jueves, 23 septiembre, 2021
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Por Sergio Nápoli

 

  Juju:

1 .Talismán, amuleto que se cree supersticiosamente que contiene poderes sobrenaturales.

  1. Poder mágico

 

El programa oficial de un torneo de futbol celebrado en Nigeria en el año 1937 aclaraba que “todo equipo o individuo que exhiba un juju o cualquier elemento que pretenda ser un juju o que manifieste tener un juju será descalificado”.

La comunicación era una prueba concreta de la “africanización del fútbol”, el proceso por el cual los locales se apropiaron, poco a poco, del deporte que los colonizadores habían utilizado para imponer sus reglas y costumbres en el continente. Además, dejaba en claro que esa africanización no implicaba solamente la participación de africanos en el juego, la aparición de nuevas técnicas y estilos de juego (muchos menos rígidos que el que utilizados por los europeos) o la utilización del deporte para crear una conciencia nacional. También incorporaba elementos de una cosmovisión que incluía el uso de la magia y de los hechiceros como instrumentos determinantes para torcer la suerte y lograr la victoria en el deporte más popular del continente.

La realización de estas prácticas no podía llamar la atención al observador avezado pues los rituales mágicos jugaron, desde tiempos ancestrales, un rol importante en rebeliones y guerras, en la elección de líderes así como en los aspectos más triviales de la vida cotidiana africana.

La preparación de una batalla (lo más parecido a un partido de fútbol) incluía ceremonias en las que el hechicero (izinyanga, marabout, babalawo, juju man, etc.) entregaba amuletos a los guerreros y preparaba pócimas que les hacían beber o con las que untaban sus cuerpos, armas o escudos.

Así lo hacían, entre otros, los guerreros Zulu, que en el siglo XIX desafiaron el poder británico en la actual Sudáfrica. La rebelión de los Maji-Maji que, en 1905, puso en vilo el dominio de los alemanes en Tanganika (Tanzania), fue iniciada por Kinjikitile Ngwale, un médico brujo local que distribuía entre los insurrectos una medicina (Maji) que “tenía el poder de transformar las balas alemanas en agua”.

También los rebeldes del UPC que luchaban por la independencia de Camerún a fines de los años 50 celebraban rituales en los que los “especialistas” entregaban a los nuevos reclutas un amuleto y los bautizaban con pequeños cortes en el cuello, los hombros, las rodillas y otras partes del cuerpo, en las que colocaban medicina para proteger a los soldados del hierro y hacerlos invulnerables a las balas.

El debate sobre el uso de la magia llegó incluso al Tribunal Penal Internacional de La Haya en el que, al juzgar a Charles Taylor, el sanguinario presidente de Liberia, se debatió si había enviado a varios de sus “consejeros espirituales” a realizar ceremonias para proteger a las fuerzas rebeldes de la vecina Sierra Leona que intentaban derrocar al gobierno de ese país.

En este contexto, y si se toma en cuenta la persistencia y la capacidad de adaptación de las creencias a las nuevas situaciones y conflictos que afrontan los los seres humanos, era muy difícil, sino imposible, que un fenómeno de raigambre tan popular como el fútbol pudiera verse al margen del influjo de estas prácticas espirituales.

Es que, si se parte de la idea de que la magia explica y absorbe lo inexplicable y contradictorio, que mejor que recurrir a ella para obtener una victoria en un partido ante el tradicional rival o también, para justificar una derrota inexplicable o una mala racha en un torneo o competencia.

Así, de manera imperceptible, pero persistente, el juju se transformó para muchos equipos y selecciones africanas en algo tan fundamental como el entrenamiento, y el médico brujo se convirtió en una pieza clave, al mismo nivel que el entrenador o el preparador físico.

En distintos rincones del continente, cuando un equipo pierde seguido, en muchas ocasiones lo que se cambia es el brujo y no el DT o los jugadores. Pero también, si se sospecha que un jugador o entrenador está embrujado, se lo reemplaza para evitar que la maldición se extienda a toda la escuadra. En su libro “Alma de siete millones de sueños”, Memory Mucherahowa, capitán de los Power Dynamos de Zimbabwe, exitoso conjunto de los años 80, reconoció que el DT Peter Nyama perdió su trabajo luego de que el “consejero espiritual” del equipo lo señalara como culpable de maldecir al equipo.

El juju es un secreto a voces en el futbol africano. Jugadores, entrenadores y directivos, en declaraciones públicas niegan su existencia o señalan que se trata de supersticiones sin importancia, sin embargo, casi todos los equipos, de una manera u otra, se involucrados con estas “prácticas espirituales”.

