martes, 27 septiembre, 2022
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Ganar una medalla olímpica fue, es y será el objetivo de cualquier atleta de alto rendimiento. Todos sueñan con subirse a un podio y poder colgarse una de ellas, cualquiera sea el metal, aunque, claro está, la de oro es la preferida por excelencia. Esto se debe a que representa la supremacía de un atleta por sobre el resto de sus colegas y, hasta antes de la creación de los mundiales en cada disciplina, el máximo logro al cual se podía aspirar. Tal es el significado del oro en el ámbito deportivo que hoy recordamos perplejos el hecho de que en los primeros Juegos Olímpicos de la modernidad solo se entregaran medallas de plata y bronce bajo el pretexto de evitar la ostentación. Tampoco fueron bien vistas ni recibidas las carteras, corbatas y demás objetos que se entregaron como sustitutos de las preseas en la edición de París 1900, porque no eran una recompensa suficiente para semejante demostración de condición física y atlética.

Por eso, y por todo lo que están por leer a continuación, se puede concluir que el desenlace de la carrera deportiva de Irving Jaffee no solo fue uno de los más injustos, sino que, además, se vio privado de conservar el recuerdo más significativo de sus días de gloria. De hecho, desde antes de nacer ya fue privado de algo tan fundamental como compartir la misma herencia cultural que sus padres, quienes tuvieron que huir hacia Estados Unidos ante el surgimiento de los pogromos, el incremento de la violencia contra los judíos en la Rusia zarista y la poca aceptación que tenían quienes practicaban la religión en la mayoría de los países europeos, de los cuales habían sido perseguidos y echados un par de siglos antes.

Del otro lado del Atlántico esperaban encontrar un país que les abriera las puertas y les permitiera desarrollar una vida sin mayores complicaciones, principalmente en el aspecto religioso. Y, si bien fueron capaces de lograr su objetivo, eso no se extrapoló a su situación económica, que a principios del siglo XX era bastante dura con los inmigrantes. En ese contexto nació el pequeño Irving en Crotona Park, uno de los tantos barrios del Bronx neoyorquino, popularmente conocido por su población mayormente afroamericana y los problemas socio-económicos que ya presentaba en ese entonces y que arrastraría a lo largo de toda la centuria.

A corta edad dejó en claro que el deporte era su pasión, cuando comenzó a jugar beisbol y, posteriormente, a patinar sobre hielo. Pese a que estaba totalmente volcado al primero, no era lo suficientemente bueno como para aspirar a una beca deportiva universitaria que le permitiera acercarse a su sueño de ingresar a la MLB, ya que ni siquiera había sido seleccionado para formar parte del equipo de la secundaria DeWitt Clinton.

En el hielo la historia fue diametralmente opuesta a pesar de haber tenido que aprender con patines tubulares 5 talles más grandes, que rellenaba con papel de diario y algunas medias viejas porque, según su padre, eran bastante caros para los ingresos de su familia y, además, en algún momento iba a crecer. Las carencias económicas también influyeron en su acceso a las pistas de hielo ya que pagar los 75 centavos que costaba la entrada le era muy dificultoso, por lo que se las ingenió para conseguir un trabajo como personal de limpieza de una pista de Manhattan. Esto le permitía solucionar sus dos grandes problemas debido a que, por un lado, ganaba dinero y, por el otro, contaba con acceso a una pista en la que podía hacer lo que amaba. Así pasó gran parte de su adolescencia y de su adultez temprana, donde empezó a inscribirse en competencias locales para medirse con los mejores velocistas de su zona.

A diferencia de las historias de los grandes hitos del olimpismo, su progresión fue relativamente lenta ya que le tomó más de ocho años conseguir un título de renombre. Pero, cuando lo consiguió, fue en las dos millas del Silver Skates, una de las competencias más reconocidas a nivel internacional que se llevaba a cabo todos los años en Chicago, que paralelamente se estaba erigiendo como la capital mundial del patinaje de velocidad. Ese fue el momento bisagra de su carrera que lo catapultó a los grandes escenarios del patinaje de velocidad. En 1927 ganó el campeonato nacional de 5000 metros y en febrero de 1928 iba a estar representando a Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Saint Moritz.

