miércoles, 23 septiembre, 2020
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En el mundo del tenis son ciertamente las rivalidades las que le dan valor a este deporte individual. Los Navratilova v Evert, Sampras v Agassi, Seles v Graf o el actual Nadal v Federer -entre tantos otros- son solo algunas muestras de duelos que han trascendido a su tiempo debido al alto nivel que se manifestaba cada  que los contendientes se paraban a ambos lados de la red. La electricidad, la emoción, los nervios, los enojos, la ira acumulada e incluso el arte de jugar son frutos de estos partidos, ya que los más grandes solo pudieron terminar de hacerse como tales debido a un otro que los podía constantemente contra la pared. Pero de entre todos estos antagonismos sobresale un duelo que se convirtió en eterno gracias a lo distintos que eran los tenistas. Hablamos, claro está, de Bjorn Borg y John McEnroe. El Hielo y el Fuego.  Estos apenas se vieron las caras de manera oficial 14 veces, con siete triunfos para cada uno. Pero cada match terminaría siendo una delicia. Y la frutilla del postre sería la final de Wimbledon en 1980, una de las obras maestras del deporte blanco.

Bjorn Rune Borg, nacido un 6 de julio de 1953 en Estocolmo (Suecia), fue una luz que llegó para revolucionar al tenis. Ya desde muy temprana edad demostraría estar a otro nivel, venciendo a los mejores jugadores de su país con 13 o 14 años, por lo que ya a los 15 (1972) fue llamado a ser parte del equipo de Copa Davis, incluso sin formar parte aun del circuito profesional, algo que llegaría un año más tarde. Lo que más asombraba a todos era su poderosa mentalidad, ya que parecía no sentir emociones cuando jugaba, incluso midiéndose ante tenistas más experimentados. Esto, sumado al país de procedencia, rápidamente lo convertirían en el “hombre de hielo” o en la máquina. El sueco no necesitó demasiado tiempo para adaptarse a la élite, ya que en 1974 llegó su primer Grand Slam, Roland Garros (ante el español Manuel Orantes).

El diestro, poco a poco, comenzaría a escalar posiciones hasta dejar en claro quien era el nuevo rey dentro del circuito. Los jugadores top fueron cayendo de a uno, sin saber como abordar a aquel maravilloso robot que los derrotaba casi como si no tuviera que esforzarse. En solo cuatro años, Borg alcanzó la primera posición del ranking ATP (el 23 de agosto de 1977), comenzando una interesante lucha con el que era, hasta entonces, su más grande contendiente: Jimmy Connors. Para cuando llegó 1980, el “Iceman” ya era un jugador reconocido a nivel mundial, tanto por su talento como por haber trascendido a su propio deporte debido a que fue el primer jugador en superar el millón de dólares en una sola temporada y a que su figura (rubio, alto, de pelo largo) llenaría también las páginas de la prensa rosa. Borg parecía un hombre perfecto, un dios tallado en hielo que incluso se daba el lujo de ser el amo y señor del polvo de ladrillo y la hierba, dos superficies completamente diferentes, siendo esto un hito para la época.

Pero, cuando surge una dinastía, debe aparecer una contraparte que tenga el poder suficiente para derribarla. Y aquel predestinado para tan difícil labor terminó siendo John Patrick McEnroe Jr. El estadounidense (16 de febrero de 1959), aunque nacido en Wiesbaden, Alemania Federal, poseía un carácter completamente distinto al de su rival. Era más explosivo y luchador, vivía los partidos con una intensidad pocas veces vista y era, incluso, detestado por el público, ya que parecía alguien disruptivo dentro de un deporte bastante conservador. Su escalada dentro del top sería más lenta que la del europeo, pero ya en 1978 demostraría de que estaba hecho.

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Ambos se encontraron por primera vez en las semifinales del Abierto de Estocolmo de esa temporada. Aquella era su ciudad, su casa, su lugar en el mundo. Si bien no tenía aquel torneo dentro de sus vitrinas, lo cierto es que estaba disputando un certamen de alto nivel, derrotando de manera cómoda a todos sus rivales (entre ellos Ilie Nastase y Peter Fleming). Fue por ello que nadie dudaba de quién ganaría el título al final. Pero nadie contaba, justamente, con la aparición del “mad genius“, quién terminaría derrotándolo 6-4 y 6-3 para sorpresa de todo un público volcado a su ídolo. “Este es el mejor momento de mi carrera” le diría John a la prensa. Comenzaba una de las rivalidades más cortas e intensas de todos los tiempos.