 

 

El juju en acción

Las ceremonias, rituales y amuletos tienen dos objetivos. Uno es fortalecer al equipo o jugadores propios y protegerlos de los encantos y hechizos de los rivales. El otro, mucho menos admitido por los involucrados, es debilitar a los integrantes del equipo contrario.

En general, el hechicero es consultado antes del inicio de un torneo o partido importante. Las visitas de equipos y cuerpo técnico al hechicero la noche anterior a un partido es una práctica habitual. Muchas veces, los equipos pasan la velada previa a un match decisivo juntos, celebrando algún tipo de ritual. Didier Drogba, la estrella de Costa de Marfil en los años 2000, reconoció que su compañero de selección, Jean Jaques Tizie, a quien apodaban “El Pastor”, tenía por costumbre espantar a los malos espíritus en rituales que celebraba en un cementerio.

Los “consultores espirituales” suelen preparar brebajes que entregan a los jugadores para que los tomen antes de los encuentros o para que viertan sobre su cara, manos o piernas. El mediocampista Saint Joseph Gadji Celi, capitán de la selección de Costa de Marfil campeona de la Copa de África de 1992, relató que los encargados del equipo le sugerían tomar líquidos que “no sabía que eran, de dónde venían y que no tenían buen sabor”.

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También es común el uso de polvos mágicos preparados en base a huesos y partes de animales sacrificados, que el médico brujo o los jugadores esparcen sobre sus camisetas o cuerpo. Willis Ochieng, arquero de la selección de Kenia, recordó en una entrevista su sorpresa al ingresar al vestuario de su equipo, el Simba S.C. de Tanzania, y encontrarse con una nube de humo y dos personas tirando un polvo extraño sobre su ropa de juego. También en Tanzania, en el clásico disputado en 2003, el capitán del Young Africans, Paul John Masanja, siguiendo los consejos del hechicero del equipo, se negó a dar la mano a Seleman Matola, capitán del Simba S.C., para prevenir cualquier embrujo por parte del rival.

No obstante, lo más común son los amuletos -que adquieren nombres tan diversos como juju, muti o gris gris- que pueden tomar la forma de anillos, cinturones o paquetes, que se elaboraran con pequeñas piezas de hierbas, cortezas de hojas o huesos y a los que se les asignan poderes sobrenaturales para potenciar el rendimiento personal o perjudicar a los rivales.

Los jugadores intentan ingresarlos a los campos de juego y son objeto de permanentes controversias. Por ejemplo, en 2017, en el partido entre Senegal y Zambia por la final de la Copa de África Sub 20, se generó una gresca general luego de que, en un tiro libre, un jugador senegalés sacara un objeto (probablemente un juju) de su media y lo arrojara en el arco rival.

 

En 2015, en el marco de la Copa de África de mayores, las cámaras tomaron al mediocampista Abdoulaye Cisse, de la selección de Guinea, al cambiar su remera y, para la sorpresa de los espectadores, dejó ver que llevaba un amuleto atado a la cintura. Era la primera vez que en un torneo continental la televisión exponía a un jugador usando juju.

 

Las instalaciones deportivas son espacios en los que la magia desempeña un papel importante. Las denuncias de vestuarios encantados son comunes y muchos equipos se niegan a ingresar a ellos y optan por cambiarse en pasillos o en el propio campo de juego. Así ocurrió en 2018 en la final de la Copa CECAFA, en la que el Gor Mahia (Kenia) denunció que el Azam FC (Tanzania) había contratado a un brujo que había celebrado rituales en el vestuario para perjudicarlos. Ante esta situación, los jugadores keniatas se cambiaron fuera del lugar.

También los accesos al estadio o al terreno de juego pueden ser objeto de prácticas de juju. Por ello, muchos equipos visitantes optan por ingresar a ellos por lugares que no son los habilitados. La reiteración de estas prácticas obligó a la Premier Soccer League de Zimbabwe a establecer multas para aquellas instituciones o jugadores que no ingresen a los estadios por los lugares especialmente designados a esos efectos. En muchos casos, los involucrados prefieren pagar la multa.

El propio campo de juego tampoco está exento de rituales con los que se busca obtener una ventaja deportiva. En las canchas se esparcen líquidos, polvos y otras sustancias. En 2019, luego del partido que el Prision Leopards le ganó 2-0 al Forest Rangers, la federación de Zambia suspendió por toda la temporada 2020/2021 a Charles Chileshe, entrenador de arqueros del Rangers, por tirar sustancias en los palos de los arcos. En 2003, dos jugadores del Young Africans orinaron el césped con el objeto de neutralizar los efectos mágicos de una sustancia arrojada por personal del Simba S.C. en el entretiempo. En el encuentro se realizaron tantos rituales que la federación de futbol de Tanzania sancionó con una multa a ambos equipos e inició una campaña para evitar que esos sucesos se repitieran.

