domingo, 22 septiembre, 2019
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Pese a que en la lista mundialista Conor O´Shea decidió que los aperturas italianos que viajen a Japón sean Tomasso Allan y Carlo Canna, la atención se centró en Ian McKinley, quien no fue tenido en cuenta por el entrenador luego de la última serie de amistosos previos a la Copa del Mundo. No porque la decisión pueda considerarse errónea, Allan fue titular en el Seis Naciones y Canna en la ventana de agosto, sino por todo lo que tuvo que atravesar el jugador de 29 años para llegar hasta donde está.

Como deja entrever su apellido, McKinley no es italiano. Nació en Dublín, la capital de Irlanda (en 1989) y durante sus años formativos se perfilaba como un potencial candidato a pelear por la 10 del Trébol con Johnny Sexton, nada más ni nada menos. Sus grandes actuaciones en 2009 lo llevaron a disputar el Seis Naciones y el Mundial Sub-20, recordado por el vano intento de intimidar a Nueva Zelanda en el haka al avanzar en dirección a los Baby Blacks mientras el ritual seguía desarrollándose.

Sin embargo, su vida dio un giro rotundo en 2010 en un partido que jugaba para la Universidad de Dublín. En medio de un ruck, un compañero entró a limpiar y, por torpeza como luego diría McKinley, le pisó y le perforó el ojo izquierdo. Contra todo pronóstico, la primera reacción del irlandés fue pararse y lanzar puñetazos al aire ya que creía que lo habían pisado a propósito por un grito de precaución que había escuchado desde la línea de touch. Lo único bueno que recuerda de ese día es que, ante Lansdowne, su madre no estaba presente, por lo que no había presenciado el accidente de su hijo.

Al ver ese rostro maltrecho, los médicos y fisioterapeutas acordaron que lo mejor era trasladarlo urgentemente al Dublin Eye and Ear Hospital para que lo intervinieran quirúrgicamente. Después de cuatro horas de operación, salió del quirófano con un solo ojo en pleno funcionamiento y sin poder jugar al rugby por las regulaciones de la International Rugby Board (IRB). El ente madre del rugby establece que ante la pérdida de uno de los organismos que funcionan de a pares, ojos o riñones por ejemplo, se le impide a cualquier jugador practicar el deporte por el riesgo a sufrir inconvenientes en el organismo restante.

Tardó un año y medio en recuperar el 70% de visión en su ojo izquierdo, lo que le permitió jugar seis partidos para Leinster en 2011, el primero de ellos frente a Benetton Treviso, un guiño de lo que el destino le tenía preparado.

Sin embargo, una vez terminada la temporada, los problemas volvían a hacerse presentes. Mientras disfrutaba de un fin de semana con amigos en Galway, un pueblo del oeste de Irlanda, no podía ver el semáforo con su ojo izquierdo. Se le había desprendido la retina y se veía obligado a volver a someterse a una operación más complicada y dolorosa que la primera ya que en esta los cirujanos debían ahondar en la cavidad del ojo.

Su carrera como jugador se había terminado; su frustración y angustia eran inimaginables. Mientras más días pasaban, peor se sentía. Si bien Leinster le ofreció puestos de entrenador en las divisiones infantiles del club para seguir apegado al rugby desde otro lado, él quería jugar. Sus amigos tampoco lo ayudaban porque la mayoría eran jugadores profesionales, por lo que la ovalada era un tema constante en las reuniones.

Con ese panorama, no dudó un segundo en aceptar una oferta de un dirigente del Leinster para mudarse a Údine, una pequeña ciudad del noreste de Italia que linda con Eslovenia, para entrenar a equipos de mayores y menores. No importaba no saber nada de italiano ni dejar atrás a su familia y a la de su novia, era un escape de la vida que a cada segundo le recordaba lo que no había podido ser.

