domingo, 20 septiembre, 2020
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Salamanca, ciudad con misticismo y cultura a borbotones. Allí se encuentra la Universidad homónima, fundada en 1218 por Alfonso IX de León y que fuera en su momento una de las más importantes de todo occidente; las magníficas catedrales; el bellísimo río Tormes, el cual discurre entre las provincias de Ávila, Zamora y la propia Salamanca, en la comunidad de Castilla y León y una belleza tal que ha fascinado a escritores de la talla de Miguel de Cervantes (“Salamanca que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado”) y Miguel de Unamuno, entre otros. Aquel lugar donde “el arte, el saber y los toros” -como dice una canción- confluyen fue testigo, en 1993, de uno de los momentos más impresionantes de la historia del deporte. Si algo le faltaba a esta imponente ciudad era vibrar al ritmo de un récord mundial que, a la fecha, sigue sin poder romperse. Ya llegaremos a eso.

El 13 de octubre de 1967 nacía en la Cuba de Fidel Castro un niño con alma de campeón, Javier Sotomayor Sanabria. Durante aquellos primeros años del socialismo triunfante se buscó inculcar la idea de deporte no solo para mostrarse ante el mundo -sobre todo durante la Guerra Fría-, sino también como un medio para tener mayor salud y calidad física. De hecho, esto está estipulado en su Constitución, en donde se expresa “que no haya persona que no tenga acceso al estudio, la cultura y el deporte” (Artículo 9). Esta idea se amplía más adelante en dos puntos: “Toda persona tiene derecho a la educación física, el deporte y la recreación”, aclarando además que “el disfrute de este derecho está garantizado por la inclusión de la enseñanza y práctica de la educación física y el deporte en los planes de estudio del sistema educativo nacional y por la amplitud de la instrucción y los medios puestos al servicio de las personas, lo que hace posible la práctica de deportes y la recreación de forma masiva” (Artículo 52).

Todo ello, más el surgimiento de grandes mitos como Teófilo Stevenson o Alberto Juantorena, entre muchos otros, hizo que el joven Javier buscase involucrarse en los deportes, obviamente teniendo en su escuela el puntapié inicial. Sin embargo, no todo fue color de rosas para el muchacho de Limonar. En el colegio lo hacían practicar varios deportes, aunque había un problema. Sotomayor odiaba el salto de altura, a tal punto de decirle a su abuelo “yo no voy más a la escuela”. Sin embargo, éste le ayudó a darse cuenta de su incipiente don, por lo que le decidió darce una nueva oportunidad. “Voy a ser saltador y el miedo debe irse y que venga la altura que venga” se dijo a sí mismo. Desde entonces, todo fue a mejor.

Gracias a su gran talento logró conseguir una beca en la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético (ESPA), donde coincidiría con la persona que le cambiaría la vida, el entrenador José Godoy, quien le ayudó a sacar todo su potencial. Tanto creció Sotomayor que logró llevarse todo en la escena juvenil, dejando su primer récord que sigue sin romperse: 2,33 m en La Habana. En 1987 participó en los Juegos Panamericanos de Indianápolis y logró el oro con un salto de 2,32 m, mientras que, en su primer Campeonato Mundial de mayores, en Roma, terminó en el noveno lugar. El joven tigre comenzaba a hacerse un nombre en el siempre duro mundo del atletismo, aunque uno de sus sueños se frustraría pronto.

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Y es que, pese a romper el récord mundial un año después en Salamanca -una ciudad hecha para él- con un impresionante registro de 2,43 m, no pudo participar de sus primeros Juegos Olímpicos, en Seúl, debido a que Cuba decidió alinearse junto a Corea del Norte, país que boicoteó el evento. Pero eso no le impidió seguir creciendo, dando un pasito más al conseguir un centímetro más al año siguiente. Para que se den una idea de lo que significa esto, es la misma altura que tiene un arco de fútbol. Todo esto fue el prólogo para una década que lo tendría como dominador absoluto. Los 90´ tuvieron ritmo cubano en las pistas.

