empezó desde muy temprana edad a jugar y a entrenar su cuerpo, ya que era alto (1.96 metros), pero en vez de ser como los demás jugadores de su talla -que cometían el error de agregar masa muscular a su cuerpo, restando así destreza-, quiso sumarle agilidad y velocidad a su potencia, porque sabía en su interior que de esta manera sería más difícil de parar. Por eso dicen que en su mejor momento fue capaz de hacer los 100 metros en 10.89 segundos, pese a tener que hacerlo con sus casi 120 kilos a cuestas, toda una hazaña de ingeniería humana.

Su historia como jugador comenzó en el equipo de la secundaria, donde fue capitán y anotó 71 tries, lo que le valió el ser seguido de cerca por los veedores de su selección nacional, donde pasaría tres años (desde 1991 hasta 1994) jugando en las distintas categorías de menores, aunque cuando ya se quiso acordar tendría, frente a si, un desafío mayor, el cuál lo marcaría de por vida.

Los mundiales, su gran karma

Fue convocado para jugar con los All Blacks para disputar el Mundial de Sudáfrica en 1995, torneo al cual estuvo a punto de no llegar debido a las enormes exigencias físicas que les pedían tener a los jugadores en ese entonces. Lomu solo había participado con la mayor en dos oportunidades, pero se ganó un lugar gracias a haber jugado con el seleccionado de seven, el cual le permitió ponerse a punto físicamente. Justamente aquella modalidad le define como jugador, ya que allí no importan tanto los músculos, sino saber usarlos para correr por todo el ancho de la cancha.

El mundo pondría sus ojos en el país africano entre mayo y junio de aquel año, no ya para ver como negros y blancos trataban de llevarse bien luego de haberse abolido el nefasto régimen del apartheid, sino para observar a este morocho grandote que tenía fuerza y velocidad y que se llevaría el premio al mejor jugador del campeonato, gracias, en gran medida, a su enorme poder como goleador, ya que anotó siete tries. Como puede verse claramente en la película Invictus, Lomu, ese jugador casi desconocido para el mundo del rugby, comenzaba a ser temido por todos, ya que literalmente se atrevía a pasar por encima de sus rivales si eso le valía para llevar a su equipo hacia lo más alto.

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Nueva Zelanda, campeón del primer Mundial en 1987 (que co-organizaron junto con Australia), se había sentido humillada cuatro años más tarde al intentar retener el título, dado que si bien habían logrado vencer a Inglaterra en la fase inicial, su nivel había distado bastante del que tuvieron cuando salieron campeones, cayendo incluso en semifinales por un desastroso 6-16 ante su más grande rival, el ganador del trofeo.

En tierras de Nelson Mandela los All Blacks se habían convertido en toda una sensación. Pasaron la fase de grupos como una exhalación (43-19 a Irlanda, 34-9 a Gales y 145-17 a Japón) para luego dejar sin chances a los conjuntos británicos en las eliminatorias (48-30 a Escocia en cuartos y 45-29 a Inglaterra en semifinales, un juego donde Lomu había llegado nada menos que a cuatro anotaciones).

La Nueva Zelanda de Sean Fitzpatrick, Marc Ellis, Simon Culhane y el propio Jonah era el claro favorito para ganar el torneo, un certamen al que Sudáfrica había arribado casi sin expectativas y que podía darse por ganador habiendo llegado a la final.

Sin embargo, la ayuda de Lomu en el encuentro final no sería suficiente, ya que los locales -sin dudas potenciados por jugar en casa y ver todo lo que generaban para promover la hermandad de un pueblo que recién se levantaba de los golpes- levantaron la copa tras un apoteósico encuentro que terminó 15-12 a su favor gracias a un drop de Stransky en tiempo suplementario.

En la Copa del Mundo de Gales, en 1999, estuvo todavía más demoledor, yéndose hasta los ocho tries, pero aún habiendo derrotado a Inglaterra y a Escocia, otra vez las semifinales serían el tope de los oceánicos. Francia, en un partido de antología, los eliminó con un 43-31 y luego Sudáfrica les negó incluso el tercer lugar, convirtiendo a este en el peor Mundial neozelandés hasta la fecha.

Un final inmerecido, una leyenda eterna

Con los All Blacks registró un total de 63 encuentros y 215 puntos, quedándose con un record difícil de romper, que es el de los 15 ensayos convertidos por torneos mundialistas (compartido con el sudafricano Habana). Lamentablemente, las lesiones y el síndrome nefrótico (que, entre otras cosas, genera disfunción renal crónica) le fue apartando tanto de la selección como del rugby en general en el 2002, siendo un triunfo ante Gales por 43-17 su último partido con su amada casaca negra con vivos blancos.

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El neozelandés intentó volver a jugar en el primer nivel con los Cardiff Blues en el 2006, aunque ya nada era igual: su imponente físico, aquejado por las enfermedades y las lesiones en distintas zonas del cuerpo, ya había dado lugar a uno más frágil. La voluntad de querer correr junto con la ovalada siempre lo acompañó y de hecho su carrera, con altibajos, se mantuvo en pie hasta el 2010, cuando dijo adiós jugando con los Marseille Vitrolles de la tercera división francesa.

Lomu, el poderoso toro All Black, falleció el 18 de noviembre del 2015 (a los 40 años) de un ataque al corazón, producto justamente de ese riñón que resistió hasta donde pudo, porque era tan poderoso como él. Pero siempre se lo recordará como el hombre que llevó la explosión a los campos de rugby de todo el mundo. Un jugador temido por su velocidad, agilidad, poder de try. Un jugador que podía correr con la ovalada en una mano y tumbar rivales con la otra.

Pero sobre todo, de él pensarán como una persona amada por los que lo conocieron, humilde y siempre estaba dispuesto a escuchar y dar una mano. Si bien no pudo cumplir el sueño de alzarse con una Copa del Mundo, su país si que lo ha vuelto a hacer (es el actual bicampeón). Y en sus corazones todos saben que quien empuja para conseguir más es el bueno de Lomu.

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Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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