miércoles, 2 diciembre, 2020
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Por: Samuel Vásquez Rivas

“Ganar o morir” fue la frase que le hizo llegar el dictador italiano Benito Mussolini a los jugadores de la selección nacional previo a las Copas del Mundo de 1934 y 1938. Esas mismas las ganaron los Gli Azurri y sirvieron como mecanismo propagandista del Totalitarismo europeo para finales de la tercera década del Siglo XX y la previa de la Segunda Guerra Mundial. Ya después de la derrota alemana en el conflicto bélico más sanguinario de la historia, el deporte volvió a tomar protagonismo para los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 (luego de Londres 1948) dándole un nuevo respiro al suelo continental pero con una tensa calma de por medio, que tenía en disputa a Estados Unidos y la Unión Soviética por la carrera ideológica que desató la Guerra Fría durante los siguientes lustros.

El régimen socialista de Stalin se había hecho con el territorio húngaro en 1945, cuando los ejércitos teutones de Adolf Hitler no pudieron seguir en el juego de pistolitas y decidieron retroceder como nunca lo hace un avión. En esa barrida expansionista e invasora, los magiares se vieron obligados a cambiar de bando y salir de las Potencias del Eje (Italia, Japón y Alemania Nazi), dejando atrás una relación no muy anhelada y siendo dominados ahora por la URSS, entrando así en el mismo equipo de Yugoslavia y Rumania, naciones con las que había tenido conflictos territoriales en años anteriores y a las que ahora se enfrentaría deportivamente.

El mensaje del primer ministro húngaro Matyas Rakosi era claro para los deportistas que quisieran llegar al olimpismo: ganar o no volver al país. Esa amenaza, antes de ser desafiante y ultimadora, fue el aliciente perfecto para el seleccionador Gusztáv Sebes, que tenía un equipo de estrellas y un invicto de casi dos años, pese a que ninguno de sus muchachos había salido del fútbol local, opacados además por un régimen poco amigable y bien celoso para la época. De la manera que fuera, Estados Unidos, el hegemónico capitalista, no podía ser primero en el medallero y el ascenso del Socialismo solo podía tomar fuerza en la cancha, la pista o el pódium. Finalmente, el medallero estuvo a favor de los norteamericanos por casi cinco preseas en total frente a los soviéticos, pero el equipo de Los Magiares Mágicos (Hungría) fue la principal sensación de dicha cita olímpica y las competencias posteriores.

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La base de aquel equipo rojo y ambicioso venía de la capital Budapest y de sus cinco equipos principales; solo un jugador, Jeno Buzánszki, jugaba fuera de la ciudad principal, pero igualmente en la plantilla no era realmente importante. Los que sí eran trascendentales y vitoreados cada compromiso, difíciles de organizar por aquella época, eran los que hoy siguen siendo recordados; Ferenc Puskás (Honved SE), Sándor Kocsis (Honved SE) y Péter Palotás (Bástya SE), todos delanteros y goleadores por naturaleza, obligados a marcar para poder seguir respirando, literalmente. Meter goles, muchos goles, era una necesidad primaria de los futbolistas húngaros, quienes, si erraban, no escucharían silbatinas sino ráfagas de fusiles.

Ese mismo compromiso con la patria y con la vida misma fue el causante de un estilo de juego que solo se dio a conocer y saltó a la fama con la selección de Holanda en la segunda mitad de los 70´. Había más acceso a la información y la televisación de partidos, más analistas tácticos y el color de la indumentaria daba más perspectiva sobre el campo; pero no, el Fútbol Total no fue invento de Rinus Michels, sino de Sebes, el mismo que profesionalizó al jugador de fútbol húngaro y que se atrevió a dibujar sistemas tácticos novedosísimos sobre el campo debutante de Helsinki en Finlandia.

Por primera vez en el fútbol profesional se vieron las alineaciones 4-2-4 y 2-3-3-2, empleadas por Hungría en suelo europeo y la esfera olímpica. La finalidad de dichos números de teléfono era movilizar a sus jugadores para que el resultado fuera de todos; todos para uno y uno para todos. Todos a defender y a atacar y así poder llegar con la medalla dorada a casa y ser recibidos como los verdaderos héroes de la patria. Incluso, las facilidades de poder ubicarse rápidamente en defensa y salir explosivamente al ataque hizo que los húngaros llegaran por todas partes, como si de un campo de batalla se tratase, siendo utópico contenerlos.