 

Y ahora sí, el oro

La última década del siglo pasado no inició bien para Javier. A una lesión que lo mantuvo alejado un tiempo de las competencias se le sumó la dolorosa pérdida de su entrenador, algo que él sintió muchísimo. “Cuando él murió sentí un gran vacío. Luego llegó un entrenador muy bueno y llegué a la marca de 2,44m, pero estuve cinco años para lograrlo. Godoy estaba convencido de que podía haber llegado a los 2,47m. Si no hubiera fallecido quizás habría conseguido los 2,46m. Pero no logré más porque no pude, no porque me faltaron las ganas” le diría a Christian Leblebidjian en La Nación.

Su nuevo entrenador fue Guillermo de la Torre y junto con él comenzó su recuperación, ganando los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Un año después cosechó tres tipos de medalla: el bronce en el Mundial de Pista Cubierta de Sevilla, la plata en el Mundial de Tokio y el oro en los Juegos Panamericanos. Sin embargo, ya no conseguía saltos tan grandilocuentes, por lo que esa aura de imbatibilidad parecía desvanecerse. Si quería llevarse el premio mayor en los Juegos Olímpicos de Barcelona debería darlo todo. Por él, y por Godoy.

Barcelona 1992 fue el culmen del deporte cubano. Allí, los caribeños se quedaron quedarse nada menos que con el quinto lugar del medallero general, sumando en total 14 oros, 6 platas y 11 bronces, superando en el proceso a países como España, Hungría, Francia o Australia. Nada mal para un país que tenía por aquel entonces unas 10 millones de personas. A una de esas 14 preseas se la llevó el mejor saltador en alto de todos los tiempos.

Sotomayor logró su puesto en la final gracias a saltar 2.20 m y 2.26 m a la primera, por lo que pudo descansar bastante de cara a la definición. Por dar un ejemplo, su compatriota Marino Drake terminó primero con 2.29 m, pero saltó en ocho oportunidades, mientras que quién lo igualó en registro fue el británico Steve Smith (bronce en Atlanta 1996), que tuvo que despegarse del suelo en siete ocasiones. La competencia fue dura, ya que entre los 14 contendientes finales se encontraban los estadounidenses Charles Austin (oro cuatro años más tarde) y Hollis Conway (plata en Seúl), el polaco Arthur Partyka (uno de los grandes exponentes europeos en aquella década), el australiano Tim Forsyth y la gran amenaza para el cubano, el sueco Patrik Sjoberg, quién había sumado una plata en 1984 y un bronce en 1988 y que había llegado hasta los 2,42 m en 1987, siendo el último que tuvo un récord mundial antes de que el caribeño arrasase con todo.

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Tras un nulo en el primer salto (en 2,24 m), el segundo fue correcto, por lo que decidió pasar directamente a unos más arriesgados 2,31 m, a los que llegó limpiamente. Ya en 2,34 m la historia se volcó completamente a su favor, ya que los ocho rivales que quedaban en pie fueron cayendo uno por uno, siendo él el único que superó esa marca, ganando el oro con un registro curiosamente bajo, el peor desde Montreal 1976. Los nervios y los errores pudieron con todos, menos con el Príncipe de las Alturas -como lo llamaban en su patria-, que si no saltó más alto fue por estar recuperándose de una lesión. “Fue el momento más gratificante. No creo que fuera el mejor momento, tuve otros mejores. Pero si el más gratificante por lo que representa una medalla olímpica” le dijo a Marta Pérez en Mundo Deportivo.

 

Salamanca: arte, saber, toros y un récord imbatido

1993 fue el gran año en la vida deportiva de Sotomayor. Comenzó ganando el Campeonato Mundial de Pista Cubierta en Toronto con una marca de 2,41 m, algo que lo volvía a posicionar de cara al IV Mundial de Atletismo a desarrollarse en Stuttgart. Pero antes debía darse una vuelta por una ciudad que le traía buenos recuerdos, Salamanca. Allí comenzó con fuerza, saltando cómodamente los 2,23 m, 2,32 m y los 2,38 m. Y allí pidió lo imposible: saltar 2,45 m, algo que equivale a pasar por encima de la mencionada portería de fútbol.