El duelo comenzó a calentarse en 1979, cuando disputaron seis partidos en un año, siendo Borg el vencedor final con un registro de cuatro triunfos y dos derrotas, aunque sin dudas la victoria más grande terminaría siendo nuevamente de McEnroe, ganando por 7-5, 4-6, 6-2 y 7-6 la definición del WCT Finals, aunque el sueco se vengaría pronto al derrotarlo en la semifinal del Masters, en enero del año siguiente. Pero algo le faltaba a este cruce para terminar de hacerlo mítico y era un duelo en un Grand Slam, algo que hasta aquel momento se venía negando. Y el 5 de julio de 1980 llegaría aquel día, que terminaría siendo glorioso.

 

El partido más grande del siglo

 

Borg llegaba a Wimbledon siendo el gran dominador del verde césped. Y es que desde 1976 el trofeo solo tenía escrito su nombre, por lo que buscaba alcanzar de manera consecutiva su quinto lauro, un record de la Era Abierta. Además, llegaba al torneo habiendo ganado su quinto Roland Garros y siendo el número uno desde hacía semanas. El blondo se encontraba en la cúspide de su carrera. McEnroe, en cambio, había conseguido su primer torneo grande el año anterior, llevándose el US Open, uno de los torneos quimera del escandinavo.

El sueco arrasaría con sus rivales en las distintas rondas, cediendo solamente dos sets. Uno ante el australiano Rod Frawley en tercera ronda y otro al estadounidense Brian Gottfried en semifinales, aunque aquel partido se cerró con un 6-2 y 6-0. Distinto sería el recorrido del “chico loco”, que en la segunda ronda sufrió bastante para vencer al aussie Terry Rocavert, quién llegó a estar 2-1 arriba. Si bien pasó sin complicaciones a su compatriota Peter Fleming en cuartos (6-3, 6-2 y 6-2), en las semis tuvo que vérselas con el otro gran tenista de la época, Connors. Y aquí si que hubo más partido. John se llevaría la primera manga por 6-3, aunque Jimmy realizaría lo mismo en la segunda. McEnroe terminaría ganando las dos siguientes (6-3 y 6-4) pero claro, parecía carne de cañón ante el mejor del mundo, y más sabiendo que jugaba prácticamente como si fuera local, ya que el público británico estaba volcado completamente con él.

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Manuel Martín, en su relato de aquel partido para Wang Connection, diría lo siguiente con respecto a aquel último partido a disputarse: “Entre el fantástico ambiente de tenis que siempre se respira en la capital británica y bajo la atenta mirada de un público ejemplar y modélico por su respeto hacia los jugadores, Björn Borg  o también conocido como ‘El hombre de hielo’ , llegaba a aquella final con el objetivo de batir una marca única en la historia hasta ese momento (en 2007 sería igualada por Roger Federer), ya que si conseguía esa misma tarde alzarse con el título, habría logrado cinco campeonatos de forma consecutiva sobre el magnífico y resplandeciente tapete inglés. Para impedirlo, en el otro lado de la red, el norteamericano e indomable John McEnroe, cuya rivalidad con el tenista sueco marcaría un antes y un después en la historia de este deporte.”

El ambiente en el court central era impresionante. El público amaba con locura a Borg, a la vez que detestaba a aquel insolente norteamericano, algo que provocó los abucheos de los allí presentes, cosa que no solían verse en el torneo más correcto de todos. Sin embargo, esto pareció encender todavía más al neoyorquino, que terminó atropellando al sueco en el primer set por un insólito 6-1, algo que dejó boquiabiertos a todos. Borg, un jugador defensivo, no supo como contrarrestar los poderosos ataques de un rival que fue a por todas.