Pero no todo fue color de rosas. Tuvo recurrentes problemas de comunicación con sus dirigidos por no hablar italiano, no tenía un traductor que lo ayudara y, por el mismo motivo, con su pareja no podían entablar amistades fuera del mundo del rugby. Era una situación difícil la que encontraba su hermano Phillip cuando lo fue a visitar al país de la bota en abril de 2013, aunque no lo suficiente como para encontrar una solución.

Cuando volvió a Irlanda, Phillip se puso en contacto con Johnny Merrigan, un estudiante de la Universidad Nacional de Arte y Diseño que estaba haciendo su proyecto final del último año de la carrera. Le contó la historia de su hermano y le pidió si podía cambiar lo que estaba haciendo por unos anteojos especiales que ayudaran a Ian a volver a jugar al rugby. El ingenio de Merrigan dio sus frutos cuando, luego de sólo ocho semanas, presentó una variante de los anteojos que la IRB ya había rechazado hacía unos años. Lo que alegaba el ente era que el plástico era frágil, por lo que podría poner en riesgo los ojos de quien los usara en caso de que se rompieran. Entonces, Merrigan propuso un material similar al acrílico, que contaba con la fuerza suficiente para resistir los duros embates de un deporte de contacto como el rugby. La IRB aceptó el proyecto del joven irlandés y le dio luz verde a McKinley para que volviera a hacer lo que más le gustaba.

Como en todo retorno, el irlandés empezó de cero. Su primer club en Italia fue el Leonoroso, una institución amateur en la que fue ajustando detalles los anteojos con el correr de los partidos para que no se cayeran en medio de los partidos. Al mismo tiempo, tuvo que ajustar su juego. Al ser zurdo y no tener visibilidad completa en su ojo izquierdo, tuvo que acostumbrarse a adelantar aún más las manos a la hora de recibir un pase para tener un mayor sentido de profundidad. Lo mismo ocurrió con los envíos a los palos; tuvo que cambiar su mecánica de patada para poder centrar mejor su ojo derecho en la base de la pelota.

Luego ascendió al Viadana, un equipo semi profesional, en donde volvió a demostrar el rendimiento de sus primeros días en la selección Sub-20 de Irlanda y llamó la atención del Benetton Treviso, contra quien había vuelto a jugar en 2011 luego de su primera cirugía. Cinco años después de aquel episodio, con Treviso disputó el Pro12, la liga doméstica, la Heineken Cup, la Champions League del rugby y la Challenge Cup, la Europa League de la ovalada.

Como si esto fuera poco, en 2017 fue citado por Italia para la ventana de amistosos de noviembre ya que cumplía con los tres años de residencia que exige la unión de rugby de ese país. En esa seria de encuentros debutó contra Fiji a los 61 minutos y anotó un penal importante para asegurar la victoria, tuvo otros 15 minutos en la caída frente a Los Pumas y media hora ante Sudáfrica. Este año disputó el Seis Naciones como relevo de Tomasso Allan, aunque no fue suficiente para convencer a Conor O´Shea, el entrenador de Italia.

Después de todo esto, Ian McKinley no estará en el Mundial de Japón 2019 pero, sin lugar a dudas, él ya es un ganador de la vida. Consiguió que la IRB aceptara el uso de este tipo de anteojos en todas las divisiones infantiles y de mayores, permitiéndole a más de dos mil jugadores alrededor del mundo seguir dedicándose a este deporte.

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Facundo Osa
¡Buenas gente! Soy Facundo Osa, tengo 20 años y me gusta escribir de todo un poco. Últimamente estoy en una parte más polideportiva de mi escritura ya que me alejé del fútbol porque dejó de atraparme como antes. Así que ya saben, cada vez que vean alguna nota que sea de algún deporte que no frecuentamos tanto en la página, seguro sea mía jajajaja. Ya que están, síganme en Twitter (@FacuOsa) si no se quieren perder de nada del mundo polideportivo (especialmente rugby, básquet y automovilismo).

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