miércoles, 23 septiembre, 2020
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A James Cleveland Owens todo lo que vivía le parecía normal. El trabajo a destajo de sus padres, la humildad con la que pasaban los días, el tener que cargar unos 50 kilos de algodón por jornada teniendo tan solo cinco años o el que no hubiera racismo. Claro, él había nacido un 12 de septiembre de 1913 en Oakville, Alabama, bien al sur de Estados Unidos y en esa región aun se escuchaba fuerte un grito, aquel que manifestaba que ellos -el sur- no se habían rendido, refiriéndose a la derrota en la guerra civil. Owens no estaba consciente todavía de que él era nieto de esclavos o de que vivía en un lugar donde los segregaban constantemente, porque todos los que lo rodeaban tenían su mismo color de piel.

La familia decidiría mudarse a Cleveland, Ohio -cuando él tenía nueve años- para tratar de ganarse la vida de otra manera. Nuevamente, el joven Owens no comprendería bien lo que pasaba a su alrededor, ya que en el norte se tenía una mayor tolerancia para con los afroamericanos. Sería por aquel entonces que a James se lo conocería con el nombre que lo acompañaría hasta el final de sus días. Y es que en una ocación, una maestra se confundió al llamarlo por sus siglas, “JC”, quedándole el mote de “Jesse“, algo que le agradó a la pequeña gacela. Por aquel entonces, el menor de diez hermanos hacía de todo: vendía diarios puerta por puerta, llegó a ser empleado de una gasolinera y hasta fue recadista. Cualquier dólar venía bien para ayudar en el sostenimiento familiar.

A Jesse le gustaba correr, sentirse libre en medio de tanta gente, pero no le había dado tanta importancia a esto hasta que conoció a Charles Riley, el hombre que le cambiaría la vida. Este era entrenador de atletismo en la Fairmount Junior High School, (establecimiento al que el joven iba tras la mudanza) y vio potencial en él, por lo que decidiría no solo entrenarlo por las mañanas (ya que Owens trabajaba a la tarde), sino también convirtiéndose en un padre, ya que lo animaba constantemente, lo educaba y hasta le daba de comer tanto a la mañana como al mediodía.

El muchacho venido de Alabama era un verdadero prodigio: no solo se le daba bien correr, sino que también era excelente en salto en largo y en alto, algo que aprovecharía al máximo para poder alcanzar el sueño de ir a una universidad. Varias se pelearon por tenerlo, ya que en la secundaría se había convertido en un ser casi invencible, pero él finalmente se decidiría por la que no lo alejara de casa, la Estatal de Ohio. Allí se toparía con el entrenador Larry Snyder, quien terminaría de potenciarlo. Este llegó a prepararlo para que pudiera competir hasta en los 400 metros si así lo deseaba, además de mostrarle que la clave de todo estaba en la partida, algo que lo hacía practicar todo el tiempo. Además, buscó entrenarlo para que resistiera durante la competencia, ya que Jesse era muy bueno en todo lo que hacia y, muchas veces, no tenía respiro entre prueba y prueba. Pero esto nunca lo perjudicó.

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Para 1935 era uno de los atletas más reconocidos del país, pero todavía le quedaba un paso más para convertirse en la primera opción norteamericana de cara a los Juegos Olímpicos de Berlín. En el Big Ten Championship de Michigan lograría una de las hazañas más grandes de la historia del deporte. En apenas unos minutos conseguiría dejar plasmado su nombre en el oro de los vencedores, marcando récords mundiales en todas las disciplinas en las que compitió. A las 15.15 de aquel 25 de mayo saldría por primera vez a la pista para correr en las 100 yardas (91.44 metros), consiguiendo un tiempo de 9.4 segundos, igualando su propio registro mundial. Pero esta sería, apenas, una pequeña muestra de todo lo que conseguiría a lo largo de aquel glorioso día: a las 15.25 competiría en salto en largo, consiguiendo un primer salto de 8.13 metros, algo que sería inalcanzable tanto para sus rivales como para los que vendrían en los siguientes 25 años. No contento con eso, a las 15.45 correría las 220 yardas en 20.3 segundos, un registro que también le valió para romper la misma marca pero en metros. Un dos por uno impresionante. Y aun le quedaría tiempo para un registro global más: a las 16.00 rompería el récord mundial en las 220 yardas con vallas al marcar un tiempo de 22.6 segundos, algo que también fue válido para la misma modalidad pero en metros. En total, Owens conseguiría una impresionante cosecha de cinco récords mundiales en solitario, además de uno compartido. El antílope de ébano ya era historia, pero le quedaba todavía una instancia más para coronarse como una leyenda.

 

El héroe olímpico

 

Aquel 1935 sería impresionante para él, ya que conseguiría ganar las 42 competencias en las que compitió, logrando en el proceso, además del Big Ten, cuatro eventos de la NCAA Championship, dos eventos de la AAU Championship (la Unión Amateur de Atletas) y tres trials olímpicos. El afroamericano viajaba a Alemania en el pico de su rendimiento, siendo el verdadero hombre a vencer. Sin embargo, la oscuridad se estaba cerniendo poco a poco en aquel país europeo. Fue por ello que la prensa a nivel mundial puso el foco en la figura de aquel hombre de 1.80 metros y 75 kilos, no solo por las marcas que venía consiguiendo, sino por ver como reaccionaría dentro de un país con un fuerte componente racista y segregador. Pero, pese a todo lo que se podía llegar a especular, para Owens lejos estuvo aquel evento de convertirse en un calvario.