También es habitual que en el campo de juego o sus alrededores se entierren, escondan o coloquen fetiches o animales muertos. Recientemente, en la Campeonato Africanos de Naciones disputado en Camerún en 2021, la Confederación Africana de Naciones (CAF) decidió investigar la denuncia del DT de Zimbabwe, quien encontró un murciélago muerto en el círculo central del terreno de juego en el que enfrentaría al local.

Ni siquiera los árbitros parecen estar exentos de los efectos del juju. En 2020, Maxwell Hanson, réferi de la primera división de Ghana, sostuvo que algunos penales que se cobran en el torneo no son porque los colegiados reciban sobornos, sino porque están bajo influencia de fuerzas espirituales. “Uno ve las imágenes y advierte que no está bajo el mando de la situación. Está hipnotizado por juju”, sostuvo Maxell ante la prensa de su país.

En algunos casos, los incidentes o hechos vinculados con el juju trascienden las fronteras e involucran a federaciones y autoridades del futbol o incluso estatales. Algunas de ellas merecen ser contadas.

 

 

Costa de Marfil y la maldición de los hechiceros de Akradio

En 1992, la selección de Costa de Marfil, capitaneada por Saint Joseph Gadji Celli, logró su primer título internacional, al vencer a Ghana, por 11 a 10, en una interminable y dramática serie de penales. Poco tiempo después del suceso, tres hechiceros de la localidad de Akradio, ubicada en los suburbios de la capital Abidjan, reclamaron para sí el éxito, señalando que gracias a sus oficios el equipo había obtenido el título.

Los hechiceros, que habrían sido contratados por el Ministerio de Deportes del país, comenzaron a reclamar públicamente, pues entendían que su colaboración no había sido suficientemente reconocida y remunerada. Ante la falta de respuesta de las autoridades responsables, amenazaron con lanzar una maldición al equipo nacional.

Lo cierto es que, luego del éxito de 1992, la selección marfileña no pudo retener el título continental en 1994 y en los siguientes tres torneos no llegó siquiera a los cuartos de final del torneo, siendo eliminada en primera ronda en 1996 y 2002. Tampoco pudo el equipo acceder a la Copa del Mundo.

Poco a poco, comenzó a sospecharse que, efectivamente, los marabouts efectivamente habían lanzado un hechizo sobre el equipo. En vista de la situación, en abril de 2002, Moise Lida Kouassi, ministro de Defensa y Protección Civil decidió viajar a Akradio y ofreció a los hechiceros una suma equivalente a los u$s 2000 y una botella de licor. Además, pidió perdón por “las promesas que no fueron cumplidas después de la Copa de África de 1992” y manifestó su esperanza de que la localidad “a través de la perspicacia de sus sabios, seguirá ayudando a la república y, en particular, al ministro de Deportes”.

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Créase o no, en 2006, Costa de Marfil logró por primera vez en su historia clasificar a la fase final de una Copa del Mundo. Desde esa misma fecha, la selección nunca ha bajado de los cuartos de final de la Copa Africana de Naciones, arribando a dos finales y obteniendo su segundo título en 2015.

 

 

El dirigente que se robó el amuleto

La primera Copa Africana de Naciones del siglo XXI fue organizada en forma conjunta por Nigeria y Ghana. En el partido de cuartos de final disputado en Lagos, los locales sufrían ante Senegal, que los vencía 1-0. Un estadio repleto veía como, una y otra vez, las Super Águilas fracasaban en sus intentos de anotar el empate.

De repente, a falta de solo 15 minutos para la finalización del encuentro, Kasimawo Laloko, dirigente de la Federación Nigeriana de Fútbol, se deslizó en el campo de juego y ante la vista de todos los presentes, corrió hacia el arco de Senegal y retiró del fondo de la valla un amuleto que se encontraba allí escondido.

Nueve minutos después del extraño suceso, Julius Aghahowa anotó el empate para Nigeria, que terminó imponiéndose 2-1 en el tiempo suplementario.

Consultado por la extraña situación, el involucrado declararía que solo recogió lo que había allí. “Antes del partido, [los senegaleses] entraron en el campo y comenzaron a realizar algunos rituales…Si no hubiera hecho lo que hice y hubiéramos perdido, los periodistas habrían escrito todo tipo de tonterías“, dijo Laloko.