El segundo set ya tuvo mucha más paridad. Y es que el europeo se mantuvo impoluto pese a aquel desastroso set inicial. Steve Tignor, de Tennis.com, lo definiría muy bien: “Aunque McEnroe confiaba en sus posibilidades contra él en el césped, todavía no estaba completamente libre de la mística del Asesino Angelical; Borg era, después de todo, un héroe suyo de la infancia, y alguien que había tomado al jugador más joven bajo su protección en sus primeros años de gira. El estadounidense dejó la puerta entreabierta al final del segundo set, el tiempo suficiente para que Borg se abriera paso con un par de disparos precisos”. Y fue así: Iceman, más experimentado en este tipo de definiciones, supo aprovechar las pocas aperturas que su rival dejó para ganar la segunda manga por 7-5, siguiéndole un 6-3 en la siguiente que parecía ir liquidando la historia. Y es que McEnroe ya no se veía tan confiado como al principio del juego, “deleitando” incluso al público con sus ya características rabietas, las cuáles, como en todo el juego, fueron seguidas de una lluvia de abucheos.

Pero en el cuarto set apareció la gran magia de estos dos, siendo el momento en el que este juego pasó de ser una final más de Grand Slam para transformarse en uno de los encuentros deportivos más trascendentales de todos los tiempos, la madre de todas las batallas del siglo XX. Los golpes se fueron sucediendo, uno tras otro. La presión se iba haciendo cada vez más palpable en el estadio mientras se observaba a dos gladiadores que daban lo mejor de si. mostrando todo su repertorio.  Tras un 6-6 el duelo tuvo que irse al tiebreak. Allí el zurdo tuvo momentos muy complicados, teniendo nada menos que cinco match points en contra, los cuales logró salvar para incluso terminar llevándose el desempate por 18-16 tras 20 minutos de puro tenis. Ahora parecía que el que terminaría por quebrarse sería el hielo sueco.

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La realidad en el quinto y último set sería que el tetracampeón volvería a demostrar porque era el amo y señor de Wimbledon. Ambos lucharon de igual a igual en una contienda sin precedentes, dejando todo en una pista que se derretía por estos dos titanes. Ya no había abucheos: de las gradas solo caían aplausos por poder presenciar aquel maravilloso duelo que terminaría decantándose en favor de Borg por 8-6 y luego de tres horas y cincuenta y tres minutos de juego. Tan grande fue lo realizado por los dos que este partido sería reconocido en prácticamente todas las listas sobre los 10 mejores duelos deportivos de la centuria pasada, lo cuál es mucho decir. Y si no fuera porque Federer y Nadal realizaron una obra de similares (o más grandes) proporciones, este seguiría siendo, sin dudas, el duelo tenístico más grandioso de todos los tiempos.

“Personalmente recuerdo que fue uno de los únicos partidos en que he sentido, incluso cuando jugaba, que había algo increíble. Había mucha energía. Incluso ahora me preguntan más por ese partido que por cualquier otra cosa. Es una prueba también de cómo hacía sentir a la gente” le diría McEnroe años más tarde al Diario Sur de España.

Aquel fue el anteúltimo título grande de Borg, quién se llevaría Roland Garros en 1981. Y esto, en buena medida, fue porque John se dio cuenta tras la final de que estaba a la misma altura que su ídolo y amigo. Podía competir ante aquel todopoderoso hombre de acero. De hecho, lo derrotaría poco tiempo después en la definición del US Open y el año siguiente tomaría la posta al derrotarlo en su propia casa, Wimbledon, en cuatro sets. El último duelo entre ambos también fue en una final de un Grand Slam, nuevamente en el Abierto de los Estados Unidos, donde McEnroe volvió a ganarle a su mentor. Bjorn, a partir de ahí, comenzó a darse cuenta de que estaba perdiendo su sitio rápidamente. Comenzaba a perder su pasión por el juego y al final acabaría retirándose con solo 26 años en 1983 (aunque solo había disputado un torneo en 1982), provocando un shock en el mundo de la raqueta, ya que todavía tenía años de sobra para demostrar toda su valía. Incluso el estadounidense varias veces le llamó para rogarle que volviera, pues aunque sin Borg tenía vía libre para ganar más títulos (conseguiría en total siete Grand Slams en singles y nueve en dobles), el que él se fuera también terminaría siendo perjudicial en su juego, ya que no iba a haber nadie más para motivarlo. Al final tuvieron que conformarse con aquellos 14 partidos disputados. Muchos buenos, si. Algunos grandes, también. Pero ninguno de la magnitud de aquel disputado en la Casa Blanca del Tenis en 1980.

 

Fuentes: Tennis.com, Perfect Tennis, Wang Connection y el libro “The world´s greatest sporting rivalries” de Andrew O´Brien y Liam McCann.

 

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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