martes, 9 julio, 2019
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El mundo se encontraba contemplando vientos de cambio en aquel 1990. Alemania marchaba rumbo a la tan ansiada reunificación, mientras que otros países comenzaban lentamente a desaparecer, como lo eran la Unión Soviética, Yugoslavia o Checoslovaquia. Si bien se respiraban aires de paz por el final de la denominada Guerra Fría, había preocupación por lo que pasaba en los Balcanes, donde estaba por estallar uno de los conflictos más delicados acontecidos en la segunda mitad del siglo pasado. El comunismo comenzaba a caerse a pedazos (salvo casos puntuales) y el planeta marchaba rumbo al capitalismo feroz y la globalización, gracias, en parte, a los medios de transporte cada vez más veloces y al internet.

El fútbol no era ajeno a toda esa movida. Los Mundiales siempre se habían disputado en países con una rica cultura futbolística (incluso en lugares como México o Chile, donde no había selecciones tan potentes como en otras partes, el deporte rey calaba hondo en la sociedad) aunque ello estaba a punto de cambiar, debido a que en 1994 el certamen se disputaría en los Estados Unidos, una nación que no había abrazado fuerte a este deporte y que ni siquiera tenía una liga profesional (la mítica NASL de Pelé, Chinaglia y Beckenbauer se extinguió en 1984). Era el inicio de algo nuevo: no solo no existirían más naciones de un poderío innegable, sino que, además, la Ley Bosman cambiaría por completo el mapa futbolístico, vaciando a todos los continentes en pos de hacer a una Europa cada vez más fuerte y rica; los derechos de televisación de los torneos serían cada vez más importantes y cerca estaríamos de ver, a su vez, los petrodólares al caer, con millonarios comprando clubes como si de una partida de PCFútbol se tratase.

Es por ello que el Mundial de Italia significó un quiebre, una piedra en el largo camino de la historia. Existen dos ejemplos que marcan cómo este torneo fue diferente a los que vinieron posteriormente. En primer lugar existió una mascota, Ciao, que no era ni un niño ni un animal, sino sencillamente cubos que formaban una estructura humanoide que simulaba patear un balón. Era simpleza en estado puro, arte al estilo italiano. El otro ejemplo lo podemos encontrar en el tema musical que acompañó al certamen, denominado “Un´estate italiana” (un verano italiano) e interpretado por Gianna Nannini y Edoardo Bennato. Nada de cantantes extranjeros ni de buscar el ritmo del momento: este pop-rock era una representación de la música moderna del anfitrión y, quizás, el mejor himno mundialista de todos los tiempos.

 

 

Ya desde las eliminatorias se pudo evidenciar que el certamen sería parejo, movido, interesante y hasta controversial. Dos escuadras quedaron descalificadas de las eliminatorias por realizar maniobras fraudulentas. Una sería la selección de México, castigada por una trampa efectuada en un torneo Sub-20 de la CONCACAF, en donde varios de sus jugadores superaban con creces la edad límite. La otra fue Chile, la cual se quedaría afuera luego de un encuentro ante Brasil, en donde el arquero de la Roja, Roberto Rojas, simuló un corte luego de la caída de una bengala cerca suyo. Otros equipos, como Dinamarca o Francia, terminarían fuera pero por culpa de una mala eliminatoria, quedándonos con las ganas de ver a leyendas de la talla de Schmeichel, , Michael Laudrup, Amoros o Papin. Y unos más volvían después de muchísimos años, como Egipto (1934), EEUU (1950), Rumania (1970) o los Países Bajos (1978).

El torneo en si no es muy recordable por su nivel: si bien hubo una media cercana a los 49 mil espectadores por encuentro, si que es cierto que las tácticas defensivas se terminarían imponiendo, viendo partidos sumamente trabados y con pocos goles (la media de 2.2 por encuentro sigue siendo la más baja de la historia) y en donde las reglas estaban hechas para explotar esa estrategia, como los pases atrás para los arqueros, que todavía podían agarrarla con la mano. No por nada, países como Irlanda y Países Bajos pasaron la fase de grupo empatando sus tres partidos y luego veríamos varios encuentros que terminaron en tiempo suplementario o en tandas de penales. Todo esto serviría para modificar algunas cuestiones que vemos hoy en día, como los tres puntos por encuentro o que el arquero ya no pueda tomar la bola si esta viene de un pase de un compañero.

Pero no todas fueron pálidas en el certamen de la FIFA: se pudo disfrutar de varios equipos míticos, como la Naranja Mecánica de Rijkaard, Van Basten, Koeman o Gullit, la Inglaterra de Gascoine, la Yugoslavia de Stojkovic, Prosinecki o Savicevic, la URSS de Zygmantovich y Protasov quienes, por una cuestión puramente deportiva o por temas relacionados a su país, no llegarían al siguiente Mundial, siendo lamentable, sobre todo, el hecho de no haber podido ver a la mejor generación balcánica de la historia en lo que hubiera sido su mejor momento.

Es imposible, por supuesto, no bucear en los archivos y recordar a tantísimos jugadores que pasaron por aquel torneo que marcaría el final de una era: Maradona, Caniggia, Goycochea, Schillaci, Skuhravy, Milla, Michel, Lineker, Matthaus, Klinsmann, Brehme, Voller, Platt, Conejo, Maldini, Baresi, Stojkovic…No alcanza una sola nota para determinar la grandeza desparramada por los verdes y titánicos campos italianos.

 

 

Si bien el certamen global no fue tan espectacular y lleno de goles como se hubiera esperado en la previa, si es verdad que generó emociones por montones: cómo olvidar los triunfos de la Argentina sobre Brasil o Italia, aquellas corridas del camerunés Roger Milla y la ya mítica Camerún, los primeros pasos de la enorme generación colombiana de Higuita, Escobar, Rincón o Valderrama, el talento caído de los jóvenes yugoslavos, el final de la segunda edad dorada neerlandesa, el aguante de Italia, la emoción que Costa Rica e Irlanda generaban -siendo las sorpresas del torneo-, una Inglaterra que pudo volver a ver a la gloria de cerca o una Alemania más defensiva, pero dispuesta a llevarse, por fin, la Copa Mundial, algo que consiguió venciendo a conjuntos de la talla de Yugoslavia, Países Bajos, Checoslovaquia, Inglaterra o la Argentina.

No había por entonces tantos tatuajes, cortes de cabello buscando generar una moda, miradas cómplices a las cámaras buscando vender un producto ni tantos millones en juego. Italia 90´ fue eso, el final de una era de inocencia, en donde, si bien ya existían algunas de las cosas que hoy nos son comunes (como la publicidad en las camisetas, los patrocinios, los contratos televisivos onerosos y demás), quizás no eran tan marcadas como lo son en la actualidad. Al fin y al cabo, este torneo marcaría un antes y un después. Puede gustar o no, pero sin dudas Estados Unidos 1994 terminaría siendo el inicio de otra historia en el fútbol.

 

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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