El dirigente fue expulsado del resto de la competición por “mala conducta” por el comité organizador del evento. La sanción no hizo mella en el espíritu de Laloko, que, aun con el paso de los años, continuó sosteniendo que la acción “la había hecho por su país”.

 

 

Mali 2002: las medidas de la Confederación Africana de Fútbol no pueden con el juju

Luego del “incidente Laloko” y antes de que comenzara la Copa de África de 2002, la Confederación Africana de Fútbol decidió tomar medidas y oficialmente prohibió que los “consejeros de equipo” (una forma delicada de referirse a los hechiceros) formaran parte de las listas de las delegaciones de los equipos que compitan en el torneo. Según declararía una de las autoridades, ello era con el objeto de evitar presentar una “imagen tercermundista” durante la competencia más destacada del continente.

La medida no pareció afectar demasiado a las federaciones nacionales que se encargaron de evitar la prohibición comprando entradas para que los “asesores espirituales” pudieran estar presentes en los encuentros y ayudar a su equipo.

Sin embargo, el mayor incidente del evento no vendría de la mano de un marabout o juju man, sino de una leyenda del fútbol camerunés, el arquero Thomas Nkono.

El 7 de febrero de 2002, en Bamako, Nkono, entrenador de arqueros de la selección de Camerún, ingresó para el calentamiento previo al campo de juego del estadio de 26 de marzo, en el que su equipo enfrentaría a los locales.

En forma repentina, y sin razones aparentes, la policía antidisturbios local se lanzó sobre Nkono, a quien golpeó y arrastró a la pista de atletismo. El camerunés fue detenido y retirado esposado, ante la atónita mirada de 50.000 espectadores y de Winfried Schafer, el DT alemán de Camerún, que pedía a los periodistas y fotógrafos que registraran la escena. La acusación: uso de magia en el campo de juego.

Según las autoridades locales, durante el calentamiento, Nkono arrojó al césped un objeto que, asumían, era algún tipo de amuleto mágico destinado a ayudar a la causa de Camerún en la semifinal a punto de disputarse. Aparentemente, un miembro de la policía había rescatado el objeto del suelo, en el lugar en el que Schafer y Nkono habían estado parados.

Si bien Nkono fue liberado casi inmediatamente, la Confederación Africana de Futbol lo suspendió por un año de las competencias internacionales. Para adoptar la medida, no se invocó el uso de magia sino el comportamiento indignante y provocativo del entrenador hacia las autoridades policiales. Dos meses después, la sanción fue levantada.

 

 

La batalla de Kampala

El sorteo de las eliminatorias para la Copa Africana de Naciones de Túnez de 2004 puso a Ghana, Uganda y Ruanda en un mismo grupo. Luego de vencer a Ghana en la primera fecha, los Cranes de Uganda se sentían favoritos y sabían que los dos partidos sucesivos contra Ruanda serían decisivos para garantizar su regreso a la fase final del torneo continental después de 25 años de espera.

El partido de ida en Kigali terminó 0-0 y la figura del encuentro fue el arquero ruandés Mohamoud Mossi que, con atajadas increíbles, frustró todos los intentos ugandeses.

La actuación de Mossi no despertó admiración, sino sospechas en los hinchas y jugadores de Uganda. Poco a poco comenzó a esparcirse el rumor de que el arquero había colocado una poción mágica en sus guantes o un amuleto en el interior de su arco, lo que le había permitido terminar con la valla invicta. En particular, los ojos se posaron en un pedazo de tela que el guardameta había atado a la red de la meta.

El empate creó un clima de frustración en Uganda, pues se tenía la sensación de que una chance histórica se escapaba de las manos. La federación ugandesa, buscando un chivo expiatorio, decidió despedir al DT Paul Hasule y contrató por lo que restaba de las eliminatorias al ex campeón del mundo argentino, Pedro Pablo Pasculli, que sabía muy poco inglés y casi no conocía la cultura local.

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El 7 de junio de 2003, en un ambiente casi de guerra, los 60.000 espectadores presentes en el estadio Nakivubo de Kampala (que tenía una capacidad para 40.000 personas) veían como la selección de Ruanda hacía su ingreso al campo de juego. Mientras los equipos entraban en calor, Mohamoud Mossi, conocedor de los rumores que se habían esparcido sobre él, se dirigió a los jugadores ugandeses mostrándoles sus guantes y gritándoles “hoy tengo un juju eléctrico. Es tan poderoso que no lo pueden ver”.

A los 15 minutos del comienzo del encuentro ni el público ni los jugadores locales tenían dudas de que poderes sobrenaturales intervenían en favor de Ruanda. En ese corto período, Uganda había tomado el control del partido pero varias estupendas atajadas de Mossi y dos veces el palo le habían impedido pasar al frente.