“Cuando lo vi a Hitler sentí que era apenas un jefe de estado más, era imposible entonces darse cuenta de lo que iba a pasar. Yo no corría contra él, corría contra el mundo” le diría a la revista El Gráfico años más tarde. Es verdad que en Alemania se calificó a la delegación estadounidense como una en la que había “56 atletas blancos y ‘diez negros auxiliares‘”, pero esto era algo que a Jesse no lo había sorprendido, ya que en su propia patria él sufría cotidianamente de la separación, teniendo baños o bebederos propios o incluso sabiendo que debía ceder su asiento en un medio de transporte si un blanco se subía a el.

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Jesse lograría los 100 metros al derrotar a su compatriota Ralph Metcalfe con un tiempo de 10.3 segundos, superándose en los 200 metros al vencer a otro norteamericano, Mack Robinson y dejando el reloj detenido en 20.7 segundos, una marca global que no se rompería sino hasta los Juegos de Melbourne 1956. En la posta 4×100 (junto a Metcalfe, Foy Draper y Frank Wykoff) el registro sería de 39.8 segundos, otra plusmarca que no se rompería por 20 años. Pero aún le quedaba una prueba, quizás la más difícil de todas: el salto en largo.

 

 

Si bien Owens era uno de los mejores también en esta disciplina, lo cierto es que le estaba costando demasiado el inicio de las clasificatorias. Sus primeros dos saltos terminaron en nulo, por lo que peligraba su participación en la final. Sería en este momento en el que apareció de forma providencial el local Luz Long, quién vio al norteamericano nervioso y se acercó a ayudarlo. El alemán le sugirió que en el siguiente salto no mirara la línea, sino que tratara de despegarse del suelo un poco antes. Gracias a su consejo, Jesse no solo llegó a la final, sino que terminó registrando un récord olímpico al saltar 8.06 metros, derrotando en el proceso al germano, quien, curiosamente, lo admiraba. Estos dos forjaron una amistad que duró hasta la muerte de Long en Sicilia en 1943, producto de una herida de guerra. “Se podrían fundir todas las medallas y copas que gané, y no valdrían nada frente a la amistad de 24 quilates que hice con Luz Long en aquel momento” diría con el tiempo Owens. Ambos protagonizaron un momento de fair play y olimpismo puro en medio de los Juegos del nazismo.

Se dice que Hitler, horrorizado porque un afroamericano había desmontado el mito de la raza aria, no se dignó en saludarlo, hecho que el atleta negaría en su autobiografía The Jesse Owens Story de 1970, diciendo que si le dio la mano, pero que lo hizo en privado, además de recibir una felicitación de su parte por carta. “Hitler tenía controlado su tiempo tanto para llegar al estadio como para marcharse. Sucedió que debía irse antes de la entrega de medallas de los 100 metros. Pero antes de que se fuera yo me dirigí a una transmisión televisiva y pasé cerca de él. Él me saludó y yo le correspondí. Creo que es de mal gusto criticarle si no estás enterado de lo que realmente pasó” manifestaría en aquel libro. El atleta acabaría siendo galardonado y ovacionado en Alemania, aquella tierra que, en teoría, debía odiarlo por su color de piel.

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Pese a no tener en verdad palabras en contra del jerarca nazi, si que es verdad que fue muy crítico con todo lo que vivió en su país durante aquellos años donde la segregación racial era la norma. El presidente norteamericano, Franklin Delano Roosevelt, jamás lo invitó a la Casa Blanca.“Ni siquiera me envió un telegrama”, diría Owens. A su vez, el presidente del Comité Olímpico Estadounidense, Avery Brundage, explotaría a su campeón, llevándolo a competir en largas giras, algo que lo cansó, terminando por retirarse a la corta edad de 23 años. Como en aquel momento era amateur, se vio obligado a hacer de todo para poder subsistir: correría ante autos, galgos y caballos, algo que al principio le divertía, pero que terminaría viéndolo como otro tipo de esclavitud. También jugó un tiempo con los Harlem Globetrotters y promocionó distintos equipos de béisbol y baloncesto, en una época donde comenzaba a haber una tímida apertura.

“La gente dice que es denigrante para un campeón olímpico correr contra un caballo, pero ¿que se supone que haga? Tengo cuatro medallas de oro, pero no te puedes comer cuatro medallas de oro”

Por muchos años se consideró a Owens como un “Tio Tom“, un negro que agachaba su cabeza para servir dócilmente a los blancos. Solo la llegada del Black Power y lo acontecido a partir de 1968 en los Juegos de Ciudad de México le harían recapacitar acerca del rol que había alcanzado. Si, es verdad que él había logrado estudiar y salir de aquella vida de pobreza, siendo un hombre culto y cercano, pero le faltaba aquella pata más social, acercarse a sus hermanos, algo que finalmente hizo en 1972 a través de una segunda autobiografía, llamada justamente He Cambiado, donde muestra su arrepentimiento por haber tenido los ojos vendados y no haber sabido ayudar a tiempo, entendiendo lo que significaba su nombre a nivel nacional y mundial.

En el 2009, 29 años después de su partida, Usain Bolt hizo historia al romper el récord mundial en los 100 metros en el mismo Estadio Olímpico de Berlín donde Owens se había convertido en leyenda. Ya para entonces, los años de luces y sombras habían quedado en el olvido: Jesse era considerado el héroe de los excluidos, el mismo que había podido hacerle frente tanto a un dictador criminal como a los propios políticos de su patria, esos que, como vemos en la actualidad, se olvidan de que todos somos hermanos.

 

 

Fuentes: El Gráfico, Milenio, Diario Vasco, EF Deportes

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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