American speed skater Irving Jaffee (1906 – 1981) holds his gold medal after winning the men’s 10,000-meter speed skating event at the 1932 Winter Olympic Games, Lake Placid, New York, February 9, 1932. (Photo by FPG/Getty Images)

 

Para quienes no estén familiarizados con los II Juegos Olímpicos de Invierno, el desorden y la falta de planificación fueron los denominadores comunes de un evento que parecía encaminado al fracaso al repetir los mismos errores que su homónimo de Verano había cometido en sus primeros pasos a principios del siglo XX. El recibimiento de la ciudad suiza para con los atletas se dio en medio de una tormenta de nieve bajo la cual desfilaron en la ceremonia de apertura, lo que, según algunos historiadores, hizo que un par de atletas cayeran enfermos. Ese fue solo el preludio de lo que tendría que enfrentar Jaffee en estos Juegos, aunque antes iba a poder disfrutar de una competencia sin injerencias externas en la prueba de los 5000 metros.

El 13 de febrero, los 33 patinadores de 14 países distintos salieron al hielo del Badrutts Park para determinar quién se sumaría a la corta lista del Olimpo invernal. Entre ellos se encontraba Ivar Ballangrud, un joven noruego con resultados a nivel de clubes que impresionaban a cualquiera y con algunos destellos a nivel internacional con su campeonato mundial y su bronce Allround en 1926 y 1927, respectivamente. Saint Moritz iba a ser el punto de inflexión en su carrera, ya que se allí obtendría la primera de sus siete medallas olímpicas, éxito que también se extrapoló a los campeonatos europeos y Allrounds de los años venideros.

Fue justamente Ballangrud (8:50:5) quien se terminaría adueñando del oro, demostrando que nadie estaba a su nivel en los 5000 metros al derrotar por más de ocho segundos y medio al finés Julius Skutnabb (8:59:1), siendo ambos los únicos capaces de romper la barrera de los nueve minutos. La verdadera batalla se dio por el último escalón del podio, donde los protagonistas fueron Jaffee, y los noruegos Bernt Evensen, que más temprano había obtenido la medalla de plata en los 500 metros, y Armand Carlsen. El último estableció un tiempo de 9:01:5, no muy lejos de lo que había hecho Skutnabb, pero insuficiente para meterse entre los tres mejores de la competencia. Jaffee mejoró dos décimas el tiempo del noruego (9:01:3), que solo le sirvió para consagrarse como el mejor del resto al verse superado por el 9:01:1 de Evensen, que de esa manera se quedaba con el bronce y con la segunda medalla de su cuenta personal.

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Las condiciones climatológicas de la noche del 13 de febrero y el transcurso del 14 fueron totalmente atípicas para el invierno suizo. Una tormenta que acompañó el sueño de los atletas fue seguida por una brisa veraniega que, con el correr de la mañana, trajo consigo un sol que no estaba acompañado por ninguna nube.

Fue un fenómeno que seguía la misma tónica de la apertura de los Juegos, con la salvedad de que éste afectó la realización de las pruebas. La prueba de 50 km de esquí de fondo, por ejemplo, se llevó a cabo con una temperatura promedio de 25 grados centígrados que dificultó su desarrollo. Si bien la mayoría de los esquiadores pudieron terminar, el ganador Per-Erik Hedlund registró un tiempo una hora más lento que el que le había permitido obtener la medalla de oro a Thorleif Haug en la misma prueba cuatros años atrás.

La pista de hielo del Badrutts Park soportó las altas temperaturas y los rayos del sol durante la prueba de los 1500 metros, que se llevó a cabo entre las 8:20 y las 10:20 de la mañana, para que el público presente pudiera ver la obtención del segundo oro de Clas Thunberg, la medalla de plata de Evensen, tercera personal, y el bronce de Ballangrud, segunda de su cosecha.