La tensión y el nerviosismo crecían con el paso de los minutos hasta que un jugador ugandés se lanzó sobre Mossi e intentó arrancarle los guantes. Mientras tanto, Abubaker Tabula, lateral de los Cranes, comenzó a cavar dentro del arco de Ruanda con las manos, buscando frenéticamente un juju, con el objetivo de neutralizarlo. El público estalló al ver la situación.

A partir de ese momento comenzaron los empujones y golpes de puño que terminaron con una gresca general en la que participaron jugadores y cuerpos técnicos de ambos equipos. Muchas de las camisetas blancas de Ruanda comenzaron a teñirse de rojo por la sangre. Algunos hinchas ingresaron al campo de juego para sumarse a la disputa. Por si esto fuera poco, la policía local se sumó a la refriega, no para detenerla sino para golpear a los jugadores ruandeses que, lejos de asustarse, continuaron repartiendo trompadas contra todo y todos.

Finalmente, el árbitro ordenó a ambos equipos que dejaran la cancha y sólo luego de frenéticas negociaciones, el encuentro pudo reanudarse. Ruanda se impuso por 1-0 y más tarde lograría el pase a la fase final del torneo por primera vez en su historia.

Los ecos del incidente continuaron por varios días en la prensa de ambos países, que repetían todo tipo de versiones sobre los hechos, que siempre involucraban talismanes, polvos mágicos y hechizos.

Un sorprendido Pasculli declararía: “Todavía estoy impactado por esta brujería que presencié por primera vez en mi carrera futbolística. Jugué en Sudamérica y fui testigo de muchas cosas en el fútbol, ​​pero esto fue demasiado para mí. Este problema de la brujería desorganizó a todo mi equipo porque estaban absortos y no pudieron concentrarse”.

 

 

El amuleto del arquero

En diciembre de 2016, la Federación Ruandesa de Fútbol decidió prohibir el uso de juju. La medida estableció que los jugadores declarados culpables de practicarlo se enfrentarían a una suspensión de tres partidos y una multa de aproximadamente 120 dólares. Los entrenadores que utilicen juju podrán recibir una suspensión de cuatro partidos y una multa de 240 dólares. Y si un equipo de primera división es declarado culpable de recurrir a la brujería, perdería tres puntos en la clasificación y pagará más de $600 en multas.

La medida se adoptó por los reiterados incidentes que se desencadenaban en los partidos de la liga a partir de las acusaciones de uso de magia antes y durante los encuentros.

La gota que rebalsó el vaso fue lo ocurrido en el clásico de primera división que disputaron Mukura Victory y Rayon Sports.

En el encuentro, que se desarrollaba con total normalidad, el Makura se imponía 1-0. Sin embargo, el delantero maliense del Rayon, Moussa Camara, tenía la sensación de que algo extraño ocurría, pues sus tiros, en tres ocasiones, habían golpeados los postes rivales.

Convencido de que su fracaso era obra de algún tipo de magia, decidió tomar cartas en el asunto y a los 45 minutos de la primera etapa, mientras el partido estaba en juego, con la pelota en los pies del arquero rival, corrió raudamente hacia la meta del Mukura y desenterró un objeto que supuestamente había sido colocado por los locales para proteger su valla. Ante la atónita mirada del público, el golero del Mukura y todos los compañeros se desentendieron del juego y comenzaron a perseguir y lanzar patadas a Camara que, con el juju en sus manos, corría hacia su banco de suplentes para entregarlo a sus compañeros.

Tan solo tres minutos después del incidente, y ya en tiempo de descuento, Camara anotaría el gol que sellaría el resultado final del partido. Toda la secuencia quedó retratada en las cámaras. Creer o reventar.

 

Mientras muchos, como las propias autoridades del fútbol continental, intentan erradicar estas prácticas para preservar la imagen del negocio, sería interesante pensar estas situaciones como la muestra más acabada de la forma en la que el fútbol recepta y encarna las profundas y arraigadas costumbres y tradiciones populares. En definitiva, como señala Michel Schatzberg, si bien la ciencia explica como ocurren los fenómenos, es la fe (o en este caso, la magia) la que se encarga de revelar los motivos por los que ellos ocurren. Sólo la fe puede explicar y absorber lo inexplicable y contradictorio. Y es esa explicación, justamente, lo que todos los involucrados en el mundo del fútbol (desde los protagonistas hasta los fanáticos) muchas veces necesitan para asimilar un triunfo imposible o, más aún, una derrota inesperada.

 

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