El día estaba hermoso, con bastante calor y sin viento. El público estaba sumamente agradecido con lo que estaba viendo, debido a que el nivel del atletismo, en general, era muy alto. Pero aún les faltaba ver al mejor. Sotomayor fue a su lugar de partida con total calma, como presintiendo que podía dar un nuevo golpe. Se paró y se quedó un tiempo con los brazos en jarra, pensando bien cada paso que debía dar hasta el salto final. Fueron segundos eternos donde el silencio se hizo presente, hasta que los espectadores comenzaron a aplaudir a aquel cubano con el número 76 en su pecho. Javier cerró sus ojos y entonces lo vio. Estaba claro: él iba a romper el récord. Los aplausos se hicieron cada vez más largos y entonces comenzó la leyenda: Sotomayor dio unos pasos para atrás y luego comenzó una veloz carrera que lo llevó a dar el mejor salto de su carrera. Sus pies tocaron levemente la varilla, pero esta no cayó. Todo el mundo se volvió loco. Fue la apoteosis, un momento de leyenda. ¡Javier Sotomayor lo había logrado nuevamente!

Ya nadie podía decirle que el salto en altura estaba en crisis, porque él se había encargado de dejar en claro que seguía siendo el rey. Han pasado 27 años desde entonces, y su récord se mantiene impoluto, esperando que alguien lo reclame como propio. “Yo no salté 2,45 m para demostrar nada a nadie, salté 2,45m porque yo quería ser el mejor” diría años más tarde.

 

 

El ocaso del campeón

Tras este momento glorioso, los laureles siguieron siendo colocados en la cabeza del campeón. El cubano ganó el Mundial en Stuttgart con 2,40 m y fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes, mismo que se entrega desde 1987 a los que logran superar los límites humanos, además de tener en cuenta la ejemplaridad de vida. En 1995 cerró su mejor momento al ganar tanto el Mundial de Pista Cubierta en Barcelona como los Panamericanos de Mar del Plata, torneo en el que completó su particular triplete con 2,40 m, la mejor marca del torneo continental.

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En la preparación para Atlanta 1996 comenzó a notarse que el desgaste de tantos años de entrenamiento y alto rendimiento comenzaban a hacer mella en su físico. Las lesiones se hacían notar con mayor intensidad y, si bien puedo llegar a la final, tuvo que ceder de manera dolorosa su medalla al finalizar en un pobre 12°. Javier tendría todavía tiempo para ganar los oros en Atenas 1997 (Campeonato Mundial) y Maebashi 1999 (Pista Cubierta), pero lejos estuvo de volver a alcanzar los 2,40 m o más.

En Winnipeg 1999 buscó su cuarto oro panamericano y lo consiguió con un registro de 2,30 m. Sin embargo, días más tarde saltaría un registro de cocaína en el control antidopaje, por lo que fue despojado del título y suspendido por dos años. Era el final, o al menos eso parecía. Cuando me dieron la noticia me sentí muy mal. Me estaban acusando de algo que no hice y que no era necesario para mí, más todavía sabiendo que me estaban haciendo controles antidopaje. No tenía sentido que ingiriera una sustancia prohibida. Se demostró un tanto, aunque no al cien por cien, mi inocencia, pero no tengo consciencia de ninguna prueba B de un control que haya dado un resultado contrario al de una prueba A. Mi prueba B dio negativo, y resulta que luego existió una prueba C… Creo que por esa prueba B me permitieron seguir saltando” manifestó en Mundo Deportivo.

Gracias a la ayuda de los médicos -y debido a su hasta entonces intachable performance- decidieron reducirle la pena un año, por lo que pudo participar de los Juegos de Sydney 2000, donde, contra pronóstico, se colgó una medalla de plata con un salto de 2,32 m, a solo 3 centímetros del ganador, el ruso Sergey Klyugin. Un año después decidiría retirarse. “Creo que mucha gente se sorprendió con la noticia. Es mi decisión personal y se debe a las frecuentes lesiones que he sufrido en los últimos años, especialmente en mis tendones” expresó en su última rueda de prensa como atleta.

Con esto decía adiós uno de los mejores atletas del siglo pasado y, sin dudas, una leyenda de los 90´. Múltiple campeón, medallista olímpico y recordman eterno, Javier Sotomayor demostró que se pueden superar los miedos en pos de un beneficio mayor. “Me siento satisfecho con mi carrera deportiva, y con el hecho de no haber sido persuadido por el dinero. Me siento como un embajador deportivo de mi país, y eso me enorgullece”. Por eso su nombre sigue despertando sonrisas en el mundo del atletismo.

 

Fuentes: “Deporte y Poder. Vínculos y consecuencias” de Dante Zavatelli, La Nación de Argentina, World Athetics, El País, Mundo Deportivo

 

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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