El evento de los 10.000 metros, por su parte, comenzó a las 11:30 de la mañana. Como si hubiese estado guionado por el director de cine más cliché, en el primer heat quedaron emparejados Jaffee y Evensen, reeditando la batalla, virtual ya que no se habían medido en la pista, que habían tenido por el bronce de los 5000 metros el día anterior. En aquellas ediciones, la diferencia principal entre las pruebas de 10.000 y 5000 metros era que en la primera se medían de par en par, como en la actualidad, mientras que la segunda se realizaba con una dinámica de clasificación en la que cada patinador marcaba su tiempo y esperaba a ver cómo quedaba con relación a sus rivales. Por esa salvedad es que la victoria de Jaffee por una centésima por sobre Evensen tenía un sabor más dulce, dejando totalmente de lado lo que había ocurrido el día anterior.

Las injerencias climáticas se hicieron sentir en los tiempos, ya que ambos habían establecido los que serían los registros del día (18:36:5 y 18:36:6 respectivamente) y, así y todo, fueron medio minuto más lentos que Skutnabb en los Juegos de 1924. El resto de los competidores no estuvo ni remotamente cerca de acercarse a ellos. De hecho, todos establecieron tiempos superiores a los 20 minutos sin contar a Gustaf Andersson y Ossi Blomqvist, quienes tuvieron que abandonar la prueba a los 2000 metros porque el hielo había cedido ante el inusual calor. El juez principal Olsen dio por finalizado el evento dejándolo inconcluso y, en consecuencia, sin ganadores ni medallistas. La decisión fue irrisoria hasta para los propios competidores, tanto que hasta el propio Evensen admitió que Jaffee debía ser coronado campeón olímpico.

Y semejante nivel de apoyo no hizo más que plantear una duda que se mantiene hasta el día de hoy: ¿influyó en la decisión de Olsen el hecho de que sus tres compatriotas habían quedado sin chances de pelear por el oro? El mencionado Evensen había perdido su duelo directo frente a Jaffee, Armand Carlsen había quedado a más de dos minutos y medio del registro del estadounidense y Roald Larsen tuvo que abandonar. Parece una hipótesis forzada hasta que se analiza lo que ocurrió en los siguientes días.

La delegación de Estados Unidos, comandada por Godfrey Dewey, quien años más tarde se encargaría de llevar los Juegos a su país, apeló la decisión ante el Comité Olímpico Internacional (COI), que terminaría aceptando el reclamo de los norteamericanos y concediendo la medalla de oro del evento a Jaffee. Sin embargo, la historia no terminó ahí. En un intercambio pocas veces visto, la Federación Internacional de Patinaje (ISU) revocó la decisión del COI alegando que la apelación fue presentada luego de un período de más de 3 horas de la cancelación de la última carrera. Fue una mancha más en los primeros pasos que daban los deportes de invierno a nivel internacional, en el que dirigentes escandinavos (en ese momento el presidente de la ISU era el sueco Ulrich Salchow) protegían a sus deportistas y árbitros, ya que todavía existía cierto recelo de verse superados en deportes que consideraban propios.

American skater Irving Jaffee (1906 – 1981) shakes hands with an unidentified Olympic official after winning the gold medal in the Men’s 5,000-Metre Speed Skating competition at the Winter Olympics in Lake Placid, New York, February 5, 1932. Fellow American skater Edward Murphy, the silver medalist stands at right, while Canadian William Logan, bronze medal winner, sits at the far left, his back to the camera, and removes his skates. (Photo by FPG/Getty Images)

 

Esa misma noche, los patinadores se juntaron para protestar contra la decisión de la ISU pero no pudieron hacer nada. Era tal la indignación y, en contraposición, la confianza de Jaffee, que pidió que se repita el evento porque creía que podía ganarles a todos de nuevo, pero el hielo estaba totalmente desintegrado y la mitad de los competidores estaban volviendo a sus países. En la actualidad el único registro al que se puede acudir se encuentra en el reporte oficial de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1928 en el que se dictamina: “Martes 14 de febrero de 1928, 11:30 hs. El hielo se encuentra bien al principio, pero la temperatura sube tan rápido que en la media hora final hay agua en el hielo, volviéndose blando e intransitable. La competencia debe detenerse en la quinta carrera”.