Para ejemplificarlo toca ir a los archivos de Alemania 1974, donde los neerlandeses de Johan Cruyff lo emplearon a la perfección, incluso llegando a la final del mundo contra el elenco local. Al parecer, esa idea del Fútbol Total no servía para ganar el trofeo más importante, pero sí para ser respetados y admirados en los estadios llenos de idealistas políticos.

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Goles no faltaron

Sebes había implementado sobre sus dirigidos rutinas de entrenamiento de dura exigencia, los había preparado física y tácticamente, y su invento no pudo ser detenido hasta 1956. Desde el comienzo de la década y durante esos seis años Hungría ganó 42 partidos, empató siete y solo perdió uno, justamente el más importante, la final del Mundial de 1954 ante Alemania Federal. Además, luego del éxito en los Juegos Olímpicos, Inglaterra invitó a los magiares a Wembley para demostrar si ante 105.000 la historia sería la misma; Inglaterra 3-6 Hungría. Los ingleses sufrieron su primera derrota en la historia ante una selección no británica en aquel mítico estadio y, en la revancha, ya en Budapest, el resultado fue de 7-1 para los locales.

Los bombardeos que casi destruyeron Budapest en la Segunda Guerra ahora eran vengados en el campo de juego. Contra quién fuera.

Pero volviendo a los Olímpicos de 1952, Hungría comenzó con tropiezos, pese a ganar desde el principio. En el primer partido, un escueto 2-1 ante Rumania generó más dudas que certezas en el equipo de Sebes. “¿Recuerdan lo que nos advirtió el dictador?”A partir de ahí, el olor a muerte se hizo insoportable y no hubo más remedio que golear y destruir las defensas rivales como había pasado con las edificaciones húngaras años atrás. Un 3-0 contra Italia y un 7-1 contra Turquía metió a los magiares a semifinal mientras los compatriotas László Papp (Boxeo – Superwélter) y Ágnes Keleti (gimnasia artística) se hacían con las preseas doradas para posicionar al país de bombardeos entre los más laureados de aquella cita atlética.

En el último peaje para llegar a la gran final, Suecia, seleccionado que venía de ganar el oro en Londres 1948, no fue un riesgo ni tampoco opuso resistencia ante un equipo que avanzaba a pasos agigantados y parecía querer colonizar toda Europa; un 6-0 contundente aseguró la presencia en el podio para los liderados por Puskás y compañía, pero en la final, los malos recuerdos de la guerra regresarían a las memorias victoriosas de los 19 jugadores en plantilla que ahora se verían cara a cara con Yugoslavia, país que invadieron en 1941 por orden de la Alemania Nazi, dejando más de 3.000 muertos y 250.000 prisioneros de batalla.

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La presión diplomática ya no era tan fuerte para los húngaros. Estados Unidos había perdido en primera ronda ante Italia por 8-0, mientras que Reino Unido cayó ante Luxemburgo por 5-3, por lo que los principales competidores ideológicos no entraron en la fase final. Aun así, y pese al nivel demostrado, los yugoslavos habían eliminado a la Unión Soviética en su primera participación de los Juegos, factor que responsabilizó a Hungría de demostrar qué nación merecía más respeto del bloque comunista; Yugoslavia también fue invadida por la URSS en el epílogo de la guerra.

En un Estadio Olímpico de Helsinki con casi 55.000 espectadores, ante los escombros mentales que se materializaban en baches sobre el césped, el sonido armamentístico que producían los botes del balón y las explosiones cercanas que generaban los aplausos de la tribuna, Hungría venció en la guerra olímpica, ganándole a los yugoslavos por 2-0 (Puskás, Czibor) y firmando la generación dorada de los Magiares Mágicos, que más tarde en 1954 terminarían siendo sub campeones del mundo con un equipo que se midió ante alemanes y brasileros sin regar una sola gota de sudor. 20 goles a favor y dos en contra fue el resumen de esos exitosos Juegos Olímpicos de 1952.

No obstante, el amor a la patria no fue del todo genuino por los húngaros. En 1956, cuando el país se enfrentó a una revolución separatista del régimen soviético, la totalidad de los jugadores campeones decidieron abandonar el territorio para no sufrir las consecuencias revolucionarias y militares. Muchos de ellos, como Ferenc Puskás, terminaron en ligas como la española, jugando para Real Madrid. Incluso, la deserción deportiva fue producto de un partido de Copa de Campeones entre el Athletic de Bilbao y Budapest Honvéd en España, cuando los futbolistas decidieron no volver a la madre patria.

Fue entonces cuando se acabó esa la generación que mereció mucho más.

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