miércoles, 22 septiembre, 2021
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La primera de las cuatro verdades del budismo, la verdad de dukkha, asegura que el malestar es un aspecto intrínseco de la vida. Cuando nacemos hay dolor, cuando crecemos hay sufrimiento, cuando vivimos hay estrés, cuando envejecemos hay miedo y cuando morimos hay tristeza. Aferrarse a las cosas mundanas es solo un vano intento del hombre por subyugar ese malestar, pero, lejos de conseguirlo, este ciclo se reproduce cada vez que uno intenta llenar los espacios vacíos con cosas materiales. Solo conociendo el origen de este sufrimiento –samudaya– podemos recorrer el sendero que nos lleve a su extinción.

En la vida deportiva de Roberto Baggio hubo muchos dukkhas. El 5 de mayo 1985 y a tan solo dos días de que se oficialice su traspaso a la Fiorentina, una rotura de ligamentos cruzados y de meniscos en la rodilla derecha amenazó con poner fin a una carrera que recién estaba arrancado. Tendido en una cama de hospital, con los calmantes tratando de mitigar el dolor de una operación que requirió más de doscientos puntos de sutura, el todavía mezzapunta del Vicenza pidió a su madre que lo mate, que lo sacrifique como si fuera un pura sangre que acababa de romperse una pata y que nunca más podría competir. 

Aunque la exagerada petición no era más que una muestra del típico fatalismo adolescente que ve en cada revés una tragedia insalvable, lo cierto es que a Robbi le tomó más de dos años recuperar la forma. En Florencia volvería a lesionarse la rodilla durante su segunda temporada -en la primera prácticamente no jugó- y nuevamente quedaría al margen por varios meses. Fue en esos días oscuros donde todo parecía desmoronarse que abrazó el budismo.

A través de su nueva fe, que era compartida por su histórico representante Vittorio Petrone, el futbolista pudo superar ese difícil momento. Pero no sería el único. Su salida conflictiva de la Fiore hacia la Juventus, su constante incomodidad con el tacticismo italiano que ponía un cerco invisible a su talento natural y un rosario de lesiones que lo persiguió durante toda su carrera fueron la cruz que le tocó cargar en suerte. Aún cuando fue elegido el mejor jugador del mundo en 1993, Il Divin Codino ya sabía que toda gloria era pasajera, que la iluminación se encuentra en los detalles más pequeños y simples. El gol no es el premio mayor, sino la consecuencia de un camino al que le faltan rosas y le sobran espinas.

Pero incluso para él, hubo momentos en donde la religión no fue suficiente. Han pasado 27 años de aquel penal errado frente a Brasil en la final de la Copa del Mundo 1994 y todavía nos sigue pareciendo que el destino se equivocó, que el rol del villano de la película no debería haber sido suyo. Después de una primera fase para el olvido, en donde la azzurra solo logró acceder a la siguiente ronda como el peor de los mejores terceros, Robbi le ganó la pulseada espiritual al entrenador Arrigo Sacchi y el equipo floreció al ritmo de su mejor jugador. Su despliegue durante la fase final de ese Mundial –que incluyó cinco goles e incontables momentos de calidad- fue, para muchos, la actuación individual más espectacular desde que Diego Maradona tomara al mundo por asalto en 1986. Pero los penales no saben de merecimientos. 

Durante un tiempo se dijo que ese fatídico último disparo fue elevado a las nubes por el espíritu de brasileño Ayrton Senna, quien había muerto en un accidente en el circuito de Imola seis semanas antes. Seguramente algo habrá tenido que ver. A lo largo de su carrera Baggio fallaría muy pocos tiros desde el punto de penal y casi todos ellos por mérito del arquero. Ese disparo, que se fue por arriba del arco del Rose Bowl, fue el único en el que la culpa recayó 100% en él. 

El error significó un antes y un después para el futbolista. Al igual que sucedió cuando se rompió la rodilla a los 18 años, en ese momento solo la muerte le parecía una mejor alternativa. Incluso hoy, a casi tres décadas de esa fatídica tarde en Pasadena, le sigue pensando en la conciencia. “Cada vez que me voy a dormir, pienso en ese penal” contó en 2019, en una de las pocas entrevistas que dio en los últimos tiempos.

Cuatro años más tarde, en Francia 1998, el destino otra vez lo enfrentaría a sus demonios, aunque las circunstancias serían distintas. No se trataba de la final, sino del primer partido del certamen, ese que puede ser tanto el primer peldaño en el camino a la gloria o el inicio de la debacle más estrepitosa. Y en esa calurosa tarde de Burdeos, todo parecía indicar que Italia estaba ante el segundo escenario. En frente se encontraba el seleccionado chileno de Marcelo Salas e Iván Zamorano que, sorprendiendo a propios y extraños, ganaba 2 a 1 con un doblete del Matador. A pocos minutos del final, una mano involuntaria de Ronald Fuentes fue mal sancionada como penal por el árbitro del encuentro y la Azzurra se encontró con la inmerecida chance del empate. Con Vieri fuera del campo -había anotado el primer gol del partido- toda la responsabilidad de ejecutar la falta recaía en Robbi

El italiano no levantó la vista. Permaneció mirando al piso mientras los chilenos protestaban al colegiado con justa razón. En su mente no se escuchaba los gritos del público ni la voz de Enrico Chiesa, que dos veces se le acercó para darle ánimos. Caminó hasta el punto penal con la pelota bajo el brazo y solo levantó la cabeza en los momentos finales cuando eligió disparar al palo izquierdo de Nelson Tapia. Gol de Italia. 

No lo gritó, aún cuando todos sus compañeros fueron a abrazarlo. Aunque había recorrido el camino del dolor como pide el Buda, los demonios siempre estarían presentes. Algunas heridas son demasiado fuertes como para que dejen de doler, y es por eso que la gente siempre lo quiso tanto. Lejos de condenarlo, la devoción por Il Codino va más allá de la simple idolatría futbolística. En una época en donde los jugadores ya comenzaban a ser vistos como semi-dioses al servicio de un negocio multimillonario, Roberto Baggio era un héroe de rostro humano. Había ganado y sufrido en partes iguales. Era excelso y frágil a la vez. Era el Maradona de los italianos, pero sin la necesidad de serlo durante las 24 horas del día. 

Su último encuentro como profesional fue el 16 de mayo de 2004 jugando para el Brescia. Aunque ese día el Milan festejaba un nuevo Scudetto, la noticia era su despedida. El resultado sería anecdótico y muy pocos lo recuerdan. Ese partido solo sucedió para que la tribu despida a su guerrero más noble. A los 88 minutos, el entrenador Gianni De Biasi lo sacó del campo por ultima vez para que reciba la ovación que se merecía. Durante toda su carrera, Baggio usó una cinta de capitán con los colores de su escuela budista y la frase “Ganamos. Debemos ganar” escrita en japonés. Mientras se adentraba en el túnel de San Siro, rodeado de brazos que querían tocarlo por última vez y bañado en un estruendoso aplauso cerrado, Robbi supo que ya lo había hecho.

 

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Changarín de la palabra, termo de la A-League. Una vez me insultó toda la comunidad croata de Melbourne.

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