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Como la mayoría de los atletas de la primera mitad del siglo XX, no se encuentran muchos registros de la vida de Jaffee entre marzo de 1928 y enero de 1932. Lo poco que sabemos es que a fines de 1928 rompió el récord mundial de los 1600 metros (una milla), que dominó los eventos de larga distancia de Silver Skates y que clasificó a los Juegos Olímpicos de Invierno de 1932 en las mismas pruebas en las que había participado cuatro años antes.

Pese a que los III Juegos Olímpicos de Invierno se iban a llevar a cabo en Estados Unidos, Jaffee se sintió igual de visitante que en Suiza. El odio y la discriminación contra los judíos estaba aflorando en todo el mundo y, mientras los libros de historia solo asocian a Alemania con este fenómeno, del otro lado del Atlántico la situación lejos estaba de ser ideal para quienes practicaban esta religión. A nivel institucional quedó evidenciado en las memorias de William Dodd, cónsul estadounidense en Berlín entre 1933 y 1934, que el rechazo hacia los judíos estaba presente en las máximas autoridades de su país, y en el día a día se podía apreciar en carteles como los que se encontraban en el Lake Placid Club, sede de los Juegos de 1932, que sostenían que no se admitían judíos, negros ni latinos.

Mientras tanto, los locales estaban preparados para dar el golpe de escena adueñándose de los cuatro eventos oficiales y de seis de los siete eventos de patinaje, ya que los 500, 1000 y 1500 metros femeninos eran consideradas pruebas de exhibición. En la rama masculina, dos iban a ser los hombres que iban a pasar a la inmortalidad de la edición, en los nombres de Jack Shea en los 500 y 1500 metros e Irving Jaffee en los 5000 y 10 mil metros, particularmente Shea porque pasaría a la inmortalidad como el primer atleta que recibió una medalla de oro en un podio olímpico. Fue justamente en la tarde del 4 de febrero cuando superó a Evensen y al canadiense Alexander Hurd en los 500 metros, luego de haber participado de la ceremonia de apertura por la mañana, cerrada oficialmente por el entonces gobernador de Nueva York y futuro presidente de Estados Unidos, Franklin Roosevelt.

Luego sería el turno de los 5000 metros que, al igual que el resto de las pruebas del patinaje de velocidad, trajo la novedad de la largada en masa en todos los heats y finales, algo que solo ocurrió en esta edición debido a las críticas que expresaron los patinadores europeos. El problema radicaba en que todos los integrantes de la carrera debían liderar al menos una vuelta, lo que derivó en clasificatorias con tiempos increíblemente altos ya que nadie se animaba a tomar la punta del grupo y establecer el ritmo.

Poco le importó esto a Jaffee, ya que ganó el primer heat con comodidad por sobre su compatriota Eddie Murphy. Fue una primera pasada con incidentes, dado que Alexander Hurd, Shozo Ishihara y Tomeju Uruma sufrieron caídas que los dejaron fuera de la gran final, instancia a la que tampoco pudo acceder Ossi Blomqvist, uno de los favoritos para pelear por medallas, tras finalizar en la quinta posición. En la otra llave, Evensen se impuso con un registro casi diez segundos más lento que el de su gran rival, por lo que se esperaba que los clasificados en el primer heat fuesen los encargados de dar el espectáculo por ver quiénes integrarían el podio.

Tranquilamente se puede afirmar que la final de los 5000 metros no decepcionó. Tras una largada con tiempos altos, los competidores comenzaron a mejorar el ritmo y con una vuelta y media por disputar, Murphy era el líder seguido por Harry Smith, Frank Stack e Ivar Ballangrud. Para defenderse de un intento de sobrepaso, Murphy forzó a sus rivales al exterior de la pista, dejando su interno completamente descubierto. Jaffee aprovechó la oportunidad para saltar a la primera posición seguido de cerca por Evensen, quien recibió un codazo de Smith en un intento desesperado por mantener la posición. El noruego estuvo a nada de caerse, pero tras una salvada difícil de explicar, obstruyó el camino de su compatriota Ballangrud, allanando el camino para un sprint de una vuelta entre los estadounidenses Jaffee y Murphy por el oro. Este último no pudo seguir el ritmo de Jaffee, quien cruzó la línea de meta con un tiempo de 9:40.8, seguido por su compatriota y por el canadiense Willy Logan, el otro gran beneficiado de la escaramuza que aconteció frente a sus pies.

