domingo, 1 agosto, 2021
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Alguna vez me pregunté: ¿te imaginás lo que puede ser este país si algún día se muere Maradona? No recuerdo si fue la formulación exacta pero ese “algún día” denota el aspecto central del asunto: nunca creí que Diego podía morirse. Los superhéroes, los dioses, no mueren. Pero Galeano lo dijo muy bien: “el más humano de todos los dioses”. Así lo definió con esa abrumadora sencillez que tenía el notable escritor uruguayo. Y en esa humanidad se devela todo: nuestro héroe era un ser de carne y hueso como cualquiera. Como vos, como yo, como cualquiera que lea esta nota. Y podía morirse. Aunque duela leerlo y escribirlo. Pero lo que nos queda es su obra – en sus múltiples facetas, no sólo la futbolística – y un mensaje hermoso que alguna vez enunció José Mourinho en relación a Bobby Robson: “Una persona termina de morirse cuando se muere la última que lo quiso“. Una sentencia que lo vuelve simplemente eterno.

Cuando hace 26 días, Diego llegó a los 60 años escribí estas líneas. Hoy las vuelvo a compartir en esta jornada de conmoción popular. Los sentimientos no se explican, pero a los que nos gusta esto, nos hace bien volcarlos en un texto. Es mi homenaje a una persona que me hizo feliz.


 

Cuando era pibe tenía en mi cabeza las fechas de cuatro cumpleaños además del mío: el de mi mamá, el de mi papá, el de mi hermano y el de un tal Diego Armando Maradona. Sí, el 30 de octubre estaba registrado en mi agenda mental y, de hecho, cuando crecí también lo anotaba en las agendas que supe tener. ¿Qué significaba esto? A ciencia cierta no lo sé, pero la principal hipótesis es que lo sentía parte de mi familia.

De Diego me enamoré en la tristeza, en el dolor. Como dice un amigo, somos de la generación que lloró. Fue en Estados Unidos 94, tenía 9 años, casi 10. El que conquistó el mundo en el ´86 era sólo imágenes que revivían la hazaña, pero no había recuerdo en tiempo presente. El del ´90 es menos vago, pero no alcanza a ser visualizado con nitidez. Mi primer Diego es efectivamente al que le cortaron las piernas, pero que antes nos regaló ese golazo a Grecia – con grito de gol para la historia -, la asistencia de lujo a Caniggia contra Nigeria y la ilusión de que el tipo que ya había logrado lo imposible podía volver a hacerlo tras haberse caído y levantado.

Lo viví como lo que fue: una injusticia que me llevó a lagrimear cuando me enteré de la noticia y esencialmente cuando Diego enuncia una de sus frases más emblemáticas. Esas marcas quedan, no te las olvidas fácilmente. Y el niño de 9 que era sintió rabia, pero también un profundo amor. De esos que no se explican, que hay que sentirlos, vivirlos, atravesarlos aún con el efecto que tiene el tiempo en los amores: a veces pueden diluirse, pero si logras reconfigurarlos, ir comprendiendo los vaivenes que pueda haber, es siempre amor.

Y en eso estábamos cuando de repente se calzó la camiseta del club de mis amores (y la del suyo). Cantó volver y se vistió de azul y oro para entregar sus últimas funciones como jugador de fútbol. Diego es patrimonio de todos y todas, no lo voy a negar. Pero como esto es una crónica personal, no puedo dejar de resaltar el sentimiento bostero que me une (aún más) al crack de todos los tiempos. Y para el pibe de 10, 11 o 12 era un regalo del cielo poder disfrutar al ídolo con esos colores. Hasta hay un mechón amarillo en homenaje, pero lo vamos a dejar ahí.

Con Diego me pasa que sufro cuando él sufre y me pone feliz cuando lo veo feliz. Recuerdo con emoción su discurso de despedida en el partido de noviembre de 2001 y aquel “la pelota no se mancha” que hoy sigue graficando infinidad de situaciones. Le fuimos a dejar un cartel de apoyo con un amigo a la Suizo Argentina cuando lo internaron en 2004. Me entusiasmó verlo como lo vi cuando se hizo ese, ya a esta altura, programa de culto llamado “La Noche del 10”. O cuando se subió al tren del ALBA camino a Mar del Plata cuando se enterró el proyecto del ALCA que promovía Estados Unidos. Y así cada momento puntual de su vida.

Diego cumple 60 y se pueden abordar miles de aspectos sobre él. El mundo maradoneano es inabarcable tanto como su obra. Lo que hizo con la pelota no tiene parangón y seguiremos admirando cada magia que nos dispare un video de YouTube o un especial en la tele. Pero está el otro Diego, que se complementa con ese que la rompía en el verde césped. El Diego que se planta contra los poderosos, el Diego que no se olvidó de sus orígenes, el Diego que abraza al pueblo y a los más humildes. Con sus contradicciones a cuestas (¿quién no las tiene?), pero de un determinado lado de la mecha, como diría el Indio Solari, otro prócer nacional.

A lo largo de este mes en un proyecto que llevo adelante hace unos años (La Pelota Siempre al 10, valga la redundancia) le pregunté a varias personalidades qué le dirían a Diego si lo tuvieran enfrente en este cumpleaños. La mayoría me respondió: “Gracias”. Y la verdad es que no cabe otra. Además de desearle lo mejor, ¿qué le podemos decir a un tipo que nos hizo tan felices?

Para el cierre me quedo con lo que alguna vez dijo Ernesto Cherquis Bialo sobre todo lo que condensa la figura de nuestro cumpleañero: “Fiorito y Dubai, barro y siete estrellas, canillas de oro y letrina, Maradona es el producto de todo eso y además, por las dudas de que me haya olvidado de decírselo, el mejor jugador de fútbol argentino y el mejor de todas las épocas”. Felices 60, Maestro.


 

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Me cuesta dimensionar que en 26 días hayamos pasado de celebrarle un nuevo cumpleaños a Diego – cumpleaños que, vale recalcar, él no festejó como debiese – a esta noticia que nos sacudió a todos y a todas. Pero la vida, como quedó claro en este año de pandemia más que nunca, tiene sus crueldades. Ayer Diego estaba – de una manera que a muchos nos ponía mal, pero estaba – y hoy no. Ojalá que en ese lugar al que todos llaman cielo encuentres la paz que pocas veces tuviste, ojalá te abraces con tus viejos, ojalá tengas toda la felicidad que nos regalaste a nosotros acá en la tierra. 

 

*Parte de este texto se publicó originalmente en Rincón del Fútbol

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