La entrega de medallas tuvo que esperar, ya que los canadienses presentaron una protesta en la que alegaban que Murphy había empujado a Smith, provocando que éste obstruyera la trayectoria de los noruegos Evensen y Ballangrud. La misma fue desestimada por el juez estadounidense Joseph Savage y, ahora sí, se podía decir que Irving Jaffee se había convertido en campeón olímpico en los 5000 metros del patinaje de velocidad en su tierra, frente a su gente y consiguiendo sacarse el sabor amargo de haber sido privado de su medalla de oro cuatro años atrás en Saint Moritz. Uno de los primeros grandes momentos de redención de la historia de los Juegos Olímpicos de Invierno que, pese a su corta existencia hasta el momento, iba a quedar en los libros de historia de la competencia. Una historia de lucha, esfuerzo y resiliencia que, como si de una película con un guion cliché, terminó con un final feliz acorde a lo que el protagonista merecía.

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Sin embargo, el final de esta aventura todavía no estaba escrito, ya que al día siguiente Jaffee debía presentarse para competir en los 10.000 metros, una prueba que le debía una medalla y que, al igual que en 1928, no estuvo exenta de polémicas. A la ya criticada salida en masa se le sumó un nuevo aliciente: los jefes de misión de Noruega, Suecia, Japón y Finlandia presentaron una queja formal contra la modalidad de carrera, ya que sostenían que derivaba en ritmos muy lentos y definiciones en las últimas dos vueltas. Para mejorar el espectáculo, se decidió que, en este evento, el último del patinaje de velocidad en estos Juegos, cada patinador tendría que liderar la prueba al menos una vez y que los tiempos de vuelta tendrían que ser menores a 45 segundos. Quienes no cumpliesen con esos requisitos serían automáticamente descalificados y, en consecuencia, quedarían inhabilitados para acceder a la final en caso de finalizar en los primeros cuatro puestos de la semifinal.

La idea tenía un trasfondo noble dado que buscaba mejorar el espectáculo, pero no fue tan brillante como los organizadores habían pensado teniendo en cuenta que derivó en un festival de protestas: en la primera semifinal Alexander Hurd, Edwin Wedge y Shozo Ishihara, primero, tercero y quinto respectivamente, no habían mantenido el tiempo de vuelta establecido en la previa por lo que fueron descalificados tras una protesta de los equipos de Noruega y Finlandia. Luego del segundo heat, los noruegos volverían a presentar una protesta, esta vez contra Frank Stack, quien había empujado a Evensen, lo que dejó fuera a los dos canadienses pese a que ambos habían conseguido finalizar entre los cuatro primeros de sus respectivas series.

Esto llevó a que los organizadores tuviesen que trabajar hasta tarde dado que los canadienses apelarían furiosamente las decisiones de los jueces y los posteriores fallos de las protestas de Noruega, que dejaban a sus representantes sin ninguna chance de pelear por medallas. El propio presidente del Comité Olímpico Canadiense, Patrick Mulqueen, fue el encargado de comandar la ofensiva burocrática con bastante éxito, ya que consiguió que los descalificados de la primera carrera fuesen aceptados para competir en la final del día siguiente. Sin embargo, no se conformó y pidió que también revocaran la sanción de Stack, amenazando con retirar a la totalidad de la delegación si esto no ocurría. Los organizadores terminaron cediendo y, en una suerte de borrón y cuenta nueva, decidieron que ambas series se volverían a disputar el 6 de febrero, aplazando la final para el día 8 del mismo mes.

El problema parecía estar solucionado de no haber sido por un pequeño, pero a la vez, significante detalle: la resolución se había tomado en una mesa de dirigentes sin ningún patinador presente. Cuando se les comunicó la nueva disposición, los estadounidenses y los noruegos, seis de los ocho clasificados, se opusieron rotundamente. Después de una hora de negociaciones, y el rumor de una suma de dinero para los norteamericanos por parte del alcalde de Lake Placid James Walker, cedieron y acordaron reeditar ambas instancias el día siguiente.

Para lo único que sirvió todo lo ocurrido el 5 de febrero fue para generar caos y confusión en los participantes y en los organizadores, ya que el 6 de febrero clasificaron los mismos competidores que habían finalizado en las cuatro primeras posiciones de cada serie, aunque en diferente orden. Hurd, Ballangrud, Bialas y Wedge en el primer turno y Jaffee, Stack, Evensen y Schroeder en el segundo se aseguraron un lugar en la final.

Al igual que en las rondas previas, las 24 vueltas de extensión de la última prueba del patinaje de velocidad de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1932 se llevaron a cabo a un ritmo extremadamente lento, tanto así que el tiempo final fue medio minuto más lento que el que había establecido Jaffee en Saint Moritz antes de que el hielo comenzara a ceder. No fue hasta la última vuelta que el estadounidense intentó separarse del grupo sin éxito. Estaban todos tan expectantes que reaccionaron de forma inmediata y, por la proximidad física en la que se encontraban, comenzaron los empujones, que ocasionaron la caída de Hurd y Schroeder en la última curva. Jaffee ostentaba la punta de la carrera por diez metros y para asegurar la victoria intentó estirar el pie para que su patín cruzara la línea de meta lo antes posible. Sin embargo, su pie se trabó en el hielo y cayó de cara contra el piso cruzando el último paso por meta deslizándose boca abajo y casi perdiendo su ínfima ventaja con Ivar Ballangrud, quien finalizó segundo a cinco metros del local, seguido por Stack que cerró el podio. Los seis competidores que finalizaron la competencia lo hicieron en un rango de menos de 15 metros, una de las definiciones más ajustadas de la historia de la disciplina por la distancia y cantidad de atletas con posibilidad de aspirar a una medalla. De esta manera, Jaffee conseguía su segunda medalla de oro, que debería haber sido la tercera, en su país y en la prueba en la que, técnicamente, defendía el título. Así se sumó a la corta lista de bicampeones olímpicos de invierno en los que serían sus últimos Juegos Olímpicos.

El alejamiento del estadounidense de la disciplina se dio por su infructuoso salto al profesionalismo y por un factor totalmente extradeportivo que impactó a todo el mundo: el crack de Wall Street. El dinero escaseaba, había muy poca oferta laboral y, en contraposición, una gran demanda por parte de la sociedad y las alternativas para subsistir eran muy acotadas para quienes habían perdido todo. Esto fue lo que empujó a Jaffee a empeñar sus dos medallas de oro en una tienda de Harlem por dos mil dólares. Según el acuerdo que había hecho, tenía un plazo de un año para juntar el dinero de nuevo y poder recuperarlas, pero esto nunca ocurrió, ya que la situación económica no mejoró hasta mediados de la década del 30.

Ya con un empleo en Wall Street y con la economía dando claras señales de recuperación, en 1934 Jaffee volvió a la tienda de empeño para recuperar sus medallas. Para su sorpresa y desilusión, cuando llegó a la dirección del local se encontró con una tienda abandonada y un cartel de quiebra en la puerta, dejando al bicampeón olímpico sin ninguna posibilidad de recuperar aquello por lo que había luchado tanto. Es hasta el día de hoy que se desconoce el paradero de estas, que el propio Jaffee nunca dejó de buscar publicando anuncios en los clasificados de los diarios hasta su muerte en 1981. Un final trágico e injusto para uno de los pioneros del patinaje de velocidad olímpico en Estados Unidos que nunca pudo disfrutar de sus medallas.

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Me declaro ferviente enemigo del monopolio del fútbol en los medios e impulsor de historias polideportivas. También soy fanático del olimpismo, su espíritu por lo que creo que hay que contarlo y difundirlo todos los días, no cada cuatro años.

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